Mercancía.17

Noticias San Antonio. Hoy es cuatro de julio de dos mil dieciséis. Cuatro niñas desaparecieron hoy en medio de la multitud que atendía los fuegos artificiales en San Antonio, Downtown. Sus nombres son Yaheli Vargas, de quince años; Valentina Solís, de catorce; Virginia Ponce y María Esperanza Denison, ambas de once años. La policía está investigando cuándo fueron vistas por última vez. Noticias San Antonio seguirá de cerca esta noticia y les informará”.

—¡Esto no lo voy a soportar! —gritaba Amanda casi desmayada en los brazos de su esposo.

—Mi amor, te juro que voy a encontrarla —decía Anthony tratando de convencerse a sí mismo de lo que decía.

—Es mi niña… mi niña…

Amanda se desvaneció. No podía perder a María Esperanza. Esa niña había sido su consuelo luego de que perdió a Rubén hacía casi doce años.

La policía llamó a la puerta. Necesitaban una foto de la niña para publicarla, por si alguien la había visto. Las benditas primeras veinticuatro horas estaban corriendo. Mientras más pronto se moviera la investigación, más posibilidades habría de encontrarla. No se sabía si estaban juntas las cuatro desaparecidas, pero por el modo de operación, temían que se tratara de una banda de traficantes de menores que había estado operando en San Antonio en los últimos dos años.

Anthony salió a atender pálido, abatido, destrozado. En cuanto les dijo del estado en que se encontraba su mujer, los policías llamaron a los paramédicos. Enseguida la llevaron a la sala de urgencias en dónde le administraron un calmante.

####

Rubén estuvo toda la noche pensando qué iba a hacer. Tenía que sacar a María Esperanza de allí como fuera. Él no había sido justo con su madre, lo sabía bien. Ahora no podía causarle un dolor más grande que el que ya le había causado con su ausencia. En la madrugada volvió de nuevo a ver a las niñas.

—Déjame entrar —ordenó al hombre que guardaba la puerta.

Con la poca claridad que entraba por las rendijas de las ventanas, pudo ver que estaban todas acurrucadas en un rinconcito del cuarto, dormidas, rendidas por el cansancio. Se acercó poco a poco. Tocó suavemente el brazo de María Esperanza. La niña abrió los ojos sobresaltada. Rubén se puso el índice sobre la boca, haciendo una señal para se callara. Con su mano le indicó que se separara de las otras.

—Voy a ayudarte a salir de aquí —susurró—. Pero no puedes decirle nada a las otras. No puedo hacer nada durante el día. Esperaré a que se haga de noche. Voy a regresar.

María Esperanza estaba tan asustada que confió en las palabras de aquel desconocido. En su situación, se aferraba de cualquier promesa que significara regresar a su hogar con sus padres. Aún a pesar de que solo la ayudaría a ella, en su ingenuidad pensó que si salía podría ayudar a rescatar a las otras tres.

Rubén abrió la puerta.

—¿Te gusta la pelirroja, verdad? —preguntó el guardián.

—No seas pendejo —contestó—. Yo no toco la mercancía.

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