La maleta.9

—¿Qué fue lo que te advirtió la hermana de Zerapio? —preguntó Sebastián interesado en la historia.

—Que tuviera cuidado. Que Serapio no era lo que parecía sel. Yo le pregunté si era que era gay también y ella me aseguró que no se trataba de eso. Me quedé pensando si  era por su guhtito de que le chuparan el dedo goldo del pie izquieldo. Aunque a mí me parecía un poquito raro, no creí que fuera un motivo tan grave para tal adveltencia. Pero por máh que le pregunté no me dio ehpecificacioneh, solo que obselvara y tuviera cuidado. Pero ya sabeh cómo eh el amol, una cree sin dudal…

—Zí, bien que lo zé.

—Tengo hambre… ¿No tieneh unah papitah por ahí?

—No, zi ni equipaje traigo.

Mariana encendió la luz para llamar a la asistente de vuelo. Le pidió que le trajera algún snack. Ella le trajo una cajita con quesos y galletitas por diez dólares.

—Con ehto me hubiera comido una mixta y me sobraba para el pohtre. Menoh mal que el refresco es gratih —comentó a Sebastián, mientras abría la cajita—. ¿Quiereh?

—No, graziaz… Todavía me duele el eztómago por los Bloody Mary.

Mariana engulló los quesos y galletitas, mientras Sebastián la observaba. La verdad era bonita. Tenía el pelo cortado estilo paje, muy negro. Sus ojos eran oscuros y sus cejas abundantes, muy bien arregladas. Su piel era clara, lozana, hermosa así sin maquillaje. Hacía muecas muy graciosas mientras comía. Parecía una niña disfrutando de los sabores, y hasta tarareaba una melodía al untar el queso en las galletas.

—¿Qué?

—¿Qué de qué?

—¿Qué me mirah?

—Nada, ez que te vez muy guapa comiendo…

—¡Ajá! Ya vah a rapearme… Te advielto que no ehtoy dihponible.

—No eztoy… ezo que dijizte. Zolo te digo que erez guapa porque lo penzé. Yo tampoco eztoy dizponible.

—Ajá…

Mariana terminó de comer sus galletas. Se tomó el refresco despacio, pensando.

—No había comido nada dehde ayer por la mañana. Tenía el ehtómago hecho un nudo dehpuéh de lo que pasó. ¿Sabeh? Llegué a Puerto Rico anoche como a lah nueve.

—¿No eztuvizte en Zan Juan ni veinticuatro horaz?

—Ehtuve lo suficiente para entendel lo que me adviltió la helmana de Serapio —dijo haciendo una pausa—. Llegué anoche y cogí un taxi hahta la casa de la mamá de él, que fue donde me había dicho que iba a ehtal. Cuando llegué, el frente ehtaba todo apagado, pero ehtaban los carroh de la mamá, de Serapio y de su papá. No me ehtrañó que el papá ehtuviera allí, polque a pesar de que ya tienen otras parejas, todoh elloh siempre han sido muy civilizadoh. Pensé que a lo mejol ehtaban cenando. Toqué la puelta ilusionada por vel a mi novio, imagínate la solpresa que le iba a dal, nadie me ehperaba. Yo ni le dije a mih papáh que iba. Hahta me llevé el trabajo final para telminarlo allá. Nadie abrió, pero la puelta ehtaba sin llave, así que entré. Tampoco había nadie en la sala de ehtar, ni en el comedol. Entonceh pensé que podían ehtal en el patio, en una barrita que tienen atráh, al lado de la pihcina.

—¿No te dio miedo no encontrar a nadie?

—No sé ni que sentía. Era como una fuelza que me movía a seguil buhcando. Fui al cualto de Serapio, la puelta ehtaba abielta y no ehtaba. Entonceh ehcuché música en el cualto de la mamá y caminé hacia allá. Sentí un fuelte olol a mariguana mehclado con incienso —explicaba Mariana, cuya expresión denotaba un terrible asco por lo que describía—. Cuando abrí la puelta nadie se dio cuenta. El cualto ehtaba oscuro, solo lo iluminaba una luz roja. Entre el humo de los cigarrilloh, pude vel a la mamá de mi novio, la vieja calentona, rubia oxigenada, enfelma.

—¿Qué hazía?

—Ehtaba con el Puruco, ¡en la cama de su marido! Él la tenía ensaltá y dehde la puelta yo podía vel las tetah de ella brincando. El viejo ehtaba en un sillón dolmido, no sé si borracho o si le habían dado una pahtilla o algo, pero ehtaba dolmido. Lo que no puedo creel todavía es lo que ví despuéh.

—¡Cuenta mujer!—dijo Sebastián impaciente.

—Serapio ehtaba desnudo, en la mihma cama que su madre ehtaba con su amante, con la mujel de su papá…

—¿La de Victoria Zecret?

—Sí, esa misma… Serapio le ehtaba haciendo sexo oral, mientrah ella le chupaba el dedo goldo del pie izquieldo…

—¡Qué barbaridad! ¿Y el marido?

—¡Ese sucio ehtaba sentado en una silla mirándoloh a todoh mientras mahturbaba!

—¡Ay, Mariana! Lo ziento mucho…

—Máh lo sentí yo. Creo que del coraje enloquecí. Salí corriendo a la cocina y cogí un cuchillo para telminal con todo aquello.

—¡Aaaaaaaahhhhhh! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Esta mujer es una asesina! —gritó la mujer del otro lado del pasillo—. ¡Ayuda! ¡Vengan, por favor!

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