Lomas Verdes: sueños de infancia

         Crecí en Lomas Verdes, un suburbio a unos veinte minutos de San Juan. Mi niñez fue protegida, como lo era la de la mayor parte de los niños que conocí en el colegio de monjas al que asistí los primeros nueve años de mi vida escolar. Ir a la escuela fue un regalo de la vida, pues tenía solo una hermana —muy aburrida, por cierto—, siete años mayor que yo y a quien no le interesaban mis juegos infantiles. En San Agustín, entre libros y otros niños, me divertía. Tuve —como todos—algunos contratiempos. Sor Rosael me halaba las orejas y me dejaba castigada después de la hora de salida. Años después, Sister Clare, me apretaba la cara y me regañaba en inglés mientras su cara blanca se enrojecía de coraje al punto que parecía explotar. Diría yo, que mis años en el colegio fueron una réplica del poderío español sobre la isla y luego la invasión americana.

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     Todo lo que sucedía en el mundo afuera de las fronteras de aquella institución repercutía en sus adentros. Así fue como la revolución cubana trajo algunos compañeros y hasta a una maestra de caderas rimbombantes y la lucha por los derechos civiles, un niño afroamericano. Aún recuerdo al niño negro objeto de burlas de los que se creían mejores por el color de la piel. Lo veía solo, en silencio, apartado. Igual que al otro que era homosexual. Siempre solo. Es por eso que la soledad siempre me ha asustado, creo que es sinónimo de tristeza, de dolor, de injusticia.

         También yo era diferente. Solo Madre Fidela me entendía. Ella se daba cuenta de que era un espíritu libre y se ocupaba de enseñarme a tocar la pandereta y las castañuelas para canalizar aquella energía que parecía nadie poder contener. Me abrazaba muy fuerte poniendo mi cabeza sobre su pecho y debajo de su hábito yo sentía la suavidad de su seno y me sentía segura y tranquila. Ella me regaló mi primer libro no escolar: «Los Hollister y el ídolo misterioso». No recuerdo el autor. Tenía ocho años cuando lo recibí de aquellas manos tan dulces. Fue el último año que la vi. Madre Fidela y las monjas agustinas fueron trasladadas a un barrio muy pobre de Santo Domingo. Según supe, dónde no tenían ni para comer.

          Mi madre era enfermera y durante los días de semana me levantaba a las cinco de la madrugada para dejarme preparada antes de irse a trabajar. Dura vida llevaba mi madre —siempre vestidita de blanco impecable—, salía muy temprano a tomar transportación pública que la llevara a San Juan. Yo tampoco se lo hacía muy fácil, me oriné en la cama hasta los nueve años y tenía que lavarme la ropa a diario. Claro que ella se desquitaba. Me mandaba a la cama cada noche a las siete, justo cuando empezaba «El mágico mundo de Disney». No importaba cuanto llorara, la orden era seca y me dormía entre lágrimas y suspiros. Algunas veces me rebelaba e inventaba canciones sobre las injusticias del mundo —desde entonces llevaba la justicia en el alma—, y empezaba a cantar a boca de jarro por los niños con hambre y las guerras en el mundo. Cuando mi padre me escuchaba, decía: «Ya empezó la niña a cantar» y se reían bajito.

            Mi padre trabajaba para la Marina de los Estados Unidos. Era un handyman, esto es: electricista, fontanero, carpintero, una especie de arréglalo todo. Usaba un overol azul oscuro y trabajaba en turnos rotativos. Él tenía un viejo Chevrolet 1954, y cuando tenía el turno de tres a once, desde la esquina escuchaba el chui chui de su carro hasta llegar a la casa. Entonces me levantaba calladita y salía a recibirlo. Él me ponía de regreso en la cama y se iba a acostar. Creo que para esa época descubrí a qué horas me orinaba. Seguro era después de las doce, porque cuando mi papá llegaba todavía estaba seca.

           La década de los 60’s era convulsa en el mundo entero: luchas por derechos civiles, asesinatos de mandatarios, la Guerra de Vietnam, pero allí, en mi querido Lomas Verdes todo era paz. En casa no se hablaba de nada que pudiera afectar nuestra infancia. Fui muy afortunada de tener los padres que tuve y de vivir en el mundo que viví. Mi amiga más antigua sigue en mi vida. Hemos crecido juntas. A veces nos reímos porque cuando hablamos de los dolores del cuerpo. Le recuerdo cuando hablábamos de la muñeca que iba a salir ese año, cuando nos llegó la menstruación y hablábamos de muchachos. Una vida entera, hermana de la vida.

          Todavía recuerdo el primer día que vi a Carmen. El salón tenía unas mesas en las que nos sentábamos varios niños. Para entonces San Agustín era una casita de madera con dos salones: el primer grado y el jardín de infantes. Nosotras entramos al kinder. Era el primer día de clases y allí estaba ella, frente a mí, como una muñequita española. Siempre me acuerdo de su piel nacarada, su pelo castaño claro y sus cachetitos rosados. Desde entonces fuimos mejores amigas, confidentes y aunque alguna vez nos separó la vida —el trabajo, los maridos, la crianza de los hijos—, volvimos a encontrarnos y esta vez —amiga—, te prometo que será hasta que la vida nos alcance.

           La otra noche me dormí y soñé con mi Lomas Verdes. Fue un viaje maravilloso a mi infancia. Como los sueños son locos, me encontré con mis amigas y hasta estaba comprando una casa de aquellas de inconfundible construcción: columnas redondas, cemento armado, techo sobrepuesto sobre las paredes con la ayuda de una grúa con cadenas y un balcón con bloques ornamentales. Allí los cánticos de coquí se escuchaban en sorround system con amplificadores y eran la mejor nana que jamás he podido escuchar. Entre el techo y las paredes quedaba un espacio abierto por donde se metían los mosquitos, las cucarachas y toda clase de bicho raro. En Puerto Rico todo es pequeño menos las cucarachas que son enormes y hasta vuelan. Dormía con mosquitero, pero un minino se las ingenió para meterse en mi cama y calentarme el cuello cada noche. Hasta que mi padre lo vio y tapizó con cemento el hueco entre la pared y el techo. Los mosquitos y las cucarachas tenían que entrar por la puerta de la casa y nunca más supe de mi gato pulgoso.

          En el colegio teníamos que comprar muchos libros y cuadernos. Usábamos un bulto muy fuerte que aguantaba todo el año el maltrato que le dábamos. La verdad es que era muy pesado y si no hubiera sido por Pedrito que tenía un carro de carga color rojo y se sentía importante conduciéndolo, habríamos desarrollado jorobas como los camellos. Teníamos una compañera de clase que era hija única y tenía tres hermanos. Como era solita, la mamá de Carmen me recogía los sábados con todo y muñecas y nos llevaba a casa de la solitaria. Entonces pasábamos las tres el día entero bañando y vistiendo muñecas. Me gustaba ir a esa casa porque la mamá nos hacía muchas cosas sabrosas de comer. Ahora que lo pienso, las tres éramos solitas. La hermana de Carmen todavía no había nacido, la otra solo tenía hermanos y yo —era como estar sola—, tenía una hermana insípida.

         Lomas Verdes ha envejecido como envejecieron sus habitantes. Nuestros padres han muerto. Esa generación que nos precedió que construyó al Puerto Rico de mis primeros años y de mi juventud. Esas gentes llenas de sueños de superación, para ellos y para nosotros sus hijos ya no están. Mis padres levantaron una muralla para que no me hiriera la vida, pero por más que trataron, eso no fue posible. Sin embargo, fueron muy exitosos en preparar mis bases: me enseñaron mis valores, a soñar y a volar.

        En estos días en que la isla pasa por esta gran prueba, me pregunto si hemos entendido la lección de María. Cuando era niña solo tenía derecho a pedir una muñeca en Navidad. Los que no tenían dinero hacían sus propios juguetes. Jugábamos en las calles y respetábamos a nuestros mayores. Aprendimos a respetar la vida humana y también la que no era. Disfrutábamos de las cosas sencillas y nos reíamos de todo. Las puertas de las casas permanecían abiertas porque nadie tomaba lo ajeno. No era un mundo perfecto, claro que no, pero fue lo mejor que pude tener y por siempre estaré agradecida.

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«Verde luz», Antonio Cabán «El Topo».

Imágenes tomadas de la internet.

21 comentarios en “Lomas Verdes: sueños de infancia

    • melbag123 dijo:

      Creo que he vivido mucho, que he vivido bien, que he tenido más que mucha gente. Tal vez sea que el Puerto Rico de entonces ya no existe. Cuando se te van los padres y mueren algunos amigos, y algunos hijos de nuestros amigos, sí nos vamos sintiendo mayores. Tienes razón. La nostalgia nos gana.. Estuve por tu tierra en septiembre. Que pena que no te vi. Un abrazo, gallegorey.

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  1. Poli Impelli dijo:

    Qué delicia leer este relato de sinceridad y reconocimiento a «lo propio», lo inolvidable. Me llevaste a mi ciudad y a mi infancia, a esos valores ya perdidos, al colegio, a las puertas abiertas y ventanas sin rejas, a los juegos en las calles y al respeto a nuestros mayores.
    Gracias, Mel. 🙂

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