Marion, ¿de dónde vienes? X

Le pedí a papá que me comprara un diario. Conociendo lo curiosa que era mi madre, sabía que iría a husmear en sus páginas sin importar mi intimidad. Me ocupé de describir detalle por detalle desde el principio cómo, dónde y desde cuándo había comenzado mi relación con Alfredo. En el colegio, continué como de costumbre viéndome después de las duchas con él. Fingía gozar entre sus brazos igual que lo hacía antes, hasta le decía que me gustaba más y le pedía que dejara marcas en mi cuerpo para luego, cuando estuviera a solas en mi habitación, acordarme de que era su mujer. Él se excitaba como un demente, olvidándose de todo y me marcaba en los senos, en las nalgas, en los muslos.

Empecé a dejarle notas en su maletín. Cosas cariñosas, con dibujos de corazones. Algunas las encontró y me pidió que no lo hiciera porque “podía complicar el divorcio”. Entonces le sonreía, le daba un beso en la boca y con la mano le tocaba el miembro. Eso lo ponía loco. Enseguida se le hacía el bulto y tenía que irse al baño a esperar que se le bajara. Subí el ruedo de mis faldas y dejé de usar bragas. Me doblaba enfrente de él para que me viera el culo. Antes de ir a su clase, me ponía hielo en los pezones para que se me irguieran debajo de la camisa y no pudiera dejar de mirarlos. Desde que su esposa había ido al colegio, no habíamos ido a las cabañas. Seguro tenía miedo de que ella se diera cuenta, pero ya no aguantaba más. Tenía que tenerme en una cama. Embestirme todo el día como lo hacía antes. Fue entonces cuándo se descuidó.

—Marion, necesito verte en las cabañas —anunció una tarde—. No sé que me haces, niña, pero tengo que estar contigo todo el día. Estos ratitos no me dan para hacerte todo lo que quiero. Es que desde que no te pones las bragas, estoy que quiero comerte hasta el culo.

—¿Quieres que nos veamos el sábado? —pregunté inocentemente.

—¿Crees que puedas arreglártelas para entonces? —preguntó emocionado ante la rapidez de mi respuesta.

—Sí, claro —contesté—. Lo arreglo todo para el sábado.

Y eso hice. Lo arreglé absolutamente todo para ese magnífico e inolvidable sábado. Dejé olvidado el diario sobre la mesa de la mesa del comedor. En sus páginas incluía pelos y señales de a dónde iría ese día, con quién y a qué. En cuanto a la señora de Alfredo, envié una nota con un mensajero, indicándole en dónde podía encontrar a su maridito. Casualmente, ella conocía muy bien el lugar, pues allí mismo ellos iban a pasar sus ratos de amor cuando eran novios.

Alfredo me recogió en el centro comercial como de costumbre. Me había pedido que no llevara bragas puestas y eso hice. Por todo el camino iba hurgándome el sexo. Me pidió que me quitara el sostén. Le complací. Apretaba mis pechos hasta encontrar el pezón, para juguetear y aprisionarlo con sus dedos. Yo llevaba un traje corto, sin mangas. “De fácil acceso”, sugirió él. Me pidió que le sacara su sexo del pantalón y que se lo lamiera por el camino, “para prepararlo”, dijo. También le complací. Cuando llegamos a la cabaña estaba tan encendido que apenas me penetró escuché su final gemido.

—Perdón, Marion —dijo—. No me pude aguantar. Pero no te preocupes, chiquita. Ya mismo “el guerrero” se pone de pie y sigue “la batalla”. Además, hoy quiero probar contigo algo nuevo. Quiero hacértelo por detrás. Es que tienes un culito de ensueño. Tienes que ser mía toda, Marion —sentenció acariciándome las nalgas.

Unos minutos más tarde “el guerrero” estaba listo. Alfredo sacó de sus cosas unos aceites con los que empezó a acariciar mi cuerpo. Me sentía tan excitada que casi se me olvida que alguien llegaría en cualquier momento. Me volteó poniendo aceite en mi espalda y en mis nalgas. Luego metió sus dedos para acariciarme el ano. Me dijo que me pusiera como un perrito. Eso hice. Y como la primera vez, se subió sobre mí, acomodando su miembro poco a poco adentro. Esta vez sí me dolía mucho. Se lo dije y puso más aceite. Iba moviéndose rítmicamente, hasta entrar completo.

—¡Señor Alfredo Montalvo, abra la puerta! —gritó una voz desde afuera, tocándola violentamente—. Es la Policía.

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20 comentarios en “Marion, ¿de dónde vienes? X

    • melbag123 dijo:

      Pasan Júnior y seguirán pasando. Los padres tenemos que estar muy atentos. Aquí se roban a las niñas y luego no aparecen. Es horrible luego ver a los padres en la tele rogando que si alguien las ve las devuelvan. Aveces esas niñas se dejan engañar buscando amor.

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  1. Tintazul21 dijo:

    Me parece que Marión planeó muy bien su estrategia, pero ¿se salvará de toda la humillación que podría ir después de esto? Bien sabido que la escuela no es un lugar de rosas. por cierto la historia me encanta sigue sorprendiéndonos 😀

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  2. whatgoesaround dijo:

    Cómo me ha hecho reír la frase del principio…”se excitaba como un demente”. Vaya, vaya, así que en plena enculada se presenta la policía. Bueno, vamos a ver qué pasa. Pero para prepararle una trampa ella se deja hacer demasiado, le complace demasiado. Hasta llegué a pensar que ella se esfumaría de la escena para que su padre y la mujer de él lo pillaran ahí en las cabañas. Claro que pillarlo solito sin ella no tiene mucho sentido. En España decimos “tal persona necesita un hervor” o “le falta un hervor” en el sentido de que una persona es inmadura o tonta, ilusa, ingenua. Lo del hervor es una metáfora, como una col o unas patatas que necesitan hervir más en la olla para estar en condiciones. Ése es el sentido. Otro sentido, muy común, de “le falta un hervor” es de una persona que es algo deficiente en el sentido mental, de bajo coeficiente, o lenta de reflejos o de entendederas. Ciao.

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