Diario de Américo Castro: un tonto apostador

Me llamo Américo Castro. Soy un hombre de mediana edad, que apostó todo lo que tenía a que Trump no ganaba las elecciones. Estaba tan seguro de que mi candidata ganaría, que jugué el carro, la casa y hasta a mi mujer. Como estaba tan borracho en aquel bar dónde tomaron las apuestas, ni lo pensé por un instante. ¿Quién iba a votar por ese payaso? —me dije. Pero votaron y yo perdí todo lo que me importaba en la vida.

Lo que más me duele es haber incluído a mi mujer en la aventura. Johana me amaba. Y eso es difícil de encontrar en estos tiempos, cuando hay tantas mujeres interesadas en las cosas materiales. Ella era muy joven, amorosa y no le importó que yo ya había pasado hace rato de los 50. ¡Me sentía tan afortunado de tenerla! Fue la única que se mantuvo a mi lado cuando encerraron a mi hija—la maestra—por embarazarse de un estudiante menor de edad y cuando mi madre murió de un infarto. La traje de México indocumentada, pero ya estaba en el trámite de conseguirle sus papeles. Claro, si en el cambio de gobierno no la deportaban.

No dejaba de chocarme la cabeza contra las paredes por mi estupidez. Si tan solo hubiera podido echar el tiempo hacia atrás y deshacer lo ya hecho. ¿Cómo le diría a mi esposa que teníamos que cumplir con la deuda? ¿Cómo le diría que había perdido la casa y el carro que con tanto esfuerzo compramos? Traté de convencer a mi acreedor de que al menos le pagaría por ella en efectivo, pero el cabrón que conocía los atributos físicos de Johana, me pidió una cantidad enorme, sabiendo que no podría reunir tanto dinero.

No me veía empezando mi vida de nuevo. Ella no me lo iba a perdonar. Desesperado esperé la noche y me metí en la finaciera. Me quité toda la ropa para que no pudieran reconocerme en el video de las cámaras de seguridad y me puse un trapo sobre la cabeza. Busqué por todas partes el dinero y nada encontré. Traté de abrir la caja registradora, pero al no poder lograrlo, la tiré contra el piso. Abrió, pero no tenía un centavo adentro. Regresé a la casa desolado y cuando me iba a acostar, miré el rostro de Johana mientras dormía. Todo en ella destilaba paz. Yo tenía que resolver esta situación antes de que supiera la clase de animal con el que estaba casada.

En la mañana tomé mi arma y salí. La verdad es que no tenía claro que iba a hacer. Luego pensé que en esta época todo el mundo anda como los locos haciendo las compras del Black Friday, entonces decidí ir a un centro comercial de esos de lujo, en los que solo puede comprar gente adinerada. Tal vez si secuestraba a alguien y le pedía dinero a la familia, podría conseguir lo suficiente para al menos evitar que Johana pasara este mal momento, aunque después me abandonara. Me quedé en el estacionamiento hasta que vi una mujer con muchos paquetes. Estaba seguro de que al menos tenía una buena tarjeta de crédito. Fui hacia ella y al pasar la saludé. Ella me ignoró. Pensé que era una creída a la que no me daría ninguna pena propinarle un par de golpes. En esas estaba, cuando un hombre desde un carro me gritó que no fuera abusador. Creo que pensó que esa era mi mujer, o algo así. Como me di cuenta de que el hombre era más alto y robusto que yo e iba a salirse del carro, saqué el arma y le disparé. La verdad es que no quería matarlo. Había una mujer a su lado que me gritaba y también le disparé. Otras personas comenzaron a gritar por todos lados. Me sentía como animal acorralado. Escuché las sirenas de los autos de la policía, seguí disparando hasta que llegué a mi auto y huí.

Decidí volver a la casa, pero al llegar me sorprendió ver un coche estacionado en la entrada. Tal vez era alguna amiga de Johana, pero no tenía ganas de encontrarme con ninguna. Estaba nervioso, sudoroso. Podía oler la ansiedad en mi. Me quedé mirando desde la esquina para ver si la persona que estaba adentro se iba. De ordinario no llegaba a mi hogar a esta hora, así que tuve que esperar un buen rato. De pronto se abrió la puerta y pude ver a mi mujer en su bata negra, la misma que usaba conmigo después del sexo, despidiendo con un beso a un hombre desconocido. Esperé a que se marchara y lo seguí. Iba directo a la Estación de Policía. Lo vi entrar y un rato después salió uniformado, en una motocicleta. Seguí detrás de él esperando el momento perfecto. Este me la pagaba con la vida. Cuando detuvo a un conductor que iba a exceso de velocidad, aguardé a que se descuidara, bajé de mi carro rápidamente y sin que me notara le pegué dos tiros en la cabeza. Luego ante la mirada atónita del detenido, subí tranquilamente en mi carro y me marché.

Volví a mi casa y contemplé el hermoso rostro moreno de Johana. Mi niña que me amaba sin medida. Le miraba a la cara, tratando de encontrar en sus ojos negros la causa de su traición. Ella me preguntó qué me pasaba que me miraba nervioso. Le dije que lo había perdido todo. Que ya no teníamos casa, ni carro y que ella tendría que acostarse con el ganador de la apuesta. Su rostro siempre en calma se transformó en una máscara de odio. Me gritó viejo, poco hombre, infeliz, bueno para nada. La agarré por su largo y delgado cuello. Apreté pero me detuve. Tenía algo mejor para ella. La arrastré hasta el cuarto y le amarré los brazos y las piernas a la cama. Puse un trapo en su boca para que no gritara. Entonces llamé a mi acreedor y le dije que le dejaba la puerta abierta, las llaves de la casa y el coche en la mesa para que pudiera cobrar su apuesta. «El premio mayor está en la habitación principal», le dije y salí.

Me encerré en la habitación de este sórdido motel que huele a desinfectante. Encendí el televisor y vi en las noticias que habían encontrado el cadáver de una mujer de unos veinte años en el bosque de un suburbio de clase alta. Estoy seguro de que era Johana. El ganador de la apuesta no la necesitaría para nada más que para cobrar su premio. Triste y decepcionado decidí escribir estas mis útimas palabras. Miré el arma, le quedaba una sola bala.
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Publicado en:  http://flemingbit.wixsite.com/tallerliterario/masticadoresdeletras-2

Ejercicio, Taller de relatos Fleming Lab

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