Mañana es otro día.13

A la mañana siguiente, Laura se arregló con mucho cuidado. Cuando salió de su casa, vio a Tomás, pero decidió ir en la otra dirección.

«Pero… ¿y qué le pasa a esta mujer?», piensa Tomás cuando la ver irse en dirección opuesta. «Es que a las mujeres no hay quién las entiendan. Me gusta esta mujer, mucho. ¿Cómo puedo hacerla entender? Detrás de sus silencios, sé que hay un ser muy amoroso, dulce, sincera. Estoy cansado de estas niñas vacías, con la cabeza llena de aire y que solo saben hablar de moda o cómo les quedó el pelo azul o verde. Quiero una compañera de verdad. Alguien con quién pueda hablar cosas inteligentes. Que me de su opinión honesta sobre las cosas que hago, sobre mis decisiones. Yo sé que Laura es una mujer así. No me importan sus años. Cuando hicimos el amor, por algunos momentos la sentí distante… tal vez tiene miedo. Miedo a su pasado. A cómo la han tratado antes. A su edad. Pero no dice nada, no se queja, no reclama. ¿Y yo, como lo voy a saber? Quiero volver a estar con ella, quiero volver a tenerla en mis brazos. Quiero volver a estar con ella, en ella, adentro de ella», divagaba en su inútil monólogo.

«Tomás, Tomás, si fueras mayor y menos banal con las mujeres te podría tomar en serio y es cierto que tuve una fantasía cumplida, pero luego me sentí vacía y pasé a ser otra de tu lista de conquistas tachada. Mientras teníamos sexo, tuve tanto miedo a decir te amo y no parecer una desesperada, pero todo lo vivido incluyendo tu amiguita fue chistoso, espontáneo y me sentí complacida al subir en tus brazos a la cama y todo lo que hice fue una entrega. Ojalá te llegue la madurez alguna vez y tengas una mujer, más joven que yo y hasta más interesante para charlar y compartir todo momento. Fuiste magia pura y siempre supe que sería con suerte una noche, la mejor noche, en donde mi soledad quedó en el pijama, y al otro día dirías mañana será otro día», medita Laura. Su mente está completamente abstraída de sus funciones laborales.

«Mi vacío es tal que cierro la puerta a hombres como tú y dejaré al tiempo terminar su obra conmigo, hasta volverme una vieja decrépita que amó por una noche y para toda la vida a un guapo joven llamado Tomás», se lamenta.

«Algo tengo que hacer», decidió Tomás. «Esto no puede quedarse así. ¡Malidición! Ni siquiera tengo su número de teléfono. ¿En dónde trabajará?»,, se pregunta.

—Voy a mi casa un momento —dice a su secretaria.

Recuerda por el camino que la vecina del frente de la casa de Laura lo había visto salir de la casa la noche que se quedó allí. Resuelto, llega a la casa de la anciana mujer y toca el timbre. Ella abre la puerta sorprendida.

—¿Qué quiere muchacho? —dice fríamente la anciana quien se dio cuenta que Laura había tomado otro camino en la mañana.

—Perdón que la moleste —se disculpa—. Es que quiero pedirle un favor. Se me ha perdido el celular con el teléfono de Laura y necesito comunicarme con ella.

—¿Se le perdió? —pregunta ella sarcástica—. ¿El celular o Laura?

—Las dos cosas —contestó Tomás honestamente—. Mire, yo quiero hablar con ella. No sé que pasa que ella no quiere hablarme.

—¿Y cómo voy a saberlo yo?

—Por supuesto que usted no lo sabrá, señora, pero por favor —ruega—. Al menos dígame dónde puedo encontrarla.

—Ahhhh… —la mujer suspira—. Solo te voy a decir dónde trabaja — Se apiada la mujer viendo la triteza en sus ojos —. Es en el Banco Comercial que queda en la avenida principal.

—Señora, usted es una maravilla —dice Tomás abrazándola y dándole vueltas en el aire.

—¡Déjame loco! —grita la mujer riéndo, en el fondo contenta.

Tomás va rápidamente al auto, tirando besos a la mujer y se va. Para en una floristería y entra como un huracán.

—Señorita —dice—. Recomiéndeme las flores con más amor.

—Las rosas, señor —contesta ella—. Rojas, para la pasión.

—Rojas… —repite en voz alta—. A ella le gusta mucho el rojo.

—Entonces…

—Quiero doce docenas de rosas rojas y envíelas al Banco Comercial que queda en la avenida principal.

—¿A nombre de quién?

—Laura… ¡No sé el apellido! ¡Ya sé! Ponga esta dirección en la tarjeta.

—¿De parte de quién?

—De parte del vecino.

—¿Nada más?

—Nada más.

Tomás pagó la cuenta y se fue a su casa. Llamó a la oficina y le dijo a la secretaria que no regresaría. Quería ver cuando Laura regresara con sus rosas. Se quedó en su carro hasta que ella llegó. La vio bajarse de su vehículo y poner las flores en la basura. Rabioso se dirigió a la casa de la mujer y tocó el timbre. Ella abrió.

—¿Por qué tiraste las flores? —preguntó molesto.

—No quiero nada de ti, ni contigo.

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