La hija de la querida

              Soy la hija de la querida. Bueno, por lo menos así me llamaba todo el mundo en el barrio de dónde vengo. Todos, menos en casa de Amir. Sus padres eran musulmanes y vivían cuatro esposas con el papá en perfecta armonía. A ellos les llamaban los depravados. Pero, en fin, como se pueden imaginar Amir y sus hermanos eran mis únicos amigos y compañeros de juego.

            Yo no veía nada malo en que me llamaran de ese modo. Mi madre —también mi padre que nos visitaba todos los fines de semana—, me habían explicado que ella era el amor de su vida. Que por nadie había sentido lo que sentía por mamá. Entonces ser hija de un amor tan grande se me hacía un orgullo y no una vergüenza. Papá me decía que caminara con la cabeza muy en alto y siempre nos prometía —que algún día—, vendría a quedarse para siempre.

            No sabía por qué no se quedaba desde ahora. Ni por qué las señoras del vecindario me miraban con desdén y a mi madre con desprecio. Hasta cuando ella pasaba agarraban a sus maridos por el brazo, como si mi mamá tuviera alguna enfermedad contagiosa. Solo las madres de Amir —así les llamaba él a todas—, nos invitaban a tomar el té y le compraban a mi madre unos pañuelos muy bonitos de seda y colores muy brillantes que mi padre le traía de la ciudad.  La verdad era que papá le dejaba los pañuelos para ella, porque nunca nos hizo falta el dinero, pero mamá quería sentir que algo hacía y que no vivía de él. De vez en cuando le cosía unos pantalones y camisas amplias a sus amigas musulmanas para que llevaran debajo del burka. Nada complicado pues sus habilidades en la costura eran mínimas, pero al menos no se sentía inútil ni mantenida. Al menos eso las escuché decir un par de veces.

            Alguna vez la escuché hablar con Amina —la verdadera madre de Amir—, sobre mi padre. Le decía que era un hombre muy rico y que su padre le hizo casarse con una mujer de sociedad cuando era muy joven. Hablaba de que aquello había sido un matrimonio arreglado y sin amor al que él se sentía amarrado porque había tenido varios hijos y ahora la mujer estaba muy enferma. Cuando la señora pase a mejor vida —dijo mi madre persignándose—, él estará conmigo y con mi hija. Eso ha prometido.

            A pesar de la promesa de mi padre los años pasaban y la moribunda seguía viviendo. Todos los viernes mi madre se ponía su vestido más bonito, se arreglaba el pelo, se pintaba las uñas de las manos y los pies y se cambiaba el peinado. Siempre para verse hermosa a los ojos de mi padre. Él no faltaba ningún fin de semana, siempre llegaba puntual a las nueve de la noche. Entonces pasaba por mi cuarto, me abrazaba, me daba un beso y siempre me traía mi chocolate favorito. Luego me daba las buenas noches y se iba a acostar con mi madre. Yo los escuchaba hablar por horas y reír. Otras, los escuchaba hacer unos ruidos que al principio no entendía, pero luego supe que eran los sonidos que hacen los que hacen el amor. Pero cuando papá se iba el domingo por la tarde, mamá se quedaba triste y sombría. A veces pasaba por su puerta y la escuchaba llorar. La espera se le estaba haciendo cada vez más difícil. Ya no era tan joven, ni tan bonita y eso la afectaba. Si no hubiera sido por sus amigas —las madres de Amir—, su vida habría sido aún más difícil.

            Amir fue mi primer y único novio. Era casi natural que nos enamoráramos. Él entendía mi familia y yo la suya. Además, era muy guapo. Tenía unos ojos negros inmensos adornados por unas cejas tupidas y una nariz aguileña que hacía su rostro perfecto. Su piel era de un tono dorado natural y su pelo oscuro. Era el más alto de la clase, jugaba al futbol y a pesar de ser musulmán, las chicas de la clase se morían por él. Pero Amir era mío y de nadie más. Cuando termináramos de estudiar nos casaríamos y nos iríamos de aquel pueblo tan hostil, donde ya no sería más la hija de la querida.

            Amir y yo nos casamos y fuimos a vivir a otra ciudad más moderna. Los primeros años de nuestro matrimonio fueron muy felices. Compramos una casa grande muy hermosa. Tuvimos dos hijos a los que amamos mucho. Una tarde estábamos sentados en la mecedora del balcón charlando como hacíamos a diario, cuando Amir me anunció que me iba a presentar a su segunda esposa. Todo en mí se revolvió.

            —Pero ¿qué pasa, Amir? ¿No eres feliz conmigo?

            —Sí, muy feliz —dijo él confundido—. ¿Qué pasa amor? No entiendo tu reacción.

            —Soy yo quién no entiende. ¿Por qué necesitas otra esposa?

            —Porque es la tradición. Mi padre tenía cuatro esposas. Tu conociste a todas mis madres. No sé por qué estás tan contrariada.

            —Amir, yo no quiero compartirte con nadie. No puedo. ¿Es que no puedes entender que te amo demasiado? Me moriría de celos. No me hagas esto, por favor te lo pido. Somos felices como estamos.

            —Lo siento. Esta es mi religión, mi tradición. Tú lo sabías cuando te casaste conmigo. Me conoces desde niño y sabes de dónde vengo —. Hubo un largo silencio que a mí me pareció un siglo y en el que hasta pensé que recapacitaría —.  Mañana vendrá Farah con su familia. Por favor, prepara una buena cena y dispón de todo lo necesario para recibirla luego del casamiento.

            No dejé de llorar en toda la noche. Tampoco me acosté con él.  No puedo ni decir cuál era el tamaño de mi decepción. Me quedé en el cuarto de mi hija pensando en mis días como la hija de la querida. Mi mente daba vueltas y no comprendía nada. Cuando éramos chicos las madres de Amir y sus hermanos parecían estar conformes con la vida que tenían. Se veían felices. Pero yo veía a mi madre, compartiendo a mi padre con la moribunda y era muy infeliz. Ella quería a papá para ella, sin compartirlo con nadie, como yo quería ahora a Amir para mí.

            Discurrí lo suficiente como para llegar a una conclusión. De una cosa estaba segura. Yo no iba a compartir un hombre de ninguna manera. Ni como la esposa que espera que el marido se canse de una querida. Ni como la querida que espera que el esposo se separe al fin de su esposa. Ni como una más de un harén esperando a que le toque su turno.

            Al siguiente día cuando Amir llegó a cenar con su futura segunda esposa y familia, no había cena, no había primera esposa, ni hijos, ni nada. Agarré a mis hijos y me fui muy lejos. Mi madre me dijo que Amir me buscó en el pueblo y estaba furioso porque me llevé a los niños y juró quitármelos. Por supuesto, me había ido a un lugar donde no me encontrara tan fácilmente. Sabía que iría a buscarme a casa de mi madre enseguida. Sabía que me amenazaría, pero en el país que vivimos hay leyes. Al final obtuve el divorcio, una pensión para mis hijos y una orden en la que le prohíben a Amir acercarse a los niños, porque el abogado le dijo al juez, que él podía robárselos y llevarlos fuera del país a algún país árabe.

            Por mi parte sé que algún día encontraré un amor como debe ser. No tengo prisa. Tendré un esposo para mí los siete días de la semana y al que no tendré que compartir con nadie. Es lo que merezco.           

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38 comentarios en “La hija de la querida

  1. W. Eulen Kard dijo:

    Excelente relato. Pasa a menudo que nos enamoramos de sopetón de la persona menos indicada, tan solo porque nos atrae físicamente o nos llama la atención alguna que otra cualidad y no nos detenemos a analizar su procedencia, costumbres, tradiciones que a futuro pueden resultarnos incómodas y terminamos en un embrollo sentimental, contrariados y finalmente decepcionados.
    Felicidades, una brazo.

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    • melbag123 dijo:

      Sí, eso es algo que sucede con frecuencia, diría yo que con demasiada frecuencia. La cultura es algo muy importante en las relaciones y es muy difícil romper con las normas con las que crecimos. Eulen, gracias por leer y comentar. Un abrazo para ti también.

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  2. antoncaes dijo:

    Hay cosas que no entendemos los occidentales y no digo que estén bien, solo que son otras religiones y que el que quiera que las siga, veo lógica la reacción de alguien que no comparte esas ideas, yo tampoco las comparto, y tampoco las crítico, allá cada cual con sus creencias yo seguiré con mi budismo. 🙂

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  3. serunserdeluz dijo:

    Yo tampoco estaría dispuesta a compartir, pero es cuestión de religión tradición y educación, si nos hubieran educado de otro modo… otra cosa sería, pero lo que sí creo que no admitiría serían las condiciones desiguales, si hay poligamia, que sea así, de ambas partes, no sólo poliginia.
    Hubo una cultura, la nayar, en la India, en que la mujer no podía tener más de 12 esposos… al mismo tiempo ¿cómo ves?
    Abrazos de luz

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