Goce supremo

            —Doctor Sánchez, hay un niño en sala de urgencias que necesita su atención.

           —Si está en la sala de urgencias es porque necesita mi atención, ¿no?

            La enfermera me mira y cree que no veo la mueca que hace. Tonta estúpida. Soy su superior y aunque la joda tiene que seguir soportándome. Me pierdo un rato por los pasillos de este insípido hospital, lleno de enfermedad y de muerte. Odio esta bata blanca y atender a niños mocosos. Si mi padre no me hubiera obligado a escoger esta carrera… mejor le iría a todo el mundo.

            —Bien, ¿cuál es el niño enfermo?

            —Es el bebé que está en el cubículo cuatro, doctor.

            Los padres me miran como si yo fuera un dios. Es de lo poco que me gusta de esta profesión. Que la gente me idolatre. Que me imploren, que me rueguen. Que piensen que tengo poder sobre la vida y la muerte. Y sí que lo tengo. Pienso que mejor estaría esta criatura en el más allá. No sé para qué los padres traen niños al mundo para complicarse la vida. Luego tienen que amanecer con ellos porque no dejan de gritar en las noches, no tienen quien los cuide, se enferman y hay que faltar al trabajo. Problemas y más problemas. A veces me gusta hacerles el favor.

            —Dígame, doctor… ¿Qué tiene mi niño? —pregunta la madre suplicante.

            —Todavía no sé —digo auscultando el diminuto cuerpo—. Enfermera haga las pruebas de laboratorio de rutina.
            —Pero doctor… ¿Sospecha algo? —indaga el padre—. ¿Algún virus de esos que andan por ahí?

            Le dirijo una fría mirada, como si estuviera mirando a un insecto al que me encantaría aplastar.

            —Acabo de decirle a su esposa que no sé. ¿Cuál parte de «no sé» no entendió?

            El hombre se queda sin palabras mientras yo río a carcajadas en mis adentros y le doy la espalda.  

            Me llamo Roberto Sánchez Espada y soy el director de la Unidad de Cirugía del Hospital Central. Tengo la distinción de ser el director más joven —y guapo— que ha tenido este centro. Este honor me fue concedido cuando mi mentor —el doctor Federico Lugo Padín— fue hallado en su apartamento colgado con la corbata de la perilla de la puerta y con un vibrador insertado en el ano. Para desviar la atención de la prensa de tan morboso suceso, al administrador del hospital se le ocurrió nombrarme como sucesor del doctor Lugo Padín. Con mis credenciales, nacido en una de las mejores familias de la ciudad, además de joven y guapo, creo que eso ya lo dije, los titulares de la prensa pronto olvidarían el caso de Lugo. Todavía por los pasillos los cotillas se preguntan qué pasaría con la investigación y por qué nunca se ha dado con el asesino de tan buen cirujano.

            Como ya había dicho, no me gusta ser médico, pero puedo hacer otra excepción. Disfruto cuando me toca hacer una cirugía. Si bien es cierto que pocas veces puedo despachar al paciente fuera de este mundo —tengo a todo el personal de sala como testigo— el hecho de tomar el afilado bisturí, abrir la piel poco a poco y ver la sangre fluir a borbotones es un afrodisiaco para mí. Mientras trabajo, fantaseo que bebo de ella hasta saciarme. Al terminar el turno, salgo a la calle a buscar a alguna prostituta a la que pueda hacerle una incisión sencilla, nada parecido a las Jack «El Destripador», el tipo dejaba demasiado reguero para mi gusto. Busco alguna que no tenga quién la reclame. Siempre les parece extraño que les haga tantas preguntas sobre sus familias y amigos, pero como les digo que estoy dispuesto a pagarles extra por su tiempo, me lo cuentan todo con pelos y señales. ¡Pendejas! Ninguna ha logrado sacarme un centavo. Cuando se dan cuenta, igual que en las cirugías, ya todo ha acabado.

            —Doctor, llegaron los resultados del niño del cubículo cuatro.

            —Póngalos ahí.

            —¿Pero no va a hablar con los padres?

            —Cuando tenga un cuadro completo, ¿entendido?

            De nuevo me hace la mueca. Cree que no la he visto. Miro los resultados de laboratorio. Lo que sospechaba: apendicitis. Puedo hacer una apendectomía o esperar. Puede que se convierta en peritonitis en pocas horas. La fiebre será más alta. El dolor será insoportable. Batallo por un rato entre la idea de dejar morir a esta criatura o irme a buscar una prostituta. Decido que no tengo que poner las cosas en alternativa si puedo hacer ambas. Si espero operar a última hora, el goce será supremo. 

La canción de Lara

Lara King cantaba en un club nocturno en la ciudad de Nueva York. No había una cantante en ese momento que pudiera igualar el registro de su voz y las notas de las melodías que tan armoniosamente salían de su prodigiosa garganta. Los músicos de la orquesta la admiraban y por doquier presumían que acompañaban aquel fenómeno de mujer con sus humildes instrumentos. Tan solo de ver a Lara subir al escenario, caminando con aquella gracia, quedaban embobados y al interpretar los primeros acordes de su canción, las lágrimas se les salían de emoción. Es que no era solamente su voz, sino el sublime palpitar de su corazón que se desbordaba en cada tonada.

            Su nombre se repetía por los barrios de «La gran manzana», despertando la curiosidad de quienes no la habían escuchado aún. El club siempre estaba repleto y hasta fila hacían por oírla cantar, aunque fuera por unos breves minutos. Muy pronto se regaron rumores por todo el mundo de su milagro melodioso, tanto que honorables y excelentísimos acudían escondidos bajo ropas y sombreros de ala ancha para no ser reconocidos, y al igual que todos quedaban cautivados con la voz de Lara.

            Su traje de lentejuelas tornasol cambiaba de color según la luz de las lámparas. Su cuerpo lucía magnífico abrazado en aquel vestido que hacía suspirar a los hombres, incluyendo a Franky, el italiano dueño del negocio. Él la amó desde el primer día que la escuchó cantar, desde entonces, en su corazón se abrió un agujero que ninguna mujer podría llenar. Lara lo sabía, pero no estaba dispuesta a ser su amante. Era negra y sabía que nunca la aceptarían ni su familia, ni sus amigos y muchos menos los suyos. Claro que lo quería, ¿quién no? Era guapo, con su pelo negrísimo, ojos inmensos de largas pestañas, cuerpo esbelto, piel oliva, y su olor mediterráneo.  Un sueño para cualquier mujer, menos para ella.

           Cuando el espectáculo terminaba, usualmente a las dos de la mañana, Lara iba a su camerino, se cambiaba dejando allí su traje tornasol y salía por la puerta de servicio, la misma por donde salía la gente de su raza, no importaba que fuera el conserje, el contador o la estrella de lugar. Esa salida daba a un callejón oscuro, en el que deambulaban toda clase de seres humanos, a los que ya poca humanidad le quedaba. Mirando al suelo, distraída, en la calleja solo se escuchaba su taconeo rítmico. Una noche, en la oscuridad, un hombre la asaltó por la espalda poniendo un afilado cuchillo en su delicado cuello, amenazando la pureza de sus cuerdas vocales.

            —Con esto él va a pagar todo lo que me debe —dijo el hombre con un inconfundible acento italiano.

          El corazón de Lara palpitaba aceleradamente, quieta, sin siquiera atreverse a respirar profundo, no lograba entender por qué la atacaban. Claramente el hombre no deseaba nada de ella, no intentaba violarla, ni siquiera quitarle su bolso, solo cobrar una deuda que no era suya. Pero ¿quién debía dinero a este hombre? Aterrada, ensimismada en sus nefastos pensamientos, preparándose para la muerte, de pronto el individuo se desplomó salpicándola de sangre. Lara no escuchó disparos, más bien un sonido sordo de un arma de fuego. Atontada como estaba, alguien agarró su brazo y la llevó casi a rastras hasta subirla a un coche.

           El hombre que manejaba era un desconocido. Estaba tan cansada, primero el show, después el evento del atacante y ahora un secuestrador. Parecía que iba a ser una larga noche. De reojo miró al hombre en el volante. Era como cualquier otro italiano, veía muchos en el club todas las noches, pero este no le hablaba. Mantenía sus ojos en el camino, sin distraerse. Lara pensó en tirarse del vehículo en marcha, ¿qué podría pasarle? Una que otra laceración, un golpe, pero podría escapar. Era mejor que mantenerse a la expectativa, sumisa, sin luchar. Había aprendido a subsistir desde hacía mucho. Cuando trató de abrir la puerta, no pudo. El hombre agarró su muñeca tan fuerte que pensó que se la iba a quebrar.

            —No entiendo nada. ¿Me puede explicar?

            Silencio por respuesta. Lara intentaba soltarse, pero la apretaba más aún. Manejó hasta un camino estrecho, bordeado por árboles enormes y tan oscuro que apenas podía verse las manos. Una vez allí, detuvo el carro. Se bajó dando una vuelta para abrirle la puerta.

            —¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?  

            La agarró por el brazo halándola para sacarla. Ella se resistía, pero fue en vano. El hombre era más fuerte. Una vez afuera la condujo por un camino de tierra, hasta una cabaña que apenas tenía una luz tenue en el pórtico. Tomó una llave que estaba en una vasija y abrió. Encendió la luz e hizo que Lara entrara, luego se fue, dejándola adentro encerrada bajo llave.

            Lara repasó el lugar con los ojos. Un catre en el suelo sucio y con manchas de sangre y una silla era todo el mobiliario. Tenía ganas de orinar, solo había una puerta e imaginó que era el baño. Al abrir la puerta la peste a sangre podrida la hizo dar un paso hacia atrás. Desistió y decidió aliviarse en un cubo que estaba en la habitación. Después se sentó a esperar qué pasaría en adelante. Lara no sabía hacer nada sin cantar, así que empezó a tararear «La vie en rose» de Edith Piaf. Cuando cantaba se elevaba a un lugar seguro, en donde nadie podía hacerle daño.

            Lara nació en Louisiana y empezó a cantar cuando apenas caminaba. Su canción era lo único que tenía. Su padre era alcohólico y cuando llegaba —si llegaba—, estallaba en gritos por cualquier cosa y después agredía a la madre. La niña asustada se escondía hasta que todo acabara. Tan pronto se iba, la pobre mujer, con su cara desfigurada, la tomaba en brazos, le cantaba canciones de la Piaf y le prometía que su vida algún día sería rosada como la canción. Un día todo acabó para siempre. El recuerdo que Lara tenía de su madre era una cara amorfa y sangrante y aquella canción en un idioma desconocido. De allí la llevaron a una casa para niños sin padres —aunque tenía al suyo estaba preso y la sola idea de vivir con él le aterraba—, allí sufrió toda clase de abusos y solo su canción francesa la consolaba. Un día un hombre que pasaba la escuchó cantar y prometió pagar una generosa mensualidad al hogar si se la entregaban. Solo tenía quince años. Ese hombre era Franky. Contrario a lo que muchos pensaron, él nunca tocó a Lara y la trató con decencia, dentro de las limitaciones que el color de su piel le imponían. Franky la amaba de verdad.

            Pasaron cerca de dos horas cuando escuchó que entraban la llave. Se puso de pie instintivamente, aunque sus piernas casi no la sostenían. Tres hombres, incluyendo el que la había traído, entraron en la habitación.

            —Bueno linda, sabemos que eres lo más valioso que tiene Franky. Lo hemos citado para que pague el rescate por tu vida —dijo el primero, pero este no era italiano. Le parecía más bien ruso: alto, de pelo rubio casi blanco y el acento característico.

            —No sé por qué Franky pagaría por mí. Solo soy una cantante y hasta pensaba en renunciar al club —dijo sin meditar en el riesgo en que ponía su vida.

      —Eso no lo crees ni tú —respondió el otro acercándose a ella amenazadoramente.

            —Es cierto. Ya se lo había adelantado. A estas horas a él no le debe ni importar lo que hagan conmigo.

            El hombre la abofeteó. Ella cayó al suelo.

            —En verdad crees que somos estúpidos. Te hemos seguido por días, sabemos donde vives, lo que haces. Franky haría lo que fuera por ti.

            Lara decidió callar, un hilo de sangre le recorría desde la esquina de la boca al cuello. Se imaginaba como su madre, con la cara rota.

            —Prepárate que nos vamos.

            La joven obedeció. Siguió con los hombres y subió a un auto negro, Lincoln Zephyr 1940. El hombre que no hablaba retomó el volante y emprendió el viaje. Por el camino los hombres intercambiaban miradas. En una u otra ocasión hacían comentarios sobre si Franky iría al lugar que habían establecido para hacer el canje. Lara ya se daba por muerta. Aunque reconocía que era un buen negocio para Franky, no sabía cuánto le debía a aquellos hombres y si estaba en posición de pagar. Su futuro era incierto y en su mente empezó a tararear su canción, la de la Piaf, aquella que la salvaba siempre.

            Viajaron casi tres horas hasta llegar a un puerto. Todo estaba oscuro, apenas iluminado por uno u otro farol. Aparcaron hacia la entrada. Se quedaron en el auto, en expectativa. Cinco minutos después otro auto llegaba cegándolos momentáneamente. Quedaron frente a frente y el recién llegado apagó las luces. Nadie descendía de ninguno de los carros. Fueron minutos de mucha tensión. Nadie hablaba en el auto en que estaba Lara. Por fin Franky bajó y se quedó parado frente al carro con un maletín en la mano. Uno de los hombres que estaba con Lara también bajó ocultando un arma en su sobretodo. Caminó despacio hacia Franky.

            —¿Dónde está Lara? —preguntó el italiano.

            —El dinero primero… —respondió sacando el arma.

            —Quiero verla primero —exigió.

         El hombre hizo un gesto a los que estaban en el carro, para que dejaran salir a Lara.

            —Cuidado no intentar nada —le advirtió el mafioso agarrando a la muchacha del brazo.

            —Vengan más cerca —pidió Franky—. Lara, ¿estás bien?

            —Sí, estoy bien.

       —Ya está bueno de conversación. Entréganos el dinero y te entregaremos a la negra.

            Franky se tragó la furia por amor a Lara. No quería que los hombres se alteraran y fueran a hacerle algún daño. Puso el maletín en el suelo y lo empujó con el pie hacia el malandrín. Este se agachó apuntando con el arma y tomó el bulto. Lo abrió y sonrió satisfecho. El dinero estaba completo.

          —¡Vamos! —ordenó a los otros, empujando a Lara quien cayó al suelo.

            Encendieron el vehículo, pero antes de marcharse, dispararon a Franky hiriéndolo en el pecho. Lara se arrastró hasta donde estaba su amado.

Franky y Lara se mudaron a Francia. Se fueron a donde podían vivir su amor. Su canción los había salvado para siempre.    

Receta sensual

Pedro y Rebeca se conocieron siendo cocineros de un restaurant muy importante en la gran manzana de Nueva York. Todavía se encontraban en la escuela de artes gastronómicas y deseaban, más que nada, convertirse en chefs de renombre internacional. Querían llevar la comida latinoamericana a otra dimensión y que fuera reconocida en todas partes del mundo. Tenían tantas cosas en común, que era natural que se enamoraran entre ollas y cuchillos. Pasaban las horas mirándose a los ojos e imaginando deliciosas recetas con el sazón y gusto criollo que tanto se degustan en las Américas y el Caribe.  

Algunas de los platos los ensayaban con un grupo selecto de clientes sin que se diera cuenta el dueño del restaurant, pues les interesaba saber qué pensaban sobre los sabores, pero no querían dejarlas allí, sino que las querían para el restaurant que ansiaban poner cuando se graduaran. Iban guardando sus secretos en un computador y en un libro grandísimo, por si se perdía la copia electrónica. Pasaban horas en sus experimentos, entre besos y arrumacos, porque estaban seguros de que el amor era el ingrediente principal en cualquier cocina.  

Los jóvenes vivían de un solo sueldo, el otro lo guardaban íntegro y ya tenían una importante suma. Lo suficiente como para emprender su negocio. Con mucha ilusión buscaron el local. Consiguieron uno bastante amplio en la esquina de la calle principal, de un barrio muy concurrido, en el que no había un solo restaurant que ofreciera el menú que ellos habían preparado. Pedro se hizo cargo de pintar, poner tablillas y colocar los equipos en su lugar. Rebeca se encargaba de buscar las mejores cotizaciones de los proveedores y de los suplidores que vendían los productos más frescos del mercado.  

Todo estuvo perfectamente organizado y llegó el gran día de la inauguración. El menú era simple, elegante, fácil de leer. Contenía la lista de todos los platos, especificando los ingredientes por si algún comensal era alérgico a alguno de ellos. Las mesas estaban vestidas con manteles blancos, las servilletas eran de tela —blanca también— y los cubiertos de stainless steel, muy limpios. En el centro, un arreglo de flores de sencillas violetas.  

—Buenos días —saludó el mesero a los primeros comensales—. ¿Puedo traerles algo mientras examinan el menú? 

—Sí, por favor, agua —dijo la mujer. 

—¿Embotellada? 

—No es necesario, del grifo está bien —contestó el marido. 

—Enseguida se las traigo, señores —respondió el camarero yéndose a buscar el agua. 

—Oye, ¿pero por qué eres tan tacaño? —reclamó la mujer. 

—¿Agua embotellada? ¿Sabes lo que cargan por agua embotellada? Mejor compro vino.  

—¿Y por qué no pediste vino? 

—Porque tú pediste agua. 

—Está bien… No voy a dañar el momento por un vaso de agua, o vino —concluyó ella mientras leía el menú. 

El mesero regresó y puso los vasos de agua sobre la mesa.  

—¿Ya están preparados para ordenar? 

—Pues yo quiero mofongo con camarones. 

—Cielo —interrumpió la mujer avergonzada—, no hay mofongo en el menú. 

—Bueno, pero si este es un restaurante latino, ¿cómo es que no tienen mofongo?  

—No tienen, ¿vas a seguir insistiendo? 

—¡Pues eso es lo que me apetece! —dijo el hombre levantando la voz. 

Pedro que estaba en la cocina con Raquel escuchó al hombre discutiendo. Enseguida salió y con mucha cortesía preguntó que estaba sucediendo. 

»Yo quiero comer mofongo con camarones enchilados. No me apetece nada más. ¿Lo puede preparar o no? 

—Claro que sí, señor. Enseguida lo voy a preparar personalmente para usted. Y usted señora, ¿que desea? 

—Creo que me animo a probar lo mismo. Quisiera apreciar su sazón. 

Pedro fue a la cocina y le dijo a Rebeca sobre la orden especial. Él se dispuso a preparar el mejor mofongo con camarones enchilados de toda su vida. Agarró el pilón y la maceta, y mientras más machacaba el plátano y las especies, más recordaba cuando le hacía el amor a su adorada Rebeca. En su mente estaba fijo el movimiento cadente de sus caderas y sus sabrosos olores. Machacaba y machacaba solo pensando en ella. La joven por su parte, se ocupaba de acariciar los camarones, limpiándolos bien, usando los mejores y más frescos ingredientes en su guiso, recordando las palabras picantes de su esposo cuando estaban a solas. De vez en cuando se cruzaban sus miradas y sonreían maliciosos. Sí que había pasión en todo lo que hacían aquellos dos chefs.  

Tan pronto estuvo listo, Pedro y Rebeca salieron con sendos platos a servirle a esta primera pareja que había entrado al restaurante.  

—Espero que les guste —dijo Pedro.

—El postre corre por la casa —anunció Rebeca. 

Una vez se quedaron solos, los esposos degustaron el plato de mofongo con camarones enchilados más delicioso que habían probado en su vida.  

Al siguiente día, apareció en el New York Times, una impresionante reseña sobre el nuevo restaurante latino, que la pareja —quienes no eran esposos sino columnistas de arte culinario— habían publicado. De más está decir, que Pedro y Rebeca lograron gran éxito y al día de hoy cuentan con una cadena de cincuenta y dos locales, en los que el plato principal es el mofongo con camarones enchilados.  

Mofongo puertorriqueño con camarones enchilados 

El mofongo es un plato típico de Puerto Rico. En otras partes del Caribe también lo preparan, aunque con distinto procedimiento y le llaman de formas diferentes: fufú, mangú, tacacho, bolón de verde, machuquillo, cabeza de gato. Llega a América desde África Occidental con los africanos que llegaron a las colonias españolas del Nuevo Mundo1.    

En Puerto Rico se hace usualmente con plátano verde, conocido también como el plátano macho. Se fríe y se machaca en un pilón, que es un mortero de madera.  

Se puede acompañar con carnes, pollo, o productos del mar, que se pueden poner al lado, o rellenándolo. Aunque también puede servirse solo con caldo de pollo. En Puerto Rico, también lo hacemos de yuca, malanga, yautía o panapén —fruto del árbol del pan— o, una combinación de yuca, plátano maduro y verde (trifongo).  

En mi casa, mi madre lo preparaba cuando teníamos una cena especial. Los puertorriqueños que vivimos en los Estados Unidos, hemos traído la receta con nosotros y al comer el delicioso mofongo, recordamos tiempos mejores con nostalgia. 

Receta (rinde 4 porciones) 

Necesitas un sartén de freír y un pilón. 

Ingredientes: 

4 plátanos verdes (plátano macho) 

1 libra —0.45 kilogramos—de chicharrón (piel del cerdo frita)  

3 dientes de ajo machacados 

4 cucharaditas de aceite de oliva 

2 tazas de aceite de freír 

Instrucciones: 

1.  Pon a calentar el aceite en un sartén para freír. 

2.  Pela los plátanos y córtalos en rodajas diagonales de 1 ½ pulgadas de grosor. Los pones en agua de sal por 15 minutos. Los escurres y secas antes de echarlos al sartén, que ya deberá tener el aceite caliente. 

3.  Pon la temperatura entre media-baja y cocínalos alrededor de 12 minutos, volteándolos a medio tiempo. Verifica que estén cocidos, puedes hacerlo con un tenedor.  

4.  Retíralos y comienza a machacarlos en el pilón, agregando un poco de ajo machacado y pedacitos de chicharrón.  

5.  Usando tus manos o el mismo pilón vas haciendo medias esferas. 

Camarones (gambas) enchilados 

Ingredientes:  

2.5 libras (1 kilo) de camarones 

1 cebolla 

5 dientes de ajo machacados 

3 chiles picantes 

1 tomate maduro 

1 lata de puré de tomate 

1 hoja de laurel 

1 cucharada de salsa inglesa 

Sal y pimienta al gusto 

Preparación: 

  1. Limpiar los camarones para extraer las tripas con cuidado de no remover completamente la cáscara. 
  2. Freír los camarones a fuego medio para que estén bien cocidos. 
  3. Añadir la cebolla picada, los ajos machacados y los chiles picados. 
  4. Aparte agregue el puré de tomate, la hoja de laurel, la cucharada de salsa inglesa y el tomate maduro con 1 ½ taza de agua y déjela hervir.  
  5. Cuando la salsa tenga consistencia, agregar los camarones y los deja cocinar 5 a 7 minutos más, según espese la salsa.  

Para servir esta delicia, puede poner el mofongo en medio del plato y los camarones alrededor, o servirlos encima. ¡¡¡Buen provecho!!!

https://micasitarestaurant.files.wordpress.com/2017/04/mofongo-de-camaron.jpg

Receta incluída en el libro grupal: «Delicious II», Editorial Fleming.

Un amor incondicional

pixabay.com (CCO)

            Lalo era el menor de seis hijos. Era el único varón. Su padre Gonzalo se dio tremenda borrachera el día que nació proclamando al niño «el gran macho» de la familia. Amaba a las niñas, pero Lalo era su predilecto. Era que Lalo cumpliría con la obligación de todo varón: dar continuidad al apellido Lizarde. Lo veía crecer tan saludable y robusto que las babas se le salían de tanto amor. Tanto era su orgullo que guardó y guardó dinero de las ventas de sus productos agrícolas para mandar a buscar un caballo para su Lalo. Cuando llegó el caballo fue una novedad en Ipagüima. Muy pocas personas podían darse ese lujo, pero para Gonzalo nada era demasiado para su niño. El caballo era una preciosura. Blanco con pintas negras y Lalo decidió llamarlo «El Pinto». Pasaba las horas montado en su corcel cuando llegaba de la escuela y a toda hora. Como era el varón no tenía ninguna responsabilidad doméstica y así creció mimado entre tanta mujer.

          —Quiero irme a Tierra Grande —anunció un buen día Lalo a su padre. Había cumplido los dieciocho años y quería ser independiente, fue la explicación que le dio a su descorazonado padre. Gonzalo que no decía que no a ninguno de sus caprichos, no tuvo otra alternativa que preparar a su adorado retoño para la vida en la urbe. Hasta comprendió los deseos de independencia y se puso en sus zapatos cuando tenía la misma edad. Reunió todos sus ahorros, los puso en manos de Lalo y lo vio partir un sábado en la mañana en el único avión que iba y salía de Ipagüima.

        —Vengan muchachos les invito a mi apartamento —decía un Lalo desconocido para Ipagüima. Este vestía pantalones de colores brillantes y apretados en las nalgas y polos muy ajustados. Se maquillaba la cara por las noches con colorete y labial rojo y usaba zapatos de tacón para salir con sus «amigas» a pasar el rato. Caminaba contoneando sus caderas y sacudiendo el pelo que ahora llevaba largo y de un color rojizo subido. Era sin duda libre en Tierra Grande. No tenía que aparentar lo que no era.

        Lalo llevaba un sufrimiento hondo en el alma y era no poder satisfacer los deseos de su padre. Amaba a Ipagüima, pero no podía volver. No podría soportar que su padre se avergonzara de él. No podría aguantar que lo señalaran en la calle. Hasta que se mudó a Tierra Grande había vivido una gran mentira escondiéndose en los roperos de sus hermanas para ponerse sus ropas y zapatos. María —la menor— conocía su secreto y se lo llevaría a la tumba de ser necesario. Era su cómplice y su consejera, lo más que extrañaba de la isla. Ella y su traje violeta. Es que era muy bonito con encajes y cintas blancas que terminaban en lazos. Muy femenino. Una vez por poco Gonzalo lo agarra vestido con el traje violeta. Cuando venía por el pasillo modelándolo a María esta le dio tal empujón que cayó enterrado en el armario y así se escapó de que el padre lo viera. Por eso tuvo que irse de Ipagüima. Sabía que en algún momento lo descubrirían y la verdad mataría a su padre.

         Tocaron la puerta. Lalo miró a su compañero dormir plácidamente junto a él. Eran las once de la mañana del sábado. ¿Quién podría buscarle tan temprano? Se estiró y se sentó en la cama. Siguieron tocando un poco más fuerte. Lalo se pasó la mano por la frente y se peinó hacia atrás. Se levantó lentamente y miró nuevamente a su compañero. «¡Es tan lindo!», pensó. Fue arrastrando los pies hacia la sala y se dirigió a la puerta. Agarró la perilla y abrió. Gonzalo Lizarde en persona estaba frente a él. Lalo tembló. Temió lo peor. ¿Cómo iba a avisarle a su compañero que se escondiera? ¿Cómo se escondería él?

         —Lo sé todo Lalo. Sé quién eres y lo que haces —dijo Gonzalo con la voz tan suave que Lalo jamás hubiera podido imaginar escuchar—. Por eso te fuiste de Ipagüima. ¿Tenías miedo del mundo? ¿Tenías miedo de mí?

         —Padre, ¡perdón! Yo no sabía quién era entonces pero ahora lo sé. Esto es lo que soy —contestó mirando hacia el suelo compungido.

         —¿Y crees tú que lo que dices que eres te hace diferente al hombre que engendré? Eres mi hijo Gonzalo Lizarde. Te vi nacer y crecer. Te amé y te amaré no importa cómo te veas por fuera—. Gonzalo abrió sus brazos tan anchos como pudo y arrulló a su Lalo como cuando era un niño.

        Lalo volvió con su padre a Ipagüima. Hubo fiesta en su casa y sus hermanas le prestaron sus vestidos y zapatos, aunque el traje violeta siguió siendo su preferido. Gonzalo y Lalo caminaban con orgullo por las calles de Ipagüima y nadie se atrevía a hacer un comentario del hijo más amado. Cuando envejecieron los padres, Lalo se hizo cargo de ellos porque todas sus hermanas ya estaban casadas y tenían muchos compromisos con sus hijos y familias. Él se hizo cargo de ellos hasta que dejaron de respirar.

      Nunca se conoció un padre más orgulloso de su hijo en Ipagüima ni a un hijo que cuidara a su padre con más amor.

  Obra registrada Derechos de Autor 

Clímax

Este libro de cuentos nos permite acercarnos a un estilo de escritura rápido, incisivo y con saltos en la ficción al estilo de la mejor tradición de cuentistas latinoamericanos que Fleming gusta de dar a conocer. Mel Gómez presenta su último libro de cuentos preparados para que el lector pueda leer mientras espera en una estación de autobuses, o en la sala del dentista y por ello nuestra autora desea que los lectores disfruten y sufran ante cada guiño de la vida. J re crivello –Editor de Fleming

«No hay nada como fumar después del orgasmo… de venirse… de correrse… de acabar… de vaciarse… de darla… de llegar… de irse…

¡Te agarré! Suelto una bocanada.

Ahí estás con ella… Los dos muertos después del orgasmo… de venirse… de correrse… de acabar… de vaciarse… de darla… de llegar… y de irse al infierno para siempre.», «Orgasmo mortal», en Climax, Cuentos para leer antes de dormir, por Mel Gómez.

La mujer que no conocí

Nunca conocí a mi madre. No que no la conociera físicamente. Siempre estuvo allí:  desde el mismo momento en que nací, nueve meses antes, desde que fui concebida. Me refiero a que no supe nada de lo que guardaba dentro de sí: sus secretos, sus miedos, sus anhelos, sus ilusiones. Nunca supe cuál era su color, ni su canción o su película favorita. Jamás la vi reír a carcajadas, ni la vi sonreír de pura felicidad. Era una extraña, sombría, a la que en muchas ocasiones desee preguntar si era su hija adoptiva.

            No era como la mayoría de las madres de mis amigas. Ella trabajaba mucho, quizá demasiado como para detenerse a contestar mis preguntas. En un día cualquiera, me levantaba para el colegio a eso de las cinco de la mañana — para dejarme vestida y desayunada—, y luego irse a esperar por la transportación, que casualmente pasaba justo al cruzar la calle. Tenía que hacer dos cambios en la ruta hasta llegar a su destino: de la casa hasta Bayamón y de allí a San Juan.

            Mi madre era enfermera. Solo sus pacientes conocían su ternura. Era trabajadora, responsable, pero siempre enigmática. Le gustaba ofrecerse de voluntaria, aunque se estuviera ahogando de trabajo. Tomaba cursos universitarios para mejorar sus conocimientos y de ser una enfermera práctica, pasó a ser enfermera diplomada. De todo esto me enteré en la ceremonia de jubilación a la que me invitó, en la que sentí que todo el tiempo hablaban de otra persona.

            La mujer que veía venir por las tardes —vestida de blanco de pies a cabeza—, no se parecía a esa. Había un dejo de hastío, en su mirada cansada. Sin quitarse el uniforme, calentaba una que otra cosa para la cena y luego de servirnos se quitaba los zapatos para recostarse en el sofá a mirar su «novelita» televisiva. Se metía en aquella pantalla, tal vez fantaseando con el amor romántico o con un caballero millonario, que la salvara y la sacara de su laboriosa vida. Creo que eran los únicos momentos en que se daba el lujo de soñar. Ya a las siete de la noche me mandaba a la cama y se iniciaba su calvario de escucharme llorar hasta quedarme dormida.

            Mi madre y mi padre apenas se veían. Todos vivíamos en la misma casa —incluyendo a mi hermana mayor que era un fantasma—, pero el horario de trabajo de ambos era tal, que apenas coincidían. No tengo idea si hacían el amor, aunque era muy pequeña y no me daría cuenta, creo. Eso sí, a la hora de disciplinar, se ponían de acuerdo y no había modo de que pudiera engañar a uno o al otro.

            Mi mamá solo hablaba con mi hermana. Se encerraban por horas en su cuarto y si yo estaba presente hablaban en jeringonza. No se dieron cuenta cuando aprendí el dichoso lenguaje en clave y comencé a enterarme de las cosas que ocurrían en la familia extendida, que era bastante numerosa.

            Una noche en la que se exhibía en el colegio la película «The Sound of Music», ya cuando estábamos vestidas para salir, llamaron al teléfono. Cambio de planes, me dijo mi madre. Según le contaba a mi hermana —en jeringonza—, mi tía estaba en el hospital con un infarto. ¿La razón? Mi prima se había acostado con un sacerdote y estaba embarazada. Claro, que yo no podía preguntar por qué por acostarse se había embarazado, se darían cuenta de que las entendía. Estaba segura que cuando mis tías —que no sabían jeringonza—, se juntaran, me enteraría de los detalles. Y así fue. Mi tía falleció del disgusto y mi pobre prima embarazada, se convirtió en la apestada de la familia. De no haber sido por su padre, la habrían echado de la misma funeraria.

            Entre el chocolate y el pan con mantequilla, las tías hablaban del sacrilegio que la prima había cometido.

            —¿Cómo se metió con un hombre de Dios? —decía una alarmada.

            —Esa muchacha siempre ha sido incorregible. Se acuerdan cuando se metió con el hombre casado —dijo la otra.

            —¡Ella mató a la madre! —sentenciaron.

            Yo observaba a mi prima arrodillada frente al féretro, vestida de negro, con una mantilla negra, con los ojos derretidos de tanto llorar y la cara hinchada. Era la viva imagen del arrepentimiento. Lloré con ella, no por mi tía, sino por su desgracia. Creo que fue entonces cuando me rebelé a la idea de que las mujeres éramos las responsables de los pecados de los hombres. ¿O qué? ¿El casado no podía serle fiel a la mujer? ¿El sacerdote no tenía un compromiso con Dios?

            Mi madre también hablaba y me molestó. Ella me llevaba a la iglesia en la que predicaban que no se debía juzgar al prójimo. La vi acercarse al cadáver, ignorando a mi prima, para tomar una foto de mi tía muerta. Por semanas anduvo taciturna. Cuando fue a buscar las fotografías del funeral se encerró a llorar amargamente. Lo hizo varias veces hasta que un día vi que se deshizo de ellas. Me hacen mal, me dijo.

            Poco tiempo después mi hermana decidió irse a estudiar a los Estados Unidos. A mí me daba igual. Era mucho mayor que yo y apenas me hacía caso.

Se preparó todo y mi madre partió con ella en un viaje para dejarla instalada en la universidad. Cuando regresó, sus silencios fueron peores. Mi única compañía era el perro y mis amigas del colegio. En uno de mis cumpleaños, la mamá de una amiga me invitó a su casa para jugar, creo que se daba cuenta de mi soledad. Cuando mi mamá llegó del trabajo y no me encontró se puso furiosa. Llamó a todas mis amigas y cuando me encontró, insultó a la señora que me había sacado de mi casa sin su permiso. Supongo que ese fue uno de los cumpleaños más tristes de mi vida, sobre todo porque me avergonzó.

            En esa época me di cuenta de que mi mamá y yo no teníamos nada en común, solo que ella sufría en su soledad y yo en la mía. Cada vez estábamos más distanciadas. Según entraba en mi adolescencia, más me rebelaba contra ella. Cuando la veía llegar del trabajo, me encerraba en mi cuarto para no tener que verla, ni cruzar palabra. No le contaba mis cosas, no la hacía partícipe de nada. Mi mundo era mío, como el de ella era suyo.

            El día de su cumpleaños desapareció. Mi padre la estuvo buscando desesperado. Sus amigas también. En todo el día nadie supo de ella. Cuando apareció ya era de noche. Siguió a su cuarto y se encerró. Nunca nadie supo donde estuvo, pero tampoco la vi más contenta después de su hazaña. Quizá, su espíritu ya agonizaba por falta de afecto, por cansancio, o frustración.

            Así la vi envejecer, entre sonrisas fingidas solo para desconocidos, hasta que poco a poco, abrazando un muñeco de trapo, su alma escapó de su cuerpo y en sus ojos no quedó nada.

imagen: pixabay.com

Copyrighted.com

El olvido

Abrió los ojos sin saber dónde se encontraba. Estaba mareado, atontado, como si hubiera bebido demasiado, tal vez drogado. Miró alrededor de aquel apestoso y frío cuartucho con curiosidad. Las paredes tenían hermosos tapices de colores alegres, que contrastaban con el resto de la habitación. No sabía cómo había llegado allí.  Se levantó con dificultad, agarrándose de los pilares de la cama. Caminó unos pasos, lo suficiente para asomarse a la ventana.  El paisaje también le era desconocido. Los árboles secos, la nieve cubriendo todo hasta donde su vista era capaz de llegar, era un espectáculo hermoso, pero a la vez desolador. Una pequeña cabaña rompía la monotonía en el horizonte. Era de día, por la posición del sol, serían alrededor de las diez de la mañana.

            Horacio trataba de recordar. Tenía un hueco en la memoria. Sintió deseos de vomitar. Intentó correr, pero se enredó en sus propios pies y dio en el suelo de cara a sus bilis. Tosió tan fuerte que se orinó. Le dieron retortijones y sintió que las heces comenzaron a salirle a borbotones. Se sentía tan débil que volvió a dormirse sobre toda aquella porquería. Cuando despertó pudo levantarse en medio de la cochiquera de sus propios desechos. Necesitaba asearse enseguida. Abrió la única puerta y encontró una habitación idéntica a la que estaba. Detrás de los tapices debía estar la del baño o la de salida. Tocó, empujó y golpeó las paredes, pero nada. Parecía como si la ventana de la primera habitación fuera lo único que lo conectaba al mundo exterior.

            Tenía que salir de allí. Empujó el cristal de la ventana hacia arriba y hacia abajo. No abría. Miró alrededor buscando algún objeto para romperla. Trató de arrancar un pilar de la cama, pero no pudo. No había nada en la habitación. Se quitó los zapatos y trató golpeándola con ellos, sin conseguir nada. Se arrancó la correa del pantalón y con la hebilla pegó por un rato, hasta que logró que el cristal se astillara un poco. Sintió esperanzas. Siguió atizándole con más fuerzas, hasta que varios pedazos cayeron. Continuó quitando los demás pedazos con las manos haciéndose heridas en los dedos.  A él no le importaba, solo quería salir de aquel encierro que lo aturdía.

            Se aupó para meterse por el espacio que lo llevaría afuera. Sintió como el frío le cortaba la cara. Sus brazos estaban débiles, pero hizo un último esfuerzo, su barriga quedó en el borde de la ventana. Todavía quedaban pedazos del cristal que se le metieron en la piel. Se arrastró un poco más, cayendo de bruces sobre la nieve. No estaba vestido para la temperatura y a pesar de la peste que traía, le era imposible deshacerse de aquella repulsiva ropa. Las heridas de sus manos y estómago sangraban.    

            Trastabillando logró llegar hasta la pequeña cabaña. La puerta estaba abierta. Las paredes estaban igualmente decoradas con tapices de colores que combinaban con la alfombra. Los muebles parecían cómodos, inundados de cojines que hacían juego con la decoración. La chimenea estaba encendida, la temperatura le resultaba confortable. Recorrió la cocina y sobre la estufa todavía había un estofado caliente. Buscó el baño, allí encontró toallas y una bata afelpada. De prisa se quitó la ropa, examinó las heridas del estómago y de las manos. Como temía, tendría que darse algunos puntos. Encontró una navaja y se dispuso a afeitarse, mientras esperaba que el agua de la ducha se calentara. Entró en la regadera, disfrutaba del agua tibia y como recorría su cuerpo maltrecho. Trataba de hacer memoria de cómo había llegado a ese lugar cuando escuchó pasos.

            Alguien trataba de abrir la puerta del baño, primero despacio y luego la sacudía con fuerza.

            —¿Quién es?

            Nadie contestó. Instintivamente, Horacio salió de la regadera y tomó la cerradura desde adentro, haciendo resistencia.

            —Por favor, dígame quién es. Estoy herido —suplicó.

            —Es Julieta —respondió una voz que evocaba vagamente.

            —¿Julieta?

            Abrió enseguida sin reparar que estaba desnudo. De frente estaba ella, igual como la recordaba. Sus ojos negros, inmensos. Su piel dorada, cabellos castaños y largos. Solo que ahora estaba más bonita. No la veía desde que terminaron el bachillerato, cuando fueron juntos al baile de graduación. De esa noche solo se acordaba de haber bebido hasta perder los sentidos.

            —¿Qué haces aquí? —preguntó—. Más bien, ¿qué hacemos aquí?  

            —El viernes por la noche fuimos al baile de graduación.

            —¿El viernes? ¿De que año? —respondió confuso.

            —Siempre la misma actitud… Mala memoria.

            —No entiendo nada. No sé que hago aquí. Estoy herido y necesito ir al hospital, es todo lo que sé.

            —Egoísta, siempre pensando en ti y en tus necesidades.

            —¿Qué es este juego?

            —Ninguno, en un rato no sentirás nada.

            Súbitamente, Julieta sacó de la parte de atrás de su vaquero una pistola eléctrica y apuntó al pecho de Horacio. La primera descarga lo tiró al suelo. La segunda, le provocó convulsiones. La tercera, lo dejó inconsciente, a merced de la mujer. Cuando volvió en sí, estaba amarrado a una silla con las piernas abiertas. Julieta se paseaba alrededor con unas tijeras de podar, amenazante.

            —¿Te sientes mejor mi querido Horacio? —preguntó morbosa.

            —¿Por qué me haces esto? —respondió todavía atontado.

            —Vaya, pero que mala memoria tienes. Voy a ayudarte… Regresábamos del baile de graduación. Tus amigos y tú estaban borrachos y aturdidos. Se salieron de la carretera y detuvieron el auto. Uno a uno me violó, mientras yo te pedía que me ayudaras —pausó—. Todavía puedo sentir el aliento y sudor de cada uno de ellos. ¡Aún tengo pesadillas de esa noche! —gritó.

            —Pero yo no te hice nada, dices.

            —No, Horacio. Tú fuiste el último. El licor siempre ha sido tu enemigo, no puedes parar y te quedas sin memoria, como anoche cuando te traje a este lugar.

            —Julieta, yo no sé nada de lo que pasó, te lo juro —suplicó entre sollozos.

            —Ya no podrás dañar a nadie más.

            Julieta guardó la bolsa plástica en la que llevaba los cinco miembros de los salvajes que la desfloraron. Miró por última vez a Horacio que permanecía desmayado en la silla. «Que se pudra», pensó. Salió de la cabaña satisfecha, sonriente, respirando el aire frío de la montaña.

Copyrighted.com

imagen: pixabay.com

Libro

«El árbol de los panties blancos», por Mel Goméz #kindle #amazon #amazonkindle #libros #https://www.amazon.com/%C3%A1rbol-los-panties-blancos-Spanish/dp/1980796432/ref=mp_s_a_1_fkmr0_1?ie=UTF8&qid=1528224650&sr=8-1-fkmr0&keywords=el+arbol+de+los+panties+blancos+libro

Video: @Miguel Angel Carrera

Loba de medianoche

Me abrazo a la almohada sintiendo que mi cuerpo arde sin remedio. Aprieto los muslos esperando alivio, pero no lo hallo. Sudo. Mi torso está húmedo, tanto como mi entrepierna. Gimo sintiendo mi vientre deseoso, ardiente, furioso. Me acaricio toda, despacio, suavemente —y bruscamente—, esperando alguna satisfacción, pero lo que quiero no está aquí. Me repaso una y otra vez hasta que me vence el cansancio y me duermo contrariada, inquieta, insaciable.

Sueño que corro por el bosque en una noche de luna llena. Unos lobos me persiguen y cuando me alcanzan no me devoran. Me observan y se pasean alrededor de mí. Pueden olfatear mi olor a hembra. Más aún, saben que estoy en celo.  Veo que me miran con sus ojos pardos y brillantes y me enseñan sus colmillos afilados. No siento miedo. Se miran entre sí decidiendo quién me va a atacar. Escuchan que jadeo excitada y resuelven atacarme todos a la vez. Se acercan poco a poco. Uno de ellos pone una pata sobre mi costado para mantenerme quieta mientras los otros con sus dientes rompen mis vestidos. Sus lenguas tibias lamen mis pechos hasta sentir mis pezones erectos. Toman turnos para lengüetear mi cuerpo. Siento su saliva caliente entre los dedos de mis pies, por mis piernas, por mi clítoris, por dondequiera que han pasado sus lenguas gozando de la excitación que me causan. Me arrastran hasta las sombras, en donde soy presa de sus deseos.  Y de los míos.

Un lobo sediento aúlla en la distancia. Los demás se detienen. El pelo de sus lomos se encrespa, sus sentidos se agudizan. Los animales no me quieren abandonar, por nada dejarían su caza. Esperan en silencio. Unos pasos seguros se escuchan sobre las hojas secas rompiendo el conticinio. Debo saber quién es cuanto antes. Desde donde está huelo sus hormonas agitadas, recorriéndole el cuerpo y descubro que está tan enardecido como yo. Quiere poseerme. Quiero que me posea. Está dispuesto a enredarse con los demás y ganar. Los pasos se oyen más cerca. Ellos se miran unos a otros. No parecen asustados —al contrario—, los miro envalentonados, dispuestos a pelear hasta la muerte. Están obsesionados y no van a rendirse.

En la oscuridad de la noche su silueta se perfila y un rayo de luna me deja ver sus ojos amarillos. Me hundo en sus profundidades, él en las mías. Siento que me mira por dentro y lo sabe todo. Estoy desnuda ante él y lo quiero. Mi lobo ruge. Se abalanza sobre uno y otro desgajando sus gargantas, despedazándolos sin piedad. La sangre me alcanza, el olor metálico hiede, pero la pruebo y me gusta. La verdad me enloquece. Quiero más. Me levanto, voy hacia el único animal que todavía respira. Lo hace despacio —apenas perceptible—, pero yo lo escucho. Lo miro en su miseria, la vida se le acaba, pero antes yo debo tomar su fluido aún caliente. Me arrodillo y chupo hasta que no le queda ni un hálito de vida. Me quedo sola con mi bestia en las tinieblas. Un dolor indescriptible me sacude las entrañas. Convulso sobre la tierra, me hiero con los cardos y la sangre brota de los pequeños capilares de mi piel. El animal se acuesta a mi lado y clava sus colmillos en mi garganta. Pienso que voy a morir, pero no. Una sensación de sosiego me inunda. Miro mis manos —ahora peludas—, y acaricio a mi lobo en la cara dulcemente.

La luz de la madrugada me anuncia que es un nuevo día. Es hora de despertar. Creo que tenido un orgasmo dormida, me digo satisfecha. Me regodeo entre las sábanas un rato. Todavía falta un poco para que suene la alarma de mi despertador. Suena. Me levanto de mi cama despacio para ir al baño a prepararme para otro día de trabajo. Abro la llave del agua y me lavo la cara. Cuando me miro en el espejo veo a la loba de la medianoche.

fotografía: pixabay.com

El árbol de los panties blancos

«Lo arrastraron entre dos hombres por la tierra seca. Las piedras afiladas rompían sus pantalones, produciéndole laceraciones, contusiones y heridas abiertas en sus rodillas y piernas, mientras se levantaba el polvo al paso de los tres hombres. Sabía qué le iba a pasar. Pensaba en su mamacita linda. Cuánto iba a llorar cuando le dijeran que había muerto, si es que alguna vez le llegaba la noticia. Seguramente, le daría por perdido, mientras él terminaría en un pozolero —corroído por el ácido—, sabe Dios por dónde».

«Mercancía» , por Mel Goméz en «El árbol de los panties blancos».

Arte de afiche:  Miguel Angel Carreras

#kindle #kindleamazon #amazon #libros #https://www.amazon.com/%C3%A1rbol-los-panties-blancos-Spanish-ebook/dp/B07C33ZP6S/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1527363033&sr=8-1&keywords=el+arbol+de+los+panties+blancos+book