5 de mayo

Mi padre siempre se reía de su anonimidad. Decía que el día que muriera no iba a salir ni en los muñequitos, refiriéndose a las tiritas cómicas que aparecían en los periódicos. Cuando nos mudamos a Texas, siendo él ya muy viejito —tenía 94 años—, quedamos rodeados de mexicanos. Era un mundo distinto para mis padres y para mí. El México que conocíamos era el de las películas de Pedro Infante, Jorge Negrete, Silvia Pinal y esos íconos del cine que nos hablaban de una tierra hermosa en la que todo el mundo cantaba rancheras.

Desde que llegamos, mi padre recibió cuidados de mujeres mexicanas, su favorita Letty, una mujer llena de amor y compasión. Aún llama para preguntar por mi madre después de tantos años que mi papá falleció. Fuimos acogidos por la raza. Gracias a los buenos tratos que hemos recibido los buenos mexicanos, nuestra vida ha sido mejor.

Mi padre murió el 5 de mayo, el mismo día que los mexicanos ganaron la Batalla de Puebla en contra del ejército francés. Aquí es una gran fiesta que se celebra con bombos y platillos.

            —¿No pensabas, papito, que hasta un Día de Fiesta te iba a tocar?

Mi papi no se fue ignorado ni anónimo. Salió en los obituarios del periódico del 5 de mayo de San Antonio, Texas.  En tres días van a hacer nueve años de ese triste día para mí. No he dejado de pensar en él ni un solo día. Lo extraño, lo añoro y desearía que aún estuviera aquí. Aunque reconozco que ya su cuerpito no daba para más.

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Esta semana pasada también murió un hombre al que respeté mucho. El abuelo de mi hijo menor: Don Luis Pabón «Papá Abuelo». Y tampoco quiero que se vaya anónimo. Papá Abuelo fue Policía del Estado Libre Asociado de Puerto Rico y tuvo la digna misión de ocuparse de la seguridad del Honorable Juez Presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico, Don José Trías Monje. Pero aún más digna que esa misión, fue la de ocuparse del bienestar de las mujeres de la casa: su esposa y sus hermanas solteras. Se ocupó de sus hijos como un buen padre de familia. Y mi hijo Luis tuvo un abuelo excepcional en él. Fue su amigo, su confidente y se lo agradezco.

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Mis viejitos se me están yendo. Estoy segura que dónde están ya no tienen dolor ni padecimientos. Están sanos, jóvenes y sin achaques. Algún día los volveré a ver. Conversaré con ellos de las cosas que pasaron después que se fueron. Estaré muy feliz de verlos contentos y sin enfermedades. Quizás hasta haremos debates políticos, ¿por qué no? Hay mucho de qué hablar sobre este mundo que dejaron.

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