Mercancía.9

Fabián y Rubén eran amigos inseparables. Desde muy pequeños eran compañeros de travesuras y juegos. Cazaban lagartijas, coleccionaban mariposas y hasta jugaban con las hormigas. Cuando llegó el momento, empezaron el colegio juntos y en más de una ocasión Anthony y Amanda tuvieron que ir para responder por alguna diablura del par.

Anthony les había enseñado a jugar al fútbol y siempre lo hacían en la calle frente a la casa para que Daniel pudiera disfrutar viendo a su hijo. Luego de hacer la Primera Comunión, Amanda le pidió permiso a Rebeca para llevar a Fabián junto con Rubén a donde el sacerdote, para preparar a ambos niños como monaguillos. Se le hacía a Amanda, que mantenerlos en la iglesia, espantaría los demonios que a menudo se soltaban en el pobre southside. A Rebeca poco le importaba, y fue Anthony quien finalmente dio el permiso para que el niño fuera entrenado para servir en la iglesia.

Los domingos se convirtieron en días especiales para las dos familias. Más que por fervor religioso, no faltaban a la misa de las diez de la mañana, para ver a los dos chiquillos a cada lado del sacerdote, uno con el vino y el otro con las hostias.

—¡Es que se ven monísimos! —decía la misma Rebeca, quien ahora se sentía orgullosa viendo a Fabián que parecía un ángel rubio, con su pequeña sotana.

Después de la ceremonia, se iban a comer a una de las casas y luego se sentaban en el balcón a mirar a los niños jugar en la calle o a escuchar a Anthony cantar. De este modo, Anthony y Daniel lograron recuperar un poco de la paz que perdieron durante la guerra.

Pero según llegó la calma, también llegó la tormenta. Una tarde de verano, de uno de esos domingos de ensueño, se escucharon gritos en la calle. Las mujeres estaban en la cocina ayudando a preparar los alimentos para la cena. Cuando Amanda y Rebeca se asomaron, Anthony discutía con un ganguero que le quitó la bola a los niños. El joven se notaba drogado o alcoholizado. Daniel había salido en su silla de ruedas hasta la calle para defender a Rubén, quien estaba paralizado del susto. De repente, otros jóvenes acudieron a ayudar al pandillero, seguramente sus compañeros de ganga. Amanda llamó a la policía desesperada. Apenas podía ver entre los amotinados a Anthony luchando para sacar a Fabián y a Rubén de la calle.

Entonces se escucharon varios disparos.

—¡Dios mío! ¡Mataron a Daniel! —gritó Amanda desencajada. Desde dónde estaba podía ver la silla de ruedas volteada y a su esposo tirado en el pavimento en un charco de sangre.

Anthony traía en brazos a los niños y entregó a Rubén a la madre. Luego se oyeron las sirenas de la policía y los rufianes salieron corriendo.

Anthony sintió un líquido caliente correr por sus manos. Él conocía ese olor a hierro oxidado. Con horror miró la carita pálida de Fabián. Su niño amado estaba mortalmente herido.

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