La maleta.3

La muchacha miraba por la ventana del avión desde antes de que despegara. De vez en cuando miraba por encima de la cabeza de Sebastián y de nuevo miraba hacia afuera.

—¿Qué tanto miraíz arriba de mi? —preguntó al fin, él molesto.

—Eh que la pintura de mi ehcultura se está saliendo de la maleta. Si quiereh cambiamoh de asiento, no te vayah a manchar la ropa —contestó ella.

—Puez zi me va a manchar, vale —dijo él.

Enseguida cambiaron de asiento. Sebastián aprovechó y la miró bien a la cara.

—Oye, ¿por dónde habéiz entrado al avión? Yo ya me zabía de memoria laz caraz de loz pazajeroz allá afuera y no os he vizto en la sala de ezpera.

—Entré primero. Soy viajero frecuente —contestó ella.

—Viajero frecuente… Tiene zuz beneficioz… —dijo, como emulando el comercial de la línea aérea. Ella ni sonrió—. ¿Cómo os llamaíz, viajero frecuente? —preguntó él pasmado.

—Me llamo Mariana —contestó ella—. Perdona que te haya salido con todo ehte rocheo —dijo disculpándose —. Eh que me acabo de dejar de mi novio y ehtoy con la cabeza hecha un rollo. Tengo un coraje tan grande que no tengo palabrah, no tengo las puñeterah palabrah para ehpresar el encojonamiento tan cabrón que tengo. ¿Sabeh lo que es un gusano? ¿Un gusano verde con púh?

—Ezo zuena muy azquerozo —contestó Sebastián.

—¡Exxxaaacto! —dijo ella saltando en su asiento y alzando su mano derecha abierta para que él la chocara con la suya. Sebastián respondió chocándosela para no pasmarla—. Eso era mi novio… Ahqueroso… “Azquerozo” como diceh tu…

—¡Hala! ¿Qué, vaíz a hazerme burlaz?

—Nooo, hombre… Si me encanta tu acento… Eh, como diría yo… sexy sensual…

—Ah… ¿Te pareze? —preguntó él coqueteando.

—Pues sí, majo… Requete chulísimo… Lo del culo lo dije porque acá hay gente muy sensible…

—¿Y tu? ¿Erez zenzible?

—¿Yo? Noooo… Yo no… Lo dije por la viejita que ehtá al otro lado del pasillo. ¿La veh? —dijo señalando disimuladamente—. Por na’ita y se dehmaya cuando dijihte a boca de jarro esa palabrota…

A Sebastián le daba mucha gracia el acento de Mariana. La forma en que arrastraba las vocales al final de las palabras, como aspiraba las “eses” y cuando cambiaba las “eres” por la “eles”. La musicalidad de su entonación le encantaba. De momento se dio cuenta que era igual al de la loca, pero por alguna razón, el acento de ella contenía cierta dulzura que le faltaba a la otra. Además ella encontraba el suyo… ¿sexy sensual?

—¿A qué vaíz a Chichago? —preguntó.

—Ehtudio allá. En la Academia de Arteh. ¿Y tu?

—Ez una ezcala hazia otro deztino.

—Oh… Mihterioso. Así era el gusano. ¡Maldito hombre! Pero ya se acabó todo para siempre. Nunca más volverá a molehtarme, ni a mi ni a nadie. ¿Sabeh qué? Yo adoré a ese hombre… Mi error fue que lo conocí en Facebook.

—¿En Facebook? —Sebastián no pudo menos que relacionarse con la experiencia y dentro de sí el corazón le dio un vuelco.

—Siiii… Ya sabeh que la gente dice que hay un montón de locoh en Facebook y que hay que tener cuidado. Bien, yo pensé que como era boricua tal vez la cosa era diferente. Estuvimoh doh años en este teje meneje, para aquí y para allá. Como yo ehtoy en la universidad, venía a visitarlo en vacacioneh y todo bien. Al menoh eso parecía…

—Pero doz añoz pareze baztante eztable…

—Siiiii… Eso mihmo pensaba yo… Noh ehcribíamos online y noh hablabamoh por el messenger. Tu sabeh, con la cámara y todo. Me ponía a su mamá, a su papá y elloh muy lindos conmigo. La vida me sonreía.

—Aja… —decía Sebastián y asentía muy poco interesado en lo que ella le contaba. Después de todo él conocía muy bien de lo que ella hablaba—. ¿Y él? ¿En qué trabaja?

—Eh agente de seguroh… Seguro que me iba a joder ahora que lo pienso… ¡Ahhhhh!

—¿Qué pazó? ¿Te duele algo? —preguntó Sebastián asustado por el grito.

—El alma… Me duele el alma —contestó Mariana muy dramática agarrándose el pecho—. Déjame, te cuento —dijo tocándole el brazo, confianzuda y acomodándose en el asiento, sentada sobre una pierna—. Vine en mis primerah vacacioneh despuéh de conocerlo y todo peaches and cream. Un amor. Me llevó a pasear, a conocer a sus padreh personalmente. Conoció a mih padreh y leh dijo que ehtaba loco enamorado de mi. Loco sí… Definitivamente… —dijo, e hizo una pausa—. La primera veh que hicimoh el amor —calló de repente—. Creo que estoy contándote demasiado…

—No, no te detengaz. Te haze bien dezhaogarte….

—Ah, majito… ¿Quiereh loh detalleh pa’ despuéh hacerte la paja? ¿No?

—¿Qué zi te ezcucho mal y zi no también? ¿Ez que ze te puede entender?

«Estas boricuas están todas locas», pensó.

—Pues para tu beneficio psico-sexual, te sigo contando… —dicho esto continuó—. Me llevó a un hotel precioso donde cenamoh riquísimo. Manjareh afrodisíacoh de primera: ostrah, carrucho, pulpo… you name it. Luego fuimoh a bailar música muy romántica y mientrah lo hacíamoh, me calentaba la oreja diciéndome todo lo que pensaba hacerme esa noche. Me besaba el cuello, me tocaba suavemente las tetah sobre la ropa y en ningún momento exhibía prisa alguna. Como si tuviera toda la vida para esa noche tan especial para mí —contaba Mariana, mientras pasaba las manos por su cuerpo para enfatizar lo que iba diciendo.

—Entoncez, ¿eraz virgen?

—Ay, hombre… Que no se trataba de ser virgen o no… ¡Qué vaina loh hombreh con la virginidad! Se trataba de que era la primera noche con ÉL —dijo Mariana subrayando en el aire la palabra “ÉL”—. ¡Ehpérate! ¡Maldita sangre! —gritó, mientras saltaba del asiento y sacaba de su bolso una servilleta para limpiarse el brazo.

—¿Zangre? —repitió Sebastián con los ojos desorbitados.

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13 comentarios en “La maleta.3

  1. bercianlangran dijo:

    Zebaztián (que seguro que es de la zona de Almería, por eso del ceceo) eztá con una erección que ezpanta en eztoz momentoz 😉
    Voy al siguiente capítulo, que me tengo que poner al día.
    Besos de ésos que surcan el océano,

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