Historia de una puta anestesiada. 7 (final)

Catalina y Augusto cenaron muy a gusto esa noche, con los discretos ojos de los agentes del servicio secreto sobre ellos. Se miraban los unos a los otros, dándose cuenta del peligro que la niña representaba. El Presidente estaba anonadado con aquella criatura que podía mantener conversaciones tan inteligentes como sus mejores asesores. Esa cabeza peinaba más que cabellos rubios, esa cabeza era una caja de sorpresas. Pensaba lógicamente, proponía ideas con sentido, era ingeniosa y capaz. Jamás se había encontrado con este conjunto de belleza juvenil e inteligencia, aunque a él no le habría importado si hubiera sido bruta.

Cuando terminaban la velada, Augusto intentó un acercamiento, que ella delicadamente rechazó. El juego de la seducción había empezado, Catalina tenía el control. Ella sabía cómo hacerse desear. Cruzaba la pierna para dejar ver el final de su entrepierna desnuda, no se había puesto bragas esa noche. Dejaba que él viera parte del busto al doblarse, pues apenas lo cubría con un sujetador diminuto. Lo miraba a los ojos mientras hablaba y se mordía los labios suavemente. Más de una vez, Augusto sintió una erección, que tuvo que disimular debajo de la mesa. Cuando salían del restaurante, él venía detrás de ella. Entonces, Catalina calculó el momento preciso para dejar caer su bolso. Al detenerse de súbito y doblarse, el señor Presidente chocó con sus nalgas. Como por reflejo, la agarró por la cintura desde atrás con las dos manos y así se quedó por unos segundos. No pudo evitar la erección. Catalina que la sintió bien dura, se dilató unos segundos en la posición y fue enderezándose poco a poco, contoneándose sobre el pene inflamado, perturbando al pobre hombre que quedó loco de deseo. Ella se volteó riéndose, juguetona.

—Perdón, Augusto —dijo—. Debo tener más cuidado.

Augusto le apretó el brazo y la atrajo hacia él. Ella podía sentir la firmeza de su miembro. Podía jurar que estaba a punto de estallar. Sus hombres se habían distanciado discretamente, lo suficiente como para no escuchar lo que él decía. Catalina sentía que él la rozaba. Mientras se restregaba encima de ella, cada vez más rápido, comenzó a emitir un extraño ruido. Ella nunca había escuchado a Hermes hacer ese ruido tan chocante y gracioso. De repente, oyó algo como un gruñido y el hombre se relajó. Cuando Catalina se miró, el embarre estaba en su vestido de seda. Ella miró a Augusto muy seria, ofendida.

—Catalina, disculpa —dijo él avergonzado.

La casa de Catalina se llenó de flores al día siguiente. Rosas de todos los colores adornaban su habitación y el salón de la casa. Augusto llamó unas cuantas veces, pero ella se rehusaba a contestar sus llamadas.

—¿Qué se cree ese imbécil, que yo soy una prostituta barata, de callejón? —decía la ofendida muchacha. Esos no son mis planes para él.

Augusto estaba desesperado. Sentía una vergüenza terrible por el papelazo que había hecho con Catalina. «Ella», pensaba él, «que a pesar de su corta edad, se ha dedicado a cultivarse como toda una dama. Soy un animal».

Esa niña se le estaba metiendo en la piel sin que se diera cuenta. Sin pensarlo más, esquivó el servicio secreto y tomó un vehículo no oficial para ir a la casa de Catalina. Tenía que hablar con ella y en persona. Presentar sus disculpas.

—¡Señor Presidente! —exclamó Remigios cuando lo vio parado frente a la puerta.

—Tengo que hablar con Catalina —dijo él, irrumpiendo en la casa.

—Señor, enseguida lo anuncio…

—No… Dígame en dónde está. Lléveme a su habitación. No soportaría que se negara a atenderme.

—Es por aquí, señor…

Remigios lo llevó hasta la alcoba de Catalina. Ella estaba de espaldas, desnuda. Mirándose al espejo. Para él fue como una visión. Cuando lo vio entrar, se volteó azorada. Tomó la sábana instintivamente para cubrirse.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Me muero por ti —dijo Augusto.

—Yo también me muero por ti —contestó ella, abriendo sus brazos para arrullarlo.

Catalina consiguió lo que quería. Por supuesto, con el inconveniente del embarre, logró embarazarse del mismísimo Presidente de la República. Negocio muy rentable por cierto. Augusto pagaría lo que fuera porque no se supiera nada. El escándalo le costaría la re-elección y no estaba dispuesto a que eso sucediera. Además su esposa lo abandonaría, pidiendo la liquidación del caudal matrimonial, que era cuantioso. Y ella tenía las de ganar. La mayor parte de la fortuna era de su esposa, heredada de sus padres. Al igual que los negocios. Quedaría en la total bancarrota.

Catalina consiguió una pensión para sufragar todos sus gastos durante el embarazo, manteniendo el nivel de vida al que ella estaba acostumbrada. Pudo conservar su mansión, sirvientes y empleados, incluyendo a González. Se fue a Puerto Rico con su amiga Melba para ocultar su condición, hasta que nació la criatura. De ese modo nadie se enteró de su estado.

Cuando volvió, dijo que había adoptado al pobre niño de una familia en un país tercermundista que había visitado en su último viaje, relacionado con sus labores filantrópicas. El niño había perdido a sus padres. Como todos sabían, ella se había dedicado a ayudar a sus semejantes con la fortuna que Hermes le había heredado. Hasta estaba pensando hacer una fundación de niños huérfanos en su honor.

En cuanto al niño tendría una manutención y todos los derechos hereditarios de un hijo legítimo, claro, sin hacerlo público hasta la muerte de Augusto. Catalina tendría una pensión por su silencio y la deuda que Hermes tenía con el señor Presidente quedaba totalmente liquidada.

Catalina tenía en sus manos la lista de los acreedores de su esposo. Ahora tenía que irse al gimnasio para recuperar su esbelta figura y conquistar a su próxima víctima.

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8 comentarios en “Historia de una puta anestesiada. 7 (final)

  1. Si, Soy Gallega dijo:

    Tengo una amiga que se le parece mucho, pero sin embarazo.
    Se me pasó por un momento la idea de que fueron al mismo colegio, despues pensé: no, eso no se aprende en un cole, son argucias en las que algunas personas son expertas. Y de verdad creo, por experiencia, que no son únicamente argucias femeninas, aunque hoy sea el Dia de la Mujer.
    Un relato muy entretenio, Melba.
    Enhorabuena.

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