Marion, ¿de dónde vienes? VIII

Por primera vez estuve desnuda delante de un hombre. Bueno, también estuve desnuda delante de mi padre pero no era lo mismo. No se sentía igual. Alfredo me miraba diferente. Decía que yo era hermosa, perfecta. Nunca antes me había sentido así. Siempre me sentía más fea que mis amigas, pero él me hacía sentir como una diosa y estaba a punto de llevarme al quinto cielo.

Cuando le vi a el desnudo, me sorprendí del tamaño de su sexo. Era enorme. Mis amigas hablaban de eso y decían que tener sexo dolía mucho. Mirándolo a él pensé que era por eso.

—No te asustes, Marion —dijo, adivinando mis pensamientos —. Te va a doler un poquito, pero piensa que te va a gustar más.

Entonces comenzó a besarme toda. Lamía mis pechos y mis pezones y con sus manos tocaba mi sexo hasta sentirlo húmedo. Luego bajó hasta allí, separando aún más mis piernas, siguió jugando con su lengua en mi interior. Entonces sentí deseos de que me besara y le pedí que se acercara más. El fue subiendo poco a poco sobre mi hasta besar mis labios. Puso su sexo sobre el mío, mientras se iba acomodando suavemente.

—¿Te gusta, Marion? —preguntó mientras hundía una parte de su sexo en mí.

—Sí, pero me duele.

—¿Te duele más o te gusta más?

—Me gusta más.

—Bien, entonces quieres más —dijo empujándolo todo.

Recuerdo el dolor y el placer en uno, pero pudo más el placer. Alfredo se movía suave pero rítmicamente sobre mí, agarrando mis caderas. Hablándome al oído, excitándome con sus palabras. Él parecía gozar de mi cuerpo como desesperado, hambriento. Yo era feliz de que él me amara tanto. No sé cuántas veces morí ese día. Digo morí porque así se sentía llegar al cielo, como un desmayo, como morir. No sangré mucho la verdad. Ni me dolió tanto tampoco.

A las cuatro de la tarde, Alfredo miró el reloj y dijo que teníamos que irnos. Yo no hubiera querido irme nunca de ese paraíso. Ahora era toda una mujer. Quería gritarlo a los cuatro vientos, pero él me dijo que no podía. Era un secreto. Ya lo sabía.

—Marion, ¿de dónde vienes? —preguntó mi padre.

—Estuve en el centro comercial, papá —contesté.

—No traes nada —dijo al ver que no traía ningún paquete.

—No encontré nada que me gustara.

Así perdí mi virginidad. Secretamente. Solo Alfredo y yo lo sabíamos. Entonces tenía que inventar miles de excusas para salir y estar con él. Para sentir rico con él. Él decía que era su mujer y yo era feliz con ello. Me reía de mis amigas y sus cuentos de cómo se perdía la virginidad.

—Marion, ¿viste al profe de educación física? —preguntó una de mis amigas —. Hoy vino con su esposa y el bebé. Está taaaaan liiiiindo. Ven, ven para que lo veas —dijo tomando una de mis manos, halándome para correr hacia la Oficina de la Dirección en dónde estaban.

Llegué a la puerta de la Dirección justo en el momento en el que Alfredo besaba a una mujer que tenía en sus brazos a un bebé. Él alcanzó a verme y abrió sus ojos muy grandes. Pensé que iba a desmayarme. Me volteé y me fui caminando muy despacio hasta que me dejé caer.

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17 comentarios en “Marion, ¿de dónde vienes? VIII

  1. Pingback: Junior
  2. whatgoesaround dijo:

    Qué hermoso. Escribes de puta madre, Melbag. Me voy a leer toda la serie pues empecé en la parte VII. ¿Y cúantos años tiene Marion? Ah, he mirado y creo que a punto de cumplir 15. “Los quince”, me parece que en muchos países latinoamericanos se le da mucha importancia a cumplir esa edad en las chicas, y se celebra una gran fiesta. Lo sé por mis experiencias en Cuba.

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  3. Melba123 dijo:

    Jajaja…Gracias por el piropo. Sí, ya va para los 15. La fiesta de quinceañero, es una tradición muy vieja, y se celebra la transición de la niña a mujer. También es para presentar a la niña en los círculos sociales. Es muy significativa en algunos países de Latinoamérica. Las familias gastan muchísimo dinero en esta fiesta. Hacen grandes sacrificios para costearla. Es casi tan cara como una boda. Yo no tuve porque mis padres no podían pagar una, pero fui a muchas de esas fiestas y me divertí como loca. Mi madre me cosía vestidos muy bonitos para ir. Y conocí muchachos muy guapos en ellas. No me quejo. Tuve unos buenos quince a pesar de no haber tenido mi propia fiesta.

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