El olvido

Abrió los ojos sin saber dónde se encontraba. Estaba mareado, atontado, como si hubiera bebido demasiado, tal vez drogado. Miró alrededor de aquel apestoso y frío cuartucho con curiosidad. Las paredes tenían hermosos tapices de colores alegres, que contrastaban con el resto de la habitación. No sabía cómo había llegado allí.  Se levantó con dificultad, agarrándose de los pilares de la cama. Caminó unos pasos, lo suficiente para asomarse a la ventana.  El paisaje también le era desconocido. Los árboles secos, la nieve cubriendo todo hasta donde su vista era capaz de llegar, era un espectáculo hermoso, pero a la vez desolador. Una pequeña cabaña rompía la monotonía en el horizonte. Era de día, por la posición del sol, serían alrededor de las diez de la mañana.

            Horacio trataba de recordar. Tenía un hueco en la memoria. Sintió deseos de vomitar. Intentó correr, pero se enredó en sus propios pies y dio en el suelo de cara a sus bilis. Tosió tan fuerte que se orinó. Le dieron retortijones y sintió que las heces comenzaron a salirle a borbotones. Se sentía tan débil que volvió a dormirse sobre toda aquella porquería. Cuando despertó pudo levantarse en medio de la cochiquera de sus propios desechos. Necesitaba asearse enseguida. Abrió la única puerta y encontró una habitación idéntica a la que estaba. Detrás de los tapices debía estar la del baño o la de salida. Tocó, empujó y golpeó las paredes, pero nada. Parecía como si la ventana de la primera habitación fuera lo único que lo conectaba al mundo exterior.

            Tenía que salir de allí. Empujó el cristal de la ventana hacia arriba y hacia abajo. No abría. Miró alrededor buscando algún objeto para romperla. Trató de arrancar un pilar de la cama, pero no pudo. No había nada en la habitación. Se quitó los zapatos y trató golpeándola con ellos, sin conseguir nada. Se arrancó la correa del pantalón y con la hebilla pegó por un rato, hasta que logró que el cristal se astillara un poco. Sintió esperanzas. Siguió atizándole con más fuerzas, hasta que varios pedazos cayeron. Continuó quitando los demás pedazos con las manos haciéndose heridas en los dedos.  A él no le importaba, solo quería salir de aquel encierro que lo aturdía.

            Se aupó para meterse por el espacio que lo llevaría afuera. Sintió como el frío le cortaba la cara. Sus brazos estaban débiles, pero hizo un último esfuerzo, su barriga quedó en el borde de la ventana. Todavía quedaban pedazos del cristal que se le metieron en la piel. Se arrastró un poco más, cayendo de bruces sobre la nieve. No estaba vestido para la temperatura y a pesar de la peste que traía, le era imposible deshacerse de aquella repulsiva ropa. Las heridas de sus manos y estómago sangraban.    

            Trastabillando logró llegar hasta la pequeña cabaña. La puerta estaba abierta. Las paredes estaban igualmente decoradas con tapices de colores que combinaban con la alfombra. Los muebles parecían cómodos, inundados de cojines que hacían juego con la decoración. La chimenea estaba encendida, la temperatura le resultaba confortable. Recorrió la cocina y sobre la estufa todavía había un estofado caliente. Buscó el baño, allí encontró toallas y una bata afelpada. De prisa se quitó la ropa, examinó las heridas del estómago y de las manos. Como temía, tendría que darse algunos puntos. Encontró una navaja y se dispuso a afeitarse, mientras esperaba que el agua de la ducha se calentara. Entró en la regadera, disfrutaba del agua tibia y como recorría su cuerpo maltrecho. Trataba de hacer memoria de cómo había llegado a ese lugar cuando escuchó pasos.

            Alguien trataba de abrir la puerta del baño, primero despacio y luego la sacudía con fuerza.

            —¿Quién es?

            Nadie contestó. Instintivamente, Horacio salió de la regadera y tomó la cerradura desde adentro, haciendo resistencia.

            —Por favor, dígame quién es. Estoy herido —suplicó.

            —Es Julieta —respondió una voz que evocaba vagamente.

            —¿Julieta?

            Abrió enseguida sin reparar que estaba desnudo. De frente estaba ella, igual como la recordaba. Sus ojos negros, inmensos. Su piel dorada, cabellos castaños y largos. Solo que ahora estaba más bonita. No la veía desde que terminaron el bachillerato, cuando fueron juntos al baile de graduación. De esa noche solo se acordaba de haber bebido hasta perder los sentidos.

            —¿Qué haces aquí? —preguntó—. Más bien, ¿qué hacemos aquí?  

            —El viernes por la noche fuimos al baile de graduación.

            —¿El viernes? ¿De que año? —respondió confuso.

            —Siempre la misma actitud… Mala memoria.

            —No entiendo nada. No sé que hago aquí. Estoy herido y necesito ir al hospital, es todo lo que sé.

            —Egoísta, siempre pensando en ti y en tus necesidades.

            —¿Qué es este juego?

            —Ninguno, en un rato no sentirás nada.

            Súbitamente, Julieta sacó de la parte de atrás de su vaquero una pistola eléctrica y apuntó al pecho de Horacio. La primera descarga lo tiró al suelo. La segunda, le provocó convulsiones. La tercera, lo dejó inconsciente, a merced de la mujer. Cuando volvió en sí, estaba amarrado a una silla con las piernas abiertas. Julieta se paseaba alrededor con unas tijeras de podar, amenazante.

            —¿Te sientes mejor mi querido Horacio? —preguntó morbosa.

            —¿Por qué me haces esto? —respondió todavía atontado.

            —Vaya, pero que mala memoria tienes. Voy a ayudarte… Regresábamos del baile de graduación. Tus amigos y tú estaban borrachos y aturdidos. Se salieron de la carretera y detuvieron el auto. Uno a uno me violó, mientras yo te pedía que me ayudaras —pausó—. Todavía puedo sentir el aliento y sudor de cada uno de ellos. ¡Aún tengo pesadillas de esa noche! —gritó.

            —Pero yo no te hice nada, dices.

            —No, Horacio. Tú fuiste el último. El licor siempre ha sido tu enemigo, no puedes parar y te quedas sin memoria, como anoche cuando te traje a este lugar.

            —Julieta, yo no sé nada de lo que pasó, te lo juro —suplicó entre sollozos.

            —Ya no podrás dañar a nadie más.

            Julieta guardó la bolsa plástica en la que llevaba los cinco miembros de los salvajes que la desfloraron. Miró por última vez a Horacio que permanecía desmayado en la silla. «Que se pudra», pensó. Salió de la cabaña satisfecha, sonriente, respirando el aire frío de la montaña.

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imagen: pixabay.com

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