Marion, ¿de dónde vienes? II

Nunca me explicaron que fue lo que pasó exactamente. Poco a poco, oculta por los rincones, fui recopilando partes de la historia de por qué la mujer y su hija comenzaron a vivir con nosotros. Cuando papá llegó aquella noche lo oí discutir con mi madre.

—¿Pero estás loca? ¿Cómo traes a esa mujer y después con una hija a vivir aquí así? ¿Sin preguntarme siquiera?

—Anda Pablo, no seas así. Hoy por ti y mañana por…

—No me vengas con eso que yo no soy ningún abusador… ¡Y encima dejas a Marion sin cuarto!

—Pero si la niña es preciosa, Pablo… No tuve corazón para dejarlas en la calle…

—Y sí tuviste corazón para dejar a tu hija sin habitación.

—Es solo por unos días mientras ella consigue a dónde ir.

—Esa mudanza a mí no me parece que sea por unos días. ¡No estoy de acuerdo!

Entonces papá salió de la casa azotando la puerta. Yo pensé, «Ahora mi mamá le va a decir a la mujer y a la niña diabla que tienen que irse». Pero no. Ella salió del cuarto disculpándose, diciendo que eso se le iba a pasar. Que papá siempre reaccionaba así a los cambios, pero la que llevaba los pantalones en la casa era ella. Luego buscó un martillo y unos clavos para colgar un cuadro que trajo la mujer en la mudanza. El más espantoso que he visto en mi vida. Era de un torero con un toro en una corrida. El torero en su clásica postura, capa en mano y el toro embistiendo. Los únicos colores de la pintura eran rojo, negro y blanco. Ese mismo cuadro permaneció en la casa aún después de que ellas desaparecieron.

Desde esa noche en adelante dormí en la habitación de mis padres. Nunca me acostumbré a la mujer rubia, que luego supe que dse llamaba Adriana. Ella me trataba bien al frente de mi madre, pero cuando ella no estaba me quitaba mis juguetes para dárselos a su hija. Wendi, así se llamaba la diabla, me halaba el pelo y me tiraba cosas sucias en la ropa para que me pegaran, de ese modo hacía de mis días una pesadilla. Solo encontraba sosiego cuando veía llegar a mi madre del trabajo, que aunque no me creía, al menos, no me pegaba.

Durante ese tiempo mi padre pasaba mucho tiempo fuera de la casa, apenas le veía. Adriana le decía a mi madre que seguramente andaba en la calle con otras mujeres y por eso ya no venía. Al principio mamá se reía, pero la mujer empezó a decirle que por supuesto lo podía entender porque ella estaba toda descuidada y gorda. Mamá empezó a preocuparse, más tarde a deprimirse.

Una tarde algo pasó. No recuerdo más. Ese verano mamá y yo fuimos a Nueva York.

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