La maleta

Sebastián estaba desesperado. Llevaba casi una hora y media en el trayecto entre la Avenida Condado al Aereopuerto Internacional Muñoz Marín de San Juan, sentado en el asiento de la parte de atrás de un viejo taxi. Estaba molesto, acalorado, sudado y pegajoso. Hacía un calor como de noventa grados que adentro de la cabina era como de cien y el bendito carro ni siquiera tenía aire acondicionado.

«Es que no me lo puedo creer. ¿Cómo dejan transitar estos cacharros en zona turística?», se preguntaba, mientras sacaba su pañuelo del bolsillo de atrás de su vaquero para secarse el sudor. Levantó los brazos para olerse. «¡Es que hasta me apestan los sobacos, joder!», se decía.

—Oiga hombre —dijo con un inconfundible acento español—, ¿pero que carajoz paza que el tránzito eztá tan pezado?

El taxista, quien no tenía prisa alguna—pues número uno, la cosa estaba tan jodida que como este había sido el único pasajero que había tenido en el día; dos, mientras más se tardaba, más cobraba porque el taxímetro seguía corriendo a su favor; y tres, era puertorriqueño y se cojía las cosas con calma— le contestó amablemente:

—Lo que pasa eh que hay un accidente allí, mah alantito y ademáh ehtán con’truyendo la carretera… Uhte’ sabe, arreglando loh boqueteh y eso…

—¡Pero ez que yo tengo que llegar al aereopuerto! —interrumpe Sebastián furioso.

—Bueno, sí señol…yo lo entiendo… pero lo que pasa eh, que como uhte’ se puede imaginal, yo no puedo brincal-le pol encima a los demah carroh y ehte no vuela…

—¿Pero cómo me dezís ezo? ¡Me eztaís faltando al rezpeto!

—No mire, señol… No se ofenda. Dihculpe si dije algo que le ehtuvo malo. Eso que yo dije eh un decil. Yo ehtoy tratando de llegal, pero eh que no hay otra ruta máh que ehta para llegal al areopuelto.

«Ehtoh ehtranjeroh son toh iguales. Siempre tratando a uno como si uno fuera menoh… Ja! Al final y a la pohtre, aterrizan aquí de nuevo porque leh guhta la playa y nuehtrah mujereh», reía para sí el humilde hombre.

Sebastián decidió callarse. Nada conseguía peleando con el hombre del taxi. Al fin y al cabo era un ser inferior, nativo, indio de un país tercer tercermundista. Es que se preguntaba y preguntaba qué había ido a hacer a San Juan. Para qué se le había ocurrido ir a conocer a esa mujer que lo enamoró en el Facebook. Tantos cuentos que había escuchado de esos casos de amores cyber. Esta estaba más loca que la palabra loca. Era obsesiva, compulsiva, celosa. En dos semanas ya le había programado la vida… Bueno, pensaba programarla. Él había terminado con ella de muy mala manera y por eso tenía que irse de la isla lo antes posible. No quería volver a saber ni de ella, ni de San Juan.

Pensando, pensando se le pasó el tiempo y llegaron al aeropuerto.

—¿No lleva maleta, señol? —preguntó el taxista a quién le había sorprendido que Sebastián no llevara ningún equipaje, ni siquiera de mano, cuando se subió al taxi.

—No. El equipaje lo he enviado por barco —contestó mientras pagaba.

Ya en el aeropuerto, Sebastián corrió al punto de revisión. Molesto se quitó los zapatos, sacó su cartera del bolsillo, sus llaves y sus monedas y las puso en la bandeja. Pasó la primera vez y sonó la alarma.

—Señor, tiene que volver atrás. Debe ser la hebilla del cinturón —le explicó la oficial de aduanas.

«Es que todo esto es una soberana mierda. ¡Joder, joder, joder!», pensaba mientras se quitaba el cinturón y lo ponía en otra bandeja. Pasó de nuevo y todo bien. Agarró la bandeja, se puso su cinturón y sus zapatos. Guardó su cartera y monedas en el bolsillo y corrió a la salida lo más rápido que pudo. Sentía la tensión en sus sienes, el corazón le palpitaba aceleradamente y el aliento le faltaba cuando llegó finalmente a la salida. El avión estaba retrasado.

«¿Retrasado? ¡Joder!».

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19 comentarios en “La maleta

  1. bercianlangran dijo:

    Llego de vacaciones, y otra vez con “la maleta”… aunque esta suena la mar de interesante. Como siempre, nos dejas con la intriga ahí, en el aire, flotando. Lo bueno es que aún tengo otros cuatro capítulos para leer 😉

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