En la Madre Patria

Aquí estoy en Barcelona dándome cuenta de que mi recorrido por la tierra de Cervantes se acerca vertiginosamente a su final. Me siento como el conejito de Quick cuando decía “Qué sonido tan triste cuando se acaba”. Pero me rehúso a entristecer. Primero, soy más que afortunada de haber podido hacer el viaje. Segundo, ponerle cara a los blogueros que he conocido hasta hoy ha sido una bendición.

Manuel, de ti recibí la primera llamada de bienvenida tan pronto llegué a Madrid. Anita, eres un sol al igual que tus padres. Y aprendí que Gijón se escribe sin ” u”. José Luis, gracias por no dejarme ir de Oviedo sin un abrazo. Luisa eres una mujer extraordinaria, gallega hasta el tuétano. Antonio, reconozco tu infinita paciencia, tu dedicación y el cariño que pusiste para que nos sintiéramos bienvenidas en Galicia, siempre estaremos agradecidas. Olé con las estampitas y los rosarios. Jaaaa.

Ya me faltan mis amigos de Barcelona y reunirnos con los de Madrid. Quizás les parezca raro que haya viajado al otro lado del mundo para conocerlos, pero no me arrepiento ni un segundo. Es maravilloso ver su tierra a través de sus ojos.

Besos en las dos mejillas.

Seguiremos informando.

melbag123

Anuncios

Me voy pa’ España y Olé!!!

Aquí tratando de cerrar la maleta. ¿Saben el trabajo que da cerrar una maleta “carry on”, que contiene lo que vas a usar un viaje de dos semanas? Sí, porque voy a visitar la Madre Patria y como voy a estar para arriba y para abajo ni modo que lo haga con un baúl como los que usaban las abuelas en aquellas travesías, con aquellos vestidos de cancanes que ni hablar. 

Pues amigos, estaré en Madrid, Oviedo, Betanzos, Barcelona y Madrid de nuevo. Espero ver a algunos de los amigos que he aprendido a querer desde la distancia con el asomo de lo que hay dentro de sus almas en sus escritos. 

Bueno, me voy, que me voy a sentar encima de la bendita maleta para cerrarla, suplicando que el de la aduana no me pida que la abra. Me pasó en el último viaje por una extraña botella de maquillaje. 

Los veo en dos semanas, si no los veo en España. 

Besos a todos.

Mel

 

La sombra

Publicado en Salto al reverso. Espero que les guste. Saludos desde un nublado San Antonio.

SALTO AL REVERSO

Y el cabrón se murió el día de mi cumpleaños. Como si no me hubiera jodido la vida lo suficiente, se murió. Así de fácil. De la misma forma dramática que entró a mi vida se fue. Cosa de que lo recordara para siempre. Tuve que respirar muy hondo para tragarme la noticia. Siempre fue así. La cosa era llevarme la contraria.

Aquella tarde recibí un ramo de lirios sin tarjeta. Apestaban a funeraria y los tiré a la basura. Mis amigas me invitaron al pub de costumbre. Me arreglé con desgano y subí al coche. Miraba por el retrovisor y una sombra en el asiento de atrás me asustó. Frené de golpe en un lugar en el que no me hubiera detenido ni de día. Un vagabundo —que por mi madre se parecía al difunto—, pasó por el lado y me vio de reojo. Respiré profundo y me giré…

Ver la entrada original 239 palabras más

Más allá del sexo (Final)

               —No entendí lo que te dijo el doctor, Edward. ¿De qué enfermedad habla?

          —Pues no entendí muy bien… Es un virus muy traicionero. Casi no se sabe nada sobre él. Tienes que hacerte unos exámenes para saber si te he contagiado.

            —¿Es contagioso?

            —Eso dice él…

            —¿Y cuándo te contagiaste tú?

            —Arturo… Cuando tu padre te llevó de la universidad, estaba desesperado…Una noche salí y tomé de más… Estaba en el pueblo… Había un hombre que no era de la universidad, no lo había visto nunca…

            —Edward… ¿Estuviste con otra persona? —pregunté dolorido—. ¿Estuviste con otro mientras yo estaba en un manicomio porque no podía vivir sin ti?

            —¡Yo tampoco podía vivir sin ti!

            —Ah… Y así intentaste curarte…Ya entiendo…

            —No, Arturo… Por favor, no fue así…

            Ya no escuché nada más. Empujé la puerta para no estar cerca de él ni un minuto más. Estuve caminando no sé por cuantas horas. Cayó la noche, luego llegó la madrugada y aletargado regresé a nuestro apartamento. Abrí la puerta y cuando encendí la luz, Edward estaba esperándome.

            —¿Dónde has estado? Dejaste el auto en el hospital.

            —Sí, de todos modos, tengo que ir mañana a hacerme las pruebas para saber si tengo el bendito virus.           

            —Arturo, por favor… Te suplico que me perdones.

         —Ya te he perdonado —le contesté de corazón. Él era mi vida, no me importaba lo que había hecho. Solo quería estar a su lado y enfrentar lo que fuera que se nos viniera encima.  

            Él se levantó de la silla en la que estaba y caminó hacia mí. Tan grande como era se arrodilló y agarrando mis piernas se echó a llorar como un niño.

            —Nada más pensar que te había perdido, era peor que la muerte —dijo mientras sollozaba.

            —Anda, levántate que no estás bien y tienes que descansar —le dije ayudándolo a ponerse de pie—. Mañana no vamos a trabajar. Yo voy al laboratorio y regreso enseguida. ¿Te parece?

            Edward sonrió y nos fuimos a dormir. Esa noche la sombra de la muerte acrecentaba la luz del amor que nos teníamos. Alondra durmió entre nosotros libre, en paz y eterna —en aquel lugar que pocos entendían—, mucho más allá del sexo.    

#### 

              Dedicado a todos aquellos seres humanos que fueron y son juzgados por ser diferentes. A todos aquellos que fallecieron víctimas del SIDA. A aquellos 15,000 soldados transexuales que actualmente luchan en las filas del ejército de los Estados Unidos y que han sido más valientes que el propio residente de la Casa Blanca que se excusó varias veces para no ir a la guerra. Hace dos días el residente aprovechando que todo el mundo estaba pendiente al huracán Harvey, firmó una ley que prohíbe a los transexuales ser parte del ejército, indefinidamente. A todos los perseguidos.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (11)

            Me fui enseguida a San Francisco. ¡Qué lugar tan espectacular! Alondra salió de su capullo por fin, abriendo sus alas amplias y coloridas. Comencé a dar clases mientras trabajaba para terminar mi grado. Edward llegó casi enseguida y fue contratado por una compañía de computación. Nadie se metía con nosotros. Podíamos salir a la luz del día y en la noche como cualquier pareja. No supe nada más de mis padres, pero sabía que ese era el precio de mi libertad.

            Una tarde me llamaron del trabajo de Edward. Se había desmayado y lo habían enviado a la sala de urgencias. Salí desesperado. ¿Qué le podía pasar? Miles de cosas pasaron por mi mente. Tal vez se esforzó tanto en la universidad que se afectó su corazón. Alguna anemia. ¿Quién sabe? Siempre pasa por la mente lo peor. Cuando llegué estaba acostado en la camilla. La enfermera estaba sacando varios tubos de sangre. Llegué a él y lo besé en los labios. La enfermera sonrió y nos dejó solos.

            —¿Qué te pasó?

         —No sé. Me sentí mareado y me desmayé. No me dio tiempo para nada. Cuando desperté ya estaba aquí.

            —¿Y qué te han dicho?

            —Nada todavía. Me están haciendo unos estudios.

            Estuvimos esperando varias horas. En los hospitales nadie tiene prisa, solo el enfermo y el que lo acompaña. Si se te ocurre preguntar, te miran mal y te despachan con que están esperando por los laboratorios. Vuelves a tu silla y buscas cualquier conversación que anime al paciente —que por algo le llaman paciente—, hasta que por fin aparece el doctor con una cara indescifrable y con un aire de «lo sé todo». Entonces lo miras con ojos suplicantes —por favor, dame una buena noticia—, y le perdonas que te haya dejado esperando tanto tiempo.

        Pero en el caso de Edward no fue así. Él parecía tener una extraña enfermedad, no muy conocida. El médico me pidió que saliera de la habitación para hablar en privado con él. No sé cómo quedaron las baldosas de tanto que caminé sobre ellas aquella tarde. Cuando salió el médico, entré despacio en la habitación. Edward estaba muy pálido. Tomé su mano y estaba tan frío como las cervezas del bar de Frank.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (10)

Empecé a buscar como desesperado trabajo en San Francisco. Me había informado sobre esa ciudad. Durante la Segunda Guerra Mundial habían enviado allí a las personas que se «sospechaba» eran homosexuales. Por esta razón había una comunidad establecida en el área. Allí Edward y yo podíamos estar juntos, sin que nadie nos rechazara. El tiempo se estaba agotando. Habían pasado casi cinco meses y nada. Una mañana la secretaria me entregó un sobre que puse sobre el escritorio sin darle mucha atención. Salí a almorzar y cuando regresé mi padre estaba esperándome con él en la mano.

            —¿Me puedes explicar de qué se trata esto?

            —¿De qué se trata qué?

            —Este sobre…

            —No sé. Ni siquiera lo he visto.

            —Es una oferta de trabajo en la Facultad de Literatura de la Universidad de San Francisco.  

            —¿De verdad? —dije arrancándole el sobre de las manos.

            —Arturo, no me digas que sigues con eso…

            —¿Con qué, padre? Solo es una oferta de trabajo. Soy un amante de la Literatura y lo sabes muy bien. Es cierto que no terminé la carrera, pero este trabajo me da la oportunidad de hacerlo.

            —Sí, te da la oportunidad de hacer muchas cosas. Está como quién dice, al otro lado del mundo.

            —Padre, no puedes tenerme siempre liado a tu falda.

            —Vas a ser un desviado toda la vida —sentenció rabioso y se fue.

            Tomé el teléfono y llamé por primera vez a Edward. Mi voz temblaba cuando le di la noticia. Él no podía creerlo. Tan pronto terminara la carrera, en un mes, estaríamos juntos otra vez. Mi madre armó un escándalo cuando le dije que había aceptado la oferta de empleo en San Francisco. Mi padre ya no me dirigió más la palabra y yo no tenía tiempo para perder en más reclamaciones.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (9)

Mi padre fue a recogerme para cerciorarse de que ya era todo un varón. Me llevó a una casa de prostitutas y le pagó a una para que me hiciera el servicio.

            —Eres preciosa —le dije—. Pero puedes hacerme un favor.

            —Sí, claro. Lo que quieras —contestó ella.

            —Ya mi padre te pagó. Y yo estoy enamoradísimo y mi padre odia a mi amor. Por eso me trajo aquí. Y yo no puedo serle infiel a mi amor. ¿Entiendes eso?

            —¡Ah! Sí, eres un romanticón. Adoro los hombres así. Claro que te ayudo, hombre. Total, para mí es mejor. Tengo el dinero y menos desgaste —dijo señalándome su vulva—. ¿Tu entiendes?

            —¡Jajaja! Sí, claro que entiendo —reí con ganas—. ¿Sabes qué? Hace mucho tiempo no reía así. Por lo menos la inversión de mi padre ha valido la pena.

            Nos quedamos hablando y riendo por la media hora pactada. Al cabo, bajamos las escaleras dándonos besos.

            —Hasta pronto, corazón —le dije, dándole una nalgada.

            Caminé con mi padre hasta el auto. Él parecía complacido por el resultado obtenido por el psiquiatra tan capacitado.

            —Debes tener hambre —dijo—. Después de los revolcones da bastante apetito.

            —Sí, tengo mucha hambre —contesté obviando su vulgaridad.

            —Pues no te preocupes, porque tu madre te espera con un banquete. Ha preparado tu plato favorito. Así es que alístate para comer a lo lindo.

            Devolví una sonrisa a mi padre y apenas le hablé por todo el camino de regreso a casa. Cuando llegamos, mi madre esperaba en el porche casi dando saltitos. Me abrazó como lo hacen las madres de los soldados al regresar de la guerra. No sabía ella que la mía era una de por vida. Tal como había anunciado papá, había comida allí como para un regimiento. Ni siquiera dándome un revolcón con Edward habría podido comer yo solo todo aquello. Pero hice mi esfuerzo y probé todo lo que pude hasta dejar a la cocinera satisfecha. Luego me despedí con la excusa de que estaba cansado. Mi madre protestó, pero él la detuvo con un ademán.

            Entré en el baño y me miré a los ojos. Allí estaba Alondra como siempre, dándome fuerzas para seguir. Tenía ojeras y parecía que había envejecido unos años desde la horrible noche en que mi padre nos sorprendió. Ahora tenía que empezar a planificar lo que iba a hacer para reunirme con Edward. Él estaba a meses de su graduación. Solo necesitaba dejarle saber que cuando lo hiciera yo estaría esperándolo. Le dije a mi padre que me dejara trabajar para su empresa. Al fin y al cabo, necesitaba dinero para poder moverme. Él aceptó, pues se negaba a dejarme ir a otra universidad. Me dio un sueldo respetable.

            Cuando las cosas parecían calmadas, tomé un apartado de correo y escribí una carta a Edward en términos generales. Él contestó enseguida, explicando que le faltaban solo seis meses para su graduación. Rompí la carta tan pronto la leí.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (8)

            —Tu padre me ha dicho que tenías una relación con un hombre —dijo el psiquiatra acomodándose los lentes. Había tratado de discutir este tema conmigo desde el mismo día en que me ingresaron.

            No contesté.

            » ¿Es que te gustan los hombres? Puedes hablar conmigo. Todo lo que hablemos se queda entre nosotros. No le diré ni siquiera a tus padres. Además, eres mayor de edad y eres responsable de tu persona.

            —¿Alguna vez usted ha sentido que no es usted? —pregunté harto, decidido a que me dejara en paz.

            —No. Pero puedes explicarme qué quieres decir con eso.

            —Mire, doctor… Desde que era niño, yo sabía que una mujer vivía dentro de mí. Que este cuerpo que tengo, no me correspondía. Yo no quería jugar los juegos bruscos que jugaban los varones, prefería los juegos de niñas. Cuando estaba en la adolescencia, tenía muchas amigas. Me gustaba estar con ellas, pero no me atraían en el sentido sexual. Me atraía su belleza, sus vestidos, sus peinados, pero solo porque quería ser como ellas. Usted no tiene ni idea de la desesperación que sentía al no poder serlo. ¡Es que estoy atrapado, doctor! Y ya no quiero estarlo. ¡Odio mi cuerpo! Yo no soy quien soy.

            —¿Dice usted que siente que una mujer vive dentro de usted?

            —Sí, señor. Eso he sentido toda mi vida —respondí llorando en total desespero.

            —Es que usted tiene un trastorno de personalidad —respondió el galeno—. No se preocupe. Vamos a ayudarlo. Cuando esté repuesto podrá irse libre de este problema.

            Me di cuenta que el psiquiatra no tenía idea de lo que le estaba hablando. Decidí callar desde entonces y «tomar» la pastilla que me iba a liberar de Alondra. Pobrecita mía, cómo si pudiera matarla con una pastilla. Estuve tres meses en el sanatorio. Sabía que observaban cada uno de mis movimientos y no hice nada para comunicarme con Edward a pesar de lo mucho que lo extrañaba. En cada reunión con el médico le decía que me sentía mejor. Que ya no sentía que quería liberarme de nada. Que no había ninguna mujer dentro de mí. Que ya me estaba conforme con mi condición de varón, le dije un día. Ufano por haberme sanado de mi depravación moral, me dio de alta.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1

Más allá del sexo (7)

           Enseguida reconocí la voz de mi padre a mis espaldas.

            —¿Esto es lo andas haciendo? ¡Qué vergüenza! Un hijo mío…

            Papá quiso abalanzarse sobre Edward cuando lo detuve. Estaba furioso, colérico, violento, fuera de sí.  

            Edward me miró con horror.

            —Corre…—le grité.

            —No…

            —Por favor, vete… ¡Piensa! —insistí y al ver que no se movía lo empujé.

            Edward me dirigió la mirada más triste que he visto en mi vida —las lágrimas ahogaban sus ojos —, luego vi la duda, el miedo y entonces corrió hasta que se perdió en la noche.

            —Padre…

            —¿Quién es ese? —preguntó dándome una bofetada—.  Dime ahora mismo quién es ese desviado…

            —Por favor, déjame explicarte…

    —¿Qué quieres explicarme? ¿Qué eres un enfermo, un pervertido, un degenerado?

            —Si me escucharas…

         —Debería darte la paliza que no te di cuando eras un niño. Has destruido la confianza que tenía en ti, pero no pienso pagar un solo centavo más para que sigas aquí manchando mi nombre. Vuelves conmigo a casa ahora mismo. ¡Recoge todo!

            —¿Y si no voy?

       —Removeré cielo y tierra para saber quién estaba contigo. Y te juro, que armaré un escándalo tal que vas a enderezarte para siempre.

            Mi padre jamás juraba en vano. Temí por Edward, por su carrera que tanto sacrificio le costaba.

            —Pero quiero terminar mi carrera.

            —Eso lo debiste pensar antes de…

            Nada que dijera podía convencer a mi padre. Volví con él a casa. Por el camino veía como se mordía los labios, apretaba las manos al volante desesperado y de vez en cuando me miraba con una mezcla de amor y desilusión. Sentía el peso de su vergüenza y me dolía saber que le causaba este dolor. Pero dentro de mí, en mi corazón yo no había hecho nada malo, ni indecente, ni inmoral. No era posible que aquello que sentía fuera motivo de bochorno ni para él, ni para mí.  Cuando llegamos no saludé a mi madre.  Caminé directamente hacia mi cuarto y me encerré— acostado y arropado hasta la cabeza—, sin comer, ni hablar con nadie por días.  No me atrevía a hacer ningún contacto con Edward para no incriminarlo. Ya estaba a punto de lograr su meta y no iba a ser yo quien se lo iba a impedir.

          Mi madre tocaba la puerta, pero no me interesaba hablar con ella ni con nadie. Una tarde llevaron un psiquiatra para que me atendiera. Como no abría la puerta, la forzaron. Mi madre se horrorizó al ver todo el peso que había perdido. Parecía un fantasma, un despojo, la sombra de lo que fui.  El médico nada más de verme dijo que había que llevarme al hospital. Yo no tenía voluntad y me fui sin hacer resistencia. Una vez allí, comenzaron a darme medicamentos para la depresión. Cuando vieron que no salía de mi estado, me trataron con terapia electro convulsiva. El médico se reunía conmigo diariamente para ver si avanzaba, pero ya nada me importaba. Alondra estaba aterrada dentro de mí. Temía que la muerte me alcanzara sin haber visto a Edward una vez más.

Copyrighted.com Registered & Protected  ZMOK-MEL9-75JM-ERC1