Mañana es otro día.6

«¿Y ahora qué hago?», se pregunta Laura mientras busca la ropa interior qué ponerse. No quiere tardar demasiado, ni dar la impresión de que se arregla para ese desconocido del que ni sabe el nombre. «¿Pero cómo lo había dejado entrar?», se dice. Al final se decide por un vestido sencillo y rojo. Se pone unas zapatillas sin tacón. Su melena rubia sigue humeda y termina de peinarla con el secador de mano. Su piel blanca no necesita mucho maquillaje, es como porcelana. Se pone un poco de labial. Se mira de nuevo en el espejo, por delante y por detrás. Respira hondo y se dispone a bajar las escaleras.

Cuando llega al primer piso, el vecino está mirando una foto en blanco y negro en la que aparece acostada en un diván con un vestido largo.

—Esa foto me la tomaron hace muchos años —dice Laura sacándolo de sus pensamientos.

—¿Sabe que mirando una foto en blanco y negro, por las tonalidades de grises, se puede adivinar los colores? Por ejemplo, puedo adivinar que este traje era rojo. Le queda muy bien el rojo.

—Gracias —contesta ella nerviosa. Hace mucho no escucha un piropo—. Perdón vecino, todavía no conozco su nombre.

—Tomás —dice el joven, acercándose tanto que puede oler el perfume de su blanca piel y atrapar con su mirada varonil los ojos radiantes de su vecina. Acerca su mano a la de ella, la toma galantemente y sin despegar el contacto visual iniciado—. Y confirmo, el rojo hace lucir su piel casi dorada.

Laura se siente halagada y tratando de ocultar su nerviosismo, espeta una leve sonrisa, mientras eso ocurre recuerda todo el imaginario construído alrededor de este recio joven y el ir y venir de hermosas chicas a su casa, de cuántas veces fundió sus manos para explotar en sensaciones de escalofríos por todo su cuerpo deseando ser una de esas afortunadas mujeres. Recuerda en un flash sus días, de cada imagen que aún atesora, la fuerza de sus acompañantes, las locuras que hacían por estar a su altura y ella, cual diosa se dejaba querer, agasajar y simplemente los dejaba caer rendidos a sus pies, pero ella misma se enjuiciaba al estar portándose como esa chica de entonces que el tiempo se había encargado de estropear.

—Encantado vecina de presentarme y sin embargo no sé cuál es su nombre.

Colaboración: Poetas Nuevos

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