La jubilación

Gardenio Soto se dedicaba a la honrosa labor de enseñar. Había sido maestro de escuela primaria desde hacía casi treinta años y su jubilación estaba cercana. Su orgullo había sido ver a sus alumnos aprender las primeras letras. Con ahínco cada día preparaba sus lecciones, poniendo muchas veces de su propio salario para la compra de materiales que hicieran más entretenida la clase. Le daba un gusto inmenso observar progresar a los niños que tenía por varias horas a su cargo y soñaba con su futuro, como si él mismo fuera el padre de cada una de aquellas criaturas. Mientras los chiquitines hacían sus tareas, Gardenio se sorprendía a sí mismo etiquetándolos. No por mal, sino porque podía evaluar desde su temprana edad los talentos que cada uno poseía. «Gregorio puede ser abogado. Rita puede ser doctora. Antonio, literato», se decía. Y así se pasaba el curso imaginando a dónde irían a parar esas vidas.

Pocas veces se equivocaba. Del primer grupo que tuvo cuando apenas empezaba y que no había podido olvidar, salieron toda clase de expertos, que le hacían sentir que había valido la pena dedicarse a esta honorable profesión. Sin embargo, también guardaba la pena de aquellos que desviaron su camino o sufrieron muertes prematuras. Todos los días se preguntaba, si él hubiera podido hacer algo para evitarles tan triste final. Especialmente, recordaba con remordimiento a Danilo. ¿Cómo no se dio cuenta del sufrimiento de aquel crío?

Danilo tenía siete años. Tartamudeaba. No había crecido al mismo ritmo que los demás. Parecía al menos dos años menor que los otros. Usaba unos anteojos muy gruesos porque sus ojitos azules, acuosos y casi ciegos, bailaban sin control. Su piel era blanca, más bien transparente. Su pelo incoloro. Aveces llegaba con la camisa sucia y rota. Otras, con los espejuelos quebrados. A pesar de todas sus limitaciones, el niño tenía una inteligencia superior y una gran capacidad para memorizar. Gardenio lo miraba con lástima, sabiendo que el mundo no sería nada fácil para él.

Alguna vez había llamado a la madre para reclamarle por el abandono en la higiene del niño. Recibía una nota de vuelta, excusándose por no poder asistir porque tenía doble turno en el trabajo. Gardenio bien conocía que la madre criaba sola al pequeño y que era ella el único sustento del hogar. El maestro conmovido por la dura historia, muchas veces se quedaba por las tardes para ayudarle en las tareas.

Danilo se apegó mucho al maestro y él al muchachito. Cuando llegaba golpeado, le preguntaba qué pasaba, pero el niño guardaba silencio. Silencio que Gardenio respetó —y que todavía al día de hoy—no se perdonaba el no haberle insistido. Tal vez habría podido ayudarle.

Una mañana Danilo no llegó. Gardenio estuvo mirando el pupitre vacío todo el día. Por momentos, le parecía verlo quieto, callado en su lugar. Estaba tan presente en su ausencia. Esa tarde salió y tuvo el impulso de pasar por la casa del niño a preguntar, pero enseguida descartó la idea pensando que tal vez no estaría. Inquieto se dirigió a su hogar, prometiéndose que de no asistir a clase el próximo día, iría a ver qué pasaba.

El maestro le servía la cena a su esposa enferma. De pronto escuchó un grito que provenía de la sala en dónde ella miraba la televisión.

—¡Gardenio, ven! —llamó su esposa alterada.

—¿Qué pasa? —preguntó, mientras dejaba los platos en la cocina y corría hacia el salón—. ¿Qué es?

—Es el niño, tu estudiante… La madre lo encontró ahorcado en su habitación.

Las piernas no le sostuvieron y tembloroso se sentó al lado de su mujer.

—¡Dios mío! ¡Esto no puede ser! —exclamó hundiéndose en los brazos de su compañera quien le acariciaba la cabeza, mientras él sollozaba atribulado.

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Gardenio se servía su cena. Solo. Se preguntaba qué haría después de su retiro. Su esposa había muerto hacía muchos años. En su unión no habían procreado hijos. Su refugio era su profesión y sus hijos, sus alumnos.

Llegó el momento tan temido. La nueva generación de maestros celebraban el retiro del que fue por muchos años un ejemplo para el personal docente. En una tarjeta enorme escribieron sus buenos deseos para el mentor de muchos de ellos y estamparon jubilosos sus firmas. Le hicieron obsequios. Gardenio tenía la voz apagada cuando dio su pequeño discurso de despedida. Tomó su pedazo de pastel y los regalos y los metió dentro del coche.

Gardenio entró a su silencioso hogar sabiendo que ya no escucharía las voces infantiles en las mañanas, que no les regalaría las primeras letras, que no se sentaría frente a ellos adivinándoles el futuro. Entonces, sintió que su vida ya no tenía propósito.

Recreando los últimos momentos de Danilo, buscó una soga y la amarró de una viga en el techo.

2Da Actividad Taller de Escritura FlemingLAB Grupo II

imagen: pixabay.com

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37 comentarios en “La jubilación

  1. evavill dijo:

    Madre mía, Mel, tú me quieres matar de la pena. Por desgracia, hace tan solo unos días oí la noticia de un niño de once años que se había suicidado porque lo acosaban en el colegio. No ocurre mucho, por suerte, pero sí es una realidad.
    La parte del maestro también es muy triste.
    El próximo de risa o verás tú 🙂

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  2. Poli Impelli dijo:

    Yo soy bastante profunda para leer (o marciana, o muy rebuscada, ponle el epíteto que mejor te venga, jaja), y el mensaje que veo en tu relato es algo que nos toca a todos por igual (no sólo a un jubilado que queda sólo en todos los sentidos de su existencia): el propósito de la Vida. Sin propósito no hay “un querer”, no hay voluntad que valga, no hay sueños perdurables en el tiempo, y si ese propósito se desvanece, cualquier cosa externa que suceda nos apaga el deseo de vivir (porque ya no hay propósito). Y esto NO tiene que ver con el trabajo, ni con la familia (compañía/soledad) ni con el entorno. Creo que el tema o más bien la premisa de tu texto es bastante más profundo, y muy acertado por cierto. Disculpa si me equivoco, Mel, pero es que soy intensamente toca huevos! ajajajaja.
    Abrazos infinitos; gracias por otro gran relato. 🙂

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