Mercancía.20

Una banda de traficantes de menores fue desarticulada esta madrugada. Según nos fue informado por la Policía de San Antonio, con la ayuda de una menor que logró escapar de las manos de estos bandidos, pudieron llegar hasta el rancho en dónde tenían secuestrados a otras menores. También se encontraron en el lugar armas y drogas. Un par de hombres aparentemente drogados estaban en el interior del rancho y fueron arrestados. Noticias San Antonio les seguirá informando sobre esta investigación”.

—María Esperanza, estoy tan orgulloso —decía Anthony—. Si no hubiera sido por tí, no sé que habría sido de esas niñas.

—¿Si no hubiera sido por mí? No papá —contestó ella—. Si no hubiera sido por el hombre que me ayudó a escapar.

—Todavía no entiendo esa parte —respondió el padre—. ¿Pero él te dijo algo, alguna razón por la que te estaba ayudando?

—Solo me dijo que nada más me podía ayudar a mí. Luego me llevó en la troca hasta la corte y me dijo que le dijera a mi mamá que siempre la llevaba en su corazón.

—¡Dios mío, era Rubén! —exclamó Amanda temblorosa—. Tiene que haber sido él. ¿Por qué razón iba a ayudarla, Anthony?

—Claro, es su hermana —respondió él en voz muy baja.

«Seguro le cuesta la vida», pensó, pero no dijo nada para no causarle más angustia a su esposa.

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—Buenas tardes, jefe —saludó uno de los pandilleros a El Machete.

—¿Me trajiste al pendejo de la mercancía perdida? —preguntó el criminal.

—Sí, Machete. ¿Quiere que se lo traigamos?

—Siempre supe que ese bato traería problemas —dijo como para sí mismo, molesto, dándose cuenta de su error—. Reúne a los hombres al frente y llévalo hasta allí para que todos vean como castigo a los traidores—ordenó a su guarura.

Rubén esperaba custodiado por dos hombres armados con escopetas. Sabía cuál sería su destino, pero no le importaba. Había hecho algo bueno por primera vez en su vida y le había evitado un dolor muy grande a su madre. Mientras era arrastrado, a pesar de lo aterrado que estaba, sentía alivio porque todo su dolor iba a acabarse. Ya no tenía que hacer daño para sobrevivir. Se encomendó a Dios y pidió perdón por todos sus pecados, esperando que fuera cierto que Jesuscristo perdonó al ladrón de la cruz.

No se dio cuenta de nada. Todo acabó en un segundo. El afilado machete cortó su garganta de un lado al otro con precisión de bisturí.

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El cuerpo degollado de Rubén fue encontrado por unos ciclistas que paseaban por el área. Su cabeza la habían tirado no muy lejos de allí. Llamaron a Anthony para que fuera a identificar el cadáver. Era poco lo que podía reconocer del niño que conoció en el hombre que estaba en esa camilla de la morgue. Habían pasado más de diez años desde la útima vez que lo vio. Lo reconoció por un tatuaje que tenía en el pecho que decía: “Amanda, madre mía, siempre te amaré”.

Cuando salió del cuarto de la morgue, Amanda le esperaba esperanzada de que le dijera que él que estaba allí no era su niño.

—Lo siento —dijo Anthony mientras le abrazaba fuertemente—. Es nuestro Rubén.

—Por fin va a descansar su alma —respondió la madre entre lágrimas. A pesar del dolor que le causaba la muerte de su hijo, sentía alivio. Hacía mucho que lo había dado por muerto, no porque no lo amara, sino porque el niño que ella parió, ya no existía. Su cuerpo lo habitaba un desconocido que hacía daño, que mataba.

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