Historia de una puta anestesiada. 3

Catalina parió un hermoso y saludable niño. Estuvo catorce horas de extenuante labor, en la que por momentos pensaba que estaba a punto de morir. Don Hermes estaba asustadísimo, tanto que por momentos juraba que no volvería a tocarla. La enfermera salía a cada rato para dar noticias del progreso. A pesar de que habían invitado al esposo a entrar para acompañar a su mujer durante el parto, él aseguró que prefería las cosas a la antigua, esperando con los demás en la sala de esperas a que su hijo naciera.

Tan pronto le dijeron que su niño había arribado al mundo, Hermes entró corriendo a conocerlo. Anunció orondo que la criatura se llamaría Epifanio Arrieta, como su padre. Catalina saltó de inmediato, suplicando con dulzura que le buscara otro nombre porque ese era muy feo.

—Se llamará Catalino, como tú entonces. Ese nombre es muy bonito. Se llamará Catalino Arrieta —dijo el orgulloso padre.

Catalina ya no quiso contradecirlo más. «Catalino, entonces y le llamaré Lino», decidió ella.

El embarazo le sentó muy bien a Catalina. Desarrolló en su cuerpo todo lo que tenía que terminar de desarrollarse. Cuando regresó a la casa del hospital, luego de unas semanas de reposo, empezó a cuidar de su figura. Se inscribió en un gimnasio al que acudía cinco veces a la semana. Comía solamente verduras y pescado. Dormía sus horas, dejando el niño encargado a Remigios para no desvelarse. Cuidaba de su piel, uñas y cabello religiosamente, con cremas y lociones de todo tipo.

Hermes esperó que pasara la cuarentena, cada vez más deseoso de la mujer que veía florecer ante sus ojos. Catalina, quien se dio cuenta del poder que ahora tenía, puso sus condiciones para reanudar la vida íntima con su esposo. Usarían condones si quería tener sexo. Hermes, a quien le gustaban las cosas a la antigua, le chocó la petición de su esposa. Ella lo despachó con que eran recomendaciones médicas y que era así o nada. Pues si así era, pues que fuera así, que era mejor que nada.

Esa noche cenaron platos afrodisíacos para aumentar el libido de los esposos. Hermes reforzó el suyo con unas pastillitas que le recomendaron unos amigos y que consiguió a través de ellos. Se sentía como un cañón. Catalina, ya estaba más cómoda sabiendo que no tendría el asqueroso embarre que tanto la perturbaba y tampoco saldría embarazada. Se cepilló su melena rubia. Se dio un baño de tina, con agua perfumada con agua de rosas y almizcle. Se puso un négligé de seda rojo, que dejaba al descubierto su ahora generoso busto. Hermes la esperaba desnudo en la cama. Ella entró a la habitación, caminando lentamente como una gata. Luego se acercó a él, estrujándose contra su cuerpo. Él la recorrió con los ojos, con las manos, hasta dejarla desnuda.

La pastilla funcionó de maravilla. Estuvieron toda la noche follando sin parar. Catalina estaba satisfecha, contenta, disfrutando del sexo sin el inconveniente de la embarrada. De madrugada, ambos se quedaron dormidos, extenuados.

En la mañana, un grito estremeció toda la casa.

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