Historia de una puta anestesiada. 6

Catalina no visitó al señor Presidente de inmediato. Para que él no se olvidara de ella, le envió una nota con una canasta de frutas, quesos y vinos, agradeciendo sus atenciones durante la fiesta. Él la recordaba perfectamente. ¿Cómo olvidar aquella belleza tan fresca? Todavía sonriendo por el detalle, llamó a la recepcionista para que le consiguiera el número de teléfono de Catalina. Tan pronto lo tuvo, personalmente la llamó.

—Buenos días —saludó con su voz profunda—. ¿Se encuentra la señora Catalina Arrieta?

—Sí… —contestó Remigios—. ¿Quién la busca?

—Dígale que es el Presidente.

Un largo silencio se escuchó en la otra línea.

—Buenos días, señor Presidente —dijo Catalina muy sensual—. ¡Qué gusto escucharle!

—El gusto es mío, mi señora —contestó él, en un tono seductor—. Llamaba para agradecer la gentileza. ¿Cómo sabía el vino que me gusta?

—Le pregunté al camarero que le servía en la fiesta, señor.

—Catalina, me puede llamar por mi nombre… Me llamo Augusto.

—Augusto, tiene usted un nombre de emperador, de mandatario. Es poderoso. Como tú.

Catalina sabía como endulzar los oídos del Presidente. Esas palabras eran el aderezo de su ensalada. Su personalidad narcisista, se sentía atraída a las adulaciones de tan fantástica mujer y por supuesto, a sus encantos. No escapaba este hombre a la lascivia, recordando el cuerpo de Catalina, abrazado por aquel traje negro que delineaban sus curvas. Podía adivinar sus senos de marfil, redondos y rellenos. Su vientre plano con un delicioso ombligo. Su pubis con delicados vellos rubios. Sus nalgas curvilíneas. Mientras hablaba recordaba cada detalle de aquel rostro aniñado. Su boca…y sus labios… sus labios… sus labios… porque a él también le gustaban las niñas. Este era un secreto que guardaba muy bien, porque sabía que le podía costar la presidencia.

El Presidente correspondió al regalo con unas rosas rojas. Remigios las llevó a la alcoba de Catalina ya puestas en un jarrón. Le acercó la tarjeta a su ama, quien todavía estaba en la cama.

—Adivina, adivinador —dijo riendo la humilde mujer.

—Son del emperador —contestó la otra agarrando la tarjeta.

El Presidente agradecía el detalle e invitaba a la hermosa dama a una cena en un restaurante muy exclusivo de la ciudad. Él estaría custodiado por el servicio secreto. Si ella aceptaba la invitación, a la hora en punto, un vehículo del servicio secreto la iría a recoger para la cita.

—Remigios, llama a la oficina del Presidente y da el siguiente mensaje: Se confirma la reunión a las ocho de la noche.

Catalina se había estado educando por su cuenta, leyendo historia antigua y medieval, historia contemporánea, sistemas políticos, y economía. Leía periódicos para conocer lo que acontecía en el mundo. Cualquier cosa que pudiera ayudarle a tener un tema de conversación inteligente, con un hombre de la altura de Augusto.

Ella tuvo extremo cuidado con su apariencia esa noche. No podía parecer una ofrecida. Se vistió sobriamente. Elegante. Los colores pálidos hacían resplandecer su piel nacarada. Usó el collar de perlas que Hermes le había regalado para la boda como único adorno. Apenas llevaba maquillaje, descubriendo su cara aniñada. Sus zapatos de tacón muy altos, amarrados a los tobillos, acentuaban la belleza de sus largas y torneadas piernas. Se miró al espejo y vio exactamente lo que quería ver, una niña vestida de mujer.

A la hora acordada, el auto del servicio secreto pasó a recogerla.

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