Así son las cosas

Marina era una mujer sin atributos físicos. Se desvivía por atender a su hombre. Lavaba su ropa con esmero: los blancos, super blancos; los colores, brillantes. En la cocina, nadie hacía más recetas para conquistar su paladar experto. La casa inmaculada. Cuando llegaba, no importaba la hora, siempre tenía una sonrisa en sus labios, porque para ella su misión en la vida era hacerlo felíz.

Laura amaba al mismo hombre, pero de forma diferente. Ella lo seducía con su hermosura. Compraba la lencería más sensual por el solo gusto de excitarle, de tenerle a sus pies. Se bañaba en perfumes caros para encenderlo. Él corría a ella para pasar los mejores instantes de su vida. Ella lo atrapaba, lo sacudía como un muñeco hasta dejarlo seco.

Él las amaba a las dos. Una era su paz; la otra, su pasión. Marina era la amante y Laura, su esposa.

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