Marion, ¿de dónde vienes? XI

—¡Maldita niña! —dijo Alfredo mientras me empujaba sobre la cama, nervioso. Luego me dirigió una mirada de odio—. Me tendiste una trampa. ¡Estoy jodido! —afirmó mientras se vestía rápidamente.

De más está decir que mi padre le rompió la cara, mientras mi madre observaba sin inmutarse. La esposa miraba la escena descompuesta e incrédula. Eran dos policías los que acompañaban a mis padres y a la esposa. Un hombre y una mujer. El hombre dejó que mi padre le pegara a Alfredo haciéndose de la vista larga. La mujer me agarró por un brazo, llevándome al baño de la cabaña.

—Ponte la ropa, niña —dijo—. ¿En qué estabas pensando cuando te acostaste con este hombre? —reclamó.

No le contesté. Yo misma no sabía por qué me había acostado con Alfredo. El decía que me quería y yo le creí, supongo.

Lo que pasó después fue terrible. Por más que mis padres trataron de ocultarlo, la prensa se ocupó de publicar en primera plana lo del maestro pervertido. A pesar de que mi nombre no aparecía en la publicación, la foto de mis padres saliendo de la Delegación me descubría. Todos ataron cabos. En el colegio me suspendieron. Alfredo fue juzgado y registrado como un depredador sexual. Supe que se divorció luego. Al fin y al cabo ese era el plan, ¿no? Todos hablaban a mis espaldas, señalándome como la amante desvirgada del maestro de educación física. Mi madre dejó de hablarme. No me dirigió la palabra por meses. Papá me miraba con tristeza, aunque siempre me habló lo necesario. Aveces lo veía sentado en el sofá perdido por horas en el cuadro del torero. No me regañó, cosa que no entendí después de la cosa tan horrenda que hice. Hubiera preferido que me reclamara, que me pegara. Pero nada dijo sobre el asunto. Jamás me lo mencionó. En la casa parecía que se había muerto alguien. Un silencio absoluto reinaba.

—Vamos a mudarnos —anunció mi madre.

—Pero, ¿por qué? —pregunté molesta. Al fin y al cabo no me había hablado por meses y cuando decidió hacerlo, fue para decirme que nos mudábamos —. No quiero. Aquí tengo a todas mis amigas.

—¿Qué amigas? Marion, ¿no te das cuenta de la magnitud de lo que has hecho? —preguntó poniendo su cara enfrente de la mía.

Me quedé callada. No quería tener ninguna confrontación con ella. Claro que me daba cuenta de la magnitud de lo que había hecho. Solo que no quería aceptarlo.

—Marion, te estoy hablando —continuó—. ¿No te das cuenta la vergüenza que has traído a esta casa? ¡Te estoy hablando, niña! —dijo agarrándome por los hombros, sacudiéndome con fuerza.

Nos mudamos. El cuadro del torero ocupó un lugar prominente en la sala de nuestra nueva casa. Nunca entendí por qué mi mamá se aferraba al bendito cuadro. Papá me llevaba y me recogía del colegio nuevo. Me observaban todo el tiempo. No salía sola a ninguna parte. Los próximos años, hasta que cumplí los dieciocho, fueron los peores de mi vida. Tenía pocas amigas y las cosas que podía contarle eran mínimas. Ya saben, los secretos. No tenía muchas razones para reír. Me sentía triste, agobiada. Lloraba mucho. Constantemente. Las pesadillas eran casi a diario. De noche sentía que mi papá abría la puerta del cuarto y se quedaba mirándome por unos minutos. Yo hacía como que estaba dormida. Luego él se iba y sus pasos se escuchaban lentos y angustiosos por el pasillo.

Por fin me tocó ir a la universidad y todo cambió para mí. Entonces experimenté la libertad.

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