Gabriel

Gabriela sintió una punzada en el vientre. Prendió la luz de la lámpara al lado de su mesa de noche y miró la hora. Las tres de la mañana. Sintió deseos de orinar y se levantó lentamente. Su enorme vientre le dificultaba salir de la cama. Cuando pudo ponerse de pie, se rompió la fuente.

—Es hora —dijo nerviosa, agarrándose la barriga—. ¡Armando, despierta!

Armando cayó sentado en la cama. Se había preparado para este momento un millón de veces. Ensayaba con Gabriela a diario desde que ella había entrado en el noveno mes de embarazo. Tenía la maleta con todo lo necesario para ella y el bebé, preparada al lado de la puerta del garaje. En el celular tenía guardados los números de teléfono de la madre de Gabriela y del doctor a cargo del embarazo, de manera que con solo un comando verbal se comunicaba. Todo estaba listo. Nada podía salir mal. Pero estaba nervioso, agitado. Comenzó a vestirse rápidamente. No encontraba las llaves del carro. Gabriela agarró una toalla para secarse las piernas.

—¿Tienes contracciones? —preguntó.

—No, siento un dolor parecido al de la menstruación —respondió ella.

—Bien, vamos a calmarnos —dijo caminando de un lado a otro de la habitación buscando las llaves—. ¿Necesitas algo?

—Dame el abrigo. Solo voy a cambiarme la ropa interior.

Armando buscó el abrigo mientras ella se cambiaba. Pensó que las llaves podían estar abajo. Tomó a Gabriela de la cintura y bajaron las escaleras con cuidado. Las llaves estaban encima de la mesa del comedor. Tomaron la maleta y salieron por la puerta del garaje. Él la ayudó a subir al carro, asegurándola con el cinturón. Dio la vuelta corriendo y subió también.

—El celular… —dijo buscando en los bolsillos—. ¡Ah! —exclamó frustrado.

Se bajó del carro y entró a la casa. Miró el cargador enchufado, pero el celular no estaba conectado. Subió las escaleras corriendo. Lo encontró sobre la mesa de noche. Bajó de dos en dos los escalones con sus piernas largas pero se torció el pie cuando llegó al último escalón.

—¡Puñeta! —gritó dando un par de brincos de dolor. Respiró profundo y salió cojeando.

—¿Qué te pasa?

—Me torcí el puñetero pie —respondió cabreado—. ¿Llamaste al doctor?

—Armando, no tenía el celular.

Mortificado le pasó el móvil y encendió el vehículo.

—¿Tienes contracciones?

—No, todavía no.

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