El carnicero

Diana y Eloísa partieron de su aburrido pueblo en provincia llenas de ilusiones.  Desde niñas todo lo habían hecho juntas. Fueron a la misma escuela, conocían a los mismos amigos, hasta le dieron el primer beso al mismo muchacho. Ahora se dirigían a la ciudad, inscritas en la academia de la policía. Claro que la idea había sido de Diana que era la más osada. La otra siempre había seguido las directrices de la primera pues según ella era mejor india que vaquera. Sentía una gran admiración por su amiga y ya que esta había decidido largarse del pueblito, ella no quería quedarse sola trabajando como dependienta en la carnicería.

            —¿Sabes a qué hora llega el tren a San Cristóbal? —preguntó Eloísa mientras colocaba su equipaje sobre el asiento.

            —No estoy segura, déjame ver el boleto —contestó Diana—. Aquí dice que llegamos a las 18:40.

            —¿Tan tarde? A esa hora estaré muerta de hambre —protestó Eloísa.

            —Podemos comer algo en el tren.

            —Eso no es comida. No me gustan los sándwiches.

            —Pues eso es lo que hay. Y mejor tragas algo porque cuando lleguemos no vamos a tener mucho tiempo para descansar antes de iniciar el entrenamiento —dijo Diana acomodándose en la butaca. La otra se reclinó en la de ella durmiéndose enseguida.

            Las jóvenes llegaron a San Cristóbal a la hora exacta que estimaba el boleto. Al salir de la estación las esperaba un policía quien tan pronto las vio se bajó de la camioneta para recibirlas.

            —¿Diana Zapata? ¿Eloísa Valle? —preguntó confirmando los nombres que veía en las fotografías de los expedientes que llevaba consigo.

            —Sí, somos nosotras —contestó Diana adelantándose.

            —Vengan por aquí —dijo señalando la camioneta.

            Las muchachas se quedaron esperando a que el oficial las ayudara con sus maletas, pero él no hizo ni el intento. Ellas entendiendo que de ahora en adelante se tendrían que manejar solas, tomaron cada una la suya y la pusieron en la parte de atrás. Luego se subieron, una en el asiento del pasajero y la otra en la parte de atrás.

            Viajaron en silencio por unos treinta minutos hasta llegar a un lugar rodeado por una alambrada. Desde afuera se podía observar una docena de edificios de varios pisos con una plaza en común alumbrada por unos faroles.

            —¿Esta es la academia? —preguntó Diana.

            —Así es —respondió el policía.

            —Más bien parece una cárcel —susurró Eloísa en el oído de su amiga—. Tengo hambre —dijo dirigiéndose al oficial.

            —A esta hora lo único que hay en la cafetería es café. Pero no se los recomiendo porque no van a poder dormir y a las cuatro en punto tienen que levantarse, vestirse y dejar las literas arregladas. A las cuatro y treinta deben estar en la pista para correr. Luego desayunan.

            Después de que el hombre revisara sus cosas, las condujo a su habitación. Las muchachas estaban tan cansadas que tan pronto se acostaron se durmieron. Tal y como les había indicado el oficial, el entrenamiento empezó a la hora dicha. Iban a ser seis meses intensos, que debían soportar si querían lograr éxito en sus planes.

            Las jóvenes se graduaron de la academia sin problemas, Diana con honores. Fueron asignadas a la misma comandancia, pero como era la costumbre, le adjudicaron un compañero—varón experimentado—a cada una. Les advirtieron que el crimen había aumentado en la ciudad en los últimos dos años desde que habían aprobado una ley en la que cualquiera podía comprar armas de fuego.

             A Diana y a Eloísa les habría gustado más trabajar juntas, pero las reglas eran las reglas. A sus compañeros —Prieto y Salazar, respectivamente—, no les hacía mucha gracia tener que trabajar con ellas, pues pensaban que en caso de emergencia tendrían que protegerlas primero, lo que los ponía en desventaja frente a los criminales.

            Una noche en las que Diana estaba de turno, llamaron desde el control para que atendieran una situación doméstica. Los policías llegaron a una casa en la que todo estaba a oscuras. Sacaron sus armas y se aproximaron cuidadosamente. Cuando iban a tocar la puerta, estaba entreabierta. Prieto terminó de abrirla empujándola con el pie. Un olor fétido invadía la atmósfera. Diana se adelantó y buscó el interruptor para encender la luz. El cuerpo decapitado de una mujer se encontraba en medio de la estancia. Las paredes estaban manchadas de sangre. Todo indicaba que la muerta había intentado escapar sin lograrlo. La cabeza no estaba por ninguna parte. Llamaron al forense. Mientras esperaban, aseguraron la escena del crimen.

            Al otro día la amiga comentaba sobre lo sucedido durante el desayuno. Diana notaba que su amiga estaba muy callada.

            —¿Qué pasa que no dices nada?

            —No sé si decirte —comentó Eloísa—. Prometí a Salazar que guardaría silencio, pero a ti no puedo ocultarte nada —pausó—. Me dijo que le gusto.

            —¿Ajá?

            —¡Que a mí también me gusta!

            —¡Pero es casado, Elo! No te vas a meter en un lío de esos y menos en el trabajo.

            —Lo sé amiga… Mi razón me lo dice, pero el corazón es embustero.

            —Bueno, piensa bien lo que haces. Y si no puedes resistirte, pide que te cambien con otra persona.

            Eloísa no dijo nada más. Durante la ronda, Salazar y ella se apartaron de la carretera para hacer el amor. Luego él le recordó que no debía comentarlo con nadie. Eloísa le dijo que tenía que parar para ir al baño. Cuando estaba adentro, Salazar recibió la llamada de control para atender una situación doméstica. Cuando llegaron al domicilio indicado, se encontraron con el mismo cuadro. Una mujer decapitada en una casa a oscuras.

            En la comandancia comenzaron a especular que tal vez se trataba de un asesino en serie. La prensa, que siempre era indiscreta, comenzó a transmitir la noticia de que andaba un criminal cundiendo de pánico a las mujeres que vivían en el área.

            Una noche en la que estaban los cuatro de turno, se juntaron para tomar café. Prieto se quedó en la patrulla esperando cuando recibió una llamada del centro. En este caso la dirección le era conocida. Desde el carro hizo un gesto a Diana para que se acercara.

            —Diana, acabo de recibir una llamada sobre una situación doméstica.

            —¿Otra vez?

            —Sí… —respondió nervioso—. Es la dirección de Salazar.

            —¡Vamos!

            Hizo una señal a Eloísa de que tenían que irse. Enseguida se subió al auto y encendieron la sirena. En efecto era la casa de Salazar. Las luces estaban apagadas y como la vez anterior sacaron sus armas y procedieron cautelosamente. Prieto se quedó en la puerta y le dijo a Diana que buscara, porque no había ningún cuerpo visible. Ella subió las escaleras y cuando llegó a la recámara matrimonial se encontró con un cadáver sin cabeza en la cama. Gritó para que su compañero subiera.

            —¿Y ahora? ¿Quién le dice a Salazar? —preguntó Diana.

            —Yo lo haré. No te preocupes.

            Cuando estaban asegurando el perímetro, Salazar y Eloísa llegaron.

            —Escuchamos en el radio de la patrulla… —dijo ella.

            —Es una equivocación, ¿verdad? —preguntó Salazar.

            —No lo sé —respondió Prieto—. El cuerpo está como los otros.

            —¿No tiene cabeza? —gritó el esposo angustiado.

            —Cálmate, Salazar —dijo Eloísa—. Todavía el forense no ha dicho quién es.

            Salazar no podía contener el llanto. Era cierto que tenía problemas con su esposa, pero de eso a quererla muerta había un gran trecho. Para los detectives él era el principal sospechoso. Aunque tenía su coartada porque estaba trabajando, los forenses determinaron que el homicidio había ocurrido antes de la hora que se había reportado a su trabajo.

            Al otro día, la teoría del asesino en serie tomaba fuerza. En un lugar en la ciudad alguien miraba las noticias comiendo sesos ahumados.

            Diana estaba dispuesta en desentrañar el asunto. Prieto estaba tan interesado como ella porque quería ayudar a Salazar. También ellos se habían graduado juntos de la academia.

            —Esto no lo hizo Salazar —declaró.

            —No lo conozco muy bien, pero algo me dice que no.  Aunque…

            —¿Aunque?

            —Aunque nada… No me hagas caso.

            Los dos se concentraron en los reportes de autopsia de las tres víctimas. Todo apuntaba a que se trataba de un asesino en serie, pues las tres mujeres tenían rasgos en común.  Eran delgadas, enfermizas, todas amas de casa. Seguramente al encontrarse con el criminal no opusieron demasiada resistencia. Una cosa llamó la atención de Diana, pero no quiso decirle a Prieto. Él lo notó.

            Diana llegó al apartamento que compartía con Eloísa más temprano que de costumbre. Se suponía que ella estuviera durmiendo pues tenía turno esa noche. Abrió el refrigerador buscando algo de comer. Abrió un envase, pero sintió un asco terrible cuando vio una carne muy extraña y con muy mal olor. «Esto debe estar podrido», pensó. Iba a echarlo en la basura cuando escuchó la voz monótona de Eloísa.

            —Te he dicho que no te comas mi comida.

            —No me la voy a comer, voy a tirarla. Está podrida — dijo Diana. 

            Entonces la vio parada frente a ella con un objeto en la mano, como si estuviera en un trance. Eloísa la atacó con el objeto dejándola inconsciente.

            Diana despertó atada a una silla, en una casa abandonada y a media luz.  No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Eloísa estaba sentada frente a ella con un cuchillo cimitarra y una sierra.

            —Con que eres tú —dijo mirando a su amiga con lástima—. En el reporte de autopsias dice que quien decapitó a las víctimas usó herramientas propias de carnicero. Me pasó por la mente, pero no quise pensar que eras tú. ¿Por qué haces esto?

            —No sé. Tal vez me cansé de que fueras mejor que yo y siempre tengas lo que quieres. He visto cómo te mira Prieto, con admiración, con amor. Mientras yo, me he conformado con ser tu sombra, con ser la amante de Salazar.

            —¿Por eso mataste a su esposa? ¡Elo, estás mal! Sabías que lo acusarían a él…

            —Sí, se lo merece. Y tú también mereces desaparecer. Todos piensan que el asesino es un hombre. Nadie piensa que es una mujer…

            Un ruido se escuchó tras ella. Eloísa miró y vio un gato corriendo. En su distracción, un hombre saltó agarrándola por el cuello desde la parte de atrás. Ella trató de soltarse, pero el otro era más fuerte que ella. Mientras esto sucedía, un hombre soltaba los nudos de las sogas de Diana. Eran Prieto y Salazar.

            —Por favor, déjenme hablar con ella —rogó Diana.

            Eloísa estaba poseída. Cuando Salazar la soltó corrió con el cuchillo para matar a su amiga. Un disparo seco la detuvo.

Actividad 11: Taller de Literatura Fleming           

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Vida

Nicolato se llevó la taza a los labios lentamente. Bebió el líquido tibio con deseo, absorto en su espesura, en el delicioso olor metálico, en su sabor salado. Lo tomó sin prisa sabiendo que no obtendría otra dosis del delicioso brebaje por lo menos en las próximas veinticuatro horas. Pensaba en su doncella, la virgen pálida y ojerosa que cuidaba con recelo. No permitía que nadie los visitara. La amaba. Anca era su vida. Terminó. Limpió con una servilleta de tela el residuo rojo de su tupido bigote y se dirigió a la recámara para asegurarse de que ella lo tuviera todo.

Cuando entró en la habitación, Anca le dirigió una mirada lánguida y triste. Ella también lo amaba. No quería perderlo, por eso no le contó que tenía leucemia.

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Ejercicio #8 Taller Fleming Lab

Días tristes

Hay días tan tristes que no pueden olvidarse,

como cuando se muere tu padre

o tu madre olvida tu nombre.

Como cuando la naturaleza arrasa

no por odio ni venganza,

sino adolorida por tanto atropello.

Y te enteras que se pierden miles de vidas.

Y que gente muere de hambre.

Como cuando ves a un niño en la tele

—confundido y aturdido—,

limpiando la sangre de su infantil rostro,

u otro en la prensa internacional

boca abajo —como si estuviera dormido—,

muerto en la orilla de la playa.

Como cuando un perro llora a un soldado

muerto en un combate sin sentido

y una madre recibe una bandera

que intenta —sin resultado—,

darle consuelo.

Como cuando un adolescente pierde su rumbo

destrozando su vida en las drogas.

Asesinando su propia inocencia,

mientras los carteles llenan sus bolsillos

negociando con su ingenuidad.

Como cuando un vil enfermo

profana a una criatura,

arruinando su existencia para siempre.

Hay días tan dolorosos y terribles,

que se amarran con cadenas 

y candados sin llave a nuestros recuerdos.

Que por más que vives no puedes borrarlos.

Y quedan irremediablemente tatuados

con imágenes que te persiguen una y otra vez.

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Gabriel

Gabriela sintió una punzada en el vientre. Prendió la luz de la lámpara al lado de su mesa de noche y miró la hora. Las tres de la mañana. Sintió deseos de orinar y se levantó lentamente. Su enorme vientre le dificultaba salir de la cama. Cuando pudo ponerse de pie, se rompió la fuente.

—Es hora —dijo nerviosa, agarrándose la barriga—. ¡Armando, despierta!

Armando cayó sentado en la cama. Se había preparado para este momento un millón de veces. Ensayaba con Gabriela a diario desde que ella había entrado en el noveno mes de embarazo. Tenía la maleta con todo lo necesario para ella y el bebé, preparada al lado de la puerta del garaje. En el celular tenía guardados los números de teléfono de la madre de Gabriela y del doctor a cargo del embarazo, de manera que con solo un comando verbal se comunicaba. Todo estaba listo. Nada podía salir mal. Pero estaba nervioso, agitado. Comenzó a vestirse rápidamente. No encontraba las llaves del carro. Gabriela agarró una toalla para secarse las piernas.

—¿Tienes contracciones? —preguntó.

—No, siento un dolor parecido al de la menstruación —respondió ella.

—Bien, vamos a calmarnos —dijo caminando de un lado a otro de la habitación buscando las llaves—. ¿Necesitas algo?

—Dame el abrigo. Solo voy a cambiarme la ropa interior.

Armando buscó el abrigo mientras ella se cambiaba. Pensó que las llaves podían estar abajo. Tomó a Gabriela de la cintura y bajaron las escaleras con cuidado. Las llaves estaban encima de la mesa del comedor. Tomaron la maleta y salieron por la puerta del garaje. Él la ayudó a subir al carro, asegurándola con el cinturón. Dio la vuelta corriendo y subió también.

—El celular… —dijo buscando en los bolsillos—. ¡Ah! —exclamó frustrado.

Se bajó del carro y entró a la casa. Miró el cargador enchufado, pero el celular no estaba conectado. Subió las escaleras corriendo. Lo encontró sobre la mesa de noche. Bajó de dos en dos los escalones con sus piernas largas pero se torció el pie cuando llegó al último escalón.

—¡Puñeta! —gritó dando un par de brincos de dolor. Respiró profundo y salió cojeando.

—¿Qué te pasa?

—Me torcí el puñetero pie —respondió cabreado—. ¿Llamaste al doctor?

—Armando, no tenía el celular.

Mortificado le pasó el móvil y encendió el vehículo.

—¿Tienes contracciones?

—No, todavía no.

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Apocalipsis.5

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Quién era este niño que podía leerme el pensamiento y hablar como un adulto? Leonardo me miró inquisitivo.

—¿Qué pasa? —preguntó—. Te has puesto pálida.

—No, no es nada —contesté—. Debe ser que estoy cansada.

Tomé un poco de agua y le ofrecí una botella a Leonardo. Él la bebió toda sin respirar. A este paso íbamos a quedarnos sin suministros muy pronto. Teníamos que encontrar un lugar dónde abastecernos no solo de agua, sino de comida. Ya había comenzado un nuevo día y no habíamos comido nada. Me preocupaba Miguel, más que nadie.

Leonardo también se veía preocupado. Estaba callado, como pensando qué iba a hacer. Yo entendía la responsabilidad que él sentía sobre nuestra seguridad. Miraba de un lado a otro, como queriendo decidir que rumbo tomaría. Confundido. Nervioso.

—No te preocupes, Leonardo —dijo Miguel—. En cinco minutos más, encontraremos una casa. El dueño se murió. Allí hay comida, agua y podemos usar su carro.

Leonardo miró a Miguel asustado.

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó.

—Lo sé —contestó Miguel—. Recuerda que mi papá es Dios.

—Entonces respóndeme, ¿por qué tu papá ha causado todo este daño? —inquirió Leonardo descontrolado, agarrándolo por los hombros.

—¡Leonardo! —intervine apartándolo de Miguel —. ¡No asustes al niño!

—Mi padre no causó esto. Lo causaron los mismos hombres —contestó Miguel tranquilo.

La contestación fue como una cachetada. Leonardo me miró desconcertado. En sus ojos negros podía adivinar su turbación. Lo entendí perfectamente porque yo me sentía igual.

—¿De dónde sacaste a este niño? —preguntó.

—Ya te dije, lo encontré en la calle perdido.

—Dudo mucho que estuviera perdido —dijo—. Vamos a seguir caminando.

Me levanté del árbol en dónde estaba sentada para continuar nuestro camino. Miguel caminaba detrás de Leonardo sin pedir ayuda. Yo miraba su cabecita rubia desde atrás, preguntándome por qué este niño tan especial había llegado hasta mí. Ahora me daba cuenta de que cuándo le vi, la gente corría al lado de él y parecían no verlo. El vecino que por poco lo atropella, tampoco lo había visto.

Tal y como dijo, en cinco minutos encontramos una casa. La puerta estaba abierta. Entramos y un hombre estaba sentado en un sillón. Parecía dormido. Leonardo se acercó y lo tocó en el cuello para tomarle el pulso.

—Está muerto —anunció.

¿Por qué no me sorprendió?

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Golpe de Estado

Cuando era pequeñita mi madre me decía que para ser una gran mujer necesitaba estudiar mucho, ser buena ama de casa y andar por la vida derechita, sin que ninguna cosa me manchara. Al pasar los años me di cuenta, que mi madre quiso pintar de rosa los paisajes de mi vida para que no me asustara. Ella llenó mis noches con cuentos de magia y fantasía para que no me diera miedo andar por esta existencia turbulenta. Fui a la escuela y estudié mucho, quizás más que la mayoría de mis amigas de la infancia. Aprendí a tejer, a bordar y más o menos a cocinar. Traté de andar derechita pero de nada me sirvió tanto esfuerzo. Me perdí en el camino y salté de un lado para el otro buscando lo que pensaba yo que era el amor. Mi madre, una super mujer de esas que ya no existían, trató de esconder de mi la realidad para protegerme, pero su amor no evitaría que la vida me arrastrara y me llevara por los caminos escabrosos por donde ella trató, a toda costa, que no andara.

Sí, porque la vida me llevó a donde no me imaginé, y caminé y caminé y cuando miré hacia atrás, me pregunté cómo había sobrevivido a tanta tristeza, a tanta soledad, a tanta amargura, a tanta violencia. No escarbé demasiado para obtener mi respuesta. Mi madre jamás dejó de pedir al Dios Supremo que me protegiera de todo mal y me llevara por la vida sin sufrir un daño irreparable. También conté con maravillosos amigos que me apoyaron y nunca me dejaron sola. Como ángeles enviados en los momentos de necesidad secaron mis lágrimas y se esforzaron para que sonriese de nuevo. También arriesgaron sus vidas para protegerme cuando los necesité. Conté con un amor incompleto que como las olas del mar me tocó para luego retirarse y desde su retiro veló por mi. Ese amor inconcluso no dudaría un segundo en salvarme la vida.

Una cosa mi madre olvidó decirme, o tal vez me lo ocultó con toda la intención. El dolor más profundo que sufriría tendría nombre de hombre. Y así fue. No sentí un dolor más profundo que el desamor. Sin embargo, conservé en mi corazón muchos recuerdos de aquellos hombres a los que les debí un mar de lágrimas y de aquellos a los que le debí miles de risas. Y en especial de aquel al que le debí la vida. Esos hombres fueron la energía que me motivó a vivir. Al fin y al cabo de qué me puedo quejar. Gracias a ellos descubrí que fui una mujer intensa, rabiosa, apasionada. Tal vez lejos de lo que mi madre esperaba de mi, pero fui lo que fui. Simplemente una mujer.