Historia de una puta anestesiada. 5

Catalina respiró hondo. González se quedó mirándola, escrutando sus gestos, queriendo adivinar lo que pasaba por aquella cabeza pueril. Pasaron unos minutos antes de que ella dijera una palabra.

—Bien, González —dijo—. Ahora quiero saberlo todo. Me vas a explicar a quién le debía dinero mi marido.

—Se llaman acreedores —corrigió el contador.

—Acreedores… Bien, quiero saber quiénes eran los acreedores de mi marido. Hazme una lista de quiénes eran, cuánto les debía y desde cuándo. Dime en qué gastó el dinero Hermes. No nos vamos a quedar quebrados, te lo garantizo.

Gonzalez no tenía idea de lo que Catalina estaba tramando, pero su ímpetu lo impresionaba. Quizás no era tan niña ni tan tonta. Esa noche se acostó tardísimo preparando un informe con los datos que su ahora jefa le había solicitado. Al día siguiente se presentó a la mansión, entregándole un sobre con los documentos requeridos. Catalina los miró por encima.

—Gracias, González. Eres una maravilla —dijo acercándose, besándolo en la mejilla—. Los leeré con detenimiento. Te lo prometo. Si tengo alguna pregunta, te llamaré. Cuento contigo. ¡Ah! El próximo viernes hay una fiesta del partido. Tengo que ir. Sé que tienes conexiones. ¿Puedes conseguirme el boleto para la entrada?

—Haré lo posible, señora —contestó el contador, sintiendo una extraña admiración por aquella chiquilla.

Gonzaléz consiguió el boleto para la entrada a la gran fiesta de recaudación de fondos del partido con un amigo que le debía un favor. Todo el mundo sabía que era una fiesta muy exclusiva y el boleto era muy caro. Quien estaba allí era porque pertenecía a la crema y nata de la organización, como quien dice, del jet set.

Catalina perfumó el agua de su baño con agua de rosas y almizcle. Luego se puso un vestido negro ceñido al cuerpo, que acentuaba su figura y dejaba sus hombros al descubierto. Se recogió el pelo en un moño, con unos bucles coquetos. Remigios, que ya la quería como a una hija, lloró de emoción cuando la vio tan bonita.

—Señora —dijo la mujer—, nunca la había visto tan hermosa.

—Gracias Remigios. Espero que todos en la fiesta piensen lo mismo que tú.

Cuando Catalina llegó a la fiesta, hubo un silencio repentino, notable. Unos pensaron que porque ella estaba hermosísima, otros porque no sabían como había conseguido entrar allí, otros porque su viudez era muy reciente. De todos modos, ella entró con su porte de reina, caminando despacio, estudiando las reacciones de los presentes, siempre sonriendo. Como ella llegó sola, uno de los amigos de Hermes se acercó, besando su mano.

—Catalina —dijo—, qué gusto verla por aquí.

—Gracias. Usted siempre tan gentil. Por supuesto que no podía faltar a la fiesta de nuestro Presidente —contestó ella sin dejar de sonreir.

Al rato, se deshizo de él amablemente, saludando a otra pareja amiga porque no quería tenerlo pegado toda la noche. Se fue desplazando, de un lado a otro de la fiesta, hasta que pudo llegar al Presidente, quien muy cordial le preguntó por su estado emocional después de la pérdida de su esposo. Catalina, sabía que tenía muy poco tiempo para atacar.

—Estoy sobreponiéndome con dificultad, señor —dijo—. Pero sé que todo pasará.

—Así es, mi señora —contestó el mandatario—. Si gusta podemos hablar con más calma en otro momento.

—Me parece perfecto —contestó ella, mirándolo directamente a los ojos—. Estoy segura de que una conversación con alguien que ha vivido tanto como usted, que tiene tanta sabiduría, me puede servir de gran ayuda en este momento tan duro de mi vida.

—No se diga más —contestó el hombre—. Pase cuando quiera por mi oficina.

—Así lo haré, señor. No olvide mi nombre, Catalina Arrieta.

—No lo olvidaré. Téngalo por seguro.

En eso uno de los contribuyentes intervino e interrumpió la conversación, pero ya Catalina había logrado su objetivo. Había conseguido una cita con el mismo Presidente de la República.

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