Historias de hospital by Mel Goméz

Hermenegilda aguantó por tres
días lo más que pudo la fiebre y el dolor. Odiaba ir al hospital que siempre
apestaba a muerto y enfermedad. Los olores de las personas sin bañar, la
sangre, el vómito, la orina regada por los suelos. Quería quedarse en su casa,
a pesar de la insistencia de su hijo de llevarla a la clínica.

            —Se te ve muy mal, madre —dijo Rodolfo.

            —Conozco mi cuerpo, no es necesario.

            —No es necesario, ¿todavía? Llevas fiebre por dos días,
vas a deshidratarte.

            —Estoy tomando agua.

            —Madre, que allí saben lo que hacen… Tal vez agua no es
suficiente y esa calentura… Mírate, si estás temblando y tienes tres frazadas
encima.

            Hubo un largo silencio. El hijo sabía que era fin de
discusión y se apartó de ella. No era la primera vez que tenían un intercambio
similar y por la misma razón. «Sí que era cascarrabias y cabezona esta mujer»,
pensaba.

            En la mañana fue el muchacho a revisarla y cuando la
llamó no respondió. La tocó y su cuerpo ardía. Llamó a la ambulancia, que en
esos lugares tardaba un siglo. «A los ricos los atienden rápido, a nosotros, ¡que
se joda!», pensó. Quiso alzar a su madre en brazos, pero la verdad que estaba
pasadita de peso y ni en sueños podría hacerlo. Cuando se dignaron en llegar,
tuvieron que poner oxígeno y sin dar mucha explicación subieron a la mujer en
la ambulancia hacia el hospital más cercano.

            El joven tomó su carro, un Volkswagen 1969, que no moría.
Fue detrás de la ambulancia hasta llegar a urgencias de la clínica en donde la
recibieron, pero no lo dejaron entrar.

            —Vamos a estabilizarla. Tan pronto tengamos una noticia,
le dejo saber.

            —Pero ¿está muy mala?

            —No puedo decirle en este momento. Cuando sepa, le aviso.

            El muchacho se fue a sentar sabiendo que estaría allí por
mucho rato, porque la madre siempre esperaba hasta el borde de la muerte antes
de buscar ayuda. ¿Por qué se la hacía tan difícil? Y había olvidado llamar al
trabajo, para como estaban lo único que faltaba era perder la única fuente de
ingreso del hogar. Hermenegilda solo recibía un dinerito de la seguridad social
y apenas daba para sus medicamentos. Se levantó con la mente puesta en todo
esto y no miró que venía una joven con un café en la mano. Tropezó con ella,
como suele suceder en estos casos.

            —Perdón, señorita —se disculpó—. Es que tengo un día
horrible.

            —¿Y qué le hace pensar que los que estamos aquí estamos
teniendo un día maravilloso? Tenga cuidado por donde anda, ¡por favor! —respondió
mortificada.

            —Oiga, pero que no es para tanto…

            —¿Qué no? Me ha arruinado el vestido, tengo café hasta en
los zapatos.

            —Bien… ¿Y qué quiere que haga? ¿Cómo puedo reparar este
agravio, su Alteza?

            —¿Su Alteza? Mire, no se burle de mí.

            —No me burlo, solo quiero concluir este desdichado asunto
y volver a lo que iba.

            —Y se puede saber, ¿a qué iba con tanta prisa?

            —A llamar a mi patrono, no podré ir a trabajar. Mi madre
enfermó.

            La joven calló por uno segundos.

            —Lo siento.

            —¿Siente qué?

            —Estar así de majadera y que su mamá no está bien.

            —Entonces, ¿me deja ir a hacer la llamada?

            —Por supuesto… Si quiere puede hacerla desde mi oficina,
hacia allá iba.

            —Si no es molestia…

            —Para nada.

            Caminaron hasta la oficina.  Le enseñó donde estaba el teléfono y lo dejó a
solas para que tuviera privacidad. Cuando Rodolfo salió le preguntó:

            —Es raro, en este tiempo todo el mundo tiene móviles.

            —Tengo, pero tuve que salir de prisa con lo de mi madre y
lo dejé sobre la mesa.

            —Entiendo… ¿desea un café?

            —Sí, uno para usted también, pero yo pago, siento que se
lo debo.

            —Perfecto —asintió—. Oiga, no nos hemos presentado —digo
extendiendo la mano—. Me llamo Victoria Martorell. ¿Usted?

            —Rodolfo Landa.

            —Pues empezamos todo desde el principio en el punto del
café, pero sin tirármelo encima, por favor —dijo carcajeando.

            Rodolfo estaba tan entretenido hablando con Victoria que
hasta se le olvidó para lo que estaba allí.

            —Si me da un momento para ver si ya saben algo de mi
mamá.

            —Sí, claro… Y hasta le ayudo. Voy adentro y pregunto.

            Victoria pasó con su carnet de empleada perdiéndose de la
vista de Rodolfo. Él se dio cuenta de que hasta ahora no la había mirado bien;
de espaldas era una mujer muy bien formada, cintura diminuta, de caderas
amplias y piernas torneadas. Su caminar era pausado, suave, como quien se
siente dueña de sí, segura. Cuando se encontró con ella la primera vez, le
pareció altanera, engreída, arrogante, pero ahora que la observaba mejor…  De frente era interesante, aunque no había
nada en ella, digamos, llamativo… pero de espaldas… Empezó a imaginar que iba a
salir, pero de espaldas, como si fuera una película al revés. Con el mismo
ritmo con el que se entró: despacio, sensual. En fin. Se quedó esperándola, aunque
tardaba bastante.

             Al menos ella
tendría más oportunidad de que le dieran la información, siempre en los
trabajos hay alguien dispuesto a ayudar si le das la información correcta. Por ejemplo,
si le decía que era su tía, o una vecina muy querida. Algo que alimentara el
deseo de ayudar a alguien a quien se considera un igual. «La pena es hermana de
jódete», dice el refrán. Y si vas a dar información confidencial por lástima
puede que te jodas, pero es tu elección y por supuesto, satisfacción.

            Alfredo trabajaba en construcción desde hacía cinco años.
Joven, fuerte, apuesto y con ganas de comerse el mundo. Se levantaba a las tres
de la mañana para estar temprano en su trabajo y dedicarse, más que ninguno, a
las labores diarias y que se notara. Los capataces lo hacían y ya pronto le
darían su tan deseado ascenso. Su esposa estaría feliz pues le había prometido
una casita antes de que llegara su primer hijo y Marita ya estaba a punto de
reventar.

            Las cosas entre ellos marchaban muy bien. Se conocieron
cuando estaban cursando el bachillerato. Él estaba en el equipo de futbol y
ella era porrista, compartían a diario y una cosa llevó a la otra. No querían
esperar mucho y tan pronto salieron de la escuela, anunciaron que iban a
casarse. Ya él se había apuntado en un curso corto para manejar los equipos de
construcción y tenía un trabajo a medio tiempo hasta que lo terminó. Aunque
eran jóvenes los padres no se opusieron al matrimonio, pues los veían maduros y
centrados en sus planes.

            Tan pronto Alfredo tuvo su trabajo a tiempo completo, se
señaló la fecha de la boda. La ceremonia fue sencilla, en la capilla del barrio,
y el festejo en la casa de la novia. Los invitados estuvieron comiendo y
bailando hasta el amanecer, mientras los novios aprovecharon la primera oportunidad
para escaparse. Cuando regresaron, ocuparon una casita rentada cerca de los
padres de Marita. Al poco tiempo anunciaron el embarazo. Las cosas iban bien,
sin duda.

            Esa mañana el grupo de trabajo lo fue a recoger en la
camioneta como todos los días. Sintió el deseo de volver y besar a su esposa,
mientras sus compañeros gritaban toda clase de bromas que parecieron no importarle.
Llegaron temprano, algunos tomaron una taza de café para empezar, pero él se
fue solo a inspeccionar el área. El jefe de los capataces lo llamó al rancho
que servía de oficina para informarle de su ascenso. Tenía ganas de gritar, de
brincar, de llamar a su mujer para decirle enseguida. Agradeció al jefe y salió
jubiloso. Contento caminó alrededor del edificio y no vio cuando una viga de
hierro se le venía encima. Ya no escuchó nada más.

            Llamaron a la ambulancia y lo llevaron al hospital. Los
compañeros llamaron a la esposa.

            —No puede ser —dijo antes de sentir un fuerte mareo que
la hizo sentarse en la primera butaca que encontró.

            La madre agarró el teléfono y escuchó la terrible
noticia.

            —Pero, ¿está vivo?

            —No sabemos, señora. La ambulancia se lo llevó muy mal.

            —Vamos para allá enseguida.

            Victoria salió por la puerta automática alrededor de
cuarenta minutos después. Rodolfo la vio venir con la esperanza de que viniera
de espaldas. De todos modos, se preparó para la noticia sobre su madre.

            —¿Cómo sigue?

            —Rodolfo, tu madre está delicada, en coma. Sigue con una
fiebre muy alta y los doctores han estado haciendo varios exámenes. Me he
tardado porque entré para ver mientras le hacían las tomografías del cerebro, para
ver su función. No tiene muerte cerebral, tenemos esperanzas de que se
recupere.

            —¿Tienes idea de cuánto tiempo se tome en despertar?

            —Ni idea, puede ser ahora mismo, como en una hora, un
día, un mes… No se sabe. ¿Pero que pasó que tardaste tanto en traerla?

            —No quería, no sabes lo terca que es. Se lo pedí varias
veces, pero hasta que no la vi inconsciente, no me fue posible traerla —«tu espalda,
tu espalda», repetía en su mente.

            —Bueno, está en excelentes manos puedo decirte. Ya me
avisarán si reacciona. Les pedí que me llamaran a mi móvil si algo pasaba.

            —No sé cómo agradecerte. Eres de gran ayuda en un momento
como este… —dijo pensando «si tan solo pudiera verte de espaldas me ayudarías
aún más».

            Eran las cinco de la mañana cuando llegó Fabiana. Su caso
no tan serio, pero tenía que quedarse hospitalizada: arritmia, deshidratación,
fiebre y dolor abdominal. Estuvo todo el día haciendo exámenes de sangre,
tomografías e inyectándole fluidos. Por la noche le anunciaron que no había
cabida en los niveles uno y dos, donde estaban los pacientes alerta como ella y
que por esa razón la llevarían a otro piso. La subieron al tres en el que se encontraban
los comatosos y los que tendrían cirugía en la mañana. No había nadie en la
cama vecina por lo que se alegró. Tal vez podría dormir un poco con la morfina.

            Cuando estaba cogiendo el sueño, llegó una enfermera a pedirle
información: que si su historial personal, el de su familia, y faltó poco por
el de sus vecinos. Por fin terminó el interrogatorio; entró otra que le hizo
firmar unos papeles de admisión y responsabilidad de pago. No bien se hubo ido,
entró otra a tomarle los vitales. La dejó sola y se acomodó. De repente tiraron
la puerta, prendieron la luz, una mujer de baja estatura, mayor de edad, de cabellos
rubios y cortos entró empujando un carro con artículos de limpieza. Del susto casi
se saca la aguja que la ataba al suero. Nada dijo la mujer quien comenzó a
limpiar la habitación minuciosamente.

            Fabiana comenzaba a tener una migraña terrible producto
de la falta de sueño y alimentos, pues parte del tratamiento era nada de comer
ni beber. No veía la hora de que la mujer se fuera. «Pero qué horas tan
extrañas de limpiar», pensó. Cuando finalmente la mujer terminó la infinita
tarea, apagó la luz y se fue.

            Cinco minutos más tarde una enfermera entró empujando una
silla de ruedas y una vieja venía gritando a todo pulmón que le dolía el brazo.
Insultaba a la enfermera porque no hablaba español. La enfermera miró a
Fabiana, quien se viró de espaldas. La anciana gritaba y gritaba hasta el punto
tal que le enfermera fue a buscar a otra que hablara español.

            —¿Qué le pasa que grita tanto, Lucilla?

            —Es que me duele el brazo.

            —¿Y qué le pasó?

            —Estaba en mi casa, me llamaron y cuando salí el sol me cegó.
Tropecé y cuando me di cuenta que iba a caer con mi cara al suelo, puse el
brazo y me rompí el hombro, el codo, la muñeca y los dedos.

            —Pues madrecita, te voy a poner una medicina para que
descanses.

            —No quiero medicina, no quiero estar aquí. Además, soy
diabética y tengo hambre.

            —Es que no puedes comer, te van a operar mañana.

            —¿Y quién me va a operar? Nadie ha hablado conmigo de
eso.

            —Vengo ahora…

            —No, no se vaya, ¡no!

            —Vengo ahora…

            —¿Y por qué me habla con coraje?

            —No te estoy hablando con coraje, es que te voy a buscar
la medicina.

            —¿Qué doctor me da a operar? —preguntó la vieja mientras
la enfermera se iba—.

Oye, ¡pero no te vayas! ¿Qué
pasa contigo? ¡Veeeeeeen!  Oye, tú —dijo llamando
a Fabiana—, ¿tú hablas español?

            —Mire señora, no quiero hablar con nadie, estoy enferma.

            —Claro que estás enferma, por eso estamos aquí.

            —Tengo mucho dolor de cabeza, no quiero hablar.

            —Pero, ¿por qué tan antipática?

            Fabiana intentaba tranquilizarse, dormir, aunque fuera
unas horas. La cabeza se le partía. El vientre parecía torcerse a voluntad. No
hubo ni un segundo de silencio aquella noche. Un hombre hablaba a viva voz en
el pasillo sobre sus experiencias en la II Guerra Mundial, otro lo escuchaba y
lo animaba a seguir contando. Fabiana se puso la almohada en la cabeza, en vano
conseguía dormir. Otra enfermera entró a traer medicamento para la vieja. Ella
pidió ir al baño. La enfermera le dijo que no podía ir lejos de la cama y que
tendría que hacerlo en el pato.

            —¡No! ¡Qué vergüenza! No pienso hacerlo en el pato.

            —Pues le ponemos una cómoda a su lado y le ayudo.

            —¡Pero me vas a ver tú!

            —Me voy y me quedo fuera, cuando termines me avisas
—prometió la enfermera conciliadora.

            La mujer orinó y enseguida empezó a llorar amargamente.

            —¡Qué vergüenza, Dios mío! ¡Qué vergüenza!

            —No te preocupes, mamita, solo somos mujeres.

            —¿Tú qué sabes de vergüenza?

            Fabiana llamó a la enfermera y le pidió algo para el
dolor de cabeza. Un rato después vino la enfermera con una inyección de morfina.

            —A ella sí que le hacen caso —reclamó la vieja—. Como yo
soy vieja no sirvo.

            La enfermera suspiró, miró a Fabiana y sonrió. Por unos segundos
la muchacha se sintió mareada y feliz, aunque no duró mucho su tranquilidad. Se
preguntaba si aquello era una mazmorra en la que solo se escuchaban los aullidos
de los infelices que allí estaban.  

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Hermenegilda aguantó por tres días lo más que pudo la fiebre y el dolor. Odiaba ir al hospital que siempre apestaba a muerto y enfermedad. Los olores de las personas sin bañar, la sangre, el vómito, la orina regada por los suelos. Quería quedarse en su casa, a pesar de la insistencia de su hijo de llevarla a la clínica.

—Se te ve muy mal, madre —dijo Rodolfo.

—Conozco mi cuerpo, no es necesario.

—No es necesario, ¿todavía? Llevas fiebre por dos días, vas a deshidratarte.

—Estoy tomando agua.

—Madre, que allí saben lo que hacen… Tal vez agua no es suficiente y esa calentura… Mírate, si estás temblando y tienes tres frazadas encima.

Hubo un largo silencio. El hijo sabía que era…

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