La maleta.8

Mariana vio que Sebastián se quedó dormido y ella se durmió también. Cuando ella estaba muy profundamente dormida, él se levantó y pasó suavemente sobre ella, como para ir al baño. Ella se movió, pero se re acomodó y siguió durmiendo. Él caminó por el pasillo hasta el lavatorio en la parte de atrás. Luego se quedó vigilando unos minutos. Cuando estuvo seguro de que Mariana no iba a despertar, fue acercándose poco a poco, sin hacer ruido. Lentamente agarró la manija del maletero sobre el asiento de ella, tratando de no hacer ruido. La vieja del otro lado del pasillo, esperaba deseosa a que él sacara la maleta. Si lograba sacarla, llevársela atrás y abrirla, pronto todos sabrían qué había adentro.

Sebastián había cogido la agarradera de la maleta cuando Mariana puso su mano sobre la suya.

—¡Ladrón!

—Yo no zoy ningún ladrón —replicó él, haciéndose el ofendido.

—¿No? ¿Y qué se supone que estáh haciendo con miiiii maleta?

—La eztoy acomodando…

—No jodah. ¿Y cuándo se dehacomodó?

—Puez el avión… hubo un vazío, entonzez yo ezcuché un ruido y miré a ver que todo eztuviera bien… Mira, ¡hay zangre regada!

—Que no eh sangre, eh pintura roja simulando sangre… ¡Ay, Dioh! Deja ver —dijo Mariana, buscando enseguida una servilleta de papel en su bolso para limpiar la sangre—. Ya ehtá bueno, Sebastián… ¡Rehpétame!

Mariana fue al lavatorio para deshacerse de la servilleta ensangrentada y lavarse las manos. Regresó a su asiento y se sentó al lado de Sebastián en silencio. Ella estaba visiblemente molesta. Él se sentía apenado por su comportamiento, aunque por supuesto, seguía sintiendo la misma curiosidad por lo que había en la maleta. No le gustaba verla así, después de todo ella también acababa de pasar, al igual que él, una pena de amor.

—Mariana…

—¿Qué?

—Perdón.

—Uhtedeh loh hombreh son toditoh igualeh.

—Oye, pero eztoy tratando de arreglar ezto. La verdad ez que no debí tratar de coger tu maleta.

—No, no debihte.

—Perdón.

—Ya lo dijihte.

—¿Os vaíz a quedar el rezto del viaje callada?

—¿Qué tiene? De todoh modoh yo no te conohco.

—Por favor, olvida lo que pazó. ¿Por qué no seguíz contándome que pazó con Zerapio y su familia eztraña?

—Serapio tenía un hermano transexual.

—¿Ah?

—Sí. Era la única persona decente en esa familia. Amable, honehto, trabajadol. Tenía un novio que lo adoraba. Trabajaban muy duro los dos para pagal el tratamiento de hormonah, ya tu sabeh, para combertilse en mujel y despuéh hacelse el cambio de sexo. No se metían con nadie. De la casa al trabajo y vicevelsa. Una pena que se avelgonzaran de él. Ninguno en esa casa era mejor que ese muchacho, bueno… muchacha. Ella fue la única que me adviltió…

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