Marion, ¿de dónde vienes? III

Cuando regresamos de Nueva York, ni Adriana ni Wendy estaban en la casa. No se mencionaban sus nombres tampoco. De ellas solo quedaba el cuadro del torero que tanto me disgustaba. Papá había regresado a la casa pero se había abierto un abismo entre él y yo. Ya no me abrazaba, ni me besaba. Volví a mi habitación, con mis cosas y mis juguetes. Eso me alegraba, pero me hacía falta de vez en cuando meterme en la cama con mi padre. Recostarme en su pecho. Escuchar su corazón latir lentamente. Sentir que junto a él nada malo me podía suceder. Respirar su olor tan distinto al de mi madre. El olor a hombre. Pero se acabó y no sé si tuve la culpa.

Mamá también estaba distante. No sé si lo estaba más de papá que de mí. Parecían dos desconocidos compartiendo un mismo techo. A mí me decía cosas que no entendía. Cosas horribles sobre los hombres. Que eran traicioneros, abusadores y mentirosos. Y a mí no me parecía que papá fuera nada de eso. Aunque la verdad, últimamente me parecía que me había mentido cuando decía que me quería, porque ya no quería estar conmigo. Pero aparte de eso, yo no creía que él fuera lo que ella decía que los hombres eran. Ella debía estar equivocada en cuanto a los hombres se refería. Los hombres no podían ser todas esas cosas.

Fue en esa época que papá comenzó a beber. Tomaba luego de llegar del trabajo sentado en la butaca del patio hasta desmayarse. Algunas veces se iba con su primo y regresaba tarde en la noche casi arrastrándose. Cuando eso sucedía, mamá me acostaba con ella en la cama para evitar dormir con él. Decía que no le gustaba su olor. Él se acostaba en la mía. Al otro día, yo me acurrucaba sobre la almohada y me arropaba con la sábana que había cobijado sus amargos sueños. Eran los únicos momentos en que yo podía volver a disfrutar de su aroma, aunque fuera mezclado con el del alcohol.

Tomi, mi amigo, era hombre. Bueno, más o menos, pero definitivamente no era traicionero. Él me había defendido de Wendy muchas veces, aún cuando ella era más bonita. No era abusador, al contrario, siempre me daba besos y me acariciaba mucho. Me hacía sentir bien cuando me tocaba. Tampoco me decía mentiras. Siempre que quedaba en encontrarnos en el lugar especial, allá en el almacén luego de la ceiba gigante, estaba allí a la hora en punto. Estaba segura que iba a casarme con él cuando creciéramos, pero la vida se nos adelantó y no pudimos hacerlo.

Poco antes de que Tomi cumpliera quince años, una fiebre terrible lo fue marchitando hasta que no quedó nada de él. Odié a mi madre porque no me dejó ir a verle. Decía que tenía temor al contagio. ¿Qué más daba si me enfermaba yo también? ¿No era peor que la condena a la soledad y el desamor a la que mis propios padres me habían lanzado? ¿Qué iba a hacer ahora sin Tomi?

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