Siempre te recuerdo

Hoy es 5 de mayo. Para los mexicanos es la celebración de la Batalla de Puebla, para mí es el momento en que se bajó el telón de la vida de mi padre.

Una amiga me dijo esta mañana que hay momentos en que una persona muere. Cuando se le detiene el corazón, cuando le entierran, cuando dejan de hablar de él o ella, cuando le olvidan.

Si han visto la película Coco, lo entenderán.

Mientras viva no dejaré de hablar de mi papá. Lo recuerdo a diario, vive en mí. No se ha ido su caminar despacio; sus silencios que eran más que mil palabras; sus pocos, pero acertados consejos.

Una anécdota para terminar. Una tarde en la que había llegado del colegio tenía mucha hambre, pero no quería lo que mi papá me había preparado. Quería espaguetis de Chef- Boy- ar- dee. No habían en casa, por supuesto. En mi casa casi nunca había ese tipo de comida enlatada. Entonces, comencé una pataleta y una gritería porque eso era lo que quería y nada más. La noche anterior mi padre había trabajado hasta por la mañana, apenas había dormido. Me subió al auto y salió hacia la tienda. Aparcó y me dejó en él esperando. Lo vi entrar aturdido y salir con la lata de espaguetis en la mano. Cuando llegó al carro se dio cuenta de que no había pagado. «Por culpa tuya me van a meter preso, muchacha», dijo. Regresó corriendo a pagar.

Yo me sentí como una cucaracha… Iban a meter preso a mi papá por mi culpa. Por supuesto eso no pasó, solo me tranquilicé cuando lo vi volver, pero aprendí una lección, o más bien varias: tener paciencia, dar gracias por el alimento que tenía en la mesa y considerar a mi padre. La más grande, que él era capaz de hacer cualquier cosa para complacerme.

Así me amaba mi papi. Algún día te volveré a ver. Te amo, Papito.

Ocho Horas

Un recalentadito, dedicado a todas las mujeres que trabajan, cuidan a sus hijos y el cheque no les sobra para nada.

Mel Gómez

Son las seis de la mañana. Ese maldito reloj anuncia que es hora de levantarse a trabajar. Astrid entra a las ocho, pero en lo que se baña, maquilla y pasa el «blower» son las seis y treinta. Mientras se mira al espejo puede ver las marcas del cansancio. Ya es jueves, sólo falta un día. «¿Un día para qué?», piensa. Sábado y domingo tiene que limpiar la casa, ayudar a los niños en las asignaciones, hacer las compras y ya, se acabó el fin de semana.

Mira el reloj, son las seis y treinta y cinco y no ha levantado a los niños. Menos mal que la escuela está cerca. No tiene tiempo para servir un desayuno y tampoco tiene mucho en la nevera que ofrecer. Llama a los niños y empieza el corre y corre.

—¡Marcos que llegamos tarde! ¡Dyanira ya deja de peinarte te vas a quedar…

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Ocho Horas

Son las seis de la mañana. Ese maldito reloj anuncia que es hora de levantarse a trabajar. Astrid entra a las ocho, pero en lo que se baña, maquilla y pasa el «blower» son las seis y treinta. Mientras se mira al espejo puede ver las marcas del cansancio. Ya es jueves, sólo falta un día. «¿Un día para qué?», piensa. Sábado y domingo tiene que limpiar la casa, ayudar a los niños en las asignaciones, hacer las compras y ya, se acabó el fin de semana.

Mira el reloj, son las seis y treinta y cinco y no ha levantado a los niños. Menos mal que la escuela está cerca. No tiene tiempo para servir un desayuno y tampoco tiene mucho en la nevera que ofrecer. Llama a los niños y empieza el corre y corre.

—¡Marcos que llegamos tarde! ¡Dyanira ya deja de peinarte te vas a quedar calva!

Le da a cada uno tres dólares que les tiene que dar para una soda y un sandwich de los que venden en la tiendita al frente del colegio y aguantar el hambre hasta que salgan del colegio a las dos. El colegio que paga con la pensión alimentaria que no da para nada más y que a veces ni llega. Pero ella es buena administradora y hace de tripas corazones. Llegan raspando para las siete y treinta y cinco. Gracias a Dios que llegó porque no aguanta otra carta del colegio por tardanza y los niños amenazando por otro demérito. Se mira en el espejo retrovisor y más o menos se ve bien, se pasa los dedos por debajo de los ojos para corregir la línea que le quedó torcida por la prisa y el delineador gastado. Se sacude el pelo.

Llega al estacionamiento del trabajo. Está lleno. Da varias vueltas y finalmente alguien sale, avanza y se estaciona. Mira el reloj, son las ocho y cinco. Va tarde. Se apresura, casi corre porque quiere ponchar antes de que la supervisora la vea llegar. Si tan solo pudiera entrar por la otra puerta y evitarla. Rápidamente pone su cartera en la gaveta de su escritorio se sienta por unos dos o tres minutos por si la supervisora pasa. De repente se acuerda que con la prisa se le quedó el almuerzo y todo el dinero que tenía se lo dio a los niños. «Otro día en blanco», suspiró. «Por lo menos me aguanto con el café», se dijo.

Se levanta y va a la cafetera, nadie ha preparado el café y decide ponerlo a hacer mientras saluda a algunas compañeras. Empieza a mirar las listas de los que vienen a buscar servicios. Hay setenta y cinco personas en fila y siguen llegando. Escucha los comentarios de la gente, que si estos empleados públicos llegan a la hora que le da la gana, que si no se organizan, que por qué piden tanto. Otro suspiro y se alista a empezar a verificar si los clientes tienen todos los documentos que necesitan para completar el trámite. Trata de sonreír. Llama el primero.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?

La cliente le explica que tiene que sacar un acta de defunción de su hermano. Ya se fastidió el día. Astrid le explica que no puede entregarle el documento porque las reglas, las cuales ella misma considera sin sentido, no permiten que un hermano lo solicite.

—Tienen que ser sus padres o sus hijos —explica.

La cliente frustrada le dice que el muerto no tiene padres ni hijos que ya todos se murieron y la mira con los ojos centelleantes de cólera. Astrid solo dice que lo siente pero es la ley. La cliente se retira murmurando y comentando con los demás las estupideces del sistema. Luego atiende a otro cliente que tenía todos los documentos. Son las nueve. Astrid siente mareos y se da cuenta que ni café ha tomado. Se levanta, va a la cafetera y encuentra que ya se tomaron el café que había dejado preparando. Maldice. Pone a preparar otro pero decide quedarse hasta que termina absorta en el ruido que hace la cafetera. La supervisora pasa y le pregunta si está cogiendo el «coffee break» que no tarde más de diez minutos porque hay demasiado público. Astrid asiente y dice «OK». Agarra el vaso desechable y le echa mucha azúcar a ver si se le quita el mareo. Toma un sorbo y entra otra empleada a la cocina. También busca café. Agradece a Astrid porque estaba hecho y toma su taza tamaño gigante, azúcar y sale de la cocina. Son las nueve y veinticinco.

Astrid sale y atiende varios clientes algunos con los documentos necesarios otros no. Unos agradecen su servicio, otros ni las gracias. Así pasa la manana, son las doce. Astrid va a la cocina y prepara otra jarra de café. Espera. Toma otro vaso desechable y prepara otro café con mucha azúcar a ver si le llena la barriga y calla a las tripas que están sonando. Se sienta y toma sorbo a sorbo con agradecimiento, si no fuera por ese café ya se habría desmayado. Una compañera le pregunta si no va a almorzar. Astrid miente.

—No tengo hambre —La compañera le ofrece del poquito que trae en su envase plástico de Tupperware que compró en una reunión de amigas. Astrid sonrie, agradece y repite que no tiene hambre. Es la una.

Llama Marcos y le dice que le dieron una nota porque todavía no había pagado el colegio. Dice que está avergonzado que todos su compañeros se dieron cuenta cuando le entregaron la carta. Astrid le dice que no se preocupe que cobra hoy y que hará el pago inmediatamente. La supervisora la mira y le recuerda que no puede recibir llamadas personales. Astrid le explica que era su hijo quien llamaba y que tenía que atender. Son las dos. Dyanira llama y le dice:

—Mamá, el señor de la transportación no quiere llevarnos porque no has pagado —Astrid mira el reloj y se desespera. Trata de calmar a la niña y le dice que espere un poco que llamará al abuelo para que los busque. La supervisora le señala el reloj. Astrid hace señas de que va a terminar y rapido llama a su padre para que busque a los niños. El padre quiere preguntar que pasa y ella le responde que no puede hablar ahora y que luego le explica. Se preocupa. Continúa su trabajo atendiendo al público pensando si los niños ya estarán en la casa. No puede llamar, la supervisora la está mirando y ella ni se atreve a tomar su «coffee break» tratando de sustituir el tiempo por el tiempo que uso resolviendo los problemas de sus hijos.

«Tengo hambre», piensa e inmediatamente cancela el pensamiento porque tiene que atender a otra persona. Son las tres y treinta. Gracias a Dios y hay pocos clientes. La supervisora la llama y le entrega el cheque. Abre el sobre sabiendo el contenido con la ilusión de que le hubieran dado un aumento. Que va, no hay aumento para nadie. Mira el cheque de la quincena y hace cálculos. No da. Son las cinco. Ocho horas para nada.

Vorágine dolorosa

Publicada originalmente en Salto al reverso.

BLOG SALTO AL REVERSO

El 25 de noviembre de 1897, se otorgó a la provincia de ultramar de Puerto Rico la Carta Autonómica, en la que autorizaba un gobierno de carácter autónomo a la isla. El régimen comenzó en febrero de 1898, pero al estallar la Guerra Hispano-Americana y la subsiguiente invasión por el ejército norteamericano, el gobierno ni siquiera pudo iniciar sus funciones. Por medio del Tratado de París, España cedió su soberanía a Estados Unidos sin que fueran consultadas las instituciones puertorriqueñas[1] . De este modo, la isla pasó de la tiranía española a la norteamericana ante los ojos de los isleños quienes no sabían cuál sería su destino en adelante. Durante la vorágine que sucedió a la invasión, el pueblo estuvo dividido y muchos actos vergonzosos, como los que suelen ocurrir durante la guerra —y que nunca fueron llevados ante la justicia—, tuvieron su escenario en las montañas de Puerto…

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#Diariodeunconfinado by Mel Gómez

Barcelona / j re crivello

Mi realidad alterna (desde el encierro)

Estoy acostumbrada al encierro. Al físico y al emocional.

De niña, mientras mis padres trabajaban, tenía que quedarme en casa —solita—, hasta que uno de ellos llegara. No había otro medio de comunicación en aquella época que el teléfono y su uso era carísimo. Solo se usaba para urgencias, nada de chácharas entre amiguitas. Por tanto, aprendí a estar conmigo desde entonces, aunque confieso, a veces, la soledad me abrumaba.

En estos días en que el mundo entero padece este encierro —en algunos países obligatorio, en otros, voluntario—, me he dado cuenta de que vivo en una realidad alterna. Amo el silencio. Las horas que solo son interrumpidas por el ladrido de mi perro, en introspección constante. Buscando las ideas en el aire para atraparlas y escribir, pues es la escritura, mis personajes y mis historias, lo que me sostiene en mi voluntario y…

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Canción de Despedida

No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

Imagen: Pixabay.com

La ninfa de cobre

BLOG SALTO AL REVERSO

Un hombre huraño vivía en un bosque como cualquier otro. Lo tenía todo, pero no lo sabía. La soledad lo abrumaba, tanto, que no apreciaba su vida.  Se levantaba cada mañana y no escuchaba los trinos del ruiseñor que anidaba en un árbol vecino. Tampoco se percataba de que todavía respiraba y que el aire limpio invadía sus pulmones, oxigenando cada célula de su cuerpo. No olía las flores de múltiples colores que adornaban los alrededores de su morada, ni apreciaba los tonos increíbles que ellas le regalaban. Él, arisco, no miraba las hojas verdes, el follaje precioso ni el cielo azul. No admiraba el pelaje de terciopelo de su perro fiel ni se deleitaba al tocarlo. Todo lo que comía le sabía insípido, incluso la miel de las abejas. No quería nada, solo regodearse en su soledad. Sufrir hasta que llegara su hora.

Mas ese no era el destino…

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El último lugar del mundo

Un recalentadito. Espero que lo disfruten.

BLOG SALTO AL REVERSO

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Muchas veces me había preguntado dónde quedaba el último lugar del mundo. Cuando lo hacía era porque tenía un deseo incontrolable de escapar a un sitio en el que nunca nadie me encontrara. Desaparecer. Estaba cansado del diario vivir, de las responsabilidades, del trabajo, de las cuentas, de mi mujer y hasta de mí. Quería salir de todo y comenzar una vida nueva, allá, en ese lugar recóndito. De vez en cuando pensaba que quedaba en unas islas más allá de la Siberia —recientemente encontradas a causa del hielo que se derritió en la zona—, pero de solo pensar en el frío que debía hacer, perdía el interés de inmediato. Otras veces pensaba en Australia, en la Patagonia, o en cualquier pueblo perdido en medio de las Amazonas. Jugaba con la idea a menudo, era un pensamiento repetido, pero nunca tenía suficiente coraje como para tomar una decisión tan drástica…

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La canción de Lara

Lara King cantaba en un club nocturno en la ciudad de Nueva York. No había una cantante en ese momento que pudiera igualar el registro de su voz y las notas de las melodías que tan armoniosamente salían de su prodigiosa garganta. Los músicos de la orquesta la admiraban y por doquier presumían que acompañaban aquel fenómeno de mujer con sus humildes instrumentos. Tan solo de ver a Lara subir al escenario, caminando con aquella gracia, quedaban embobados y al interpretar los primeros acordes de su canción, las lágrimas se les salían de emoción. Es que no era solamente su voz, sino el sublime palpitar de su corazón que se desbordaba en cada tonada.

            Su nombre se repetía por los barrios de «La gran manzana», despertando la curiosidad de quienes no la habían escuchado aún. El club siempre estaba repleto y hasta fila hacían por oírla cantar, aunque fuera por unos breves minutos. Muy pronto se regaron rumores por todo el mundo de su milagro melodioso, tanto que honorables y excelentísimos acudían escondidos bajo ropas y sombreros de ala ancha para no ser reconocidos, y al igual que todos quedaban cautivados con la voz de Lara.

            Su traje de lentejuelas tornasol cambiaba de color según la luz de las lámparas. Su cuerpo lucía magnífico abrazado en aquel vestido que hacía suspirar a los hombres, incluyendo a Franky, el italiano dueño del negocio. Él la amó desde el primer día que la escuchó cantar, desde entonces, en su corazón se abrió un agujero que ninguna mujer podría llenar. Lara lo sabía, pero no estaba dispuesta a ser su amante. Era negra y sabía que nunca la aceptarían ni su familia, ni sus amigos y muchos menos los suyos. Claro que lo quería, ¿quién no? Era guapo, con su pelo negrísimo, ojos inmensos de largas pestañas, cuerpo esbelto, piel oliva, y su olor mediterráneo.  Un sueño para cualquier mujer, menos para ella.

           Cuando el espectáculo terminaba, usualmente a las dos de la mañana, Lara iba a su camerino, se cambiaba dejando allí su traje tornasol y salía por la puerta de servicio, la misma por donde salía la gente de su raza, no importaba que fuera el conserje, el contador o la estrella de lugar. Esa salida daba a un callejón oscuro, en el que deambulaban toda clase de seres humanos, a los que ya poca humanidad le quedaba. Mirando al suelo, distraída, en la calleja solo se escuchaba su taconeo rítmico. Una noche, en la oscuridad, un hombre la asaltó por la espalda poniendo un afilado cuchillo en su delicado cuello, amenazando la pureza de sus cuerdas vocales.

            —Con esto él va a pagar todo lo que me debe —dijo el hombre con un inconfundible acento italiano.

          El corazón de Lara palpitaba aceleradamente, quieta, sin siquiera atreverse a respirar profundo, no lograba entender por qué la atacaban. Claramente el hombre no deseaba nada de ella, no intentaba violarla, ni siquiera quitarle su bolso, solo cobrar una deuda que no era suya. Pero ¿quién debía dinero a este hombre? Aterrada, ensimismada en sus nefastos pensamientos, preparándose para la muerte, de pronto el individuo se desplomó salpicándola de sangre. Lara no escuchó disparos, más bien un sonido sordo de un arma de fuego. Atontada como estaba, alguien agarró su brazo y la llevó casi a rastras hasta subirla a un coche.

           El hombre que manejaba era un desconocido. Estaba tan cansada, primero el show, después el evento del atacante y ahora un secuestrador. Parecía que iba a ser una larga noche. De reojo miró al hombre en el volante. Era como cualquier otro italiano, veía muchos en el club todas las noches, pero este no le hablaba. Mantenía sus ojos en el camino, sin distraerse. Lara pensó en tirarse del vehículo en marcha, ¿qué podría pasarle? Una que otra laceración, un golpe, pero podría escapar. Era mejor que mantenerse a la expectativa, sumisa, sin luchar. Había aprendido a subsistir desde hacía mucho. Cuando trató de abrir la puerta, no pudo. El hombre agarró su muñeca tan fuerte que pensó que se la iba a quebrar.

            —No entiendo nada. ¿Me puede explicar?

            Silencio por respuesta. Lara intentaba soltarse, pero la apretaba más aún. Manejó hasta un camino estrecho, bordeado por árboles enormes y tan oscuro que apenas podía verse las manos. Una vez allí, detuvo el carro. Se bajó dando una vuelta para abrirle la puerta.

            —¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?  

            La agarró por el brazo halándola para sacarla. Ella se resistía, pero fue en vano. El hombre era más fuerte. Una vez afuera la condujo por un camino de tierra, hasta una cabaña que apenas tenía una luz tenue en el pórtico. Tomó una llave que estaba en una vasija y abrió. Encendió la luz e hizo que Lara entrara, luego se fue, dejándola adentro encerrada bajo llave.

            Lara repasó el lugar con los ojos. Un catre en el suelo sucio y con manchas de sangre y una silla era todo el mobiliario. Tenía ganas de orinar, solo había una puerta e imaginó que era el baño. Al abrir la puerta la peste a sangre podrida la hizo dar un paso hacia atrás. Desistió y decidió aliviarse en un cubo que estaba en la habitación. Después se sentó a esperar qué pasaría en adelante. Lara no sabía hacer nada sin cantar, así que empezó a tararear «La vie en rose» de Edith Piaf. Cuando cantaba se elevaba a un lugar seguro, en donde nadie podía hacerle daño.

            Lara nació en Louisiana y empezó a cantar cuando apenas caminaba. Su canción era lo único que tenía. Su padre era alcohólico y cuando llegaba —si llegaba—, estallaba en gritos por cualquier cosa y después agredía a la madre. La niña asustada se escondía hasta que todo acabara. Tan pronto se iba, la pobre mujer, con su cara desfigurada, la tomaba en brazos, le cantaba canciones de la Piaf y le prometía que su vida algún día sería rosada como la canción. Un día todo acabó para siempre. El recuerdo que Lara tenía de su madre era una cara amorfa y sangrante y aquella canción en un idioma desconocido. De allí la llevaron a una casa para niños sin padres —aunque tenía al suyo estaba preso y la sola idea de vivir con él le aterraba—, allí sufrió toda clase de abusos y solo su canción francesa la consolaba. Un día un hombre que pasaba la escuchó cantar y prometió pagar una generosa mensualidad al hogar si se la entregaban. Solo tenía quince años. Ese hombre era Franky. Contrario a lo que muchos pensaron, él nunca tocó a Lara y la trató con decencia, dentro de las limitaciones que el color de su piel le imponían. Franky la amaba de verdad.

            Pasaron cerca de dos horas cuando escuchó que entraban la llave. Se puso de pie instintivamente, aunque sus piernas casi no la sostenían. Tres hombres, incluyendo el que la había traído, entraron en la habitación.

            —Bueno linda, sabemos que eres lo más valioso que tiene Franky. Lo hemos citado para que pague el rescate por tu vida —dijo el primero, pero este no era italiano. Le parecía más bien ruso: alto, de pelo rubio casi blanco y el acento característico.

            —No sé por qué Franky pagaría por mí. Solo soy una cantante y hasta pensaba en renunciar al club —dijo sin meditar en el riesgo en que ponía su vida.

      —Eso no lo crees ni tú —respondió el otro acercándose a ella amenazadoramente.

            —Es cierto. Ya se lo había adelantado. A estas horas a él no le debe ni importar lo que hagan conmigo.

            El hombre la abofeteó. Ella cayó al suelo.

            —En verdad crees que somos estúpidos. Te hemos seguido por días, sabemos donde vives, lo que haces. Franky haría lo que fuera por ti.

            Lara decidió callar, un hilo de sangre le recorría desde la esquina de la boca al cuello. Se imaginaba como su madre, con la cara rota.

            —Prepárate que nos vamos.

            La joven obedeció. Siguió con los hombres y subió a un auto negro, Lincoln Zephyr 1940. El hombre que no hablaba retomó el volante y emprendió el viaje. Por el camino los hombres intercambiaban miradas. En una u otra ocasión hacían comentarios sobre si Franky iría al lugar que habían establecido para hacer el canje. Lara ya se daba por muerta. Aunque reconocía que era un buen negocio para Franky, no sabía cuánto le debía a aquellos hombres y si estaba en posición de pagar. Su futuro era incierto y en su mente empezó a tararear su canción, la de la Piaf, aquella que la salvaba siempre.

            Viajaron casi tres horas hasta llegar a un puerto. Todo estaba oscuro, apenas iluminado por uno u otro farol. Aparcaron hacia la entrada. Se quedaron en el auto, en expectativa. Cinco minutos después otro auto llegaba cegándolos momentáneamente. Quedaron frente a frente y el recién llegado apagó las luces. Nadie descendía de ninguno de los carros. Fueron minutos de mucha tensión. Nadie hablaba en el auto en que estaba Lara. Por fin Franky bajó y se quedó parado frente al carro con un maletín en la mano. Uno de los hombres que estaba con Lara también bajó ocultando un arma en su sobretodo. Caminó despacio hacia Franky.

            —¿Dónde está Lara? —preguntó el italiano.

            —El dinero primero… —respondió sacando el arma.

            —Quiero verla primero —exigió.

         El hombre hizo un gesto a los que estaban en el carro, para que dejaran salir a Lara.

            —Cuidado no intentar nada —le advirtió el mafioso agarrando a la muchacha del brazo.

            —Vengan más cerca —pidió Franky—. Lara, ¿estás bien?

            —Sí, estoy bien.

       —Ya está bueno de conversación. Entréganos el dinero y te entregaremos a la negra.

            Franky se tragó la furia por amor a Lara. No quería que los hombres se alteraran y fueran a hacerle algún daño. Puso el maletín en el suelo y lo empujó con el pie hacia el malandrín. Este se agachó apuntando con el arma y tomó el bulto. Lo abrió y sonrió satisfecho. El dinero estaba completo.

          —¡Vamos! —ordenó a los otros, empujando a Lara quien cayó al suelo.

            Encendieron el vehículo, pero antes de marcharse, dispararon a Franky hiriéndolo en el pecho. Lara se arrastró hasta donde estaba su amado.

Franky y Lara se mudaron a Francia. Se fueron a donde podían vivir su amor. Su canción los había salvado para siempre.    

¡FELIZ 2020!!!

Mañana se acaba un año de mucho aprendizaje para mí. Doy gracias por todo lo que tengo y por lo que no tengo también, pues quiere decir que no me hacía falta o no me convenía. Estoy feliz de tener a mi madre, mis hijos y mis nietos, quienes son mi razón de existir. Doy gracias por mis amigos, porque se preocupan por mí, porque me escuchan cuando estoy triste y me atienden cuando estoy imposible. Doy gracias por la salud, pues aunque estuvo quebrantada, fui sanada con prontitud y estoy de nuevo en pie. Por todos los eventos que ocurrieron en el Verano 2019 en Puerto Rico, algo para recordar siempre. ¡Hay esperanzas! Por los amigos nacidos en este verano tan especial. Finalmente, por mi esposo Javier. Por sus cuidados cuando estuve recuperándome; porque me entiende y me deja volar hacia mis sueños y hacia mi islita, cuando se me acaban las baterías y solo el sol borincano puede cargarlas. A ustedes todos, los que me leen, un abrazo y los deseos de que el 2020 sea un año mejor para la humanidad.