El regreso de Aida

¿Se acuerdan de Aida? Sí, aquella amiga nuestra, cotillera, fisgonera, bochinchera y cualquier otro adjetivo que ustedes pudieran usar para describir su curiosa naturaleza, ha regresado de Madrid. Su idilio con el detective fue un desastre y su incursión en el periodismo tampoco resultó, por lo que decidió volver a su isla sin avisarle a nadie. Añoraba su gente, sus lugares favoritos, los chismes familiares. Atrás dejó el Ritz, la burka, el Museo del Prado y todo lo que era un sueño para ella. A pesar de sus desilusiones, el alma de esta simpática mujer, no había cambiado un ápice. Su espíritu investigativo seguía intacto. Lo primero que hizo al llegar al aereopuerto fue agarrar el primer taxi que encontró hacia el Viejo San Juan.

«Puerto Rico… Ahhhhhh… De nuevo tus playas, de nuevo tu brisa, de nuevo… de nuevo, ¡una marcha! ¿Pero es que esta gente no ha cambiado nada en esta tierra de Dios? Llevo doce años afuera, cuando me fui había una marcha y ahora… ¿Otra? ¿O será la misma? »

—¡Oye! —gritó al primero que se encontró por el camino—. ¿Y esto de qué es?

—¿Cómo de qué es? —respondió el hombre malhumorado por el calor y la sed—. No ves que nos suben el cable TV, la internet, el celular…

—Bueno, mi amor … Pero esos no son artículos de primera necesidad.

El hombre enardecido la miró de arriba a bajo.

—¿En que jodido país tu vives, mi’ja? ¡Todo lo demás ya lo subieron!

—¿Ah, si? Ahora entiendo. Perdón, es que llevo muchos años afuera.

—¿Y dónde estabas no había periódico?

—Bueno, no seas majadero —respondió Aida, quien comenzó a sentir que no era bienvenida en su patria.

—Porque supongo que tu eres de los que se quitaron —dijo el hombre haciéndole una mueca de disgusto.

—¿Qué me quité de qué?

—Ustedes, los que abandonaron la isla cuando las cosas se pusieron malas.

—¿Cuando las cosas se pusieron malas? ¿Y es que se han puesto mejor?

—Ay, meeeera, meeeraaaaaaa… Ya como que no te soporto. Pareces astronauta caída desde la estratósfera —dijo el hombre yéndose y dejando a la pobre Aida en una pieza.

Siguiendo su instinto fisgonero, Aida decidió irse a un beauty parlor en la calle Tetuan. ¿Qué mejor lugar que un salón de belleza para ponerse al día? Allí una peinadora dominicana, de esas que te dejan el pelo indio, se le acercó.

—¡Oh, oh, pero bueeeno… cómo tienesss ese pelo, trigrita! ¿Qué te quieresss hacer?

—Pues yo quiero hacerme de todo —contestó Aida con la idea de estar allí el mayor tiempo posible, para poder enterarse de los chismes de moda.

—¿De todo? Ah, pero bueeeno… Lo que usted quiere essss que le corten el pelo, que se lo pinten…. ¿Quieresss que te pase la plancha? ¿Pedicura, manicura? —enumeraba los servicios, mientras anotaba en un papel la cuenta—. Entre todo le sale como en trescientosss veinticinco dólaresss.

—¿Trecientos veinticinco qué?

—Ah, pero bueeno, ¿no me dijiste que queríasss de todo?

—No tengo tanto dinero.

—Pero si está en el Viejo San Juan, ¿qué esperabasss?

—Nada, hazme solo el pelo… píntamelo —decidió.

Aida fue a quitarse la ropa para que no se la mancharan con el tinte. Mientras estaba en el baño escuchó de unos gringos que venían. Nuestra amiga, que tenía una gran debilidad por los rubios de ojos azules, inmediatamente sintió un calor que le recorría todo el cuerpo. Hasta se le mojaron las pantaletas. Ansiosa por enterarse de cuándo llegarían esas criaturas idílicas, se apresuró y se acomodó en la silla. La dominicana, que tenía unas tetas y un culo descomunales, comenzó a escarbarle el pelo para decidir el color aplicaría. Le dio un libro de muestras a Aida, con los colores disponibles.

—¿Quiénes son los americanos que vienen? —preguntó muy interesada.

—¿Americanos? ¡Ahhhhhh! Deben ser los de la Junta —contestó la otra.

—¿Qué Junta?

—Sssí, los que vienen a bussscar los fondosss para pagar la deuda.

—¿Qué deuda?

En eso se oye un escándalo en la calle. Una multitud de jóvenes estudiantes con pancartas que decían: «FUERA PROMESA», caminaban a la vez que exigían por sus altavoces que se fuera la Junta. Algunos tenían las caras tapadas con sus camisetas para no ser identificados. Aida se quedó espantada, como si de pronto estuviera en un país tercermundista.

—¡Oh, oh! Pero bueeeno, ¿en dónde tienesss la cabeza? Esa es la deuda que Puerto Rico tiene, la bancarrota que no puede pagar.

—¿Y esos muchachos?

—Losss que no quieren a la Junta en la isla.

Aida corrió al baño, se cambió de ropa y maleta en mano siguió con los muchachos que seguro se dirigían a dónde estaban los americanos.

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