Marion, ¿de dónde vienes? XVIII

Me senté en las escaleras por unos minutos. Temblaba. Estaba fría y sudorosa. Mi corazón latía aceleradamente. Decidí regresar con Fernando. Subí las escaleras despacio, agarrándome del pasamanos. Entré al despacho sin tocar. Él se levantó de su silla para tomarme en los brazos.

—Marion, ¿de dónde vienes? —preguntó asorado.

Me eché a llorar. Mi llanto era profundo, desesperado, visceral. Creo que en mi vida había llorado con tanto dolor, con tanta angustia.

—Recordé todo, Fernando, recordé.—dije entre sollozos.

—Está bien, querida —dijo con voz suave—. Ahora todo estará bien. Déjame buscar agua.

Salió del despacho dejándome sola por un momento. Luego regresó con una botellita de agua. Me la dio y bebí.

—Marion, ahora que has recordado aunque no lo veas de momento, todo va a estar mejor —explicó suavemente—. ¿Quieres hablar de eso ahora?

Lo pensé por unos instantes. Lo que había recordado era terriblemente vergonzoso. Sentía tanto dolor. Me daba cuenta de que ese suceso había marcado mi vida para siempre. Que desde entonces, todo había girado alrededor de un evento que ni siquiera recordaba. Que este secreto había podrido a mi familia desde las entrañas y al final la víctima había resultado ser yo.

—La mujer rubia se llamaba Adriana y la niña Wendy —comencé —. Mi madre las llevó a vivir a la casa porque según recuerdo el esposo de Adriana le había golpeado porque ella era una mala mujer, que se pasaba con otros hombres. Al menos eso fue lo que escuché decirle mi madre a sus amigas alguna vez —expliqué—. Mamá le tomó lástima porque estaban en la calle y ella tenía la niña pequeña. Mi madre les dejó mi habitación y yo empecé a dormir con mis padres mientras Adriana conseguía a dónde mudarse. Ella era muy hermosa. Yo la miraba arreglarse, escondida, a través de la ventana. Tenía piel de porcelana y el cabello largo y rubio. Su cuerpo era muy bonito también. Fernando, si yo veía tanta belleza, por supuesto que mi padre también la veía. Al principio él salía mucho. Casi no estaba en la casa. Hasta se molestó cuando ellas llegaron, sobretodo porque mamá me quitó mi habitación para dejársela a esas desconocidas. Adriana, le regaló a mi mamá el cuadro del torero, en señal de gratitud por lo que estaba haciendo por ella y su hija. Wendy, la niña, era muy mala conmigo. Me decía cosas horribles. Me decía que era fea, que parecía una monita. En fin, siempre estaba molestándome. Ese día…

Se me quebró la voz y se me escapó un gemido.

—Continúa, Marion —dijo Fernando—. Lo estás haciendo muy bien.

—Ese día, estaba al frente de la casa con Wendy y ella me pegó en la cara. Yo me llevé las manos al rostro, luego me volteé y corrí hacia adentro de la casa para decirle a papá. Corrí por el pasillo hacia la habitación en dónde él debía estar durmiendo porque trabajaba en la noche. Corrí a decirle lo que la niña me había hecho. Corrí a pedirle protección. Cuando empujé la puerta… mi papá estaba sobre Adriana. Él se levantó y la empujó hacia la pared para esconderla de mí, pero ya la había visto. Entonces vino hacia mi nervioso y me preguntó “Marion, ¿de dónde vienes?”. No le contesté, porque no entendía lo que estaba viendo, no entendía qué hacía Adriana con él desnuda, qué hacía él sobre ella. ¡No entendía nada, Fernando! ¡Ese día perdí a mi papá!

—Lo siento, Marion —dijo Fernando—. Siento mucho que hayas tenido que presenciar algo tan difícil de entender a tan corta edad.

—Esa mujer me quitó a mi papá.

—No, Marion —dijo dulcemente—. Mira, alguien debió decirte en aquel momento esto que voy a decirte ahora—continuó tomando mis manos—. Las cosas que pasaron entonces, fueron cosas de adultos. Tú no tenías nada que ver con eso. El amor que tu padre te tenía en esa época y que te tiene aún, es el mismo. No ha cambiado, ni cambiará jamás.

—¿Entonces por qué se apartó de mi? ¿Por qué me dejó?

—No sabía que hacer. No sabía qué decirte, cómo explicarte. Pero sobretodo, Marion, tenía mucha vergüenza. Tampoco tu mamá ayudó mucho, ¿entiendes? Ella también estaba herida. Se puede comprender. Los adultos se ocuparon de las cosas de los adultos, pero a nadie se le ocurrió que tu necesitabas ayuda también porque “tal vez no te acordabas” o “tal vez no entendías lo que habías visto”. ¿Qué vas a hacer con lo que sabes ahora?

—Voy a destruir el maldito cuadro.

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