Mercancía.7

La rehabilitación de Daniel era lenta. Valerse sin sus extremidades por sí mismo, le resultaba muy difícil, sobretodo porque se percibía vencido. Sus heridas emocionales, todavía nadie las había podido apreciar. El joven bueno que se fue, no volvió. Ni siquiera era una sombra de lo que había sido. Amanda le veía consumirse sin poder hacer nada. La lástima que sentía por él, era un yugo que lo soportaba todo. Encerrado a oscuras en la habitación al lado de la de su esposa, no hablaba con nadie. Ni siquiera miraba a Rubén cuando Amanda se lo llevaba. En más de una ocasión, estrelló los platos con la comida sin tocarla. Era imposible saber lo que cavilaba.

Poco se sabía de Anthony. Rebeca seguía su vida como si no le importara. Mientras recibiera el dinero que le enviaba, poco le interesaban las penurias que pasaba.

Una tarde Grace, la madre de Anthony, escuchó a los perros ladrando enfrente de la casa. Cuando salió a mirar de qué se trataba, estaba su hijo en el pórtico. No sabía por qué, pero hasta más alto se veía. La pobre mujer gritó emocionada y se le lanzó a los brazos. Por fin volvía su niño al que tanto había esperado.

—¡Anthony, hijo! —decía entre abrazos y besos, inspeccionándolo como cuando era niño—. ¿Cómo llegaste sin avisar?

—Madre, no quería recibimientos —contestó—. ¿Dónde está mi hijo?

Grace agarró a Anthony por la mano y lo condujo a la habitación. Fabián dormía la siesta.  Él se dobló sobre la cuna y lo sacó de su sueño. El niño le miró asustado. El padre le acercó a su pecho, hablándole suavemente, mientras acariciaba su cabecita. Cuando estuvo calmado, buscó en su bolso un oso de peluche. Fabián lo agarró, observándolo por unos segundos. Después lo tiró al suelo.

—¿Dónde está Rebeca, mamá? —preguntó Anthony mientras jugaba con el niño.

—Salió hace varias horas —contestó la madre.

—¿A dónde?

—No lo sé. Tu mujer no me da cuentas de nada.

—Supongo que ahora no saldrá tanto —afirmó el esposo—. Ahora yo estaré aquí.

—¿Ya no te irás más? —preguntó la mujer llena de alegría.

—No —contestó—. Llegué para quedarme. ¿Rebeca sale así muy a menudo?

—Todos los días. Tal vez le puedas amarrar a su casa, ya que el niño no lo logra.

—Las cosas van a cambiar, madre. Eso te lo garantizo.

Dejando a Fabián con la abuela, Anthony fue directo a la casa de Daniel. Amanda abrió la puerta y se quedó lívida. Luego se le echó en brazos, llorando de alegría por verlo, de pena porque no era él su esposo.

—¿Cómo sigue Daniel? —preguntó el joven enseguida, apartándola suavemente—. Escuché que está muy mal.

—Escuchaste bien —respondió Amanda—. Mi vida es un infierno.

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