Apocalipsis.12.final

Entusiasmados con esta gran victoria, dejamos el pueblo acompañados de nuestros amigos de batalla. Llevamos con nosotros todas las armas que estaban en la armería. Aunque no disparamos un solo tiro esta vez, no estábamos seguros de qué nos depararía el destino.

—¿Qué me ibas a decir? —pregunté a Leonardo.

Él se quedó callado por un momento, como midiendo sus palabras.

—Todavía no estamos en un lugar seguro —contestó.

No insistí. Supongo que era mejor no presionarle. Tal vez lo que dijo fue en un momento de mucho nervio y ahora estaba arrepentido. De cualquier manera no dije nada más. Recorrimos un largo camino. Paramos en las gasolineras que encontramos y tomamos lo que nos hacía falta en ellas. Cuando tuvimos hambre, nos detuvimos en los mercados vacíos y comimos. Cuando tuvimos sueño, nos quedamos en los hoteles desiertos y hasta el otro día. Así estuvimos viajando cerca de un mes. No encontramos a nadie.

—Hay una comunidad en Nebraska —dijo Miguel—. Deben ir a establecerse allí.

—¿Nebraska? —preguntó Leonardo extrañado—. Nunca he ido allí.

—Ahora irás —ordenó Miguel—. Allí se están reuniendo las personas que como ustedes han sobrevivido a los ataques de este ejército. Llegan de todas partes. Es justo en medio de los Estados Unidos, una planicie preciosa a la que llamarán Paraíso. 

—¿No hay más personas en el resto del mundo más que las que están allí? —pregunté.

—Sí —contestó Miguel—. En América del Sur también hay una pequeña comunidad. En Europa, en Asia y en Africa hay varios grupos. No son muchas las personas y nunca se encontrarán, ni tendrán comunicación con ellos. Quédense en su lugar. No se afanen por conquistar otras tierras u otros mundos. En cada Paraíso tendrán todo lo que necesitan, techo, comida, seguridad. No les hace falta nada más. Ustedes nunca verán la muerte. No se enfermeran, no tendrán dolor, ni envejecerán.

Dicho esto, Miguel se iluminó, se elevó al cielo y desapareció. Hasta pudimos ver sus alas por primera vez. Lloré anticipando la tristeza que su ausencia me causaría. Me sentía muy apegada a él. Leonardo obedeció y nos dirigió hacia Nebraska. Tal como lo dijo nuestro ángel, había una comunidad en el lugar. Cerca de mil personas entre las que ya estaban y las que seguían llegando, se iban acomodando cerca del río Platte. Poco a poco fuímos conociéndonos unos a otros y sus historias eran muy parecidas a las nuestra. Habían huído de sus casas luego de un gran apagón, un ángel les había acompañado y habían librado grandes batallas con ejércitos gigantescos sin soltar un solo tiro. Luego el ángel les había señalado este lugar en donde vivirían para siempre, por toda la eternidad.

####

Han pasado unos meses desde que llegamos aquí. Tenemos una vida apacible, no nos falta nada. Hemos contruído nuestras viviendas, apoyándonos entre todos. Buscamos los materiales en las ferreterías abandonadas y vamos haciendo nuestras casas una a una, con los suficiente para estar a gusto.

Leonardo es el líder, pero escucha las opiniones de la comunidad y las decisiones se toman en consenso. Somos un pueblo organizado. Hacemos expediciones a lugares vecinos para recoger libros para los adultos y juguetes para los niños. Para divertirnos, de noche nos reunimos y hacemos cuentos. Aveces hacemos obras de teatro.

No envejecemos. Los niños no crecen. Tenemos suficiente comida sin tener que trabajar demasiado. De la tierra crecen las plantas sin tener que sembrarlas o regarlas. El río nos da suficientes peces de sabores deliciosos. Los árboles ofrecen frutos dulcísimos. Solo tenemos que recoger para la comida del día. Nada de acumular para después. Tampoco nos hace falta dinero.

Los animales se pasean entre nosotros sin temor a ser maltratados o puestos en cautiverio. No existen razas, clases sociales, ni religiones. No hay diferencias ni prejuicios.

Estoy casada con Leonardo. Al fin se decidió y aunque no me dio las mil razones de por qué me ama, sé que lo hace. Algún día me gustaría tener un hijo para llamarlo Miguel.

Aveces camino hasta la orilla del río, sola, para contemplar el sol cayéndose entre los árboles, en ese horizonte que ahora siempre es azul. No hace frío ni calor. Siempre hay agua suficiente. Aveces se me antoja pensar en lo que era el mundo que conocí y lo que ahora es. Y no puedo dejar de preguntarme, si con la inmortalidad nos llegó la perfección. Si al adquirir este cuerpo perpetuo habrá muerto dentro de nosotros la envidia, el odio, el deseo de grandeza, la necesidad de hacer guerras. Si en este paraíso no vamos a sucumbir a la tentación, a la codicia, a la avaricia, al desamor. Si es que esta nueva humanidad, libre del mal, perdurará eternamente.

Esta vez, ¿lo vamos a hacer bien?

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17 comentarios en “Apocalipsis.12.final

  1. antoncaes dijo:

    Después de lo duro que he sido solo puedo decir, Yo quiero ir a ese lugar, no quiero se inmortal, pero al menos lo que me quede vivir en paz.
    Fantástico relato, te he de decir que me lo he leído de una sola tacada, lo que quiere decir que me ha enganchado, como todo lo que escribes. Besos desde este punto del mundo donde las palabras parecen que son, pero no son lo que parecen. 😉

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  2. serunserdeluz dijo:

    ¡Qué utopía tan hermosa!, ojalá existiera en la Tierra, sé que existe pero no aquí, no ahora, pero ahí está esperándonos en un cuerpo más sutil, sin todas las lacras que nos acompañan en esta tercera dimensión.

    Muy lindo y esperanzador relato, final feliz, de verdad feliz.

    Dicen que uno escribe lo que trae dentro, tú debes traer cosas muy hermosas, querida amiga. sigue escribiendo así, me encanta cómo escribes.

    Abrazos de luz

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