La maleta.10 (final)

Mariana se levantó del asiento para discutir con la mujer del otro lado del pasillo. A la misma vez, dos asistentes de vuelo se acercaron a ella. Sebastián le halaba del brazo para que se sentara. La mujer del otro lado seguía gritándole que era una asesina y le señalaba con un dedo, agitada.

—Pero la veldad es que uste’ es una vieja presentá —gritaba Mariana, alterada.

—Mariana, zientate. No le hagaz cazo. ¡Ven! —aconsejaba Sebastián.

—Buenas tardes —dijo uno de los asistentes dirigiéndose a ella y mostrando una identificación—. Soy el oficial de seguridad a bordo. Esta señora está levantando una denuncia en su contra.

—Ehta señora se ha pasado escuchando mi convelsación todo el tiempo. Ella no sabe de que yo ehtoy hablando —contestó Mariana.

—Mariana, recuerda que no teneíz que conteztar ninguna pregunta —intervino Sebastián.

—Señorita, voy a pedirle que me permita inspeccionar su equipaje de mano —continuó el oficial ignorando los comentarios de Sebastián.

—Yo no tengo que dejal que usted vea mi equipaje. ¡Yo tengo mis derechoh! —protestó ella.

—¡Asesina! Algo tienes que ocultas en esa maleta —insistió la mujer del otro lado del pasillo.

—¡Maldita vieja! No se meta… Eh que la veldad me ha caído la macacoa, ¡Dios mío! —dijo Mariana, frustrada.

—Debo inspeccionar su maleta. Le pido que no se oponga a que yo cumpla con mi deber —dijo firmemente el oficial. El otro asistente seguía al lado de Mariana en silencio, pero dispuesto a actuar de ser necesario.

Mariana abrió el maletero sobre su cabeza e hizo un gesto con sus manos para que el hombre bajara la maleta y la inspeccionara. Luego se sentó cabizbaja, humillada. Sebastián observaba, apenado por el mal rato que ella estaba pasando y pasó su brazo sobre su hombro, solidario. La mujer del otro lado del pasillo estaba pendiente de que abrieran la maleta para mirar su contenido. Los demás pasajeros que estaban cerca, se habían puesto de pie para poder echar un vistazo.

El oficial bajó la pesada maleta y la abrió. Un busto de yeso en piezas, algunas toallas, una lata de pintura roja y pinceles estaban en su interior. El hombre buscó en los bolsillos donde encontró dibujos y diseños que aparentaban ser del proyecto. Miró al otro asistente moviendo la cabeza en negativa.

—Señorita, le ofrezco una disculpa —dijo el oficial acercándose a Mariana mientras colocaba la maleta de nuevo en su lugar.

—Mi abogado se comunicará con la línea aérea para recibil sus disculpah. Me aseguraré de apuntal bien el número del asiento de la señora del otro lado del pasillo, para que también se comunique con ella —respondió.

—¡Muy bien, Mariana! —dijo Sebastián—. Te dejaré toda mi informazión por zi el abogado la nezezita. Zeré tu teztigo.

—Pero es que yo la escuché —dijo la mujer del otro lado del pasillo, todavía insistiendo—. Yo oí cuando ella dijo que buscó el cuchillo…

—Mire señora, usted mejor cállese —contestó el oficial, mientras se iba por el pasillo hacia la parte de atrás del avión, acompañado del otro.

—Mariana, ziento mucho lo que ha pazado…—dijo Sebastián.

—Tu cállate, que también pensabah lo mihmo que todoh elloh —contestó Mariana.

—Te confiezo que al prinzipio zí, pero dezpuéz me di cuenta de que no podiaíz haber matado a nadie —aseguró él.

—No… No maté a nadie…

—Lo zé… ¿Qué hizizteis con el cuchillo entonzes?

—Pueh nada… Cuando volví al cualto, ehtaba tan confundida, miré aquel ehpectáculo de nuevo y vomité. Luego tiré el cuchillo y salí corriendo de aquella casa. Caminé sola pol un rato en la oscuridad de la noche, llorando tanta desilusión. Cuando me calmé, llamé un taxi y regresé al aeropuelto.

—Puez que pena, Mariana. No sabeíz cuánto lo ziento. Tal vez fue mejor que te enteraraíz de la claze de hombre que era Zerapio y de la familita en la que ibaiz a caer.

El piloto anunció que ya estaban llegando a su destino y que se prepararan para el aterrizaje abrochándose el cinturón de seguridad y enderezando sus asientos. Enseguida siguieron las instrucciones. Este, sin duda había sido un viaje muy intenso.

—¿Quereíz anotar mi número para que ze lo deíz a vuestro abogado?

—Sí —contestó Mariana mientras buscaba en su bolso papel y pluma—. Toma, anota aquí.

—Por favor, llama algún día —rogó al entregarle el papel y la pluma de vuelta.

—Ehta bien. Ha sido un placel viajal contigo —contestó Mariana, acercándose para darle un beso en la boca.

Ya en su destino, Sebastián y Mariana se abrazaron para despedirse. Él se fue para tomar su conexión al misterioso destino que nunca dijo. Ella se quedó parada hasta que lo vio desaparecer.

Mariana se dirigió al baño del aeropuerto. Entró en uno de los cubículos y abrió su maleta. Buscó adentro del forro y sacó una bolsita transparente con cierre tipo ziplock. La levantó a la altura de sus ojos para mirarla por un momento antes de tirarla al retrete. Adentro estaba el dedo gordo del pie izquierdo de Serapio.

Tiró la bolsita al retrete y bajó la cadena.

Sonrió.

Agarró su maleta y siguió su camino.

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19 comentarios en “La maleta.10 (final)

  1. Awilda Castillo dijo:

    Que buen final Melll!!!

    Creo que es e los finales que me gusta… Pero yo en la medida que voy escribiendo algunos personajes consiguen ablandarme jajajaj y no puedo hacerles lo que pensaba al principio jajajaja.

    He disfrutado todo el viajes, desde el aeropuerto, la misteriosa maleta, la forma de hablar tan peculiar de Mariana y lo circunspecto de Sebastián. Hasta la vieja chismosa me entretuvo.

    Me encantó, el final… De lujo! el zarapio se salvó de que sólo fuese el dedo!!!! Jajajaja

    Abrazo Mel querida.

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