Vida

Nicolato se llevó la taza a los labios lentamente. Bebió el líquido tibio con deseo, absorto en su espesura, en el delicioso olor metálico, en su sabor salado. Lo tomó sin prisa sabiendo que no obtendría otra dosis del delicioso brebaje por lo menos en las próximas veinticuatro horas. Pensaba en su doncella, la virgen pálida y ojerosa que cuidaba con recelo. No permitía que nadie los visitara. La amaba. Anca era su vida. Terminó. Limpió con una servilleta de tela el residuo rojo de su tupido bigote y se dirigió a la recámara para asegurarse de que ella lo tuviera todo.

Cuando entró en la habitación, Anca le dirigió una mirada lánguida y triste. Ella también lo amaba. No quería perderlo, por eso no le contó que tenía leucemia.

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Ejercicio #8 Taller Fleming Lab

Plutón.14

—Hermano, ¿cómo has estado? —preguntó Kontar a su postrado gemelo.

—Muy mal —contestó desanimado Nassor.

—He venido a verte tan pronto supe que estabas mal.

—Es extraño que también hayas venido antes de que me enfermara —dijo Nassor con desconfianza.

—No es extraño —respondió Kontar—. Eres mi hermano, compartimos el mismo huevo. Siempre te he visitado.

—Esta vez fue distinto y lo sabes —lo enfrentó.

—No vamos a discutir, Nassor —dijo—. Vine a traerte medicina.

—¿Medicina? —preguntó sorprendido—. ¿Cómo es que tienes medicina para mi mal?

—He estado probando aquí y allá —contestó calmado—. Son unas hierbas, debí decir. Tal vez te ayuden.

—Deja probar ese brebaje entonces.

Kontar sacó un pomo del bolsillo de su caftán, lo destapó y le dio de beber a su hermano. Tan pronto como Nassor ingirió el antídoto comenzó a sentirse mejor. Incorporándose de la cama, fue hasta la puerta y abriéndola gritó, llamando a los demás soldados. En un momento el cuarto se llenó de militares saturninos, quienes agarraron al confundido gemelo, a quien se le hacía tarde para escapar.

—¿Por qué me haces esto, hermano? —preguntó angustiado.

—Porque sé que perteneces al grupo de los rebeldes —dijo el otro confrontándolo.

—No puedo creer que me estés traicionando —apuntó entristecido—. Soy de tu propia sangre.

—Soy yo quien no quiero saber de tu traición. Mereces que se te castigue como a cualquier otro traidor. ¡Me has deshonrado!

—¿No se dan cuenta de que solo los usan? Los saturninos viven en un cuartel separados de los demás porque su brillo les hace daño a los terrícolas —dijo mirando a los hombres de su planeta que lo sujetaban—. ¡No ven que ustedes son más poderosos que ellos!

¡Cállate, Kontar! ¡No me avergüences más!

Los hombres se llevaron a Kontar a una celda. Nassor tomó el pomo con el antídoto guardándolo en su uniforme. Fue a donde su superior para decirle que tenía información muy valiosa que quería compartir directamente con el Prefarek. Pensó que por haber detenido a su propio gemelo le permitirían pasar sobre los rangos más altos de su comando.

Nassor, ¿cuántas veces le hemos dicho que no venga sin avisar? —amonestó su superior—. Debe permanecer en sus cuarteles y pedir permiso antes.

Señor, le he dicho que tengo algo muy importante que decirle al Prefarek —insistió.

Pues dígamelo a mí. Usted conoce muy bien la cadena de mando. ¿O cree que porque ha traicionado a su hermano tendrá un trato especial? De hecho, no nos gustan los traidores.

Entonces Nassor se dio cuenta de que no le permitirían hablar con el dictador, que era un simple e insignificante soldado más y que a sus superiores no les importaba que el progresara en el ejército. Su hermano le hablaba con la verdad. Él no valía nada, sobretodo porque había traicionado a su sangre. Herido en su amor propio, decidió ayudar a su hermano aunque le costara la vida.

En Titán, Adio y Ebo se estaban preocupando por la demora de Kontar. Sabían bien que los soldados del mandatario eran capaces de todo, hasta de traicionar a la familia. Por eso, aunque permitieron que su amigo fuera a visitar a su hermano enfermo, temían que fuera arrestado. Los efectos del mal que transmitía la bacteria solo duraba unos días y ya habrían algunos soldados en recuperación. El ataque debía llevarse a cabo antes de que las tropas enemigas se recobraran completamente.

¿Qué vamos a hacer con Kontar? —preguntó Ebio.

Vamos a ir a rescatarlo —respondió Adio.

¿Al cuartel del ejército?

Claro, él también lo haría por nosotros.

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El hombre que quiser ser. 20 (Final)

Cuando Agustín despertó estaba en el hospital. Vivian estaba sentada a su lado. Al verlo abrir los ojos, casi saltó de la alegría.

—Me diste un susto tremendo —dijo ella, tomando su mano.

—¿Qué me pasó? —preguntó él, todavía aturdido.

—Tuviste un infarto —contestó—. Sixto José me dijo que en la mañana te había despedido. Entonces me preocupé de que no habías pasado por la casa para hablar. Te llamé al teléfono y tampoco contestaste. Decidí ir a tu casa. Como no abrías la puerta, le dije al muchacho del mantenimiento que me abriera. Fue cuando te encontramos dormido y no respondías. Hace una semana que estás aquí.

—Ah, mi fiel Vivian —dijo Agustín cariñosamente—. ¿Quién hubiera dicho que seríamos tan buenos amigos?

—Ya ves, lo malo pasa y queda lo importante. Este afecto que nos unirá hasta que Dios quiera. Me alegra que estés aquí —dijo sonriendo dulcemente.

Unos pasos se escucharon en la habitación. Agustín vio una figura de mujer, borrosa por el efecto de los medicamentos y porque no tenía los anteojos puestos. Vivian se apartó y una mujer se acercó a él. Su cabello canoso estaba recogido en un moño. Algunas arrugas surcaban su rostro. Los ojos y la sonrisa eran los de ella, los de Victoria. El tiempo no había podido arrebatarle su belleza.

—¿Victoria? —preguntó incrédulo.

—Sí, soy yo —dijo ella—. He venido a verte y a estar contigo.

Agustín irrumpió en llanto. La culpa lo arropó y se le desbordó. Las dos mujeres se miraron, asombradas por este despliegue de debilidad. Victoria tomó su mano y lo dejó llorar. Vivian salió de la habitación para dejarles hablar en privado.

—Perdóname —dijo entre sollozos.

—Todo está bien —contestó ella—. Hace mucho que te perdoné. ¿Te has perdonado tú?

—No, Victoria. Yo no me he perdonado. Mírame lo que soy. Un pobre hombre viejo y solo.

—El hombre que quisiste ser…

—Es verdad. Lo que yo decidí ser. Un hombre sin mujer, porque a la única que amé la aparté de mi vida. Un hombre sin hijos porque… —afirmó. Luego hizo una pausa, mordiéndose los labios, arrepentido—. Un hombre sin familia. Un hombre sin amigos, porque los que tenía ya están muertos. Sí, como bien dices, el hombre que quise ser.

—Creo que harías bien en perdonarte. A estas alturas ya no vale la pena flagelarte. Cada cual decide su destino. Tú decidiste el tuyo. No puedes arrepentirte de ello.

—Si tuviera la oportunidad, lo haría todo de nuevo.

—Pero no la tienes. Hay que conformarse con lo que se ha vivido.

—Y tu, Victoria… ¿Te conformas con lo que viviste? ¿Has sido feliz?

—Yo sí. He sido muy feliz. Mi hijo ha sido toda mi alegría.

—Sí, supe que tuviste un hijo. ¿Se parece a ti?

—No. Se parece a ti. Tiene tus ojos. Carlos se casó conmigo sabiendo que iba a tener un hijo tuyo. Él hizo un buen trabajo con Carlos Enrique. Lo crió como si fuera suyo. Lo educó con amor, con respeto, con valores. Por eso, Agustín, debes estar en paz contigo mismo.

—-

Victoria acompañó a Agustín los últimos meses antes de que le sobreviniera la muerte. Vivian y ella estuvieron de acuerdo en que ni Sixto José ni Carlos Enrique, jamás sabrían qué relación tenían con él, en honor a los hombres que ellos consideraban sus verdaderos padres. Después de todo, pensaron, Agustín nunca quiso ser padre.

En su testamento, Agustín dejó todas sus posesiones a sus “ahijados”. Cuando estaban limpiando el apartamento para la venta, Sixto José miró el viejo reloj de péndulo y se dio cuenta de que estaba parado en la misma hora que su padrino había fallecido. Cuando iba a desecharlo, Carlos Enrique lo detuvo.

—Déjame quedarme con él. Es una reliquia. Tal vez pueda volver echarlo a andar.

Dos niñas, dos perros y yo.10

La mujer que me estaba cobrando se sentó al lado mío.

—Perdóneme —dijo solidaria—. No me gusta cobrar, pero es mi trabajo. Siéntese por aquí y si necesita hacer alguna llamada, me deja saber. Trate de calmarse. Todo estará bien.

«Todo estará bien. Eso me he repetido una y mil veces desde que Erick se fue, pero cada vez las cosas están peor. Tengo en la gaveta de panties diez mil dólares y mi Sofi está en el hospital enferma, necesitada de que presente una forma de pago para hacerle unos exámenes. ¡Maldito, maldito, Erick!»

Fui a donde la mujer y le dije que iba a salir a buscar el dinero. Por mis hijas, sí era capaz de venderle el alma al mismísimo demonio.

Como loca desquiciada llegué a la casa, agarré el dinero y salí de nuevo al hospital.

—Aquí está el dinero —dije poniendo el dinero sobre el escritorio de la mujer que cobraba. Mis manos temblaban, nerviosas. Ella me miró asombrada.

—Déjeme hacerle un recibo —dijo mientras lo escribía.

Una vez me extendió el recibo, me fui corriendo para ver cómo seguía Sofi. Ya casi era hora de buscar a Alana. Estaba volviéndome loca. En ese momento llegó la mujer de seguridad social. Quise morir.

—Me notificaron que Sofía está enferma —dijo—. Vine a ponerme a su disposición.

—¿Qué va a hacer? —pregunté rabiosa—. ¿Piensa llevarse a mis hijas?

—No, Alma —contestó con voz suave—. Ese no es mi trabajo. Mi trabajo es ayudarte.

—Ayudarme… —repetí.

—Sé que tienes que quedarte con Sofía —dijo—. Voy a buscar a Alana. No te preocupes.

Me pareció que Clara Duval estaba siendo muy amable. Aún así, no confiaba en ella. Ahora menos que nunca. Había tomado el dinero del Diablo y no tenía ni idea de qué me pediría a cambio. Tenía que devolver el dinero a la gaveta de los panties, antes de que el hombre se enterara de que lo había gastado.

Sofi estuvo muy enferma. La enfermedad dejaría secuelas que le afectarían el resto de su vida. Necesitaba tratamientos muy caros. Me sentía como en un callejón sin salida. Clara Duval me ayudó con Alana. Al menos la tuve a ella dentro de esta adversidad, pero mi suerte al parecer, ya estaba echada.

Dos niñas, dos perros y yo.9

Me quedé en silencio unos segundos, aunando fuerzas para contestarle a esta voz sin nombre. No tenía trabajo, era cierto, pero no era capaz de venderle el alma al Diablo.

—Señor —dije—, voy a pedirle que no me llame más. Dígame, por favor, a dónde le devuelvo el dinero.

—No tomes decisiones tan a la ligera, chiquita —contestó el hombre—. No sabes todavía si lo vas a necesitar. Guárdalo. Confío en ti.

—Usted sabe muy bien que yo vivo en un lugar muy peligroso. No puedo hacerme responsable de esa cantidad de dinero.

—Guárdalo, te digo. Puede ser que lo necesites muy pronto.

Dicho esto, el hombre colgó sin dejarme insistir.

Había pagado la renta hacía una semana y me quedaba dinero para un mes más. Tenía que apurarme en buscar un nuevo empleo que me permitiera cumplir con mis clases para «aprender a ser madre.» Me senté en el computador para iniciar la búsqueda. Las tiendas por departamentos estaban fuera de toda consideración. Tenía que trabajar de noche y fines de semana. Estaba concentrada en mis solicitudes cuando sonó el teléfono.

—Con la señora Fernández, por favor —dijo una mujer.

«¡Ay, Dios!»

—Sí, es ella quien habla —contesté.

—Habla con la señora San Miguel, soy la directora de la guardería donde cuidamos a Sofía.

—Sí, dígame… ¿Pasó algo? —pregunté preocupada.

—Sofía tiene una fiebre muy alta. Necesitamos que pase a recogerla —explicó.

—¡Oh, no! —exclamé alarmada—. Sí, voy enseguida.

Colgué el teléfono con el alma en un vilo. Lo que me faltaba era que se me enfermara una de la niñas. Salí de inmediato. Cuando llegué me estaba esperando la directora y la enfermera.

—Señora Fernández, debe llevarla a urgencias médicas —dijo la enfermera muy seria—. La niña ha convulsionado.

—Sí, es muy importante —continuó la directora—. Tuve que notificar a seguridad social. No es que usted haya hecho nada mal, es que tengo la obligación de hacerlo, porque hay un caso pendiente. Usted me entiende, ¿verdad?

«¿Qué si la entiendo? Entiendo que el universo entero se ha confabulado para joderme», me dije.

—Sí, señora, entiendo.

Tomé a Sofi en los brazos y la subí al coche. Iba tan rápido que me detuvo la policía.

—¿A dónde con tanta prisa? — preguntó el oficial.

—Al hospital, señor —dije en un ruego—. Mi niña está convulsionando.

—Entonces la escolto, señora —dijo el policía amablemente, actuando con premura.

«Un alma bondadosa en toda esta pesadilla.»

Se subió a su motocicleta e hizo señales a los carros que venían para abrirme paso. Llegué bastante rápido a la sala de urgencias, gracias a la intervención del oficial. Pasaron a Sofi inmediatamente. El médico la revisó y ordenó un montón de estudios. En eso vino una empleada del hospital y me preguntó cómo pensaba pagar. Le entregué las tarjetas del seguro médico que tenía. La mujer se fue y volvió para decirme que no estaban activadas. Volvió a preguntar cómo pensaba pagar.

«¡Ahhhhhhhh!», un grito salió de mi interior. Me pegué a la pared y con las manos en la cabeza me deslicé hasta quedarme sentada en el suelo.

Por primera vez me sentí vencida.

No te acuerdas de mi

¡Qué terrible enfermedad

que devoras los recuerdos!

No te acuerdas de tus padres

que acunaron miles sueños

ni de tus traviesos hermanos

compañeros de los juegos.

No te acuerdas de la escuela

de tus amados cuadernos

ni de la maestra aquella

que te habló de las estrellas.

No sabes del primer beso

de mi padre ladronzuelo

cuando mirando tus ojos

te jurara amor eterno.

No te acuerdas de aquel día

en que me diste la vida

cuando me abrazaste tierna

entre tus brazos sutil.

Luego contaste mis dedos

para ver si era perfecta…

Lo mas triste Madre mía

es que no te acuerdas de mi