Anatomía de los abrazos

Originalmente publicado en saltoalreverso.com

SALTO AL REVERSO

Pixabay.com (CCO)

«Me gustan los abrazos», se dijo Marina suspirando.

«Me gustan esos en los que se entrega el alma, que te dejan sin respiración y te hacen olvidar cualquier cosa», pensó imaginándose en brazos de un ser amado.

«Me gustan los que te regalan consuelo cuando estás afligido, dolorido o triste. Como los de tus padres cuando te caes y te has pelado una rodilla; o llegas de la escuela después que alguien se ha reído de ti; o te han dejado sola con un hijo que criar y no tienes ni idea de cómo hacerlo; o porque ves tu infancia partir con ellos», reflexionó mientras una lágrima bajaba por su mejilla.

«Me gustan los abrazos que te entregan lealtad y fidelidad. Como los de los amigos que, aunque te hayan visto ayer, o hace unos días, o no te hayan visto en un millón de años, con solo…

Ver la entrada original 323 palabras más

YO TAMBIEN ESTUVE TRES MESES EN EL INFIERNO.

LOS ESCRITOS DE XAVIER

Finales de junio de 2020, como cada mañana, desde hace tres meses, Antonia se levanta de la cama, todavia con el cuerpo dolorido y en tensión, sin haber dormido, por las malditas pesadillas, con el miedo metido en el cuerpo, ese miedo que no se va, el que con el tiempo le ha insensibilizado, pero que de ninguna manera se ha marchado. Estamos a finales de junio, la catástrofe se ha cebado con la humanidad y ella, como tantas otras y otros, ha estado y está en primera línea de batalla. Luchando codo con codo con todos contra un enemigo implacable e invisible.

Y en lña calle, en esta preciosa mañana de junio, va recorriendo el camino hacia su lugar de trabajo, el dispositivo de Urgencias de un CUAP (Centro de Urgencias de Atencion Primaria). Antonia recuerda con escalofríos lo que vio y sintio ayer, lo que vio hace…

Ver la entrada original 1.009 palabras más

Vida

Uno viejjito… Espero que les guste.

Mel Gómez

Nicolato se llevó la taza a los labios lentamente. Bebió el líquido tibio con deseo, absorto en su espesura, en el delicioso olor metálico, en su sabor salado. Lo tomó sin prisa sabiendo que no obtendría otra dosis del delicioso brebaje por lo menos en las próximas veinticuatro horas. Pensaba en su doncella, la virgen pálida y ojerosa que cuidaba con recelo. No permitía que nadie los visitara. La amaba. Anca era su vida. Terminó. Limpió con una servilleta de tela el residuo rojo de su tupido bigote y se dirigió a la recámara para asegurarse de que ella lo tuviera todo.

Cuando entró en la habitación, Anca le dirigió una mirada lánguida y triste. Ella también lo amaba. No quería perderlo, por eso no le contó que tenía leucemia.

Copyrighted.com Registered & Protected  7AGR-FAS6-FL05-ADNQ

Ejercicio #8 Taller Fleming Lab

Ver la entrada original

El paritorio

Pixabay.com

A Yari se le rompió la fuente. Miró asustada el líquido amniótico bajar por entre sus muslos, sus rodillas y piernas hasta mojar sus pies y el suelo. Era el momento y no podía moverse. Solo miraba el suelo mojado. Había escuchado tantas historias sobre ese momento, que estaba aterrada. «¿Dolería mucho?», se preguntaba y si valía la pena haberse puesto en ese predicamento.

—¡Mamá! —gritó ahogada.

La madre no contestó. «Qué bien, parece que no está en la casa, justo ahora», se dijo. Arrastró los pies hasta alcanzar el móvil. Llamó al obstetra, a Beatriz, a Jacobo, a Carlos y, por último, a su mamá.

—Voy enseguida, mi’ja. Estaba comprando unas cosas para la beba —respondió la madre.

Yari la escuchó disgustada. Tenía ganas de gritar, pero del susto, solo sollozaba. Los demás la encontrarían en el hospital. Las contracciones comenzaban a atacar, pero como primeriza, no sabía cuánto podían doler. En su inocencia, su idea de las contracciones era, que podían doler tanto como su periodo más doloroso, cuando una aspirina y una bolsa de agua caliente eran suficiente para calmar el suplicio.

La madre llegó y agarró la maleta que Yari tenía preparada desde hacía un mes para cuando fuera el momento. En ella llevaba varias camisas de dormir de seda; una bata para ponerse cuando se levantara y fuera a ver a su beba desde el cristal de la maternidad; ropa interior para amamantar; cintas de colores para el cabello; cepillo de pelo, pasta y cepillo dental, maquillaje, cremas y ropa para cuando saliera del hospital para ella y la criatura. La mujer salió con la maleta y subió al auto. Cuando lo encendió, se dio cuenta de que su hija no estaba en él, que todavía estaba en la casa. Salió y la buscó, ayudándola a caminar. Su andar apingüinado apenas la dejaba avanzar.

Una vez en el carro partieron hacia el hospital.

—Madre, ¿no podrías darte un poco más de prisa?

—¿Quieres llegar al hospital? Entonces es mejor que vayamos a esta velocidad —respondió la mujer.

—Pero es que puedo parir en el auto, he escuchado que pasa a menudo.

—¿Cada cuánto tienes las contracciones?

—Cada media hora, pero me duele…

—¿Mucho? ¿Sientes que tienes que ir al baño?

—Sí, me duele mucho y no, no tengo que ir al baño.

—¡Uff! Pues te falta un rato, hija.

Llegaron al hospital, enseguida subieron a Yari a una silla de ruedas y todos los convidados al paritorio estaban allí, vestidos con batas de hospital y máscaras esterilizadas e hipoalergénicas. Yari tuvo ganas de reír, pero no pudo pues en ese mismo momento tuvo una contracción.

La enfermera les señaló la suite en la que se llevaría a cabo el gran evento. Beatriz tenía una sonrisa de oreja a oreja. Jacobo tenía una cámara en la mano y Carlos caminaba de lado a lado, nervioso.

—Bien —dijo la enfermera—, ¿quién es el padre? —preguntó.

—¡Yo! —contestó Beatriz levantando la mano a la vez. La mujer levantó los hombros e hizo una mueca, todavía no estaba acostumbrada y tenía sus reservas hacia este tipo de «núcleo familiar».

—¿Y usted? —preguntó a Jacobo.

—¿Yo? No, no soy el padre, ni el donante de esperma, solo soy el fotógrafo que contrataron para el evento.

—¿La cámara esa, está desinfectada?

—Mmm…

—¡Salga, quítese todo y la desinfecta! Luego, se pone todo nuevo y regresa.

—Pero… ¿y si se me pasa el paritorio?

—Ahhhhhhhh…—gimió Yari—. ¡Noooo, que no se vaya…!

—Son las reglas, todo debe estar estéril. No hay excepciones —respondió agriamente la vieja enfermera.

—Pero, ¿cuál es el problema? —preguntó Carlos que estaba torciéndose los dedos.

—Y usted, ¿quién es? —preguntó la enfermera.

—Yo soy el donante de esperma…

—¿Y qué hace aquí?

—Es la primera vez que dono, quiero saber cómo queda la criatura.

—¡¿Ah?!

—Claro, ¿no tendría usted curiosidad?

—Mire, esto de los embarazos y partos con tanta gente cada vez se hace más difícil. Ya era suficientemente complicado el asunto cuando dejaron entrar a los padres; se desmayaban y teníamos que dejar a la parturienta para atenderlos.

—Pero yo tengo derecho… —dijo Beatriz.

—Y yo… —dijo Jacobo.

—También yo —añadió la madre de Yari.

—Y a mí, ¿dónde me dejan? —cuestionó el donante.

—Ayyyyyy… —Se quejó Yari.

—¿Te duele? —preguntaron todos a la vez.

—No, es me están volviendo locaaaaaa…

Tocaron la puerta y la enfermera la entre abrió. Desde adentro pudo ver una fila de personas, todas vestidas con ropa de hospital y al final, un perro.

—¿Y quiénes son todos ustedes?

—Pues yo soy la vecina, he estado estos nueve meses haciéndole los antojitos a Yari.

—Sí, señora, pero es que no pueden seguir entrando…

—¿Cómo que no? —preguntó un hombre alto que estaba detrás de la vecina con una guitarra.

—Que no, que no se puede. No van a dejar respirar al niño —insistió la enfermera.

—¡Es niña! —gritaron todos.

—Lo que sea, no la van a dejar respirar.

—Mire enfermera, yo le he estado cantando a esa bebé en el vientre de la madre, desde que se anunció este embarazo —protestó el de la guitarra.

—A mí me tiene que dejar entrar…—dijo un peludo que estaba casi al final.

—Y a usted, ¿por qué?

—Pues, es que, bueno… No puedo explicar ahora. Pero tengo que estar allí, adentro.

Al escuchar la voz del joven peludo, Beatriz se separó de Yari y fue hasta la puerta. Cuando vio al muchacho, empujó a la enfermera y salió agarrándolo por el cuello de la camisa.

—Pero, ¡qué poca vergüenza tienes! ¡No vas a entrar! ¡Sobre mi cadáver entras!

—Señorita, si no se comporta, llamaré a seguridad.

—¡Beatriz! ¡Beatriz! Por favor, vuelve acá. Te necesito, ¡ahhhhhhh! —gritó Yari desde adentro —No le hagas daño, mira que no es cierto que estuve con él.

—Otra contracción… —dijo Beatriz soltando el cuello de la camisa del peludo de mala manera—, voy querida… ¿Y el perro?

—¿Qué pasa con el perro? —preguntó la enfermera exhausta.

—Es el service dog de Yari.

—Que entren, que entren todos… ¡Ya no me importa! —dijo la enfermera halándose los cabellos.

Tocaron la puerta de nuevo. La enfermera abrió. Otra enfermera anunciaba que la comadrona ya había llegado y que el obstetra se tardaría un poco más. Excusaba al doctor por cualquier inconveniente que pudiera causar, pero que estaba seguro que con la ayuda de la comadrona, de presentarse el parto antes de que llegara, todo estaría bajo control.

—Oiga, oiga… —llamó Jacobo el fotógrafo asomándose—, mientras esperamos, ¿podríamos ordenar una pizza?

—¡Imposible! —gritó la comadrona que venía colocándose las vestiduras higiénicas y los guantes para atender el parto de ser necesario.

—¡Ayyyyyyyyyyy! —Yari gritó.

—¿Tienes dolor, hijita? —preguntó la madre.

—No, mamá…Hambre.

—No puedes comer —dijeron a la vez la enfermera, la comadrona y la madre.

—De esta, no paro más, mamá. ¡Qué mal trato! Y esta cama, está dura…

—Bueno, joven, esto no es un hotel cinco estrellas —replicó la enfermera.

—¿Cómo que no pares más, hijita? —preguntó la madre—. Si sabes que mi ilusión es tener la casa llena de nietecitos.

—Pues eso lo tendrá que hacer Ronald…—contestó Yari—. Y hablando de Ronald, ¿dónde está?

—Ni idea, la última vez que supe de él estaba en la Patagonia y de novia, nada.

—Vamos a ver cuánto has dilatado… —anunció la comadrona—. Voy a cerrar las cortinas, hay demasiada gente aquí, ¿por qué?

—Pues mire, está: el padre —que en realidad es otra madre—, la mamá, el fotógrafo, el donante, la vecina, el músico y el service dog. Nadie quiere irse y la parturienta los quiere a todos.

—¡Ja! Habrase visto… esto de la inclusión cada vez es más problemático. ¡Casi no puedo hacer mi trabajo! ¡Despejen! ¡Despejen! —dijo la comadrona—. Bueno, Yari, abre las piernas.

—No.

—Ok… Sé que eres primeriza, pero tienes que cooperar. Abre las piernas.

—¡No! ¡Beatriz! ¡Jacobo! ¡Carlos! Por favor, vengan todos…—Y el perro subió las patas en la cama preocupado de que le hicieran daño a su ama.

—Creo que esperaremos al obstetra —dijo la comadrona corriendo las cortinas, rabiosa, saliendo y tirando la puerta.

La enfermera se fue tras ella suplicándole que no se fuera. Le daba horror tener que atender el parto ella sola, ya estaba vieja y cansada. No era como en los viejos tiempos cuando todo era organizado, esterilizado, y solo los profesionales estaban en la sala de partos con la parturienta.

Ya que no estaban ni la agriada comadrona, ni la vieja enfermera, Jacobo sacó el celular, llamó a la pizzería y pidió pizzas de todos los sabores y a la licorería por bebidas. Había que celebrar y, además, lo cargaría todo a la cuenta de Yari. Cuando se presentó el muchacho de entregas, no lo dejaban pasar. El fotógrafo salió y lo buscó en la recepción, con la excusa de que era de la familia. Como si nada, volvió a la sala de partos, con la comida, la bebida y comenzó la fiesta. Desde afuera se escuchaba la guitarra y todos cantando. De otras habitaciones se acercaron y Beatriz dejó que todos entraran a participar del evento. Ella era de las que pensaban que cuanta más gente, mejor. Comieron, bebieron y hasta hicieron el trencito alrededor de la cama de Yari.

Cuando todos estaban borrachos, llegó el obstetra quien se unió a la celebración, y entre cantos y alegría, nadie escuchó cuando Yari gritaba de dolor, ni cuando la niña llegó al mundo con la única ayuda de su parturienta madre primeriza.

«Aislamiento»: Convocatoria para la revista

SALTO AL REVERSO

«Aislamiento», imagen derivada de «Man standing in front of window», por Sasha Freemind en Unsplash (CC0).

Abrimos hoy una nueva convocatoria para el tema especial que elegimos mediante votación para la revista digital 9 Salto al reverso: «aislamiento».

aislamiento

1. m. Acción y efecto de aislar.
2. m. Sistema o dispositivo que impide la transmisión de la electricidad, el calor, el sonido, etc.
3. m. Incomunicación, desamparo.

La convocatoria consta de dos secciones, la primera, «Aislamiento» (blog), es exclusiva para autores del blog: los autores deben publicar obras de poesía, relato y artes plásticas con el tema «aislamiento» en el blog saltoalreverso.com. La segunda sección, «Aislamiento» (Entresalto), está abierta a autores del blog y autores externos: se recibirán reseñas, ensayos, entrevistas, artículos de opinión o informativos de temática artística o literaria que reflexionen sobre el aislamiento en el correo saltoalreverso@gmail.com.


I

«Aislamiento» (blog)

Ver la entrada original 505 palabras más

La Negrita

Uno recalentadito y viejito.

Mel Gómez

Abby Ford no tenía conciencia. Realizaba su trabajo sin empatía alguna por el dolor de los demás. Decía que después de treinta años trabajando como enfermera había aprendido a no sentir compasión. Al fin y al cabo, nadie sentía compasión por ella. Su vida era un libro abierto. Todos sabían que se había casado con un hombre treinta y cinco años mayor que ella a quien le había dado un infarto y que le esperaba solo en su casa. Según ella, cada día tenía que ir a limpiar el excremento que dejaba por doquier pues se negaba a que alguien que no fuera Abby lo atendiera. Le llamaba a cada hora para intentar preocuparla y para verificar que estuviera en el trabajo. Abby prácticamente vivía en el asilo estirando las horas, inventando obligaciones para no tener que enfrentarse a su realidad apestosa a orines y excrementos. Todavía conservaba a sus…

Ver la entrada original 936 palabras más

Receta sensual by Mel Gómez

Un poquito de sabor…

MasticadoresEspaña

Pedro y Rebeca se conocieron siendo cocineros de un restaurant muy importante en la gran manzana de Nueva York. Todavía se encontraban en la escuela de artes gastronómicas y deseaban, más que nada, convertirse en chefs de renombre internacional. Querían llevar la comida latinoamericana a otra dimensión y que fuera reconocida en todas partes del mundo. Tenían tantas cosas en común, que era natural que se enamoraran entre ollas y cuchillos. Pasaban las horas mirándose a los ojos e imaginando deliciosas recetas con el sazón y gusto criollo que tanto se degustan en las Américas y el Caribe.

Algunas de los platos los ensayaban con un grupo selecto de clientes sin que se diera cuenta el dueño del restaurant, pues les interesaba saber qué pensaban sobre los sabores, pero no querían dejarlas allí, sino que las querían para el restaurant que ansiaban poner cuando se graduaran. Iban guardando sus secretos…

Ver la entrada original 707 palabras más

Ocho Horas

Un recalentadito, dedicado a todas las mujeres que trabajan, cuidan a sus hijos y el cheque no les sobra para nada.

Mel Gómez

Son las seis de la mañana. Ese maldito reloj anuncia que es hora de levantarse a trabajar. Astrid entra a las ocho, pero en lo que se baña, maquilla y pasa el «blower» son las seis y treinta. Mientras se mira al espejo puede ver las marcas del cansancio. Ya es jueves, sólo falta un día. «¿Un día para qué?», piensa. Sábado y domingo tiene que limpiar la casa, ayudar a los niños en las asignaciones, hacer las compras y ya, se acabó el fin de semana.

Mira el reloj, son las seis y treinta y cinco y no ha levantado a los niños. Menos mal que la escuela está cerca. No tiene tiempo para servir un desayuno y tampoco tiene mucho en la nevera que ofrecer. Llama a los niños y empieza el corre y corre.

—¡Marcos que llegamos tarde! ¡Dyanira ya deja de peinarte te vas a quedar…

Ver la entrada original 1.048 palabras más

Vorágine dolorosa

Publicada originalmente en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

El 25 de noviembre de 1897, se otorgó a la provincia de ultramar de Puerto Rico la Carta Autonómica, en la que autorizaba un gobierno de carácter autónomo a la isla. El régimen comenzó en febrero de 1898, pero al estallar la Guerra Hispano-Americana y la subsiguiente invasión por el ejército norteamericano, el gobierno ni siquiera pudo iniciar sus funciones. Por medio del Tratado de París, España cedió su soberanía a Estados Unidos sin que fueran consultadas las instituciones puertorriqueñas[1] . De este modo, la isla pasó de la tiranía española a la norteamericana ante los ojos de los isleños quienes no sabían cuál sería su destino en adelante. Durante la vorágine que sucedió a la invasión, el pueblo estuvo dividido y muchos actos vergonzosos, como los que suelen ocurrir durante la guerra —y que nunca fueron llevados ante la justicia—, tuvieron su escenario en las montañas de Puerto…

Ver la entrada original 2.417 palabras más

#Diariodeunconfinado by Mel Gómez

Barcelona / j re crivello

Mi realidad alterna (desde el encierro)

Estoy acostumbrada al encierro. Al físico y al emocional.

De niña, mientras mis padres trabajaban, tenía que quedarme en casa —solita—, hasta que uno de ellos llegara. No había otro medio de comunicación en aquella época que el teléfono y su uso era carísimo. Solo se usaba para urgencias, nada de chácharas entre amiguitas. Por tanto, aprendí a estar conmigo desde entonces, aunque confieso, a veces, la soledad me abrumaba.

En estos días en que el mundo entero padece este encierro —en algunos países obligatorio, en otros, voluntario—, me he dado cuenta de que vivo en una realidad alterna. Amo el silencio. Las horas que solo son interrumpidas por el ladrido de mi perro, en introspección constante. Buscando las ideas en el aire para atraparlas y escribir, pues es la escritura, mis personajes y mis historias, lo que me sostiene en mi voluntario y…

Ver la entrada original 436 palabras más