Mañana es otro día (Final)

Él se quedó mirándola sorprendido. Laura podía adivinar en aquellos ojos oscuros el amor, pero no quería aceptarlo. No quería traer sombras del pasado, ahora que se sentía tan deslumbrante y bien consigo misma. No quería ser mujer de una noche. No quería nada de eso. Tampoco daría el primer paso y encontrarse con un hombre que simplemente la usase con palabras hermosas y olvidos tras una noche de pasiones.

Esa frase era un ultimatum, una advertencia, un golpe a la hombría y galantería de Tomás. El tiempo suspendido duró poco, él la tomó en sus brazos y entró a su casa, sin mayor oposición de Laura.

—¿No te das cuenta mujer?

Ella sentía que sus ojos brillaban al punto del llanto, esa emoción que había olvidado desde joven cuando creyó enamorarse y ser fielmente correspondida. «Tantas cargas mujer has tenido que pasar, sé fuerte y pasará, este muchacho no está hecho para ti y tú no quieres ser juguete de nadie», hablaba consigo misma —intentando persuadirse—, en una batalla que sabía ya había perdido, desde que lo miraba escondida desde su habitación del segundo piso.

—¿De qué debo darme cuenta ? —espetó tratando de soltarse de sus brazos.

Tomás logra cerrar la puerta con la punta del zapato y ante el estruendo del portazo se abalanza sobre ella y la besa descomunalmente y entre besos le decía con una locura jamás sentida, los te amo más hermosos que ella había soñando escuchar alguna vez en su vida.

—¡ No, no me amas ! —insistió Laura—. Solo soy otra más en tu libreta y para ti mañana será otro día, eso dices siempre. Te he visto desde hace tanto tiempo en ese peregrinar, luego entras a tu casa y no pasa nada, sigues con tu vida, con tu trabajo. Sales temprano petulante y hasta los vecinos envidian tu fortuna. Los saludas y ríes porque sabes que ellos sueñan tener, aunque sea una noche de viernes hasta el amanecer, una aventura con una de esas curvilíneas muchachas.

—¿Sabes qué? Eres una tonta acomplejada que con todos los años que tiene no ha aprendido nada de la vida —contestó Tomás frustrado.

—Al menos te das cuenta de que tengo muchos años —responde ella entre humillada y rabiosa. No le gustaba que le recordaran la edad y menos un hombre, menos Tomás.

—¡Dios mío! ¿Es que todo lo tienes que tomar bajo esa perspectiva? ¿Tu edad?

—Tomás, uno de los dos tiene que pensar. No podemos cegarnos por una pasión que no va a llegar a ninguna parte.

—¿Por qué piensas que no llegaremos a ninguna parte? ¿Porque soy más joven? Tu marido, era de tu edad, ¿no? Te divorciaste igual. Eres una mujer hermosa, excitante, inteligente, vibrante y yo, solo quiero estar contigo. Quiero mirarte en las mañanas, así sin maquillaje, como el primer día que te vi. Estoy cansado de las muñecas pintorreteadas que no tienen nada en la cabeza, que solo te hablan de la ropa, los zapatos y los peinados de moda. A esas las ves entrar y salir de mi casa por eso, porque cuando termina la cama me siento igual de vacío. No busco una hija, ni una madre. Busco una amiga, una confidente, una mujer igual a mi. Mi compañera.

Laura incrédula de todo lo que pasaba, tomó las manos del amante joven y apuesto. Sus miradas compenetradas hablaban al interior, a sus almas. Pero ella sentía que su decisión de terminar lo que había entre ellos era como una declaración de principios.

—Dime Laura, ¿qué bicho te ha picado ahora? — preguntó Tomás.

—Necesito que me digas algo…

—¡Te amo, Laura !—gritó Tomás sin más tiempo para pensar.

Toda su resistencia se desmoronó. Ya nada más importó. Emocionada lo besó y comenzaron a desnudarse ahí mismo para subir lentamente hasta llegar a la cama de Laura. Ella con pícara mirada y una sonrisa burlona susurró en su oído.

— No te corras temprano.

Tomás la miró sonriendo.

—Y aunque sea así, prefiero acabar mil veces antes que amanezca pero siempre contigo, sólo contigo, toda mi vida dentro de la tuya.

Laura se mudó con Tomás. Se divertía cuando llegaba alguna ex-amiguita a buscarlo, diciéndole que ya él no estaba disponible. Él le dio rienda suelta para tomar las decisiones del hogar, ahora ella era la mujer de la casa. Le regaló un hermoso anillo de compromiso, aunque ella insistía en que no deseaba casarse. Él aceptaba todas sus decisiones, porque lo único que deseaba era compartir su vida con su compañera. Ella era tan dichosa que no volvió a pensar en su edad.

Y el amor habitó entre ellos, en el hoy, en el presente, pues mañana es otro día.

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