Contigo estaré

Capítulo I. Nueva York, 1940

Robert no soportaba la hermosura de su mujer. Aunque ya había parido dos hijos y estaba embarazada, tan pronto salía a la calle los hombres se le quedaban mirando y las mujeres le hacían notar su parecido a Gene Tearney. Ciertamente, se parecía mucho a la actriz. Incluso, recién llegada a Nueva York, había modelado algunos vestidos para una casa de modas que se valían de su igualdad física con la diva para vender sus modelos. Delicada, de ojos verdes y porte elegante, María no tenía ojos más que para su marido a quien profesaba dedicación absoluta, a pesar de la obvia diferencia entre ella y el empleado de fábrica.

María había emigrado a los Estados Unidos después de que la Gran Depresión de los años 30’s terminara con la fortuna de su familia. Bueno, al menos esa era la versión oficial. La verdad era que venía huyendo de su padre quien había intentado violarla en más de una ocasión. Sus hermanos José y Aurelio habían llegado primero y le habían pedido que viniera. Ellos le podían conseguir una ocupación en la fábrica en la que trabajaban. Tan pronto llegó la joven, el dueño de la fábrica, un señor judío muy adinerado, se quedó prendado de su hermosura. Pero María se había enamorado de un humilde obrero y ya no supo de nada más. A pesar de que los hermanos le previnieron que Robert tomaba bastante, ella pensó que con cariño podría cambiarle y en pocos meses se casó con él. Enseguida tuvo una niña, complicando su ya precaria situación económica. Luego llegó el segundo y cuando se embarazó del tercero, ya la carga era insoportable.

Ese viernes Robert había perdido su empleo. Atormentado por su incapacidad de mantener a su familia, se fue al bar de la esquina a ahogar su frustración. Estaba tal vez más borracho que nunca. Cuando no le sirvieron más se marchó. Apenas veía claramente el camino. María lo esperaba en el apartamento sintiendo ya las primeras contracciones. «¿Por qué se esta tardando tanto esta noche?» se preguntaba. Cruzó el pasillo para pedir a su vecina que cuidara de los niños para irse sola al hospital. La vecina no estaba, según le dijo el esposo que abrió la puerta. Cuando se despedía del vecino, Robert venía subiendo las escaleras y el demonio de los celos se apoderó de él.

—¿Qué haces saliendo de este apartamento? —preguntó tambaleándose.

—Solo vine a preguntar por Carmen…

—¿Crees que soy estúpido? Te estoy viendo que estás saliendo de ahí —gritó agarrándola del brazo con fuerza.

—No, no, Robert —intervino el vecino—. María solo vino a ver si Carmen estaba para que le cuidara los niños.

—¡No te metas! Te he visto como miras a mi mujer.

—Robert, tengo dolores de parto, por favor…

—¡Ja! Dolores de parto… ¿Es que me ves la cara de pendejo?

—¡No le hables así! —insistió el vecino.

—¡Te dije que no te metieras! —respondió a la vez que le asestó un puñetazo en la naríz al otro.

—¡No, por favor, Robert! —suplicó María agarrando el brazo de su esposo, él se la sacudió de encima.

María que estaba al borde de las escaleras, perdió el balance y cayó.

Capítulo.2 Texas, 2015

Celeste estaba leyendo su correo electrónico. Uno de estos le llamó la atención:

—Perdona que te escriba, pero quisiera saber si tienes alguna relación con María Morales Fernández.

Le pareció muy extraño que una desconocida le enviara un mensaje preguntando por su abuela. «¿Cómo habrá obtenido mi dirección de correo electrónico? La única forma que tengo para saber es contestando. ¿Será peligroso?» Celeste dudó mucho, pero no pudo resistirse.

—María Morales Fernández es mi abuela. ¿Cómo sabe mi correo? —preguntó.

—Solo quiero saber si es la misma familia que busco. Tu correo lo encontré en un lugar de búsqueda de familiares en internet—contestó inmediatamente la otra.

Celeste recordó que en efecto había investigado en ese lugar hacía algún tiempo.

—Mi abuela era ella. Mi abuelo era Fermin Esparza Díaz. Sus hijos eran: José, María, Aurelio, Carmela, Luz y Juan—respondió.

—Sí, es la misma familia. ¡Dios, no lo puedo creer!

En este punto Celeste estaba aturdida por el misterio. No sabía que otra cosa decirle a la extraña que se comunicaba en este particular modo.

—Mi madre era María. Me llamo Patricia—leía el próximo mensaje.

En las familias siempre hay historias. Celeste era hija de Aurelio, el hermano de María, la hermana que había muerto cuando su esposo la tiró por las escaleras. Esa historia la había escuchado una y otra vez. Su padre se la repetía, ya ni sabía cuántas veces, advirtiéndole que nunca se casara con un hombre que bebiera. La muerte de María le había traumado y temía volver a vivir aquel horror.

—Mi padre era Aurelio. Falleció hace varios años.

De ahí en adelante las dos primas comenzaron a escribirse más a menudo. Cuando Celeste sintió más confianza le dio su número de teléfono. Ambas mujeres sentían una gran felicidad de haberse encontrado y poder compartir ese pasado común.

—Patricia, yo tengo una foto de tu madre. Mi papá siempre la guardó con mucho amor. Ella era una mujer hermosísima.

—¿De verdad? Yo no tengo ninguna.

—Pues no te preocupes, voy a buscarla y te la voy a hacer llegar.

Celeste se había divorciado y recién se había mudado. Buscó en las cajas en las que debían estar las fotografías y no la encontró. Se sentía triste pues se la había ofrecido a su prima. De pronto el retrato saltó de una cajita pequeña. Con gran alegría Celeste tomó en sus manos el tesoro tan preciado de su padre. La verdad es que María era bellísima pensaba mientras admiraba aquella hermosa sonrisa que seguro no adivinaba tan trágico final. Celeste la volteó para leer la dedicatoria. Sus manos empezaron a temblar cuando leyó el siguiente mensaje:

«A mi adorada hija Patricia. Siempre estaré contigo. 29 de noviembre de 2015, Texas».

Taller Literatura Fleming Lab. Ej.4

Imagen: Gene Tearney

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