La Negrita

Uno recalentadito y viejito.

Mel Gómez

Abby Ford no tenía conciencia. Realizaba su trabajo sin empatía alguna por el dolor de los demás. Decía que después de treinta años trabajando como enfermera había aprendido a no sentir compasión. Al fin y al cabo, nadie sentía compasión por ella. Su vida era un libro abierto. Todos sabían que se había casado con un hombre treinta y cinco años mayor que ella a quien le había dado un infarto y que le esperaba solo en su casa. Según ella, cada día tenía que ir a limpiar el excremento que dejaba por doquier pues se negaba a que alguien que no fuera Abby lo atendiera. Le llamaba a cada hora para intentar preocuparla y para verificar que estuviera en el trabajo. Abby prácticamente vivía en el asilo estirando las horas, inventando obligaciones para no tener que enfrentarse a su realidad apestosa a orines y excrementos. Todavía conservaba a sus…

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