Apocalipsis.1

Sonaron las alarmas de emergencia. Era de noche. La electricidad se apagó y la casa se quedó en penumbras. Todos salimos a la calle medio desnudos, mirando a los helicópteros que surcaban el cielo, que nos apuntaban con sus luces enceguecedoras y nos revolcaban los cabellos con el viento que revolvían sus hélices. Reinaba la confusión. Los vecinos nos mirábamos los unos a otros con ojos desorbitados, perplejos. Las madres abrazaban a sus hijos, agarrándolos lo más fuerte que podían. En sus rostros se reflejaba el pavor, no tanto por ellas, más bien por sus pequeños indefensos. Nadie sabía qué hacer. Los hombres corrían de un lado para otro, se consultaban, se ponían en grupos, luego se dispersaban. Los más viejos caminaban cabizbajos, al parecer conformes con lo que vendría. Los más jóvenes, entraban y salían de las casas buscando armas, cuchillos, palos o cualquier cosa con qué defender a sus familias y a ellos mismos. Las mujeres, resueltas como siempre, preparaban bultos con lo necesario desde comida, pañales, medicamentos y los documentos importantes.

No sabíamos qué pasaba.

—Es el final de los tiempos —gritó una vieja fanática.

—¡Qué final, ni que final! —respondió otro que no creía en nada.

—¡Todos nos vamos al infierno! —volvió a gritar la vieja.

—¡Mire, cállese! —dije yo—. ¿No ve que asusta a los niños?

Un niñito como de tres años parecía perdido entre la gente. Lloraba. Un vecino encendió su vehículo, dando marcha atrás sin mirar. «¿A dónde irá con tanta prisa?», me pregunté, mientras corría a sacar al niño del medio. Por nada y ocurre una tragedia.

—¿Qué pasa? ¡Ten cuidado! —reclamé mientras le golpeaba el cristal de su ventana.

—Gisela, ¿está loca? —gritó desde adentro.

De pronto se oyeron explosiones. Parecían fuegos artificiales iluminando la atmósfera con vivos colores. El alumbrado de la calle se apagó también. Comencé a caminar despacio hacia el centro de la carretera con el niño en brazos. Nadie parecía buscarlo. No podía abandonarlo tampoco. Veía como las mujeres metían sus pertenencias en los carros, mientras los hombres apuraban a los demás para que se montaran enseguida. Corrí de nuevo a la acera para protegernos porque las personas encendían sus carros y daban reversa, chocando unos con otros, sin detenerse. Los primeros salieron bastante rápido, pero pronto se congestionó el tránsito, pues todos querían salir a la vez.

Busqué las llaves de mi coche. Solo tomé mi bolso con ellas y varias botellas de agua. Las que pude agarrar teniendo al niño, que no paraba de llorar , en los brazos. Lo subí en el asiento de atrás. No tenía asiento protector, pues todavía no había tenido hijos. Como pude, lo amarré bien con el cinturón de seguridad, rogando que no se hiciera daño. Encendí la ignición y con precaución salí del garaje hacia la calle principal.

En la oscuridad total que imperaba, apenas distinguía las luces de los carros que iban adelante y que de repente parecían desaparecer.

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