La bailarina de flamenco

Lucía Albarrán era bailarina de flamenco. Su fama había alcanzado allende los mares. Gente de todo el mundo acudía a ver su espectáculo en el Tablao Flamenco los Gallos en Sevilla Lucía dominaba los palos flamencos; sus cantos y bailes sevillanos se le metían por el cuerpo a los espectadores, que quedaban fascinados con el taconeo de sus zapatos rojos y sus vestidos de lunares.

Esteban Reyes era su marido. La amaba con pasión enloquecida. Solo él sabía el secreto de sus rítmicos taconazos. Tenía las piernas de palo.

Vida

Nicolato se llevó la taza a los labios lentamente. Bebió el líquido tibio con deseo, absorto en su espesura, en el delicioso olor metálico, en su sabor salado. Lo tomó sin prisa sabiendo que no obtendría otra dosis del delicioso brebaje por lo menos en las próximas veinticuatro horas. Pensaba en su doncella, la virgen pálida y ojerosa que cuidaba con recelo. No permitía que nadie los visitara. La amaba. Anca era su vida. Terminó. Limpió con una servilleta de tela el residuo rojo de su tupido bigote y se dirigió a la recámara para asegurarse de que ella lo tuviera todo.

Cuando entró en la habitación, Anca le dirigió una mirada lánguida y triste. Ella también lo amaba. No quería perderlo, por eso no le contó que tenía leucemia.

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Ejercicio #8 Taller Fleming Lab

Verdades

—No quiero que me hables con metáforas, me aburre. Si quieres follar, díme: «Quiero follar», y listo.

—Pero es que a mí eso no me nace, le quita… el no sé qué al «acto».

—¿Ves lo que te digo? El «acto», como si fuera un circo. No quiero sinónimos, ni eufemismos, que me matas la pasión.

—¡Anda, Marina! No seas tan complicada.

—¡Qué no soy complicada, Antonio! ¡Que me gusta llamar las cosas por su nombre!

—Bueno, ya que lo quieres así… ¡Ven gorda, fea y puta, que quiero follar contigo—o con quién sea—, pero eres mi mujer y no me queda más remedio!

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Amor disparejo

Magdalena era una mujer despampanante. Alta, curvileínea, de nívea piel, larga melena negra, ojos azules, enormes y brillantes. Mirarla era un gozo para los hombres y la envidia de las mujeres. Esteban era bajo, enclenque, negro e insignificante. Pero ella lo amaba. Todo el mundo se preguntaba qué hacía esa maravilla de mujer con ese alfeñique africano. Solo ella sabía el secreto cuando se cerraba la puerta. Era cuando él era de su verdadero tamaño.

imágen: Negro Flaco de Andrés Bonilla

Personaje de relleno

Soy un personaje de relleno. No tengo mucha importancia en la trama de este relato. Soy el barman. Ni siquiera tengo nombre. El escritor pudo haberme dado uno. Algo así como Pepe o Paco. Pero ni siquiera se tomó el tiempo, ni me prestó atención como para regalarme un apelativo. El héroe, viene a menudo a tomarse un trago. No tiene mucha imaginación. Siempre pide Whisky con agua de coco. Desde que lo veo entrar al bar, sin que me diga nada, se lo preparo. Ni me mira. Lo bebe en silencio y luego me paga. Como es el personaje principal me da lo que le parece, casi siempre el cambio que tiene en el bolsillo. Nunca se despide y se va. Sigo aquí hasta que se repite la escena. Nadie sabe lo que hago mientras espero. Me estoy cansando de este anonimato. ¿Qué sería de la historia sin mi? ¿Qué haría el protagonista si yo no estuviera y quisiera emborracharse? Claro, siempre puede tener una botella en la casa, pero es más dramático venir aquí. Dónde estoy yo y humillarme con su arrogancia.

—¿Pero qué ha pasado? —pregunta el protagonista mientras se pone la mano en el pecho, justo sobre su corazón.

—Estoy harto de ti. Acabo contigo —contesta el barman con la pistola todavía humeante en su mano.

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Así son las cosas

Marina era una mujer sin atributos físicos. Se desvivía por atender a su hombre. Lavaba su ropa con esmero: los blancos, super blancos; los colores, brillantes. En la cocina, nadie hacía más recetas para conquistar su paladar experto. La casa inmaculada. Cuando llegaba, no importaba la hora, siempre tenía una sonrisa en sus labios, porque para ella su misión en la vida era hacerlo felíz.

Laura amaba al mismo hombre, pero de forma diferente. Ella lo seducía con su hermosura. Compraba la lencería más sensual por el solo gusto de excitarle, de tenerle a sus pies. Se bañaba en perfumes caros para encenderlo. Él corría a ella para pasar los mejores instantes de su vida. Ella lo atrapaba, lo sacudía como un muñeco hasta dejarlo seco.

Él las amaba a las dos. Una era su paz; la otra, su pasión. Marina era la amante y Laura, su esposa.

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Locura Completa (originalmente publicado en Salto al Reverso)

La sangre de su esposo chorreaba entre sus dedos. En sus manos, todavía el arma con que le arrebató la vida y con la que seguía hurgándole el pecho hasta arrancarle el corazón y comérselo.

Era suyo, pero él no lo entendía.

Tanto estuvo jodiendo con mujeres hasta que la llevó a la completa locura. Locura de imaginárselo con otra, de compartir sus besos, de que él le hiciera el sexo con la lujuria que sólo a ella pertenecía. Lo miraba ahí inerte y no podía dejar de admirar su cara de niño ahora dormido para siempre.

***

—¡Ay, madre mía!— gritó la carcelera inmóvil. Pasaba por la celda y la había visto arrodillada de espaldas, mirándose las manos como en trance. Cuando la llamó, ella se dio la vuelta y le mostró las manos chorreando sangre. Y los ojos le colgaban de las cuencas.