A la venta Delicious II

Delicious-II Necesario en su biblioteca o en su cocina. Aprenda a confeccionar platos de muchos lugares del mundo. ¿Sabe lo que es un mofongo?

Barcelona / j re crivello

Esta fresco vió! Es un libro que traerá relatos y recetas de
las que tenemos en casa familiares, tópicas sin alterar la esencia de la
comida.

Participan 11 escritores. Les he convencido pues soy cruel o
soñador, ponga Ud. el adjetivo. A primeros de julio sale y lo pondremos 5 días
gratis en Amazon para que lo cargue en la mochila para el verano, para
vacaciones, para regalárselo a ese cuñado que odia o a ese señor que ama pero no se
atreve a decírselo.

¿Lo descargará? Lo hemos hecho como un juego, hasta puede ponérselo
sobre la cara para dormir la siesta este verano, dejárselo olvidado al lado de
la taza de wáter.

J re crivello

Editor (de usté o de mi)

Nota:

Que quiere participar en un libro colectivo, sabe… estamos montando una red (la red 25) que pondrá los libros en expositores en cafeterías y librerías. Diga…

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Perseguida

A veces no nos damos cuenta de lo que la gente es capaz de hacer por tener un «like». Este mundo se ha vuelto cada vez más peligroso.

melbag123

              Reina corría aterrorizada entre los matorrales. Una presencia la perseguía sin que ella pudiera precisar quién o qué era. Sentía una respiración agitada a sus espaldas, pero cuando se volvía a mirar no veía a nadie ni a nada. Tropezó. Al caer se laceró las rodillas y se torció el tobillo izquierdo. Sus anteojos se le cayeron, pero no podía encontrarlos entre la maleza. Se quedó sobre la hierba por unos segundos temiendo ser alcanzada por el ser que iba tras ella. Reunió fuerzas y se levantó. Al principio cojeaba, pero tan pronto volvió a sentir la excitada aspiración que la oprimía, siguió avanzando hasta llegar al acantilado.

            El despeñadero que otrora había sido el lugar en donde podía desahogarse sin que la interrumpieran o abrumaran con preguntas, ahora parecía ser el punto de su final. Se detuvo mirando el mar, su…

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Lluvia

Viejito, con la magia de la inocencia.

melbag123

          Es el verano de 1974 y no deja de llover en Bayamón, un pueblo cercano a San Juan, Puerto Rico y que aún conserva su nombre indígena. El lugar está rodeado de montañas que desde lejos parecen estar cubiertas por una alfombra verde. Anita tiene doce años. Todavía es juguetona, no sabe de amores, aunque está bastante desarrollada para su edad. Tiene una muñeca rubia, de pelo platinado y ojos azules. Es tiesa y está vestida de azul marino. La niña ya está aburrida de jugar con ella. Enciende el televisor en blanco y negro. Quisiera tener uno a colores, pero no hay dinero para comprarlo. De todos modos, están pasando una vieja película de Pedro Infante. La mira por un rato hasta que él le da un beso en los labios a Marga López. Suspira. Apaga el aparato. Prefiere las películas del Zorro o…

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Don Julio, el dueño del cafetín

Julio Vicente Manrique Trujillo, nació en Ipagüima, una pequeña isla escondida en el Caribe. Su madre murió de parto, quedando bajo el cuidado de su tía, Sara, quien se había quedado solterona. El padre de Julio, Don Vicente, quedó sumido en la más profunda tristeza y no veía la hora de reencontrarse con su hermosa María. Todos en la isla estaban preocupados por Vicente. Pasaba horas en la pequeña barra frente al mar, cuando estaba borracho, caminaba en la oscuridad hasta caer rendido. Muchas veces lo encontraban tirado a la orilla del camino, adormilado y sin deseos de vivir.

—Vicente, ahora tienes que pensar en tu hijo —le reclamaba su cuñada—, no es momento para que te hundas. Mira lo bonito que está.

El hombre no quería ni mirar a la criatura, lo veía como a su enemigo, pues le había costado la vida de la mujer que más amaba.

—Déjame ahora, Sara —respondía—. ¿No crees que tengo derecho a guardar luto por tu hermana?

 —Por supuesto que tienes derecho, pero no lo tienes de abandonar a tu hijo.

Las conversaciones entre ellos siempre terminaban con las protestas de Sara y el silencio de Vicente. Luego se iba de nuevo a la barra a ahogar sus penas.

Un día pensó que era mejor terminar su suplicio, no sentir nada más, irse con su María. Caminó adentrándose al mar, sintiendo la suave arena debajo de sus pies y la tibieza de las aguas. Un viento recio le azotó la cara; en la oscuridad, un relámpago lo alcanzó y lo dejó inconsciente.

Despertó en los brazos de una muchacha a la que nunca había visto en Ipagüima. Era una mujer frágil, de cabellos muy negros que flotaban con la brisa, y ojos del color del fondo del océano. Vestía un caftán blanco, adornado con hilos plateados, como las estrellas y un collar de caracolas.

—¿Por qué te haces daño? —preguntó con una voz dulcísima.

Vicente no pudo hablar. Un llanto lastimoso le salía del alma, su espíritu se derramaba en presencia de aquella joven desconocida. Ella lo arrulló por un rato, hasta que el lloro amainó. La miró, como se mira a las vírgenes, con respeto, con devoción.

—No puedo vivir sin ella —dijo.

—Claro que puedes… María no se ha ido, ella vive en tu hijo —le respondió.

 —Ese niño la mató.

 —No, ella dio su vida por él. Quiso hacerte un regalo muy costoso, que no has aprendido a apreciar.

El hombre bajó su mirada. Las lágrimas saltaban de sus ojos sin contenerse. «Julio es un regalo», se repetía una y otra vez. De pronto se sintió muy solo. Levantó la cabeza y ya la muchacha no estaba. «Creo que he visto a un ángel», pensó mientras se levantaba trabajosamente. Respiró hondo y un largo suspiro le salió del pecho. Sin darse cuenta, sus pasos lo dirigieron a la casa de Sara.

—Sara —llamó cuando entró en la vivienda —. ¡Sara!

Nadie contestó. La vecina salió al escucharlo llamar y le dijo que Sara había salido para el hospital, pues el niño tenía una fiebre muy alta. Vicente, casi enloqueció. No era posible que también perdiera a su hijo. Lo había rechazado tanto, que quizá tendría que pagar un precio muy alto por su agravio. Corrió tanto que no se dio cuenta que lastimaba sus pies desnudos, llegando a su destino ensangrentados.

—¿Dónde está Julio? —preguntó a la cuñada tan pronto la vio en el hospital.

—Están haciéndole unas pruebas… Pero, ¿qué haces aquí?

—La vecina me dijo que el niño está enfermo.

—Sí, así es.  Sin razón comenzó a arder en fiebre, como a las diez de la noche.

Vicente se dio cuenta de que a esa hora intentaba quitarse la vida, fue el momento en que el relámpago lo alcanzó. Se arrodilló al frente de su cuñada y lloró angustiado, arrepentido.

La enfermera salió para avisar que podían pasar a ver al niño. No sabían si resistiría la fiebre por más tiempo. Vicente se acercó sigiloso, mientras Sara se mantenía al margen, observando a este hombre diferente. Había rezado tanto para que este padre amara a su hijo. Él miró al interior de la cuna, asustado. Después miró a Sara y a la enfermera, una de ellas le diría que hacer.

—Tómalo en los brazos, Vicente —dijo la cuñada.

Nervioso, se dobló y agarró al niño con el temor de que se le fuera a escurrir entre los dedos. Las lágrimas caían en la hermosa cabecita de su hijo, quien comenzó a mover su pequeño cuerpecito. Vicente sintió que la temperatura bajaba y que una pequeña manita le acariciaba la cara. La enfermera se acercó y tocó a la criatura.

—Creo que ya no tiene fiebre —dijo—. Esto es un milagro, hace unos minutos este niño ardía.

—El verdadero amor todo lo vence —añadió Sara poniendo su mano en el hombro de Vicente.

Julio Vicente salió del hospital en los brazos de su padre, quien no podía comprender, como alguien tan pequeño podía darle tanta esperanza. El dolor por la pérdida de María lo fue abandonando, quedando solo el recuerdo de los buenos momentos vividos junto a la mujer que había dado su vida para darle el regalo más grande, su hijo.

Cuando Vicente estuvo libre de la carga de sus recuerdos dolorosos, empezó a ver la belleza de Sara. Era diferente a la de María, que llenaba los ojos y no lo dejaba pensar. La belleza de Sara era sencilla, natural, interna. Poco a poco se dio cuenta de que la necesitaba, que cuando no estaba cerca, la extrañaba. La miraba jugar con Julio y ya no veía a María, miraba a la mujer que lo había salvado del abismo.

Sara siempre lo había amado, por eso cuando quiso casarse con María, enterró sus sentimientos por respeto a su hermana y a él. Nunca sintió envidia de su hermana y el día que murió, juró hacerse cargo de Julio sin ninguna otra intención. Pensó que Vicente era joven y que cuando volviera a casarse, ella seguiría ocupándose del niño en honor a su hermana. Nunca pensó que el viudo de fijaría en ella, pues se sentía tan ordinaria al lado de su hermana.

Julio miraba a Sara como su madre, a pesar de que mantenía la memoria de María mostrándole fotografías y hablándole de ella. Para Julio, su verdadera mamá, la que estaba en el cielo, era como un ángel, algo etéreo que no podía abrazar, que no lo consolaba cuando estaba triste, que no curaba sus heridas cuando se caía. Sara era todo para él y ella se contentaba con ese hijo que la vida le había regalado.

Una tarde Vicente llegó a la casa con unas flores que había recogido por el camino y las puso en las manos de Sara. Confundida, buscó un envase y las colocó con agua. Un rayito de ilusión la tocó cuando Vicente la tomó por la cintura y la besó despacio.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Estás seguro?

—¿De qué te amo?

—Sí.

—Te amo.

—¿Y María?

—Es un recuerdo hermoso que me llevó hasta a ti y me regaló a Julio.

No fue necesaria la respuesta. Sara rodeó el cuello de Vicente con sus brazos y lo besó con todo el amor que por años había contenido.

La relación fue bienvenida por todos los habitantes de Ipagüima, especialmente por Julio. Pronto se casaron y Vicente montó la cafetería del pueblo en la que todos se reunían y comentaban los asuntos importantes, como el primer embarazo de Sara. Al fallecer el padre, el negocio quedó en manos del hijo, quien sería conocido más tarde como Don Julio, el dueño del cafetín.

pixabay.com (CCO)


Fleming crece ¿participas?

¡Fleming crece!!!

Barcelona / j re crivello

Esteban Suarez, j re crivello

La foto nos muestra trabajando en los proyectos de
Fleming/Masticadores, pero el equipo lo componen Diana Gonzalez en Granada, Mel
Gómez en Texas y Victoria de la Fuente en Oviedo Y próximamente alguien en
Buenos Aires…

Amamos la comunicación y construimos herramientas para el futuro y llegar a muchos lectores con contenidos de calidad, por ejemplo ayer con Esteban hemos cerrado: vender libros en 10 cafeterías (una red especial pero interesante), detrás dos pequeñas empresas Cellec de Esteban y Fleming Academia (por mi parte) ayudan con sus contactos a expandir nuestra comunidad, pero sin vosotros nada sería posible.

¿Quieres participar? Puedes unirte a nuestro proyecto, o bien
escribiendo y publicando, o dirigiendo un Taller de Escritura, o un
Masticadores de letras (nos faltan llegar a Perú, Chile, México y norte EEUU. Pero
si tienes una idea ¡dínosla! Con nosotros no te harás rico en dinero…

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El paritorio by Melba Gómez

Hay cosas que parecen absurdas, pero créame, pasa. Que lo disfruten.

MasticadoresEspaña

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A Yari se le rompió la fuente. Miró asustada el líquido amniótico bajar por entre sus muslos, sus rodillas y piernas hasta mojar sus pies y el suelo. Era el momento y no podía moverse. Solo miraba el suelo mojado. Había escuchado tantas historias sobre ese momento, que estaba aterrada. «¿Dolería mucho?», se preguntaba y si valía la pena haberse puesto en ese predicamento.

—¡Mamá! —gritó ahogada.

La madre no contestó. «Qué bien, parece que no está en la casa, justo ahora», se dijo. Arrastró los pies hasta alcanzar el móvil. Llamó al obstetra, a Beatriz, a Jacobo, a Carlos y, por último, a su mamá.

—Voy enseguida, mi’ja. Estaba comprando unas cosas para la beba —respondió la madre.

Yari la escuchó disgustada. Tenía ganas de gritar, pero del susto, solo sollozaba. Los demás la encontrarían en el hospital. Las contracciones comenzaban a atacar, pero como primeriza, no sabía cuánto…

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Por qué los puertorriqueños parecemos presumidos by Mel Gómez

Esto lo escribo con el mayor de los respetos, para mis amados boricuas y para cualquiera que me lea.

MasticadoresdeLetrasLatinoAmérica

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Hola amigos, festejamos Sant Jordi en los tres MasticadoresdeLetras durante el día iremos publicando artículos de los escritores que colaboran con nosotros.

«¡Borinquen!, nombre al pensamiento grato

como el recuerdo de un amor profundo;

Bello jardín de América el ornato,

Siendo el jardín, América del mundo».

José Gautier Benítez (1851-1880)

Todo el mundo conoce a un puertorriqueño o tiene uno. Muchas veces me han dicho, mi primo está casado con «una» o conocí «uno» en el trabajo y cosas por el estilo. Mi respuesta siempre ha sido la misma. «Los puertorriqueños somos piezas de colección y todo el mundo quiere uno». Lo sé, se oye presumido, pero no es lo que quiero proyectar. La verdad no somos muchos, de hecho, en el último censo (2010), había cerca de cuatro millones en la isla y otros cuatro en los Estados Unidos. Claro, que dispersos por el mundo somos unos cuantos más…

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Novedades: Abrimos taller de Escritura en Granada y Texas

Los espero en el Taller de Texas (online).

MasticadoresEspaña

Taller de escritura j re crivelloBono descuento para hacer el Taller Online 1

El taller de Escritura Fleming que dirijo sigue creciendo, abrimos dos más, tanto presencial como online en Granada y Texas. De la mano de Diana González y Melba Gómez visitaremos otros estilos y maneras de comunicar en un mundo globalizado. Hace tres años cuando fundé el taller no pensaba que iba a tener tanta aceptación y ser la base de MasticadoresdeLetras y una red de lectores que aceptan leer y compartir relatos de calidad en un mundo que ya abandona el papel y se comunica en red.

Los nuevos escritores lo hacen de una manera ágil, intuitiva y aceptando que los contenidos pueden ser variados y hasta difíciles de tratar en 1500 palabras como máximo.

Les invito a sumarse, hemos dispuesto 6 becas gratuitas. Ahora participan en el de Barcelona que dirijo 37 personas y esperan 6 jóvenes de 10 a 14 a los que debo encontrar un…

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La dieta by Mel Gómez

Creo que muchas hemos estado aquí.

MasticadoresEspaña

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Cuando Roberto llegó a su casa, justo en el momento en que estaba dando vuelta a la llave, escuchó el grito visceral de su esposa. Intuitivamente, tomó su arma de reglamento y entró sigiloso, fue a cada habitación de la manera en que había sido entrenado, pateando la puerta, apuntando y mirando hacia el frente y los lados, por si había algún intruso. No encontró a nadie por lo que temió, que, hiciera gritar a su mujer de esa manera, debía estar con ella. El corazón le latía apresurado, escuchaba el crujido de sus dientes, expectante, pensando lo peor. Cuando llegó a la recámara matrimonial, se encontró a su mujer desnuda frente al espejo, halándose los cabellos y con una pila de ropa sobre la cama.

—Pero, ¿qué pasa? —preguntó consternado.

—Estoy gorda… Nada me sirve… —contestó la mujer sollozando.

Roberto respiró aliviado de que no sucediera lo que en…

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