Hasta luego, Mamá Sunsa

Dicen que cuando los viejitos llevan mucho tiempo juntos si uno muere el otro no tarda mucho en partir.  En mayo despedimos a Papá abuelo, el abuelito de mi hijo Luis, el menor. Ayer me notificaron la partida de su esposa de toda la vida. 

Cuando llegué a esta familia ya yo tenía dos hijos y Mamá Sunsa los recibió con muchos besos. Recuerdo que me expresó sus deseos de tener en sus brazos un nieto a quien acunar. Mamá Sunsa era —se me hace muy difícil escribir de ella en pasado—, una mujer de inteligencia superior y sobre todo, de sabiduría superior. Cuando la conocí era directora de una escuela de la que se retiró solo para darse el gusto de cuidar a mi niño y a los nietos que llegarían después. 

Sufrió mi divorcio, pero como ya les dije, era una mujer tan sabia que supo separar el amor que tenía por su hijo y no perderse en esos detalles y mantuvo conmigo hasta este día, una relación preciosísima, que siempre voy a atesorar. Mi querida Mamá Sunsa, fue mi amiga, mi confidente, mi consejera y algunas veces mi madre. 

La voy a extrañar mucho, sobre todo el día de nuestro cumpleaños, porque hasta cumplimos el mismo día. De ahora en adelante, la honraré el 29 de mayo. 

Sepan todos que había una mujer muy sabia, que regalaba amor a raudales, que adoraba a los niños suyos y no suyos, y que fue mi amiga. 

Hasta luego Mamá Sunsa.

Calle 13 -algunas ideas al respecto-

Ya está a la venta «Calle 13» en AMAZON.

Barcelona / j re crivello

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A veces aparece un tipo no muy alto y dice que tu árbol y el jazmín centenario le ensucian su patio. Y uno condescendiente se frena antes de atarle el cuello con soga de algodón para apretar y dice un si ininteligible y se monta en una escalera a los 38 grados de este verano para matar vecinos y poda la reserva del planeta. Así son los que habitan este condominio azul, indómito y atrevido del plástico, el aire que emite CO2 y todo lo que suponga darle vida a la temperatura social.

Calle 13, es la fuerza de 14 escritores metidos en una luciérnaga voladora que imaginan una Calle donde aparecen viejos zorros, resucitan recuerdos o se atreven a marearse personajes de ficción, pero la realidad es más atroz o un poco diferente como nuestros vecinos.

El proyecto surgió en una incubadora, el taller (FlemingLAB) ha ido creando una…

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¿Todo lo puedo comprar?

Hoy Amazon me ha enviado como miembro del “grupo prime”, el anuncio de una venta especial. Miles de artículos a mi disposición y al alcance de cualquiera de estas tarjetitas y del botoncito mágico de mi computador. Ahora me pregunto yo, ¿puedo comprar Paz? ¿Puedo comprar un nuevo residente para la Casa Blanca? ¿Puedo comprar la salud? ¿Puedo comprar verdaderos amigos? 

¿Qué comprarían ustedes si Amazon lo vendiera? 

imagen: amazon.com

El espejo

          Ella se miró en el espejo y se preguntó —no como la mala de la Bella Durmiente, sino como la buena de su propia película de terror —, qué hacía todavía allí. Miró los morados en sus ojos, en sus brazos, su cabello despeinado, su maquillaje estrujado, corrido por las lágrimas. ¿Qué hacía todavía allí?

            Miró al suelo. Aníbal —como el guerrero—, yacía tirado, con el tacón de su zapato enterrado en el ojo derecho. Claro, ella era zurda. Sería más fácil sospechar de ella. El calzado era de su tamaño. Además, anoche Martín, Rosa, Claudia y Efraín, los vieron juntos en el pub de Ericka.

        Todos estaban allí. Los vieron hablar, beber y reírse juntos hasta la madrugada. Los vieron irse. De camino al apartamento de él sonó su móvil. Ricardo —su compañero de trabajo—, la llamó para preguntarle algo sobre la presentación que harían en la mañana. Qué por qué te llamó a esta hora, qué qué se creía ese tipejo, qué si se estaba acostando con él. Una pregunta detrás de la otra, cada una más subida de tono que la anterior. Al principio se calló. Pero luego le resultaron tan ofensivas que le contestó, le pidió que la respetara.

            Llegaron y ya ella no tenía deseos de quedarse. No quería hacer el amor. Era la confirmación de que algo se traía con el tal Ricardo, dijo él. Comenzaron a discutir acaloradamente. Aníbal le llamó puta. Ella le dio una cachetada. Él no lo soportó y se le tiró encima. La besó, ella le mordió el labio inferior y le escupió la cara. Él le rasgó la blusa y le mordió el pezón. Ella le pegó en la entrepierna y Aníbal se dobló de dolor. Ella trató de irse, pero la agarró por la pierna y la tiró al suelo. Le subió la falda y se le subió encima. Mientras la estaba violando le pegaba, le halaba el cabello. Ella escuchaba su respiración agitada y sentía su sudor bajándole por los senos. Cuando terminó, se levantó estirando los brazos satisfecho, pedorreando. Ella se puso de pie furiosa, se quitó el zapato, le gritó, él la miró y…

            Se miró de nuevo en el espejo. Sintió que su imagen estaba impresa en él. Lo arrancó de la pared y salió corriendo del apartamento. Estaba segura de que enseguida irían a buscarla.

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¿Quién soy?

         El odio es un sentimiento que no tomo a la ligera. Es devastador, destructivo. Arrasa con todo lo que está a su paso. Corrompe, encadena. Se acompaña de otros sentimientos tan mezquinos como él. Todas las fobias a los seres humanos diferentes son encendidas por él. Te odio porque no eres de mi raza, te odio porque no eres de mi nacionalidad, te odio porque eres homosexual, te odio porque no crees en lo que yo creo, te odio simplemente porque no eres como yo.

            El odio es el combustible para todo tipo de crímenes: asesinatos, violaciones, torturas. El odio es manipulador. Doloroso para quien lo recibe y para el que lo siente también, porque no tiene paz —o algún día— no la tendrá. Se mete en cada célula del cuerpo, la enferma. Es un cáncer. Se alimenta de sí mismo. Es contagioso y una vez se propaga no hay cómo detenerlo. El odio vive en los corazones vacíos, en la falta de amor, en el maltrato, en la avaricia.

         Como soy muy curiosa solicité un estudio de mi DNA. Aquí están los resultados. La mayoría eran esperados, otros me sorprendieron. Pero, sobre todo, me di cuenta que cada porcentaje de mi DNA es una historia de amor y no de odio. En mí está la presencia del español, del africano y el indio. Esa mezcla no me sorprendió. Cada puertorriqueño vive orgulloso de ella. Curiosamente en mi DNA hay un porcentaje de judío y árabe. Enemigos desde todos los tiempos. No me importa cómo llegaron a ser parte de mi ser. Lo que me importa es que lo son. Lo que quiero decir es que es inútil odiar o discriminar a nadie. El odio no debe tener cabida en nuestro corazón. ¿Quién sabe quién puede ser tu bis abuela? Y si hubiera manera de determinar genéticamente la homosexualidad, estoy segura de que también estaría en mi DNA.

            Mi esposo dice que ando como los hippies amando a todo el mundo y deshojando florecitas. Pues sí, ¿y qué tiene de malo? Ahora tengo evidencia. Cualquiera puede ser mi hermano.

DNA de Melba

58% Europa

            43% Península Ibérica

            10% Italia/Grecia

              2% Europa del Oeste

              2% Finlandia/Rusia

              1% Judío Europeo

28% África

               9% Benín/Togo

               9% Costa de Marfil/Ghana

              3% Sureste Africano

               3% Cameron/Congo

               2% Senegal

               1% Mali

12% Nativo americano – Indio taíno

  2% Medio Oriente

Dalana Trick y la Casa Rosada (Final)

        Ya ni los correligionarios de Dalana podían salvarla de su ignorancia. Empezaron a poner distancia y se reunían con ella lo menos posible. Contaban los empleados de la Casa Rosada que de noche se escuchaban sus gemidos por todas las habitaciones y hasta había roto algunos espejos para no mirarse en ellos, su reflejo la asustaba. El pueblo reclamaba por que la destituyeran.

            En esos días se confirmó que Dalana estaba totalmente quebrada, por eso no había publicado su estado financiero como los demás candidatos en tiempo de elección. El Departamento de Justicia descubrió que ella manejaba negocios con países extranjeros usando nombres de corporaciones fantasma, pensando que de ese modo podría burlar el sistema. Las corporaciones recibían significativas sumas de dinero a cambio de que le concediera fondos para armamento y otros beneficios a otras naciones. Pero nadie —ni siquiera Dalana Trick— podía escaparse de los secretos. Ya los truquitos no le funcionaban. El cerco se estaba cerrando y no había escapatoria. Llamó al marido para que la apoyara, pero él también se excusó diciendo que no podía alejar a los niños del colegio. Sería un trauma para ellos. Claro que para él también, pues entonces vivía un tórrido romance con una de las niñeras. Era más seguro en su casa, nadie los descubriría.

         Dalana estaba en una conferencia de prensa cuando comenzaron a preguntarle por sus negocios turbios. El rostro se le enrojeció de furia y comenzó a gritar histérica dándole golpes al podio y delante de los medios, quienes ni cortos ni perezosos, tomaron vídeos de la pataleta en la que se le había visto hasta las pantaletas cuando se tiró al suelo convulsionando de rabia. Los guardaespaldas la levantaron cargándola en brazos y llamaron enseguida una ambulancia. Sus ayudantes y secretarios trataron de excusar su conducta. Acusaron a los periodistas de haberle causado esta situación tan estresante. Después de todo ella era una dama y habían herido sus nobles sentimientos.

            Dalana Trick pasó el próximo fin de semana en la Casa Rosada comiendo pollo frito del Kentucky Fried Chicken y bebiendo Coca Cola con mucha azúcar. Pidió un bizcocho de chocolate, con relleno de chocolate y glaseado de chocolate —el más rico que jamás había probado—. Luego se tomó el laxante. No durmió esas dos noches y los aparatos de la televisión de todas las habitaciones permanecieron encendidos a toda hora, incluyendo el que había ordenado instalar en el cuarto de baño. Trató de llamar al marido, pero no le respondió. Los niños tampoco. A las diez de la noche se metió en la tina para tomar un baño y tuiteó: «Nadie más grande que yo». Luego se quedó dormida arropada por su propia mierda.

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Dalana Trick y la Casa Rosada (12)

            Dalana estaba terriblemente sola. Paseaba en bata de seda por su Casa Rosada sin marido y sin hijos. Los había dejado en su antigua casa con la excusa de que vendrían luego. Pero la verdad era que no los soportaba. De vez en cuando se encontraba un alma por los pasillos, que luego de saludarla cortésmente le sacaba el cuerpo temiendo uno de sus arranques súbitos de cólera. Algunos fines de semana se iba de paseo a cualquiera de sus propiedades y no tenía contacto con su familia. Alegaba que necesitaba estar en silencio y en paz. El marido estaba muy cómodo. No tendría a la arpía cerca y discretamente visitaba a sus amantes. Los niños estaban a cargo de las niñeras, lo que le daba libertad absoluta a ambos para vivir sus vidas como les parecía.

            No tardó mucho para que la bomba estallara. Apenas cinco meses de ocupar la Casa Rosada comenzó el principio del fin para la residente de la Casa Rosada. Era tan evidente su torpeza. Dalana no entendía que alguien le dijera que no. En un arranque despidió al director de seguridad. De nada le habían servido sus escotes severos y su perfume francés. Había tratado la seducción, nada. Trató la intimidación, peor. Como no pudo con el hombre lo echó, sin considerar que no podía comparar su limitada experiencia en asuntos públicos con la que tenía el alto funcionario. Él había escrito memorandos de todas y cada una de las reuniones que había tenido con ella en privado —a las que ella lo había citado—, incluyendo las llamadas telefónicas impropias en las que le pedía que pasara por alto unos «errores» cometidos por sus ayudantes que según ella eran muy buenas personas y era mejor dejarlo pasar. El despedido dijo que tomó nota de todo, porque desde el principio sabía con la persona con la que estaba relacionándose no era de fiar, o sea, Dalana.  El hombre, se dio cuenta de que la petición que le hacía era altamente chocante, aun no salía de su asombro y describió que los actos de la Presidenta le habían dejado completamente pasmado. Por eso escribió, para cubrirse el trasero.

         Él estaba seguro de que un país extranjero había asaltado el proceso electoral y que Dalana no era la legítima ganadora. Ahora le tocaba a él descubrirla ante el mundo, arriesgarse a que le llamaran mentiroso y a que politizaran sus acusaciones. Pero estaba dispuesto. No tenía miedo. ¿Cumplirían los miembros del Congreso con su deber de investigar y llegar hasta las últimas consecuencias? De cualquier manera, tendría su conciencia en paz.

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Dalana Trick y la Casa Rosada (12)

          Dalana Trick amenazó a los que quedaron bajo su mando exigiéndoles fidelidad sin límites. Después de todo pensaba que tenía el poder absoluto para decidir lo que se hacía aquí y allá. En su cabeza ella era un cruce entre la reina Isabel II de Inglaterra y el presidente Castro de Cuba. Ahora se iba a notar que le habían comprado su diploma universitario. No tenía un ápice de idea de lo que podía y no hacer. No tenía idea de la ubicación de los países. No conocía la constitución de su país. No sabía que nada se podía lograr sin el consentimiento del Congreso. Radicó demandas y despidió a la Secretaria de Justicia porque le aconsejó contrario a sus deseos. Nombró a otro tan mentiroso y truquero como ella que ya daba señales de padecer la extraña enfermedad del olvido o al menos eso fingía. Despotricó contra los jueces que resolvían conforme a derecho y los tildó de idiotas en sus cuentas de las redes sociales.

            Los asesores vivían aterrados de lo que publicaba en sus tuits. Por los rincones de la Casa Rosada se escuchaban sus susurros: ­«¿Y ahora qué?»  Dalana inventaba palabras y hasta denunciaba los tratamientos faciales de las reporteras y extraños acercamientos a su persona. Amenazaba a los líderes de otras potencias mundiales haciendo alarde de su poderío militar a través de su cuenta.  Todos en la Casa Rosada decían que los peores días eran durante los fines de semana, cuando se levantaba en la madrugada y comenzaba a tuitear desmesuradamente lo que se le ocurría sin medir las consecuencias.

          Algunos contaban que padecía de estreñimiento y tomaba un laxante los viernes por la noche que la llevaban al retrete de madrugada y desde ese momento su compañero era el celular y los mensajes disparatados producto de su mente desquiciada y loca.

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Dalana Trick y la Casa Rosada (11)

         Las calles se llenaron de los votantes exigiendo que se cambiara el sistema electoral para uno en el que cada voto contara, rehusando reconocerla como la residente por derecho de la Casa Rosada.  Por un momento, se temió una guerra civil, pero los líderes del partido no favorecido pidieron cordura, aunque en el fondo tampoco la consideraban la ganadora. Pero era mejor calmar al pueblo, que permitir que las gentes se mataran en las calles. A Dalana no le importaba. Se mofaba de los perdedores, con su estilo habitual. Nunca presentó evidencia de sus finanzas y muchos pensaron —con razón —, que no lo hacía porque estaba en la más absoluta quiebra. No iba a ser la primera vez que lo estuviera, pero esta vez no convenía para sus intereses particulares informarlo, como las otras veces en las que utilizó la ley en su beneficio.

            Tomó a sus familiares de asesores, sembrando la Casa Rosa de nepotismo. Se reunió con personas de todos los ámbitos antes de tomar juramento, fungiendo como presidenta sin serlo. Artistas, cantantes, políticos internacionales, embajadores la visitaron en su apartamento exclusivo y se sentaron a hablar con ella de Dios sabe qué y recibieron sus llamadas telefónicas. Todo el mundo se daba cuenta de que actuaba fuera del protocolo, pero la nación entera no salía de su asombro y la dejaron hacer y deshacer como gusto y gana le dio.

            Su juramentación fue un desastre. Solo consiguió un coro de una iglesia para la inauguración y a una cantante desconocida para cantar el himno. No asistieron tantas personas como se esperaba y aunque intentó elevar los números, las fotos que comparaban su celebración con la previa hablaban por sí solas. Dicen que se encerró en su cuarto de la Casa Rosada con una pataleta y los gritos maldiciendo a su predecesor se escuchaban por los pasillos. Nadie pudo hablarle sobre el tema en las siguientes semanas y cuando la prensa le preguntaba se negaba a responder. Consignó a otro imbécil como ella para que hablara con la prensa, dejándolo una y otra vez en vergüenza pues luego contradecía lo que el pobre había informado a los medios. Meses más tarde sacó al imbécil del ojo público por causas de estética, alegando que el hombre estaba gordo.

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