La maleta.7

Unos cuantos Bloody Mary y cervezas después, Mariana estaba dormida y Sebastián hablaba como un loro sin parar. Ni siquiera se daba cuenta que la que se estaba enterando de toda su historia con la loca, era la vecina al otro lado del pasillo y con quien Mariana ya había tenido un altercado.

—Maldita mujer —decía, entre ceceo y borrachera, apenas se le entendía—. Mira Mariana, aquella loca me enzendía el alma… ¿Qué el alma? Me enzendía la POLLA…

—I am sorry, sir… —dijo la asistente de vuelo acercándose.

—Yez, pleaze… May I have another Bloody Mary…and other beer, here…for my friend? Hip…

—No, Sir… —contestó—. Other passengers are complaining. You are a little too loud, sir.

—TOO LOUD? —preguntó Sebastián, levantando la voz—. Who in the hell is complaining about me?

—Ok, sir. If you do not behave, I may have to call security.

—Security? —gritó Mariana, despertando de una vez—. No! What’s up?

—Miss, If you can assist me with your friend… I think he had too many drinks…

—Oh! I’m sorry… Don’t worry, I’ll fix it —contestó Mariana—. Mira canto de ehtupido… Noh van a bajar del avión —dijo dirigiéndose a Sebastián, a la vez que le daba un manotazo en el brazo.

—¿Cómo? ¿Ze van a parar en el aire, van a abrir la puerta y noz van a tirar al vacío con paracaidaz? —replicó el burlándose.

—Sí… Ja, Ja, Ja… Qué gracioso, Sebastián. Bahta ya. En serio, para ya.

—Ezta bien, Mariana… Con una condizión.

—¿Si? ¿Cuál?

—Dime, ¿qué tienez en la maleta?

—Ya te lo dije —contestó Mariana muy seria—. Una ehcultura.

—Déjame verla.

—No, no ehta terminada. Ademáh, ¿cuál es tu interéh?

—Curiozidad.

—Pueh señol curiosidad, no te voy a enseñal nada. No te importa lo que llevo en la maleta —dijo ella mirándolo a los ojos.

—Eztá bien, eztá bien. Entonzez, sigue contándome máz de tu hiztoria con Zerapio el que no le gustaba el apio…

—Ehtá bieeeen. Con tal y con que no sigah haciendo ehcándaloh, chihtesitoh y preguntah ehtúpidah, te cuento —dijo Mariana al fin—. La mamá de Serapio se había vuelto a casal con un viejo soldo que tenía muchos chavos. Lah veceh que iba, me invitaba de comprah con una taljeta de crédito que parecía no tenel límite. Le encantaba la ropa de malca. Era adicta a loh zapatoh Manolo Blahnik y lah calterah Marc Jacobs. Lo bueno era que compaltía y yo me llevé mih regalitoh.

—Puez no te fue tan mal…

—¿Con ella? Nooo… Era un poco wild, si… Se había ahpirado el cuelpo mah que una alfombra. Lah cirugíah pláhticah, ni te cuento. Se pintaba el pelo de rubio platino y creo que dormía con lah pehtañas pohtizah puehtah. Parecía un zombie con loh ojoh azuleh de embusteh… jaaaaa…

—Todo un perzonaje…

—Y calentona… Yo le conocía un secretito. Un streeper de veintitréh añoh al que le pagaba el apaltamento y el depoltivo con los chavos del viejo. Me decía: “Mariana, que ni se te safe lo del Puruco que me matan”. Pol supuehto que jamáh dije una palabra… y menoh a Serapio, despuéh de todo era su madre… A cambio de mi silencio, me había prometido compralme el traje de novia en Kleinfeld

—¿Qué carajoz ez Kleinfeld?

—Un sitio en New York donde venden trajeh de novia carísimoh… Total, para la solpresa que me iba a lleval…

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