Plutón.7

—Adio —dijo Fadil cuando lo vio llegar —, he visto que te has dedicado en cuerpo y alma al estudio.

—Ya pronto dejaré de ser un simple estudiante, tío —respondió abrazándolo.

—¿Cuál será el siguiente paso?

—Tengo que reclutar simpatizantes.

—Y eso, ¿cómo piensas lograrlo?

—Comenzaré escribiendo artículos.

—Pero eso es muy peligroso —advirtió el tío preocupado por la seguridad de Adio—. Tu padre…

—Ya sé, mi padre murió por escribir —reconoció el joven que ya estaba convertido en todo un hombre—. Te prometo que tendré cuidado. Cuando empiece a escribir estaré viajando bastante. Usaré los computadores de las bibliotecas.

—Luego, ¿qué harás?

—Formaré un ejército.

—Eso ya está un poco más fácil —dijo Fadil riendo.

—¿Si? No te rías, tío. El pueblo está cansado y más molesto de lo que crees. Es más, ya conozco otras gentes de los demás planetas que me han hablado. Claro, todavía necesitan animarse un poco más, pero estoy seguro de que si sigo escribiendo sobre los abusos del Prefarek a los ciudadanos del sistema solar, lograremos unirnos para terminar con él y la Asamblea Farikita.

—Estoy muy orgulloso, hijo —dijo el tío más serio—. Dime en qué puedo ayudarte.

—Ya tendrás mucho que hacer cuando esto comience. De momento, apóyame.

Anat estaba muy comprometida con la causa desde el principio. Seguía ayudando a Adio a transportarse de un planeta a otro. Él ya estaba publicando sus mensajes desde las bibliotecas y se teletransportaba de una a otra sin levantar sospechas. Pronto empezó a recibir contestación a sus mensajes, pero tenía mucho cuidado de contestar, no fuera que los soldados del Prefarek estuvieran espiándolo. Fadil también se envolvió buscando lugares en los que pudieran reunirse para hablar cara a cara con los interesados que cada vez parecían ser más.

Las cosas se pusieron mejor cuando apareció Sekmet, una experta en computación. Ella se consideraba plutoniana aunque había llegado con sus padres desde Mercurio y Venus hacía veinte años. Tan pronto leyó las primeros artículos, usó sus conocimientos en sistemas de información para encontrar al autor que tanto admiraba. Se dio cuenta de que quien escribía lo hacía desde las bibliotecas públicas. Siguió el rastro por tres meses, hasta que un buen día confirmó que era el hombre a quién estaba siguiendo hacía varias semanas.

—Hola, plutoniano —dijo por encima del hombro de Adio. Él sintió un frío que le recorría la espina dorsal.

«Me atraparon», pensó. Por su mente pasaron toda clase de pensamientos de tortura y ejecución. No tenía miedo por él, sino por sus seguidores.

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