Mercancía.11

Amanda se detuvo un momento antes de tocar a la puerta. A pesar de que eran vecinos, habían pasado varios años que no hablaban. Parecía que el dolor les había alejado para siempre, mas ahora ella era capaz de hacer lo que fuera por rescatar a Rubén. Respiró profundamente para armarse de valor y tocó.

—Hola, Doña Amanda —saludó Gloria—. ¿Cómo le ayudo?

—¡Qué linda y qué grande estás! —contestó Amanda asombrándose de ver a Gloria tan crecida.

Y no es que no la hubiera visto antes, es que siempre la miraba desde lejos cuando pasaba para la escuela. Después de que Rebeca se fue, no se había atrevido a hablarle a la niña por respeto a Anthony. Gloria se rió, con esa risa limpia característica de las niñas adolescentes.

—¿Está buscando a mi papá? —preguntó luego.

—Sí, si… perdona. Es que te veo y no puedo creer que haya pasado tanto tiempo.

—Eso mismo dice mi papá —respondió—. Dice que lo hago viejo.

—No creo que lo hagas viejo… ¿Sabes que canta muy bonito?

—Sí… No se lo diga, pero aveces cuando me enfermo, me canta nanas muy bajito mientras me abraza.

—Te ama demasiado…

—Lo sé —contestó la niña—. Mi abuela me lo dice todo el tiempo. Dice que yo soy su razón de vivir, toda su alegría.

—Y así seguramente es —contestó Amanda sonriéndo.

—Papá no está, todavía está en el trabajo. Cuando llegue le digo que usted vino.

—Gracias, corazón —dijo Amanda abrazando a la niña y acariciando su melena rubia—. Me alegró mucho verte.

Amanda caminó hasta su casa pensando, recordando, añorando lo que pudo haber sido y no fue. Gloria pudo haber sido su hija. Rubén pudo haber sido hijo de Anthony. Muchísimas cosas pudieron ser diferentes. Ahora sentía que su única esperanza era su amor.

Ya era de noche cuando tocaron a su puerta. Amanda apagó la televisión para asegurarse de que tocaban. Se levantó despacio hasta llegar a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó con precaución.

—Es Anthony —dijo una voz desde el balcón—. Gloria dijo que me buscas.

Amanda quitó el seguro de la puerta y la abrió con premura. Frente a ella estaba el hombre de su vida, de sus sueños. Era como si no hubiera pasado el tiempo.

—Necesito tu ayuda —dijo con voz ahogada.

—¿Qué pasa, Amanda?

—Creo que Rubén está con las pandillas.

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