El taxista indio by Mel Goméz

Originalmente publicado en Masticadores de letras.

MasticadoresdeLetrasEspaña

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Agyakar, un inmigrante que arribó a la ciudad de Nueva York en el año 2005, llegó a la Gran Manzana huyendo de la insurgencia, las amenazas de terrorismo, y la pobreza extrema en que vivía su familia en Nueva Delhi. Profesaba el sijismo, una religión que surgió a finales del siglo XV, en un ambiente saturado de conflictos entre el hinduismo y el islam. Agyakar era muy obediente a sus creencias, por lo que mantenía su cabello azabache sin cortar, siempre debajo del turbante. Llevaba un brazalete de oro y un kirpan o espada pequeña, objetos que lo identificaban como un verdadero sij.

Desde que llegó a los Estados Unidos, Agyakar comenzó a trabajar en lo que apareciera, hasta que pudo comprar el vehículo que usaba como taxi. Su negocio era más o menos próspero, hasta que ocurrieron los ataques del 9-11, que trastocaron para siempre, la seguridad de los…

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Primer concurso de escritura organizado por MasticadoresUSA

Concurso de Halloween en Masticadores USA, abierto para todos. Spooky!!!

MasticadoresdeLetrasEspaña

En Fleming nos gusta invitar, con Mel Goméz hemos decidido crear un premio para Halooween y entregarlo el 31 de octubre, a las 00:00. Sus normas son sencillas, publicaremos en MasticadoresUSA todos los textos cortos que nos lleguen, deben incluir cualquiera de las letras de Halooween en mayúscula.

Por ejemplo: La vecina se fue a la Habitación (ya lleva la H de Halooween). Es para divertirnos y compartir nuestras inspiraciones. –j re

Normas:

Premio: 1 Euro y la publicación en los 4 Faces de Fleming (con 25.000 seguidores)

Jurado: Melba Goméz & j re crivello

Donde enviar los textos: fleminglabwork@gmail.com

¡Participa! Lo hará hasta mi gallina de corral, que no escribe pero pia y pia y… pone huevos

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Melba Goméz editará proximamente en Fleming

En octubre sale mi segundo libro: “María Estorpida”. Ya estaremos dando más información pronto.

Barcelona / j re crivello

A finales de octubre o primeros de noviembre tendremos el placer de editar el segundo libro de Mel Goméz esta apasionada escritora afincada en Texas-USA regresa con una historia de una mujer y cuatro putas y  la lucha por la supervivencia. Compartimos la portada recien salida de la factoria fleming. Genero novela corta/emociones/mujer contemporanea. Saludos -j re crivello

portada mejor

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«Amanecer borincano» A un año del huracán María

Tres mil puertorriqueños fallecieron durante el huracán María o como consecuencia de su paso por la isla de Puerto Rico, aunque el gobierno del residente de la Casa Blanca lo niegue. Nadie estaba preparado para este desastre. A un año todavía hay personas que no tienen energía eléctrica, agua potable, ni carreteras por donde pasar. Se han cerrado muchas escuelas públicas, cuando el derecho a la educación para todos es un pilar de nuestra constitución. Ni hablar del éxodo de profesionales: médicos, enfermeras, maestros. 

A un año de María,  mi gente todavía canta y cantará. Desde el día uno, la música fue su alivio, porque en Puerto Rico, hasta las piedras cantan. 

Esta es mi gente, la que lucha, la que estudia, la que trabaja. Los sobrevivientes de María, que no claudican y jamás pierden la esperanza. 

Alberto Carrión y el coro de la Universidad de Cayey, cantan desde Yabucoa, el mismo lugar por donde entró el ciclón. 

 

imagen:  sacada de la red

video: youtube.com

Principio y fin

Originalmente publicado en Salto al Reverso.

SALTO AL REVERSO

Eran las cinco de la mañana cuando Zoé llegó a su trabajo. Aparcó su vehículo y respiró profundo antes de bajarse. Tenía por costumbre dejar sus problemas personales atrás antes de entregarse a sus labores. Lloviznaba, lo que la fastidiaba porque ese día se había puesto sandalias con tacones. Tomó su bolso, la lonchera y corrió hacia el edificio intentando taparse de la lluvia que ya apretaba. Todavía era de noche.  El rocío de la madrugada despertaba su cuerpo que aún extrañaba su cama. Tocó el timbre para que el guardián abriera la puerta. El hombre abrió saludándola amablemente. Entró a su oficina, tomó papel toalla y se secó los pies. Guardó el bolso en un cajón del escritorio, encendió el computador y fue a la cocina a poner sus alimentos en el refrigerador. Los pasillos todavía estaban a media luz, solo la estación de enfermeras estaba encendida. Le dio…

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Isaías by Melba Goméz

Originalmente publicado en Masticadores de Letras.

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El mayoral de la finca llevaba a Isaías amarrado con cadenas de pies y manos, apurándolo con el machete, empujándolo. Apenas podía mantenerse de pie luego de haber sido azotado sin compasión por el capataz. Sus ropas rasgadas y ensangrentadas dejaban entrever su piel mutilada.  El amo seguía a los dos hombres, pues quería presenciar hasta el último suspiro de aquel infeliz. También lo seguía la mulata Clementina, madre del muchacho, que no se cansaba de pedir misericordia para su hijo, arrodillándose por el camino a los pies de su dueño, quien la apartaba con severidad. Los demás esclavos ya estaban reunidos, en absoluto silencio, alrededor del árbol donde ya estaba dispuesta la soga en la que sería colgado por su afrenta. Algunos guardaban silencio por miedo, otros por respeto, la mayoría por rabia. Isaías se acercaba a su final, con el rostro destrozado por los golpes, pero con la…

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Los muertos del gobierno

‘Multiple Fatalities’ In Florida Video Game Tournament Shooting

The sheriff’s office in Jacksonville, Fla., says a “mass shooting” has taken place at a Madden video game tournament.

Fuente: National online

Nada ha cambiado

a pesar de todos los que han

dado la vida sin razón.

Son los muertos del gobierno, 

asesinados por su negligencia.

¡Maldita segunda enmienda!

—¡Mierda!—

Más vale un derecho

que la vida.

Como caballo desbocado

al que no quieren poner bridas,

nada debe existir

a rienda suelta.

¡Paren ya!

¡Deténgalo!

Los desangrados lo reclaman,

llorar de nada sirve.

Harta estoy,

imágenes idénticas se suscitan,

quién sabe y un día

muera alguien que importe.

1980’s, minifaldas y hotpants (final)

Cuando nos mudamos a la nueva casa decidí que mis hijos mayores —que hasta entonces habían estado a cargo de mi mamá—, se mudaran con nosotros. A Luis no le gustó nada que trajera a los niños. Creo que ahí comenzó el final. El adoraba a su hijo, pero los míos le pesaban. En ese momento yo no tenía ni la forma, ni los medios para separarme. Solo podía concentrarme en una cosa. Terminar de estudiar. A pesar de que Oscar era muy bueno, me permitía estudiar en el trabajo y tomar mis vacaciones según las necesitara para cuando tocaran los examenes finales, llegó el momento en que no podía hacer ambas cosas: o trabajaba, o estudiaba. Me decidí por la escuela y renuncié. Cuando le di la noticia a Luis por poco me mata. De hecho, dio un puñetazo en la puerta del cuarto, que dejé allí a propósito para recordar por qué tenía que seguir estudiando.

Luis se dio cuenta de que la relación se estaba enfriando, por supuesto. ¿Y adivinen qué? Se casó conmigo y por la iglesia. Luisito nos llamaba desde los banquillos en los brazos de su abuela paterna, una mujer super especial, que fue mi amiga y consejera hasta su muerte hace unos meses. La boda fue sencilla, bonita y familiar, pero algo ya estaba muerto dentro de mí. El hecho de que él no me quisiera a mis hijos era una herida muy profunda que nunca sanó.

Como Raúl —el que fue abogado de mi primer esposo Jorge—, me había ofrecido ayuda aquel sábado que nos quedamos esperando por el susodicho, allí fui a buscar trabajo. Nunca olvido lo que alguien me dice y eso lo aprendió aquel día. Se sorprendió de que hubiera entrado a la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, ya saben, era tan “selectiva”. En fin, que me dio trabajo a tiempo parcial, muy conveniente para que pudiera terminar la carrera, además tenía el contacto directo con la práctica, lo que fue de gran ayuda cuando monté mi despacho.

Mi madre se mudó a nuestra casa, porque no pudo estar lejos de mis hijos y además quería cuidarlos. Yo apenas estaba allí. Los años subsiguientes fueron de mucho esfuerzo, cansancio extremo, lucha continua sobre todo, conmigo misma. Muchas veces me asaltaba la duda de si estaba en el lugar correcto. Estaba enamorada de la profesión, eso sí, Raúl tuvo mucho que ver en eso. Siempre me aconsejó que trabajara para mí, que tal vez era menos dinero que irme a grandes bufetes, pero yo guardaría el control de lo que hiciese. De él aprendí muchas cosas, sobre todo reírme ante la adversidad.

El final de la década de los 80’s se me fue entre libros, sin vida social, atada a la esperanza de que cuando terminara, pasaría la temida reválida. A veces me ponía como loca en medio de la temporada de exámenes, compraba pintura y pintaba las paredes, mientras lloraba desesperadamente. Luis no podía entender y se frustraba más. Me enfermé mucho en esos años. Tuve dos operaciones mayores: me sacaron la vesícula y la apéndice se me reventó, con diez meses de diferencia, pero como ya he dicho antes, tuve mucha gente que me ayudó en el camino. Heyda, mi profesora de práctica, fue una aliada incondicional. Por casualidad, o causalidad, tenía su despacho en el mismo edificio donde trabajaba con Raúl y siempre estuvo a mi disposición. Me animaba cuando me veía desfallecer y me inyectaba un poquito de esa templanza que la caracteriza.

En mayo de 1991, obtuve el diploma de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, pero ahí no acababa la tortura, era el principio de todo. Los meses siguientes, tres amigos y yo hicimos un grupo de estudio para la reválida. Arrendé un apartamento en el onceavo piso del  mismo edificio de la oficina de Raúl y este me dio acceso a su biblioteca a toda hora. Allí, en la soledad, me enfrenté a todos mis miedos. Estudiaba sin cesar, dormía y me despertaba con los códigos en la cama. Tomé el curso para la reválida, recé mucho. Hice todo lo que pude para asegurar que pasaría.

Tuve un solo desliz en esos días. Me fui a un baile de Juan Luis Guerra y su 440,  que para entonces se estaba dando a conocer con “Ojalá que llueva café en el campo”. Raúl me había aconsejado que cerrara los libros una semana antes del examen que sería definitivo en mi vida. Decía que así mi mente estaría descansada y me sería más fácil recordar. Y eso hice. Heyda me regaló el boleto y las estrellas conspiraron a mi favor.

Tomé el examen de reválida —con 633 almas más—, en septiembre del mismo año. El examen duraba tres días. Cuando salí del primero, no quería volver. La primera pregunta me había dejado perpleja por lo menos quince minutos. Miraba a todos lados y parecía que todos estaban igual, inmóviles. Nadie escribía, lo que era un consuelo, pero no ayudaba en nada. Significaba que todos nos íbamos a colgar.

Esa noche tuve un sueño premonitorio, por así decir. Les cuento. Un alguacil del Tribunal Supremo venía a buscarme con un sobre grande y me anunció que me buscaba porque era la única persona que se había colgado por un punto. Fui con él y cuando llegué estaba un hombre sentado “El juez”, parecido a uno de los que aparecen en el libro “El Principito”, casualmente mi libro favorito. Pregunté y el juez me dijo que fuera a una mesa. Cuando miré sobre ella había un crucigrama y me preguntó —¿Quién canta la canción “Pa’ bravos, yo”? —. Yo salté enseguida y contesté —¡Luigi Texidor!

Pues bien, la magia de ese sueño es, que a pesar que me gustaba la salsa —recuerden que bailaba mucho—, y había escuchado la canción, en la realidad no sabía quién la cantaba. Ese día supe que iba a pasar.

En noviembre llegó la nota de pase: 92 por ciento. Estuve entre las diez mejores notas, aunque no me importaba si hubiera pasado “Raspa Cum Laude”.

Los tres amigos que estudiaron conmigo para la reválida, también la pasaron.

El 13 de enero de 1992, juramenté para poder ejercer mi carrera. Por unos meses trabajé con una abogada que necesitaba ayuda porque estaba corriendo para un escaño político, pero tan pronto ganó me fui y por supuesto, monté mi propio despacho.

El mismo día que terminé el examen de reválida le pedí el divorcio a Luis, pero también lo invité a la juramentación. Creo que de algún modo se lo debía. He tratado de llevarme con él lo mejor posible porque tenemos un hijo en común. Él se volvió a casar ese mismo año.

Oscar, mi querido jefe, falleció este año de cáncer. Su positivismo lo acompañó hasta el final y fue el regalo que me dejó.

Raúl sigue siendo mi amigo, todavía nos comunicamos y nos reímos mucho.

Cuando voy a Puerto Rico, trato de encontrarme con mi sabia Heyda.

1980’s, minifaldas y hotpants 9

Salí embarazada durante el periodo de prueba de mi trabajo en la agencia de publicidad. Era febrero de 1986 y no encontraba como decirle a Oscar. Cuando me confesé, se echó una carcajada y me dijo —¿Necesitas que te reconozca al niño? ¿Qué te pague la pensión?  Nena, tranquila —, y siguió caminando y riendo.

Ese fue un año muy complejo. Antes de saber lo del embarazo había tomado el examen para entrar a la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico. Llegaron los resultados de mi solicitud de entrada en junio. Me quedé un rato con la carta en la mano, indecisa, sin abrirla. Me miré la barriga de cuatro meses y me pregunté si era capaz de trabajar y estudiar a la vez. Cuando abrí la carta y leí: “Felicitaciones, usted ha sido aceptada…”, me eché a llorar. Lloraba por mi suerte, mucha gente me había dicho que no me hiciera de ilusiones porque esa escuela era muy “selectiva”. Lloraba por mi embarazo, que parecía cambiar todos mis planes. En fin, no sabía qué iba a hacer.

Luis sí que se había hecho muchas ilusiones con eso de que me convirtiera en abogada. Él trabajaba en el tribunal y tenía la idea de que las letradas eran muy exitosas. Me empujó a que me registrara con la promesa de que me iba a ayudar en todo. Hoy le agradezco, aunque con esa decisión condenó la relación.

No soy una persona que acepte el “nunca” o el “no”. Cuando alguien me lo dice, lucho con todas mis ganas, hasta lograr lo que quiero. Cuando llegué a la escuela, me faltaban dos meses para dar a luz. Una profesora me dijo que me debía ir para mi casa, que ese no era un lugar para mí. (¿Volvimos al no puedes?) En fin, no le hice caso y seguí. Lloraba todos los días cuando me levantaba a las 6:00 am para el trabajo. Trabajaba hasta las 5:00 pm y me iba a la universidad hasta las 12:00 pm, que era cuando salía de la biblioteca. Y así, hasta agotarme. Los fines de semana también debía estudiar. No veía la luz del sol. Me daban unas migrañas espantosas, me deprimía. Casi no veía a mis amigos ni bailaba. Me alejé de todas las cosas que disfrutaba, vivía todo el tiempo estresada, pero no podía aceptar que ese lugar no era para mí.

Durante el embarazo nunca quise saber el sexo de la criatura. El médico me preguntaba qué tenía en casa y cuando le decía que dos varones, se echaba a reír. A mi madre no le hacía mucha gracia, pues mi hermana también tenía dos. Ella quería una muñeca para ponerle encajes y lazos, pero se quedó con las ganas.

Ya acercándose el momento del parto, estando en el mercado, vi a una mujer con un bebé en un coche. Me acerqué y el pobre  bebito tenía labio leporino. Me asusté mucho pensando que el mío pudiera venir enfermo. Creo que todas las madres temen esas cosas, pero esa visión me acompañó hasta que pude constatar que el mío estaba perfecto. El día de la cesárea, cuando me enseñaron al nene, no me enseñaron su cara y me durmieron mientras terminaban el proceso. Cuando desperté, casi histérica le pregunté a Luis cómo era su carita. Él respondió —Es muy lindo —. No le creí y tuvo que pedir que lo trajeran, solo así me calmé. Mi madre llegó como un huracán, lo desnudó y dijo desilusionada —¡Ay, no… Otro macho, no! Una generación completa de varones—. Así fue. La primera niña nació cuando cumplí 44 años.

Luis, que ya había hecho paz con la familia instantánea que traía conmigo,  aceptó comprar una casa. Luisito llegó con una casa debajo del brazo. Volví a la universidad a la semana de parir para los exámenes finales y pasé el semestre con excelentes calificaciones. Tenía mucho que hacer todavía, pero seguía flotando.

Sobreviví.

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