Estoy de aniversario en WordPress… ¡Y ya son tres!

Hace unos día WordPress me notificó que estoy de aniversario. Cuando empecé este blog no creí que iba a estar una semana. Animada por un amigo, Lcdo. Edgardo Román Espada, comencé esta aventura. Cuentos cortitos, luego cuentos en serie, pensamientos, reflexiones, crónicas, talleres, participaciones en otros blogs, revistas y libros, mi libro… 

¡Qué muchas cosas han pasado en estos tres años! Y están muchas por venir. Porque no me rindo. Sigo luchando. Un abrazo a todos mis compañeros de camino. Mil gracias por leerme y comentarme, me han animado mucho para seguir. He hecho amigos para toda la vida y lo agradezco. Ni me pongo a nombrarlos a todos, porque el año pasado traté de hacerlo en mi vídeo de Navidad y fue un desastre. Siempre alguien se me olvidaba y no porque no les recuerde ni les tenga cariño, es simplemente naturaleza humana. Pero a todos los quiero. 

Un abrazo bien apretao de su boricua.

Mel

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Dormitando by Melba Gómez

Me gusta estar entre dormido y despierto…

Masticadores de Letras

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Me gusta ese estado en el que no estoy dormido ni despierto. Los instantes justo después en que pones la cabeza en la almohada y empiezas a adormilarte. Esos en los que escuchas los sonidos a tu alrededor y se confunden con los primeros sueños disparatados. Cuando el cuerpo no pesa y el cerebro tiene espacio para expresarse a sus anchas. Los colores no tienen denominación, los olores se mezclan haciéndose casi imposibles de reconocer, los recuerdos salen a flote y los instintos prevalecen.  Es cuando se me ocurren las mejores y las peores ideas. Cuando agarrar un cinto para ponérmelo al cuello puede ser una broma de mal gusto sí, pero solo eso y cortar una rosa un sacrilegio. No existe religión, ortografía, matemáticas, ni regla alguna para lo que brota de mi subconsciente. Me gusta estar ahí, entre lo morboso y lo bello, sin reparar en nada, sin…

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El lugar al que nunca fui. (Reseña)

Comparto con ustedes la reseña de mi libro «El lugar a dónde nunca fui», que publicó Velehay en su blog. Mil gracias por tus palabras. Si quieren obtener el libro, favor de comunicarse a mi correo electrónico: melba_gomez@msn.com.

Velehay

El lugar a dónde nunca fui, es en realidad el lugar al que muchos nacidos en los 60 o 70 nos gustaría volver. Un lugar en el que la tecnología más avanzada es el boca a boca, donde los niños corren por las calles sin miedo a que se queden bobos por las imágenes agresivas que les trasmite una pantalla de 7″ o las del televisor con una vídeo consola enchufada, y otros trastos (aparatos electrónicos similares).

Se trata de un relato corto, pero intenso en emociones, en sentimientos. Que nos traslada a una época pasada no muy lejana, en la que la vida transcurría día a día, sin más sobresaltos que los que te pudiera dar un pequeño accidente de trabajo, la caída de un niño jugando al balón y que se rozara las rodillas o el parto de una vecina al cual tuviera que acudir tu madre antes…

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Simplicia

            Corría el año 1922 cuando me asignaron entrevistar a la viuda de Betances, Doña Simplicia Jimenez Carlos. Aunque no me hacía mucha gracia tener que perder una tarde de mi incipiente carrera como periodista escuchando los cuentos de una viejecita demente, decidí trasladarme al hotelito en la calle Fortaleza de San Juan en el que residía. Caminé por los rojos adoquines, contándolos uno a uno, sintiendo la brisa y el olor a salitre de la cercana bahía. Subí las escaleras hasta el tercer piso y toqué la puerta. Una joven me abrió y me acompañó hasta la salita en la que se encontraba Doña Simplicia. Me sentí transportado a otra época entre los muebles y la decoración melancólica y aburrida de aquella humilde estancia. La anciana me miró con cierta desconfianza, pero tan pronto me identifiqué extendió su mano arrugada y flaca, la que estreché devolviéndole mi mejor sonrisa.

            Antes de ir a ver a la viuda, me encargué dar un vistazo a la vida de Ramón Emeterio Betances y Alacán, el prócer que dedicó su vida y tesoro a la causa de la independencia de Puerto Rico y Cuba. A grandes rasgos había escuchado algunos detalles de su vida que me llamaban la atención. Se había enamorado perdidamente de su sobrina, María del Carmen Henry —a quien apodaban «Lita»—, con quien iba a casarse luego de que el Sumo Pontífice les dispensara por la consanguineidad, pero ese amor nunca se consumó. Consiguieron la dispensa, pero la joven falleció poco antes de su casamiento por causa de la fiebre tifoidea que contrajo estando en una escuela en Francia. Él se la llevó para atenderla a un pueblo cerca de París, pero sus cuidados fueron en vano. A los trece días de enfermar murió un Viernes Santo. Betances arregló todo el funeral para regresar sus restos a Puerto Rico. Contaban que pasaba todo el día en cementerio sembrando flores alrededor de su tumba. Se dejó crecer el pelo y la barba y se vestía de negro con un sombrero de cuáquero. La imagen misma de un despojo humano. Fue en esos días que escribió una de sus obras más importantes —en francés, que dominaba perfectamente—, «La Vierge de Borinquen». Solo su deseo de ver a su patria libre lo sacó de su depresión.

            El padre de Betances nació en la Española. Era un rico terrateniente y comerciante en Cabo Rojo, Puerto Rico. Se casó con una mujer de descendencia francesa que murió cuando Ramón Emeterio tenía nueve años. El niño fue educado por tutores en los primeros años de su vida, en la biblioteca que tenía su padre que era la más grande de la ciudad. Al morir la madre, decidió enviarlo a Toulouse, Francia a continuar sus estudios. Allí se hizo médico y cirujano. Cuando supo de un brote de cólera en el área oeste de la isla, el joven decidió regresar y se convirtió en el médico de los pobres. También era asiduo lector de Voltaire y Rousseau y estaba convencido de la igualdad de los hombres.

            Tomé una silla y me senté cerca de Doña Simplicia. La habitación olía a una mezcla de linimento y alcoholado. Me preguntaba cómo iba a comenzar una conversación con esta mujer y pensé que podría empezar curioseando sobre la manera en que había conocido a prócer.

            —Doña Simplicia —dije—, ¿cómo conoció a Betances?

            Su cara se iluminó. Con una triste sonrisa se acomodó en la silla, echó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos, recordando.

            —La primera vez que lo vi fue en la plaza de mi pueblo. Era una noche de retreta.[1] Betances ya gozaba de gran reconocimiento pues era muy activo en la política y sobre todo por su buen corazón. Oiga usted… pagaba por la libertad de los esclavos. Él y otros amigos de la Sociedad Abolicionista, esperaban en la entrada de la iglesia de Mayagüez a que fueran a bautizar a los niños y los compraban para liberarlos—respondió con notable admiración—. Eso le trajo problemas con el gobierno español por lo tuvo que irse al exilio.

            —Hay muchos rumores sobre la relación suya con el prócer.

            —Ah… Y muchas mentiras también —dijo sin molestarse.

            Doña Simplicia tenía una voz muy suave, apenas audible. Sin embargo, noté que arrastraba las erres.

            —Entonces cuénteme cuál es la verdad.

            —Betances y yo nos casamos en Cuba en 1863 cuando yo tenía veintiún años y él treinta y cinco. Sé que se ha dicho que era su criada, que vivíamos amancebados, que como yo era fea y «hombruna» él me hizo el favor de darme su nombre, pero todo eso no son más que cuentos.

            Cuando nos conocimos yo era una muchacha muy viva y simpática…coqueta también —dijo riendo—.  Él enseguida dijo que iba a casarse conmigo. Y así fue. Viví con ese hombre treinta y cinco años de mi vida —explicó recalcando el tiempo que estuvo casada.

            —¿Y cómo era su vida con él?

            —Nunca aburrida, diría yo… —rememoró—. En el 1867 vivíamos en Santo Domingo, en una casa llena de todo tipo de personas de baja calaña. Allí me dedicaba a cuidar de ellos y a colaborar en lo que pudiera. Para entonces, Betances planificaba lo que se conoció más tarde como el Grito de Lares. Estaba haciendo un ejército, le habían prometido hombres y armas, pero las cosas no resultaron como él las planeó. Se suponía que iban a atacar el 29 de septiembre de 1868. Era fin de semana de fiesta por lo que se esperaba que los españoles estuvieran borrachos y entretenidos en otras cosas. Alguien comentó lo que se proponía hacer y lo escuchó un general español y apresaron a algunos hombres. Se corrió la voz y no dejaron salir de Santo Domingo a los que vendrían a apoyar en las revueltas. En Santo Tomás confiscaron el barco con las armas. Entonces los otros que estaban en la isla decidieron adelantar el ataque sin avisarle a mi marido. El 23 de septiembre atacaron a Lares y tomaron a los españoles que allí estaban y plantaron la bandera de la independencia de Puerto Rico en el altar mayor de la iglesia del pueblo. Al otro día los insurgentes decidieron continuar hacia otros pueblos, pero allí los esperaban y fueron arrestados.

            —¿Piensa usted que el Grito de Lares fue un fracaso?

            —No, no lo fue. Gracias a eso se adelantaron otras causas muy importantes.

            —¿Cómo cuál?

            —La abolición de la esclavitud, por ejemplo —dijo con convicción—. Pero como le iba contando, unos meses antes del Grito nos fuimos a Santo Tomás. Estando allí hubo un terremoto muy fuerte. Estábamos durmiendo cuando sentimos que todo se movía. Ni alcancé a vestirme. Salimos descalzos, él en camisa de mangas y yo en enaguas —se río avergonzada—. Apenas habíamos salido, cuando el techo del aposento se desplomó. La tierra se agrietaba y el mar subió tan alto como una montaña.

            Betances me cuidaba mucho —continuó con cariño—. Cuando escribía, usted entenderá que él mantenía correspondencia con muchos de los rebeldes y los que le estaban ayudando con el ejército, siempre se refería a mí como S para que nadie me relacionara con las cosas que estaban sucediendo. Luego del 23 de septiembre las cosas se pusieron muy malas para nosotros. Me dejó en Santo Tomás mientras iba a Venezuela y cuando regresaba en abril del 1869, lo arrestaron y lo mantuvieron en una goleta por tres días. No se imagina usted mi angustia.

            —Me la puedo imaginar… Desesperante —afirmé.

            —Sí, así fue. Sus amigos me dijeron dónde estaba y me rogaron que me quedara tranquila en la casa. De allí lo trasbordaron al vapor «South America» y lo enviaron a Nueva York. Entretanto me quedé en Santa Cruz por un tiempo por razones de seguridad. Fue una separación muy dura. Pero él, estando lejos y en aquella pobreza, me hizo el mejor regalo del mundo. El 28 de julio, era mi cumpleaños y me escribió una carta hermosísima. Espere un momento, la tengo por aquí.

            La anciana se levantó lentamente y caminó hacia una mesa, casi arrastrando los pies. En una de las gavetas buscó un cofre pequeño en el que vi guardaba varios documentos, estampas y recuerdos. Sacó la carta y la puso en mis manos. Con cuidado la abrí, temí romper el papel tan viejo y leí.

            «He estado pensado en ti desde que llegué… Tengo tantos logros que cumplir, que el mejor de todos es sentir que te he conquistado… no hay poesía que describa mi amor…nunca seré nada sin ti. Prometo escribirte más. Felicidades en este día. New York 1869».[2]

            Me quedé pensando en esa confesión tan absoluta del afecto que este hombre extraordinario le hacía a esta mujer y no pude evitar pensar en el amor que le tuvo a su sobrina muerta. Sé que fue un desacierto, pero no pude evitarlo.

            —Doña Simplicia —, ¿considera que Betances le amó a usted más que a su sobrina «Lita»?

            Es claro que la anciana no esperaba esa pregunta, apretó los labios por unos segundos y luego contestó con dignidad.

            —Aquella pobre muchacha fue muy importante para él, sí… sobre todo porque la vio morir y además era su pariente.

            Ya no dijo más. El silencio de las mujeres encierra muchas historias. Tan pronto hice la pregunta me arrepentí, pero ya era tarde. Pudo decirme tantas cosas. Después de todo la primera fue la virgen que nunca pudo tocar, un deseo malogrado. Esta que tenía yo de frente, fue la mujer a quien le hizo el amor, su confidente, quien lo siguió a todas partes sin importarle los riesgos. No había comparación posible. Creo que el morbo me ganó. Decidí continuar mi entrevista con más cuidado, considerando los sentimientos de esta viejecita que había estado contestando mis preguntas con tanta candidez.

            —¿Cuánto tiempo estuvieron en Nueva York?

            —Hasta el 1872 cuando nos fuimos a Francia. Betances era incansable. Siguió su lucha por la independencia de Cuba. ¿Sabías que José Martí le pidió que se encargara de recoger dinero para pagar por la revolución?

            Asentí, para no interrumpir su pensamiento.

            » Mi Betances luchó tanto por la independencia de Cuba. Soñaba con que tan pronto se lograra su independencia, le iban a ayudar a luchar por la de Puerto Rico. Pero no fue así…—suspiró—. Mi esposo ayudó a muchos jóvenes, incluso le pagó las carreras. En una ocasión teníamos once a la vez en la casa… ¿Se imagina el alboroto? —rio con nostalgia—. A él le encantaba estar entre gente joven, con nuevas ideas. También adoptamos a Magdalena.[3] No tuvimos hijos propios, pero amábamos mucho a esa niña, como si fuera nuestra.

            —¿Cómo fueron los últimos años de su esposo?

            —Se dedicó a la ciencia e hizo algunos escritos importantes sobre medicina. Siempre preguntaba si ya Puerto Rico había alcanzado la libertad. Cuando se enteró de la invasión de Estados Unidos ya no lo pudo soportar. Alguna vez dijo que daba lo mismo ser una colonia de España que de Estados Unidos. Su salud siguió deteriorándose, estábamos rodeados de enemigos políticos y ya estaba desencantado de todo. Solo el doctor Ventura lo acompañaba.

            —¿Es el doctor Juan Bautista Ventura? ¿El mismo que la acompañó de vuelta a Puerto Rico?

            —Sí, el mismo. ¿Sabes? Dicen que Betances murió abandonado en una casa en el campo. ¡Eso es mentira! Murió en una casa de salud y lo acompañaba el doctor Ventura todo el tiempo.

            Hubo un largo silencio.

            » Cuando llegaron los restos de Betances a Cabo Rojo, los recibieron como si fueran de un rey. A pesar de que en su testamento pidió que no hicieran un funeral con pompas, fue inevitable. La gente se tiró a la calle a despedirlo con el honor que merecía.

            La anciana comenzó a llorar. Supongo que era inmensa su soledad luego de haber vivido con un hombre como Betances por tanto tiempo. Decidí concluir mi entrevista. Me despedí agradeciendo por su tiempo y besando su mano. Ella sonrió haciendo las arrugas de su rostro más evidentes.

            Cuando iba bajando las escaleras del tercer piso de aquel humilde hotel meditaba sobre la mujer que había acabado de conocer. Solo una persona muy grande pudo ser la compañera de un hombre tan complejo y soportar el peligro y la inestabilidad que su amor por él significaba. Me sentía afortunado de haber vivido aquellas dos horas con Doña Simplicia.  No es lo mismo conocer la historia a través de los libros que de los labios de quién la vivió.

            Un año después me enteré del triste final de Doña Simplicia. Algunos la acusaron de narcómana. Yo que la conocí no le daba crédito a quienes lo afirmaban. En todo caso —si era cierto—, estaba seguro de que algún dolor muy profundo habría ocasionado su adicción a los narcóticos: la soledad, el abandono, los años. Betances falleció el 16 de septiembre de 1898, dos meses después de la invasión, pero ella se quedó sola en un país extranjero por veintitrés años rodeada de enemigos. Estuvo obligada a pasar la Primera Guerra Mundial en Francia sin apoyo financiero. Aquellos a quienes Betances ayudó le dieron la espalda. Demasiado dolor, demasiadas lágrimas para un cuerpo tan frágil.

            Algo cambió en mí el día que la conocí. La historia de Betances nunca será lo mismo sin ella. Descanse en paz Doña Simplicia Jimenez Carlos viuda de Betances.

Bibliografía:

«El último libertador de América», QuieroApuntes. Disponible 6 de noviembre 2017. http://www.quieroapuntes.com/ramon-emeterio-betances.html

«La otra mujer en la vida de Betances», Dr. Félix Ojeda Reyes, 30 de octubre de 2013. http://minhpuertorico.org/index.php?option=com_content&view=article&id=2238:dr-felix-ojeda-

«Leyendas de Puerto Rico: La novia de Betances», Cayetano Coll y Toste,disponible el 4 de noviembre de 2017. http://www.preb.com/apuntes5/noviadeb.htm

«Ramón Emeterio Betances», disponible Wikipedia en español, noviembre 4 de 2017. https://es.wikipedia.org/wiki/Ram%C3%B3n_Emeterio_Betances

            «Ramón Emeterio Betances y Alacán», Tomado de Ojeda Reyes, Félix, Peregrinos de la Libertad, Editorial UPR: 1992. Disponible 4 noviembre de 2017.

http://www.independencia.net/2015-11-30-02-46-29/2015-12-02-03-38-18/ruben-berrios-martinez-2/118-historia/biografias/879-el-dr-ramon-emeterio-betances-y-alacan

«Simplicia Jimenez vda de Betances, la Guerra Mundial y su retorno a Puerto Rico el 17 de febrero de 1921», Dr. Adolfo Pérez-Comas (2015). Disponible 3 de noviembre de 2017. https://issuu.com/jalmeyda/docs/simplicia_jim__nez_vda_de_betances_

«The Grito de Lares: The Rebellion of 1868», Marisabel Brás. Disponible 3 de noviembre de 2017.

https://www.loc.gov/collections/puerto-rico-books-and-pamphlets/articles-and-essays/nineteenth-century-puerto-rico/rebellion-of-1868/

[1] Puerto Rico Ilustrado (1922). https://issuu.com/jalmeyda/docs/simplicia_jim__nez_vda_de_betances_

[2] «La otra mujer en la vida de Betances», Dr. Félix Ojeda Reyes (2013). Disponible en:  http://minhpuertorico.org/index.php?option=com_content&view=article&id=2238:dr-felix-ojeda-

[3] Magdalena Caraguel, ahijada de la pareja a quien legó sus libros de Voltaire y Rousseau, «El último libertador de América», QuieroApuntes. http://www.quieroapuntes.com/ramon-emeterio-betances.html

Imagen tomada de la red.

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Lomas Verdes: sueños de infancia

         Crecí en Lomas Verdes, un suburbio a unos veinte minutos de San Juan. Mi niñez fue protegida, como lo era la de la mayor parte de los niños que conocí en el colegio de monjas al que asistí los primeros nueve años de mi vida escolar. Ir a la escuela fue un regalo de la vida, pues tenía solo una hermana —muy aburrida, por cierto—, siete años mayor que yo y a quien no le interesaban mis juegos infantiles. En San Agustín, entre libros y otros niños, me divertía. Tuve —como todos—algunos contratiempos. Sor Rosael me halaba las orejas y me dejaba castigada después de la hora de salida. Años después, Sister Clare, me apretaba la cara y me regañaba en inglés mientras su cara blanca se enrojecía de coraje al punto que parecía explotar. Diría yo, que mis años en el colegio fueron una réplica del poderío español sobre la isla y luego la invasión americana.

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     Todo lo que sucedía en el mundo afuera de las fronteras de aquella institución repercutía en sus adentros. Así fue como la revolución cubana trajo algunos compañeros y hasta a una maestra de caderas rimbombantes y la lucha por los derechos civiles, un niño afroamericano. Aún recuerdo al niño negro objeto de burlas de los que se creían mejores por el color de la piel. Lo veía solo, en silencio, apartado. Igual que al otro que era homosexual. Siempre solo. Es por eso que la soledad siempre me ha asustado, creo que es sinónimo de tristeza, de dolor, de injusticia.

         También yo era diferente. Solo Madre Fidela me entendía. Ella se daba cuenta de que era un espíritu libre y se ocupaba de enseñarme a tocar la pandereta y las castañuelas para canalizar aquella energía que parecía nadie poder contener. Me abrazaba muy fuerte poniendo mi cabeza sobre su pecho y debajo de su hábito yo sentía la suavidad de su seno y me sentía segura y tranquila. Ella me regaló mi primer libro no escolar: «Los Hollister y el ídolo misterioso». No recuerdo el autor. Tenía ocho años cuando lo recibí de aquellas manos tan dulces. Fue el último año que la vi. Madre Fidela y las monjas agustinas fueron trasladadas a un barrio muy pobre de Santo Domingo. Según supe, dónde no tenían ni para comer.

          Mi madre era enfermera y durante los días de semana me levantaba a las cinco de la madrugada para dejarme preparada antes de irse a trabajar. Dura vida llevaba mi madre —siempre vestidita de blanco impecable—, salía muy temprano a tomar transportación pública que la llevara a San Juan. Yo tampoco se lo hacía muy fácil, me oriné en la cama hasta los nueve años y tenía que lavarme la ropa a diario. Claro que ella se desquitaba. Me mandaba a la cama cada noche a las siete, justo cuando empezaba «El mágico mundo de Disney». No importaba cuanto llorara, la orden era seca y me dormía entre lágrimas y suspiros. Algunas veces me rebelaba e inventaba canciones sobre las injusticias del mundo —desde entonces llevaba la justicia en el alma—, y empezaba a cantar a boca de jarro por los niños con hambre y las guerras en el mundo. Cuando mi padre me escuchaba, decía: «Ya empezó la niña a cantar» y se reían bajito.

            Mi padre trabajaba para la Marina de los Estados Unidos. Era un handyman, esto es: electricista, fontanero, carpintero, una especie de arréglalo todo. Usaba un overol azul oscuro y trabajaba en turnos rotativos. Él tenía un viejo Chevrolet 1954, y cuando tenía el turno de tres a once, desde la esquina escuchaba el chui chui de su carro hasta llegar a la casa. Entonces me levantaba calladita y salía a recibirlo. Él me ponía de regreso en la cama y se iba a acostar. Creo que para esa época descubrí a qué horas me orinaba. Seguro era después de las doce, porque cuando mi papá llegaba todavía estaba seca.

           La década de los 60’s era convulsa en el mundo entero: luchas por derechos civiles, asesinatos de mandatarios, la Guerra de Vietnam, pero allí, en mi querido Lomas Verdes todo era paz. En casa no se hablaba de nada que pudiera afectar nuestra infancia. Fui muy afortunada de tener los padres que tuve y de vivir en el mundo que viví. Mi amiga más antigua sigue en mi vida. Hemos crecido juntas. A veces nos reímos porque cuando hablamos de los dolores del cuerpo. Le recuerdo cuando hablábamos de la muñeca que iba a salir ese año, cuando nos llegó la menstruación y hablábamos de muchachos. Una vida entera, hermana de la vida.

          Todavía recuerdo el primer día que vi a Carmen. El salón tenía unas mesas en las que nos sentábamos varios niños. Para entonces San Agustín era una casita de madera con dos salones: el primer grado y el jardín de infantes. Nosotras entramos al kinder. Era el primer día de clases y allí estaba ella, frente a mí, como una muñequita española. Siempre me acuerdo de su piel nacarada, su pelo castaño claro y sus cachetitos rosados. Desde entonces fuimos mejores amigas, confidentes y aunque alguna vez nos separó la vida —el trabajo, los maridos, la crianza de los hijos—, volvimos a encontrarnos y esta vez —amiga—, te prometo que será hasta que la vida nos alcance.

           La otra noche me dormí y soñé con mi Lomas Verdes. Fue un viaje maravilloso a mi infancia. Como los sueños son locos, me encontré con mis amigas y hasta estaba comprando una casa de aquellas de inconfundible construcción: columnas redondas, cemento armado, techo sobrepuesto sobre las paredes con la ayuda de una grúa con cadenas y un balcón con bloques ornamentales. Allí los cánticos de coquí se escuchaban en sorround system con amplificadores y eran la mejor nana que jamás he podido escuchar. Entre el techo y las paredes quedaba un espacio abierto por donde se metían los mosquitos, las cucarachas y toda clase de bicho raro. En Puerto Rico todo es pequeño menos las cucarachas que son enormes y hasta vuelan. Dormía con mosquitero, pero un minino se las ingenió para meterse en mi cama y calentarme el cuello cada noche. Hasta que mi padre lo vio y tapizó con cemento el hueco entre la pared y el techo. Los mosquitos y las cucarachas tenían que entrar por la puerta de la casa y nunca más supe de mi gato pulgoso.

          En el colegio teníamos que comprar muchos libros y cuadernos. Usábamos un bulto muy fuerte que aguantaba todo el año el maltrato que le dábamos. La verdad es que era muy pesado y si no hubiera sido por Pedrito que tenía un carro de carga color rojo y se sentía importante conduciéndolo, habríamos desarrollado jorobas como los camellos. Teníamos una compañera de clase que era hija única y tenía tres hermanos. Como era solita, la mamá de Carmen me recogía los sábados con todo y muñecas y nos llevaba a casa de la solitaria. Entonces pasábamos las tres el día entero bañando y vistiendo muñecas. Me gustaba ir a esa casa porque la mamá nos hacía muchas cosas sabrosas de comer. Ahora que lo pienso, las tres éramos solitas. La hermana de Carmen todavía no había nacido, la otra solo tenía hermanos y yo —era como estar sola—, tenía una hermana insípida.

         Lomas Verdes ha envejecido como envejecieron sus habitantes. Nuestros padres han muerto. Esa generación que nos precedió que construyó al Puerto Rico de mis primeros años y de mi juventud. Esas gentes llenas de sueños de superación, para ellos y para nosotros sus hijos ya no están. Mis padres levantaron una muralla para que no me hiriera la vida, pero por más que trataron, eso no fue posible. Sin embargo, fueron muy exitosos en preparar mis bases: me enseñaron mis valores, a soñar y a volar.

        En estos días en que la isla pasa por esta gran prueba, me pregunto si hemos entendido la lección de María. Cuando era niña solo tenía derecho a pedir una muñeca en Navidad. Los que no tenían dinero hacían sus propios juguetes. Jugábamos en las calles y respetábamos a nuestros mayores. Aprendimos a respetar la vida humana y también la que no era. Disfrutábamos de las cosas sencillas y nos reíamos de todo. Las puertas de las casas permanecían abiertas porque nadie tomaba lo ajeno. No era un mundo perfecto, claro que no, pero fue lo mejor que pude tener y por siempre estaré agradecida.

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«Verde luz», Antonio Cabán “El Topo”.

Imágenes tomadas de la internet.

Tras la puerta/ La vieja puerta (Imagen encontró poemas)

LA POESÍA NO MUERDE

Francisco Fernández JiménezTras la puerta

Ajada, desvencijada y cuarteada me encuentro.

Pasaron los años y toda una vida de penuria por mí.

Ahora olvidada, como un objeto sin valor me encuentro.

Aún sabiendo que soy la que guarda todos los secretos de tres generaciones,

que si yo hablara o si dejara entrar a aquellos que quisieron

hurgar en vuestra vida y no se lo permití por amor,

por fidelidad a aquellos que un día me dieron una vida,

algo por lo que luchar.

Si les dejará entrar y rebuscar en mi interior,

todo lo que habéis ocultado,

todo lo que habéis aparentado,

se os echara encima como un alud de secretos e historias,

que jamás deberán de ver la luz.

Y aquí estoy destrozada y olvidada,

por que para vosotros ya no valgo nada.

Y aún así tonta de mí,

os protejo por lo que un día fui.

 Antonio Caro Escobar.(Villaneva de…

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Era la noche oscura

Hola a todos. Hoy es noche de brujas. Les regalo este microcuento para que se asusten un poco. Happy Halloween!

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SALTO AL REVERSO

Era la noche oscura. Tan oscura que la luna y las estrellas parecían haber desaparecido del firmamento. El calor sofocaba el cuerpo y el alma. Las gotas bajaban confusas. ¿Eran de sudor o lágrimas? La ropa molestaba, la piel más. Los mosquitos se aprovechaban de su cuerpo semi desnudo. Entre los ruidos —plantas eléctricas, grillos, coquíes—, se escucharon unos pasos. Una mano tibia se posó en la espalda de Edgardo. Él se sobresaltó. No esperaba a nadie a estas horas. Un dedo sobre sus labios calló sus palabras. Su corazón comenzó a latir aceleradamente. Sintió la presencia acercarse a su oído pasando su lengua por la oreja. El viento de desencadenó y pensó por un momento que se elevaba. Todo comenzó a estremecerse. El suelo, la hamaca y hasta la columna donde estaba amarrada.

Entonces escuchó una voz que le dijo:

—¡Bú!

Y su corazón se detuvo.

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El brebaje

            Era de madrugada. El gallo cantaba y azotaba sus alas en señal de que era hora de que todo el mundo se levantara en la Hacienda Villaseñor. Pero los peones y las cocineras ya estaban levantados hacía rato y pendientes de otra cosa. En medio de la mañanera algarabía, se escuchaban los gritos de Doña Mariana Alcocer de Villaseñor. Desde la una de la mañana —los niños suelen llegar a esas horas inoportunas— habían mandado a buscar al doctor para que la asistiera en el parto de quien sería el primer heredero de esta acaudalada familia.

            Don Guillermo se paseaba de un lado al otro del salón viendo como entraban y salían las mujeres con palanganas de agua caliente y toallas para asistir al buen médico. De vez en cuando entraban con un café recién colado para que el hombre pudiera sostenerse durante esta labor que a todas luces tomaría bastante tiempo.

            Villaseñor salió al porche. Un puro y otro apuraba sin que nadie le diera noticias. Escuchando los gritos de la mujer, juraba que jamás volvería a tocarla para no hacerle tanto mal. Mientras estaba en esas lucubraciones, una de las mulatas se le acercó.

            —Don Guillermo, que ya ha nacido su hija.

            —¿Mi hija? —preguntó decepcionado.

            —Sí, señor. Venga a conocerla —dijo la mujer, adivinando lo que su patrón pensaba.

            Guillermo era joven, acostumbrado a que le llamaran «don» se sentía envejecido. Cuando entró en la habitación, Mariana ya estaba arreglada con un batón blanco —entre almohadas y sábanas níveas—, su cara aun mostraba el esfuerzo de las horas de labor, pero no minaba su belleza. Con cara de susto le mostró el rollito que tenía en sus brazos.

            —Perdón —dijo—, esta vez no te di un varón.

            Guillermo no la escuchaba. Estaba anonadado con aquella cabecita color zanahoria y piel de durazno que su esposa tímidamente puso en sus brazos. Una lágrima bajó por su mejilla.

            —Perdón, ¿por qué? Si esta es la cosa más bella que he visto en mi vida.

            Llamaron a la niña Guillermina —que no era el nombre más bonito del mundo—, en honor al orgulloso padre, a quien jamás le importó que nunca llegara el tan ansiado heredero de los Villaseñor.

            Guillermina creció recibiendo los mejores cuidados y siendo consentida no solo por sus padres sino por todo aquel que vivía en la Hacienda. Se acercaban sus quince años y el padre decidió echar la casa por la ventana. Doña Mariana buscó la mejor modista de la capital para que le hiciera el vestido de exquisitos tules que había mandado a buscar de España. Música, comida, todo lo mejor para esta fiesta, pues con los quince se presentaba la mujercita a la sociedad y era menester presentarla con la pompa que la ocasión ameritaba. Las invitaciones fueron enviadas a las haciendas cercanas, esperando que alguno de los jóvenes herederos se enamorara de Guillermina, de la misma manera que había sucedido con sus padres.

            Comenzaron a llegar las primas y solo se escuchaban sus risas por el caserón. Unas a las otras se hacían trenzas y practicaban los peinados que habrían de lucir en la fiesta. Guillermina quiso ir al pueblo para comprar unos adornos y todas fueron en el coche cantando y riendo. Al llegar al pueblo, fueron de una tienda a la otra mirando, tocando, comprando todo lo que querían.

            Bartolo las observaba. El negro retinto, de unos treinta y cinco años —según los cálculos de quienes lo vieron llegar al pueblo—, enseguida posó sus ojos en Guillermina. Para entonces los negros cimarrones eran libertos y ya no andaban por la sierra acechando a los ricos hacendados, ni los soldados de la corona persiguiéndolos a ellos.  

            —Dichosos mis ojos que han visto la estrella más brillante del firmamento —piropeó el moreno.

            Guillermina, altiva como era, volvió sus ojos hacia él y escupió en el suelo con un gesto de repugnancia.  

            —Abrase visto negro más igualado —dijo recogiéndose las faldas y alejándose seguida por sus primas con la misma actitud.

            Bartolo no era un negro cualquiera. En la época de los cimarrones había sido comandante, un valiente guerrillero del grupo de rebeldes y por sus venas no corría ni una gota de sangre blanca. Era orgulloso y el desprecio que le había hecho la niña de los Villaseñor no quedaría impune, se juró.

            Llegado el día esperado, la imagen de Guillermina era como una aparición de un ángel. Su vestido blanco con cascadas de tules y toques dorados realzaban sus rojos cabellos. Sus primas eran como florecitas de colores que adornaban el jardín de niñas que la acompañaban en la ceremonia de sus quince años. Llegado el momento, su padre se arrodilló y cambió sus zapatillas de niña por zapatos de tacón para así señalar su entrada a la etapa de mujer y su disponibilidad para el matrimonio. Los herederos de las haciendas colindantes, admiraban su belleza y también hacían cuentas de cómo quedarían sus propiedades si se les añadía la de los Villaseñor. Don Guillermo los observaba y conversaba con ellos. No pensaba entregar a su mayor tesoro a cualquiera. Para él también era importante el carácter de aquel que pidiera a su hija por esposa.

            Luego de la comida en la que se ofrecieron los mejores manjares de la campiña a los comensales, empezaría el baile que no tenía hora de terminar. Guillermina fue a su habitación a cambiarse el vestido para ponerse otro que le había comprado su mamá, para esta parte de la fiesta. Sobre la cama estaba el traje tendido y un frasco de perfume francés con una tarjeta que solo leía: «Feliz quince años». Guillermina sonrió pensando que uno de los herederos que estaba en el convite le había hecho tan fino regalo. Se cambió enseguida y se puso unas gotas de la fragancia. Se miró en el espejo y se soltó el pelo. Entonces salió hacia el salón que habían arreglado para el final de los festejos.

            Alegre, llena de sueños, disfrutando de la noche y de la brisa caribeña, de pronto se vio intervenida por Bartolo que venía montado en un caballo plateado.

            —Buenas noches, niña —saludó—. Espero que haya recibido mi regalo.

            —¿Tu regalo?

            —Sí, el perfume francés que dejé sobre su cama.

            —¿Era tuyo? No sabía que tenías tan buenos gustos.

            —No conoce nada de mí, señorita.

            Guillermina rio, sin embargo, no se mofaba de él. No sabía si era el efecto de ser mujer y que ahora veía las cosas diferentes.

            —Es hermoso tu caballo —dijo.

            —Es un caballo guerrero, no hay ninguno como él.

            —Y tú, ¿eres guerrero también?

            Bartolo sonrió porque no era hombre de fanfarronear.

            —¿Quieres dar un paseo?

            —Me gustaría, pero me esperan para el vals.

            —Bien —dijo—. Ve, baila el vals y yo te espero aquí.

            Guillermina se fue con los pies livianos. Su padre la besó en la frente y bailó con ella la versión criolla del Danubio Azul hasta que los jóvenes herederos —uno por uno—, tuvo su turno. La muchacha les sonreía, pero parecía estar en otro lado, hechizada. Tan pronto terminó la pieza y comenzó oficialmente la fiesta, ella escapó ayudada por la oscuridad hasta donde estaba Bartolo quien no se había movido de allí. Sabía que volvería. Los brebajes de Asunción jamás fallaban.

            La vio regresar de puntitas, mirando hacia atrás, asegurándose de que nadie la seguía. Cuando llegó hasta él, la ayudó a subir en el caballo. El subió detrás de ella, palpando su breve figura. Ya nunca más se separaría de ella. 

           

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