1980’s, minifaldas y hot pants 5

Los médicos hoy día prohíben ingerir bebidas alcohólicas durante el embarazo. En los 80’s había una cerveza rosadita que se llamaba “Pink Champagne”, de la que estuve antojada en mi preñez. En esa época no había ningún problema con que la tomara. Solo tomaba la mitad de una durante el almuerzo, o comida como dicen en otros países. Linda tomaba la otra mitad. Después del almuerzo teníamos una clase de apreciación de cine. Era cuando el efecto de la cerveza estallaba y me daba un mal de risa insoportable, supongo que producto de la mezcla del alcohol y las hormonas. Mi pobre amiga, que estaba muy tranquila a mi lado, siempre se llevaba el regaño del profesor porque pensaba que ella me hacía reír.

Este embarazo lo oculté lo más que pude de mis padres. Las pocas veces que me vieron en esos meses iba a su casa con un abrigo.  Se podrán imaginar el calor de Puerto Rico durante el verano y yo envuelta como regalo. Finalmente, mi hijo fue el cotilla. Tenía cinco años y un día que mi madre se me apareció en la comuna, él le señaló donde yo guardaba la ropita del bebé. Ella me miró muy seria y  me preguntó: “¿Y cuándo llega ese bebé?” Faltaban solo dos meses. No me quiero imaginar ni qué pasó por esa cabeza.

Linda y yo nos preparábamos para ese parto. Tomamos clases de parto sin dolor. ¡Já! Sí, claro. El día que me tocaba dar a luz tenía un examen de la universidad. La profesora me había excusado, pero Josué decidió que ese día me dejaría tomar el examen. Siempre ha sido tan bueno y considerado mi niño. Cuando me presenté la profesora se sorprendió, pero en fin, era mejor así.  En la noche estábamos todos hablando de que estaba atrasada. Mi amiga más antigua, me llamó por teléfono para preguntar y le dije que no pasaba nada. Estuvimos hablando y riéndonos mucho.  Cuando colgué el teléfono, me levanté para ir al baño y justo ahí, Josué decidió que el 20 de octubre de 1982, era un buen momento para llegar al mundo.

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1980’s, minifaldas y hot pants 4

Ya Josué en camino, la comuna se mudó a Sagrado Corazón, cerca de la universidad a la que íbamos Linda y yo. Mi relación con el padre de mis hijos era terrible. Nunca estaba, no me daba dinero para el niño y me maltrataba emocionalmente. Si no hubiera sido por estos hermanos que me dio la vida, no sé cómo habría pasado aquellos meses en espera de mi segundo hijo. Ellos me hacían reír, me acompañaban en mi pena, hacían mi vida menos triste.

La casa era enorme. En el piso de arriba vivía la dueña y en el sótano, su hermano. Los sábados en la mañana llegaba una señora a visitar al don y gritaba: “Llegueeeeeeé”. Pues se podrán imaginar que a ella le llamamos desde entonces “Llegué”. ¿Pero a qué? En la cocina cabíamos todos. Entre la habitación de las muchachas y de los muchachos había un baño que conectaba ambos cuartos. Yo tenía el cuarto principal, en la que iba haciendo los arreglos para recibir a mi bebé. En aquella época tenías que esperar a que naciera la criatura para saber el sexo. Yo estaba convencida de que Josué iba a ser nena, así es que compré muchas cotitas amarillas y verdes.

Linda, que era ciega legalmente, tenía una máquina que le ayudaba a leer. Mi amiga tenía muchas limitaciones por su ceguera, pero nunca quiso que se le tratara diferente y menos que nuestros profesores lo supieran. Fue maltratada por alguno de ellos que no entendían por qué sus trabajos eran deficientes. Por otro lado, era una excelente oradora. No podía leer tarjetas, así que cuando daba un discurso lo tenía aprendido de memoria. Yo siempre admiré su capacidad de superación y su bondad.

Estando en la casa de Sagrado Corazón nos robaron varias veces. Todos perdimos algo. Jochi tenía un botellón en el que ponía su cambio de dinero, pero como Juana iba de puntitas en la mañana y le llevaba una que otra peseta para pagar la “guagua” —el camión a la universidad—,  Jochi le puso “crazy glue” a la tapa del pomo. En mi habitación había un radio tipo “Boom” de los que se usaban en esa época, y en el de Juana y Linda, una radio cassette. Cuando entramos en la tarde nos encontramos que habían estado en la casa los amigos de lo ajeno e hicieron su agosto. A mi cuarto nadie entró, por eso me convertí en la principal sospechosa, se burlaban mis amigos. Sí perdí mi cassette favorito, que estuve grabando por meses con mis canciones favoritas porque estaba en el radio casette de Juana. Por suerte la máquina de Linda era muy pesada y no se la pudieron llevar. El pomo de pesetas desapareció y Jochi se lamentaba de no haberlas dejado a Juana, en vez de a los ladrones.

Nuestra vida transcurría entre libros, briscas y escasez, pero nada apagaba la alegría de nuestra juventud.

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1980’s, minifaldas y hotpants 3

Luego de que me divorcié de mi primer esposo —a los 19 años—, mi madre temió que me diera al desperdicio, según ella. «Las mujeres divorciadas no valen nada», me dijo en una ocasión. Casi era prisionera en la casa de mis padres, tenía que salir a una hora y regresar a la otra e ir a la iglesia, aunque no quisiera. Yo estaba descubriendo la vida de otra manera, entre aquellos nuevos amigos que me había dado la vida. Llegó un momento en que se me hizo insoportable estar con mi madre, recogí la ropa de mi niño y la mía y me fui a vivir a la comuna. Era otro mundo para mí, risas a cualquier hora, travesuras y anécdotas de las que podría escribir páginas. Algunas demasiado personales para publicarlas porque no me pertenecen a mí.

Vivimos en dos casas. La primera fue en Río Piedras, en una urbanización llamada Santa Rita, que quedaba en los alrededores de la Universidad de Puerto Rico. Era una comunidad estudiantil, pero presa fácil para ladrones también. Como mi hijo vivía con nosotros, Linda y yo tomábamos  las clases por turno.  Un día llegó transparente, tiesa, a punto de desmayarse. Jochi la tomó en los brazos y le preguntaba insistentemente qué le había pasado. De repente, ella empezó a llorar sin consuelo, mientras le enseñaba el brazo. Le habían robado un reloj que su mamá le había dado. Desde entonces empezamos a caminar en grupo.

Como éramos varios, cocinabamos uno al día. No recuerdo los turnos, pero sí recuerdo algunos desastres culinarios. Empiezo por el mío, para que no digan. Hice un pastel de papa que quedó como una piedra. No seguí el proceso, fue todo. Pero nunca olvidaremos las bolitas de maní de Linda, el arroz con salchichas de Lourdes—no se podía comer sin ketchup—, y el arroz salado de Juana —soñabas toda la noche que estabas en un desierto.

Seguí viendo al padre de mis hijos, claro. Lo amaba mucho. Y ya para el 1981 me hizo otra criatura. No me arrepiento de mi niño, jamás. ¿Era que mi madre tenía razón o Josué tenía que venir de cualquier modo?

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Aprovecho para dar homenaje a la Reina del Soul, Sra. Aretha Franklin, que está despidiéndose de su maravillosa vida. La mujer que hizo llorar a un presidente.

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1980’s, minifaldas y hot pants 2

Conocí a Linda en la fila de la universidad. Ella era un sol, literalmente. Su piel blanquísima y sus ojos eran de un verde claro que no dejaban de bailar en sus órbitas. Una voz dulce, casi inaudible, y con una característica muy especial. Podía decir cualquier barbaridad, cualquier maldición o mala palabra y ni te dabas cuenta.

Para el que no ha hecho una de estas filas universitarias, que claro, desaparecieron con las matrículas online, no entenderá la frustración que sentías cuando al pararse por horas esperando el registro de una clase, al  llegar al frente del funcionario, te ponían el letrero de ­­­«Regrese mañana».

De todos modos, conocer a Linda en aquel momento fue una bendición. Nos contamos la vida entera, aunque a los 17 y 19 años no hay mucha vida que contar. Ella un desamor, que se casó con otra porque la embarazó. Yo, otro desamor, porque me dejó por otra y con un niño a cuestas. Las dos pretendíamos la carrera de Comunicación Pública y nos hicimos compañeras y amigas de inmediato.

Como Linda vivía en un pueblo lejos del área metropolitana, ella y sus amigos vivían en una casa que habían arrendado en Río Piedras (San Juan), por eso le llamé en algún momento la comuna. Ellos eran: Jeannette a quién llamamos Juana de cariño —seguimos llamándola así—, Lourdes, Manoco y Jochi, este último era el nuevo novio de Linda. Pronto me introduje en ese ambiente de alegría y camaradería, hasta el momento en que me adoptaron, a mí y mi hijo Jorge que para entonces tendría tres años. Mi niño era una especie de mascota que iba para todos lados con nosotros, excepto a las clases, claro. Estoy segura de que tiene hermosos recuerdos de esos días, tanto como yo.

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1980’s, minifaldas y hot pants

No sé si muchos estarán de acuerdo en que estos años fueron maravillosos. Desde la isla de Puerto Rico, la política exterior era algo con poca importancia. Sin embargo, la influencia musical extranjera y los vestuarios “flashy” eran lo primordial para una muchacha en plena juventud. Yo me adelanté un poquito y dos de mis hijos nacieron en esta maravillosa década, en la que había una relevante paz mundial. Crecimos juntos, ellos y yo. Nos reímos y luchamos por mantener una vida digna, gracias a la ayuda de los abuelos de mis hijos.

También iba a la universidad y vivía en algo así como una comuna. Todos veníamos de familias que soñaban con que obtuvieramos una educación formal para ganarnos la vida como ciudadanos decentes. Le dimos el gusto a nuestros padres, a todos. Fueron días inolvidables. Mi grupo que era inseparable, estudiamos, acampamos, nos fuimos de juerga y nunca tuvimos problemas con la justicia.

Ahora que lo pienso, fue una vida que se nos escapó entre los dedos por lo rápido que pasó. Entonces no nos dimos cuenta. Hicimos mucho, poco de qué arrepentirnos, pero se fue muy pronto. Me quedó un sabor en los labios como el que quiere más, no  por insatisfecho, sino por glotón.

Algunas cosas se me quedan en el tintero. Las iré escribiendo según las recuerde.

El tiempo

Mi amiga Silvia me sacó estos versos de una cajita en mi blog. Dedicados a Antonio, mi gallego preferido, del que no sé hace rato. A ver si ahora aparece. Besos, Silvia.

melbag123

Hubo un tiempo en que crecía

y jugaba con muñecas

mis lecciones aprendía

y soñaba con princesas.

Le daba al tiempo adelante

para pensar que sería.

¡Maestra! ¡Cantante!

En mis sueños pretendía.

Con mis amigas pasaba

ratos jugando la ouija,

preguntando quien sería

el galán para mi historia.

Me adelanté tanto al tiempo

que mis hijos llegaron antes

de que completara justo,

los sueños que tenían mis padres.

Entonces retrocedí

las agujas del reloj

para poder darles gusto,

y soñé, soñé y soñé,

qué me gustaría ser.

Y me tomé otro ratito

de sana contemplación.

¡Abogada! ¡Causas nobles,

yo quisiera defender!

Hubo quien dijera pues,

que a destiempo decidí

estudiar una carrera

que me tomaría tiempo.

¿Pero quién le dio una vela,

y dio permiso de juez?

¿Quién el tiempo perdiera en ver

lo que yo estaba dispuesta

a emprender solo por mi?

Y entre códigos y leyes

cuatro años…

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Un regalito

Hace mucho, muchísimo tiempo que no recibía uno de estos.  Me llega desde el blog de Pilar González, bloguera y escritora. No tenía el gusto de conocerla, pero al pasearme por sus páginas me encontré que tiene varias publicaciones que bien vale la pena leer. Le doy las gracias por esta distinción. Su dirección es la siguiente:

https://pilargonzalezescritora.com/the-blogger-recognition-award/

Y como ya saben que yo soy muy democrática —a pesar del presidente que me ha tocado y que yo no elegí—, comparto con mis seguidores este premio, porque sé, que aquí en la blogosfera hay muchísima gente talentosa.

Un beso.

Mel

Olvidos

No sé que nos está pasando. Casi todos los días me entero de que un niño ha sido «olvidado» en un auto. La prensa ha insistido en que si llevas criaturas en la parte de atrás, te quites un zapato y lo pongas al lado para que te RECUERDE que lo llevas. Pero ni así han podido evitar la muerte de muchos angelitos. 

Ayer dejaron en un autobús de un centro de cuidado diurno a un niño de tres años desde las tres de la tarde. A esa hora, la temperatura estaba a 113 grados Fahrenheit dentro del vehículo. No se acordaron del niñito hasta las siete de la noche que su padre fue a buscarlo. 

No lo puedo entender. No lo quiero entender. La gente cada vez está más distraída. Hacen muchas cosas a la vez, se descuidan, el estrés los está matando y se olvidan de lo más importante. Las vidas que dependen de ellos. 

No quiero imaginar el sufrimiento de morir asfixiado, deshidratado y lejos de sus padres.  Por favor, si llevan niños con ustedes, no los olviden. 

Los ángeles no deben morir en el infierno.

Imagen tomada de la red. 

Los hombres también lloran.

Cuando era niña, en mi lindo Puerto Rico, escuchaba muchas veces a los padres decir a sus hijos varones que los hombres no lloraban. Lo escuché muchas veces, tanto que me lo creí. De hecho, nunca vi llorar a mi padre hasta que mi hermano murió. En esa ocasión pensé que habían excepciones, algo tan terrible como la muerte de un hijo definitivamente tenía que ser una.

Con los años el mundo ha ido cambiando. A mis hijos los enseñé a demostrar sus sentimientos, porque hay cosas que no se deben quedar por dentro. Si hay pena, dolor, alegría, emoción, se vale llorar. En los últimos días, disfrutando la Copa Mundial de fútbol vi a muchos hombres hechos y derechos llorar: jugadores, técnicos y fanáticos se unían en llanto de alegría o frustración. Ninguno se murió por ello.

¿Y por qué salgo con esto ahora? Pues nada, es que es bello ver cómo a pesar de que a veces pienso que el mundo está fatal,  hay pasos de avanzada, lentos pero firmes. Y  eso me da esperanza.

Se acabó el Mundial. Felicitaciones a Francia.

Volvemos a la normalidad… Hasta dentro de cuatro años. 😉

fotografía: youtube.com