La bailarina de flamenco

Lucía Albarrán era bailarina de flamenco. Su fama había alcanzado allende los mares. Gente de todo el mundo acudía a ver su espectáculo en el Tablao Flamenco los Gallos en Sevilla Lucía dominaba los palos flamencos; sus cantos y bailes sevillanos se le metían por el cuerpo a los espectadores, que quedaban fascinados con el taconeo de sus zapatos rojos y sus vestidos de lunares.

Esteban Reyes era su marido. La amaba con pasión enloquecida. Solo él sabía el secreto de sus rítmicos taconazos. Tenía las piernas de palo.

Vida

Uno viejjito… Espero que les guste.

MEL GÓMEZ

Nicolato se llevó la taza a los labios lentamente. Bebió el líquido tibio con deseo, absorto en su espesura, en el delicioso olor metálico, en su sabor salado. Lo tomó sin prisa sabiendo que no obtendría otra dosis del delicioso brebaje por lo menos en las próximas veinticuatro horas. Pensaba en su doncella, la virgen pálida y ojerosa que cuidaba con recelo. No permitía que nadie los visitara. La amaba. Anca era su vida. Terminó. Limpió con una servilleta de tela el residuo rojo de su tupido bigote y se dirigió a la recámara para asegurarse de que ella lo tuviera todo.

Cuando entró en la habitación, Anca le dirigió una mirada lánguida y triste. Ella también lo amaba. No quería perderlo, por eso no le contó que tenía leucemia.

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Ejercicio #8 Taller Fleming Lab

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El paritorio

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A Yari se le rompió la fuente. Miró asustada el líquido amniótico bajar por entre sus muslos, sus rodillas y piernas hasta mojar sus pies y el suelo. Era el momento y no podía moverse. Solo miraba el suelo mojado. Había escuchado tantas historias sobre ese momento, que estaba aterrada. «¿Dolería mucho?», se preguntaba y si valía la pena haberse puesto en ese predicamento.

—¡Mamá! —gritó ahogada.

La madre no contestó. «Qué bien, parece que no está en la casa, justo ahora», se dijo. Arrastró los pies hasta alcanzar el móvil. Llamó al obstetra, a Beatriz, a Jacobo, a Carlos y, por último, a su mamá.

—Voy enseguida, mi’ja. Estaba comprando unas cosas para la beba —respondió la madre.

Yari la escuchó disgustada. Tenía ganas de gritar, pero del susto, solo sollozaba. Los demás la encontrarían en el hospital. Las contracciones comenzaban a atacar, pero como primeriza, no sabía cuánto podían doler. En su inocencia, su idea de las contracciones era, que podían doler tanto como su periodo más doloroso, cuando una aspirina y una bolsa de agua caliente eran suficiente para calmar el suplicio.

La madre llegó y agarró la maleta que Yari tenía preparada desde hacía un mes para cuando fuera el momento. En ella llevaba varias camisas de dormir de seda; una bata para ponerse cuando se levantara y fuera a ver a su beba desde el cristal de la maternidad; ropa interior para amamantar; cintas de colores para el cabello; cepillo de pelo, pasta y cepillo dental, maquillaje, cremas y ropa para cuando saliera del hospital para ella y la criatura. La mujer salió con la maleta y subió al auto. Cuando lo encendió, se dio cuenta de que su hija no estaba en él, que todavía estaba en la casa. Salió y la buscó, ayudándola a caminar. Su andar apingüinado apenas la dejaba avanzar.

Una vez en el carro partieron hacia el hospital.

—Madre, ¿no podrías darte un poco más de prisa?

—¿Quieres llegar al hospital? Entonces es mejor que vayamos a esta velocidad —respondió la mujer.

—Pero es que puedo parir en el auto, he escuchado que pasa a menudo.

—¿Cada cuánto tienes las contracciones?

—Cada media hora, pero me duele…

—¿Mucho? ¿Sientes que tienes que ir al baño?

—Sí, me duele mucho y no, no tengo que ir al baño.

—¡Uff! Pues te falta un rato, hija.

Llegaron al hospital, enseguida subieron a Yari a una silla de ruedas y todos los convidados al paritorio estaban allí, vestidos con batas de hospital y máscaras esterilizadas e hipoalergénicas. Yari tuvo ganas de reír, pero no pudo pues en ese mismo momento tuvo una contracción.

La enfermera les señaló la suite en la que se llevaría a cabo el gran evento. Beatriz tenía una sonrisa de oreja a oreja. Jacobo tenía una cámara en la mano y Carlos caminaba de lado a lado, nervioso.

—Bien —dijo la enfermera—, ¿quién es el padre? —preguntó.

—¡Yo! —contestó Beatriz levantando la mano a la vez. La mujer levantó los hombros e hizo una mueca, todavía no estaba acostumbrada y tenía sus reservas hacia este tipo de «núcleo familiar».

—¿Y usted? —preguntó a Jacobo.

—¿Yo? No, no soy el padre, ni el donante de esperma, solo soy el fotógrafo que contrataron para el evento.

—¿La cámara esa, está desinfectada?

—Mmm…

—¡Salga, quítese todo y la desinfecta! Luego, se pone todo nuevo y regresa.

—Pero… ¿y si se me pasa el paritorio?

—Ahhhhhhhh…—gimió Yari—. ¡Noooo, que no se vaya…!

—Son las reglas, todo debe estar estéril. No hay excepciones —respondió agriamente la vieja enfermera.

—Pero, ¿cuál es el problema? —preguntó Carlos que estaba torciéndose los dedos.

—Y usted, ¿quién es? —preguntó la enfermera.

—Yo soy el donante de esperma…

—¿Y qué hace aquí?

—Es la primera vez que dono, quiero saber cómo queda la criatura.

—¡¿Ah?!

—Claro, ¿no tendría usted curiosidad?

—Mire, esto de los embarazos y partos con tanta gente cada vez se hace más difícil. Ya era suficientemente complicado el asunto cuando dejaron entrar a los padres; se desmayaban y teníamos que dejar a la parturienta para atenderlos.

—Pero yo tengo derecho… —dijo Beatriz.

—Y yo… —dijo Jacobo.

—También yo —añadió la madre de Yari.

—Y a mí, ¿dónde me dejan? —cuestionó el donante.

—Ayyyyyy… —Se quejó Yari.

—¿Te duele? —preguntaron todos a la vez.

—No, es me están volviendo locaaaaaa…

Tocaron la puerta y la enfermera la entre abrió. Desde adentro pudo ver una fila de personas, todas vestidas con ropa de hospital y al final, un perro.

—¿Y quiénes son todos ustedes?

—Pues yo soy la vecina, he estado estos nueve meses haciéndole los antojitos a Yari.

—Sí, señora, pero es que no pueden seguir entrando…

—¿Cómo que no? —preguntó un hombre alto que estaba detrás de la vecina con una guitarra.

—Que no, que no se puede. No van a dejar respirar al niño —insistió la enfermera.

—¡Es niña! —gritaron todos.

—Lo que sea, no la van a dejar respirar.

—Mire enfermera, yo le he estado cantando a esa bebé en el vientre de la madre, desde que se anunció este embarazo —protestó el de la guitarra.

—A mí me tiene que dejar entrar…—dijo un peludo que estaba casi al final.

—Y a usted, ¿por qué?

—Pues, es que, bueno… No puedo explicar ahora. Pero tengo que estar allí, adentro.

Al escuchar la voz del joven peludo, Beatriz se separó de Yari y fue hasta la puerta. Cuando vio al muchacho, empujó a la enfermera y salió agarrándolo por el cuello de la camisa.

—Pero, ¡qué poca vergüenza tienes! ¡No vas a entrar! ¡Sobre mi cadáver entras!

—Señorita, si no se comporta, llamaré a seguridad.

—¡Beatriz! ¡Beatriz! Por favor, vuelve acá. Te necesito, ¡ahhhhhhh! —gritó Yari desde adentro —No le hagas daño, mira que no es cierto que estuve con él.

—Otra contracción… —dijo Beatriz soltando el cuello de la camisa del peludo de mala manera—, voy querida… ¿Y el perro?

—¿Qué pasa con el perro? —preguntó la enfermera exhausta.

—Es el service dog de Yari.

—Que entren, que entren todos… ¡Ya no me importa! —dijo la enfermera halándose los cabellos.

Tocaron la puerta de nuevo. La enfermera abrió. Otra enfermera anunciaba que la comadrona ya había llegado y que el obstetra se tardaría un poco más. Excusaba al doctor por cualquier inconveniente que pudiera causar, pero que estaba seguro que con la ayuda de la comadrona, de presentarse el parto antes de que llegara, todo estaría bajo control.

—Oiga, oiga… —llamó Jacobo el fotógrafo asomándose—, mientras esperamos, ¿podríamos ordenar una pizza?

—¡Imposible! —gritó la comadrona que venía colocándose las vestiduras higiénicas y los guantes para atender el parto de ser necesario.

—¡Ayyyyyyyyyyy! —Yari gritó.

—¿Tienes dolor, hijita? —preguntó la madre.

—No, mamá…Hambre.

—No puedes comer —dijeron a la vez la enfermera, la comadrona y la madre.

—De esta, no paro más, mamá. ¡Qué mal trato! Y esta cama, está dura…

—Bueno, joven, esto no es un hotel cinco estrellas —replicó la enfermera.

—¿Cómo que no pares más, hijita? —preguntó la madre—. Si sabes que mi ilusión es tener la casa llena de nietecitos.

—Pues eso lo tendrá que hacer Ronald…—contestó Yari—. Y hablando de Ronald, ¿dónde está?

—Ni idea, la última vez que supe de él estaba en la Patagonia y de novia, nada.

—Vamos a ver cuánto has dilatado… —anunció la comadrona—. Voy a cerrar las cortinas, hay demasiada gente aquí, ¿por qué?

—Pues mire, está: el padre —que en realidad es otra madre—, la mamá, el fotógrafo, el donante, la vecina, el músico y el service dog. Nadie quiere irse y la parturienta los quiere a todos.

—¡Ja! Habrase visto… esto de la inclusión cada vez es más problemático. ¡Casi no puedo hacer mi trabajo! ¡Despejen! ¡Despejen! —dijo la comadrona—. Bueno, Yari, abre las piernas.

—No.

—Ok… Sé que eres primeriza, pero tienes que cooperar. Abre las piernas.

—¡No! ¡Beatriz! ¡Jacobo! ¡Carlos! Por favor, vengan todos…—Y el perro subió las patas en la cama preocupado de que le hicieran daño a su ama.

—Creo que esperaremos al obstetra —dijo la comadrona corriendo las cortinas, rabiosa, saliendo y tirando la puerta.

La enfermera se fue tras ella suplicándole que no se fuera. Le daba horror tener que atender el parto ella sola, ya estaba vieja y cansada. No era como en los viejos tiempos cuando todo era organizado, esterilizado, y solo los profesionales estaban en la sala de partos con la parturienta.

Ya que no estaban ni la agriada comadrona, ni la vieja enfermera, Jacobo sacó el celular, llamó a la pizzería y pidió pizzas de todos los sabores y a la licorería por bebidas. Había que celebrar y, además, lo cargaría todo a la cuenta de Yari. Cuando se presentó el muchacho de entregas, no lo dejaban pasar. El fotógrafo salió y lo buscó en la recepción, con la excusa de que era de la familia. Como si nada, volvió a la sala de partos, con la comida, la bebida y comenzó la fiesta. Desde afuera se escuchaba la guitarra y todos cantando. De otras habitaciones se acercaron y Beatriz dejó que todos entraran a participar del evento. Ella era de las que pensaban que cuanta más gente, mejor. Comieron, bebieron y hasta hicieron el trencito alrededor de la cama de Yari.

Cuando todos estaban borrachos, llegó el obstetra quien se unió a la celebración, y entre cantos y alegría, nadie escuchó cuando Yari gritaba de dolor, ni cuando la niña llegó al mundo con la única ayuda de su parturienta madre primeriza.

«Aislamiento»: Convocatoria para la revista

BLOG SALTO AL REVERSO

«Aislamiento», imagen derivada de «Man standing in front of window», por Sasha Freemind en Unsplash (CC0).

Abrimos hoy una nueva convocatoria para el tema especial que elegimos mediante votación para la revista digital 9 Salto al reverso: «aislamiento».

aislamiento

1. m. Acción y efecto de aislar.
2. m. Sistema o dispositivo que impide la transmisión de la electricidad, el calor, el sonido, etc.
3. m. Incomunicación, desamparo.

La convocatoria consta de dos secciones, la primera, «Aislamiento» (blog), es exclusiva para autores del blog: los autores deben publicar obras de poesía, relato y artes plásticas con el tema «aislamiento» en el blog saltoalreverso.com. La segunda sección, «Aislamiento» (Entresalto), está abierta a autores del blog y autores externos: se recibirán reseñas, ensayos, entrevistas, artículos de opinión o informativos de temática artística o literaria que reflexionen sobre el aislamiento en el correo saltoalreverso@gmail.com.


I

«Aislamiento» (blog)

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La Negrita

Uno recalentadito y viejito.

MEL GÓMEZ

Abby Ford no tenía conciencia. Realizaba su trabajo sin empatía alguna por el dolor de los demás. Decía que después de treinta años trabajando como enfermera había aprendido a no sentir compasión. Al fin y al cabo, nadie sentía compasión por ella. Su vida era un libro abierto. Todos sabían que se había casado con un hombre treinta y cinco años mayor que ella a quien le había dado un infarto y que le esperaba solo en su casa. Según ella, cada día tenía que ir a limpiar el excremento que dejaba por doquier pues se negaba a que alguien que no fuera Abby lo atendiera. Le llamaba a cada hora para intentar preocuparla y para verificar que estuviera en el trabajo. Abby prácticamente vivía en el asilo estirando las horas, inventando obligaciones para no tener que enfrentarse a su realidad apestosa a orines y excrementos. Todavía conservaba a sus…

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Receta sensual by Mel Gómez

Un poquito de sabor…

Masticadores

Pedro y Rebeca se conocieron siendo cocineros de un restaurant muy importante en la gran manzana de Nueva York. Todavía se encontraban en la escuela de artes gastronómicas y deseaban, más que nada, convertirse en chefs de renombre internacional. Querían llevar la comida latinoamericana a otra dimensión y que fuera reconocida en todas partes del mundo. Tenían tantas cosas en común, que era natural que se enamoraran entre ollas y cuchillos. Pasaban las horas mirándose a los ojos e imaginando deliciosas recetas con el sazón y gusto criollo que tanto se degustan en las Américas y el Caribe.

Algunas de los platos los ensayaban con un grupo selecto de clientes sin que se diera cuenta el dueño del restaurant, pues les interesaba saber qué pensaban sobre los sabores, pero no querían dejarlas allí, sino que las querían para el restaurant que ansiaban poner cuando se graduaran. Iban guardando sus secretos…

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Siempre te recuerdo

Hoy es 5 de mayo. Para los mexicanos es la celebración de la Batalla de Puebla, para mí es el momento en que se bajó el telón de la vida de mi padre.

Una amiga me dijo esta mañana que hay momentos en que una persona muere. Cuando se le detiene el corazón, cuando le entierran, cuando dejan de hablar de él o ella, cuando le olvidan.

Si han visto la película Coco, lo entenderán.

Mientras viva no dejaré de hablar de mi papá. Lo recuerdo a diario, vive en mí. No se ha ido su caminar despacio; sus silencios que eran más que mil palabras; sus pocos, pero acertados consejos.

Una anécdota para terminar. Una tarde en la que había llegado del colegio tenía mucha hambre, pero no quería lo que mi papá me había preparado. Quería espaguetis de Chef- Boy- ar- dee. No habían en casa, por supuesto. En mi casa casi nunca había ese tipo de comida enlatada. Entonces, comencé una pataleta y una gritería porque eso era lo que quería y nada más. La noche anterior mi padre había trabajado hasta por la mañana, apenas había dormido. Me subió al auto y salió hacia la tienda. Aparcó y me dejó en él esperando. Lo vi entrar aturdido y salir con la lata de espaguetis en la mano. Cuando llegó al carro se dio cuenta de que no había pagado. «Por culpa tuya me van a meter preso, muchacha», dijo. Regresó corriendo a pagar.

Yo me sentí como una cucaracha… Iban a meter preso a mi papá por mi culpa. Por supuesto eso no pasó, solo me tranquilicé cuando lo vi volver, pero aprendí una lección, o más bien varias: tener paciencia, dar gracias por el alimento que tenía en la mesa y considerar a mi padre. La más grande, que él era capaz de hacer cualquier cosa para complacerme.

Así me amaba mi papi. Algún día te volveré a ver. Te amo, Papito.

Ocho Horas

Un recalentadito, dedicado a todas las mujeres que trabajan, cuidan a sus hijos y el cheque no les sobra para nada.

MEL GÓMEZ

Son las seis de la mañana. Ese maldito reloj anuncia que es hora de levantarse a trabajar. Astrid entra a las ocho, pero en lo que se baña, maquilla y pasa el «blower» son las seis y treinta. Mientras se mira al espejo puede ver las marcas del cansancio. Ya es jueves, sólo falta un día. «¿Un día para qué?», piensa. Sábado y domingo tiene que limpiar la casa, ayudar a los niños en las asignaciones, hacer las compras y ya, se acabó el fin de semana.

Mira el reloj, son las seis y treinta y cinco y no ha levantado a los niños. Menos mal que la escuela está cerca. No tiene tiempo para servir un desayuno y tampoco tiene mucho en la nevera que ofrecer. Llama a los niños y empieza el corre y corre.

—¡Marcos que llegamos tarde! ¡Dyanira ya deja de peinarte te vas a quedar…

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Ocho Horas

Son las seis de la mañana. Ese maldito reloj anuncia que es hora de levantarse a trabajar. Astrid entra a las ocho, pero en lo que se baña, maquilla y pasa el «blower» son las seis y treinta. Mientras se mira al espejo puede ver las marcas del cansancio. Ya es jueves, sólo falta un día. «¿Un día para qué?», piensa. Sábado y domingo tiene que limpiar la casa, ayudar a los niños en las asignaciones, hacer las compras y ya, se acabó el fin de semana.

Mira el reloj, son las seis y treinta y cinco y no ha levantado a los niños. Menos mal que la escuela está cerca. No tiene tiempo para servir un desayuno y tampoco tiene mucho en la nevera que ofrecer. Llama a los niños y empieza el corre y corre.

—¡Marcos que llegamos tarde! ¡Dyanira ya deja de peinarte te vas a quedar calva!

Le da a cada uno tres dólares que les tiene que dar para una soda y un sandwich de los que venden en la tiendita al frente del colegio y aguantar el hambre hasta que salgan del colegio a las dos. El colegio que paga con la pensión alimentaria que no da para nada más y que a veces ni llega. Pero ella es buena administradora y hace de tripas corazones. Llegan raspando para las siete y treinta y cinco. Gracias a Dios que llegó porque no aguanta otra carta del colegio por tardanza y los niños amenazando por otro demérito. Se mira en el espejo retrovisor y más o menos se ve bien, se pasa los dedos por debajo de los ojos para corregir la línea que le quedó torcida por la prisa y el delineador gastado. Se sacude el pelo.

Llega al estacionamiento del trabajo. Está lleno. Da varias vueltas y finalmente alguien sale, avanza y se estaciona. Mira el reloj, son las ocho y cinco. Va tarde. Se apresura, casi corre porque quiere ponchar antes de que la supervisora la vea llegar. Si tan solo pudiera entrar por la otra puerta y evitarla. Rápidamente pone su cartera en la gaveta de su escritorio se sienta por unos dos o tres minutos por si la supervisora pasa. De repente se acuerda que con la prisa se le quedó el almuerzo y todo el dinero que tenía se lo dio a los niños. «Otro día en blanco», suspiró. «Por lo menos me aguanto con el café», se dijo.

Se levanta y va a la cafetera, nadie ha preparado el café y decide ponerlo a hacer mientras saluda a algunas compañeras. Empieza a mirar las listas de los que vienen a buscar servicios. Hay setenta y cinco personas en fila y siguen llegando. Escucha los comentarios de la gente, que si estos empleados públicos llegan a la hora que le da la gana, que si no se organizan, que por qué piden tanto. Otro suspiro y se alista a empezar a verificar si los clientes tienen todos los documentos que necesitan para completar el trámite. Trata de sonreír. Llama el primero.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?

La cliente le explica que tiene que sacar un acta de defunción de su hermano. Ya se fastidió el día. Astrid le explica que no puede entregarle el documento porque las reglas, las cuales ella misma considera sin sentido, no permiten que un hermano lo solicite.

—Tienen que ser sus padres o sus hijos —explica.

La cliente frustrada le dice que el muerto no tiene padres ni hijos que ya todos se murieron y la mira con los ojos centelleantes de cólera. Astrid solo dice que lo siente pero es la ley. La cliente se retira murmurando y comentando con los demás las estupideces del sistema. Luego atiende a otro cliente que tenía todos los documentos. Son las nueve. Astrid siente mareos y se da cuenta que ni café ha tomado. Se levanta, va a la cafetera y encuentra que ya se tomaron el café que había dejado preparando. Maldice. Pone a preparar otro pero decide quedarse hasta que termina absorta en el ruido que hace la cafetera. La supervisora pasa y le pregunta si está cogiendo el «coffee break» que no tarde más de diez minutos porque hay demasiado público. Astrid asiente y dice «OK». Agarra el vaso desechable y le echa mucha azúcar a ver si se le quita el mareo. Toma un sorbo y entra otra empleada a la cocina. También busca café. Agradece a Astrid porque estaba hecho y toma su taza tamaño gigante, azúcar y sale de la cocina. Son las nueve y veinticinco.

Astrid sale y atiende varios clientes algunos con los documentos necesarios otros no. Unos agradecen su servicio, otros ni las gracias. Así pasa la manana, son las doce. Astrid va a la cocina y prepara otra jarra de café. Espera. Toma otro vaso desechable y prepara otro café con mucha azúcar a ver si le llena la barriga y calla a las tripas que están sonando. Se sienta y toma sorbo a sorbo con agradecimiento, si no fuera por ese café ya se habría desmayado. Una compañera le pregunta si no va a almorzar. Astrid miente.

—No tengo hambre —La compañera le ofrece del poquito que trae en su envase plástico de Tupperware que compró en una reunión de amigas. Astrid sonrie, agradece y repite que no tiene hambre. Es la una.

Llama Marcos y le dice que le dieron una nota porque todavía no había pagado el colegio. Dice que está avergonzado que todos su compañeros se dieron cuenta cuando le entregaron la carta. Astrid le dice que no se preocupe que cobra hoy y que hará el pago inmediatamente. La supervisora la mira y le recuerda que no puede recibir llamadas personales. Astrid le explica que era su hijo quien llamaba y que tenía que atender. Son las dos. Dyanira llama y le dice:

—Mamá, el señor de la transportación no quiere llevarnos porque no has pagado —Astrid mira el reloj y se desespera. Trata de calmar a la niña y le dice que espere un poco que llamará al abuelo para que los busque. La supervisora le señala el reloj. Astrid hace señas de que va a terminar y rapido llama a su padre para que busque a los niños. El padre quiere preguntar que pasa y ella le responde que no puede hablar ahora y que luego le explica. Se preocupa. Continúa su trabajo atendiendo al público pensando si los niños ya estarán en la casa. No puede llamar, la supervisora la está mirando y ella ni se atreve a tomar su «coffee break» tratando de sustituir el tiempo por el tiempo que uso resolviendo los problemas de sus hijos.

«Tengo hambre», piensa e inmediatamente cancela el pensamiento porque tiene que atender a otra persona. Son las tres y treinta. Gracias a Dios y hay pocos clientes. La supervisora la llama y le entrega el cheque. Abre el sobre sabiendo el contenido con la ilusión de que le hubieran dado un aumento. Que va, no hay aumento para nadie. Mira el cheque de la quincena y hace cálculos. No da. Son las cinco. Ocho horas para nada.

Vorágine dolorosa

Publicada originalmente en Salto al reverso.

BLOG SALTO AL REVERSO

El 25 de noviembre de 1897, se otorgó a la provincia de ultramar de Puerto Rico la Carta Autonómica, en la que autorizaba un gobierno de carácter autónomo a la isla. El régimen comenzó en febrero de 1898, pero al estallar la Guerra Hispano-Americana y la subsiguiente invasión por el ejército norteamericano, el gobierno ni siquiera pudo iniciar sus funciones. Por medio del Tratado de París, España cedió su soberanía a Estados Unidos sin que fueran consultadas las instituciones puertorriqueñas[1] . De este modo, la isla pasó de la tiranía española a la norteamericana ante los ojos de los isleños quienes no sabían cuál sería su destino en adelante. Durante la vorágine que sucedió a la invasión, el pueblo estuvo dividido y muchos actos vergonzosos, como los que suelen ocurrir durante la guerra —y que nunca fueron llevados ante la justicia—, tuvieron su escenario en las montañas de Puerto…

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