Mañana es otro día.7

Sin quitar los ojos de aquella mirada profunda que la conmueve, Laura separa su mano suavemente.

—Laura, me llamo Laura —al escucharse a sí misma le recuerda las películas de James Bond y comienza a reírse. Tomás la mira confundido—. Perdón, perdón —dice entre risas—, es que me sentí como el espía de las películas. Lo siento.

—No tiene que disculparse —contesta él sonriendo—. Lo que le haga feliz a usted, me hace a mi.

—Voy a servirle un poco de vino —dice ella dirigiéndose a la cocina. Allí descorcha la botella y vierte el rojo líquido en sendas copas. Abre el refrigerador y en un momento prepara unos quesos, embutidos y galletas para acompañar.

—¡Tomás! —llama desde adentro—. ¿Podría ayudarme con esto?

El joven sigue la voz de ella. Al verla de espaldas no puede evitar mirarle el culo. No está mal la vecina. Tiene que controlarse para no tocarla. Está acostumbrado a las mujeres más jóvenes, pero en este caso no quiere equivocarse. Lleva tiempo esperando esta oportunidad y no quiere arruinarlo todo por impulsivo.

Es una situación irresistible para Tomas al ver a la vecina en esa posición, a espaldas y con una hermosa línea de curvas ante su vista, se atreve y lanza una acostumbrada broma en doble sentido.

—¡Qué tremenda suerte tiene usted!

Laura aún de espaldas hacia él y sin ningún ánimo para darse vuelta, siente como van y vienen los colores a su rostro. En tiempos de juventud ella hubiese respondido dándose vuelta e invitando al joven a mostrar esa tremenda suerte. Son milisegundos para ser exactos, en que ella imagina al apuesto muchacho detrás de ella, tomando con sus recias manos la rubia cabellera y depositando su cabeza en su pecho, y continuar el recorrido dactilar por sus hombros y la totalidad de sus brazos, con el cuerpo completamente conmovido por esa hermosa electricidad y un cúmulo de alocadas sensaciones, y en el preciso instante en que cuatro manos juegan dedo a dedo, él se aparta para tomar posesión de sus caderas, ella entregada al calor de su varonil respiración que desde el cuello bajan dulces convulsiones que sólo aumentan cuando siente firme las manos de Tomas acercando ambos cuerpos.

Reacciona al salir de ese trance y con una voz algo seca pero nerviosa pregunta:

— ¿Y qué es esa tremenda suerte de la que me hablas ?

Tomas se desencaja un poco y ese aire de canchero muere cuando responde:

—La suerte de que esté justo con usted cuando necesita de mi ayuda.

Laura larga una risotada que la logra liberar de toda una carga interna que portaba su febril imaginación y ciertamente la había transportado realmente a un mar de eléctricos y placenteros orgasmos.

Colaboración: Poetas Nuevos

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