«Amanecer borincano» A un año del huracán María

Tres mil puertorriqueños fallecieron durante el huracán María o como consecuencia de su paso por la isla de Puerto Rico, aunque el gobierno del residente de la Casa Blanca lo niegue. Nadie estaba preparado para este desastre. A un año todavía hay personas que no tienen energía eléctrica, agua potable, ni carreteras por donde pasar. Se han cerrado muchas escuelas públicas, cuando el derecho a la educación para todos es un pilar de nuestra constitución. Ni hablar del éxodo de profesionales: médicos, enfermeras, maestros. 

A un año de María,  mi gente todavía canta y cantará. Desde el día uno, la música fue su alivio, porque en Puerto Rico, hasta las piedras cantan. 

Esta es mi gente, la que lucha, la que estudia, la que trabaja. Los sobrevivientes de María, que no claudican y jamás pierden la esperanza. 

Alberto Carrión y el coro de la Universidad de Cayey, cantan desde Yabucoa, el mismo lugar por donde entró el ciclón. 

 

imagen:  sacada de la red

video: youtube.com

Los hombres también lloran.

Cuando era niña, en mi lindo Puerto Rico, escuchaba muchas veces a los padres decir a sus hijos varones que los hombres no lloraban. Lo escuché muchas veces, tanto que me lo creí. De hecho, nunca vi llorar a mi padre hasta que mi hermano murió. En esa ocasión pensé que habían excepciones, algo tan terrible como la muerte de un hijo definitivamente tenía que ser una.

Con los años el mundo ha ido cambiando. A mis hijos los enseñé a demostrar sus sentimientos, porque hay cosas que no se deben quedar por dentro. Si hay pena, dolor, alegría, emoción, se vale llorar. En los últimos días, disfrutando la Copa Mundial de fútbol vi a muchos hombres hechos y derechos llorar: jugadores, técnicos y fanáticos se unían en llanto de alegría o frustración. Ninguno se murió por ello.

¿Y por qué salgo con esto ahora? Pues nada, es que es bello ver cómo a pesar de que a veces pienso que el mundo está fatal,  hay pasos de avanzada, lentos pero firmes. Y  eso me da esperanza.

Se acabó el Mundial. Felicitaciones a Francia.

Volvemos a la normalidad… Hasta dentro de cuatro años. 😉

fotografía: youtube.com

Mañana es otro día.10

Pasa de canal en canal, sin mirar con interés la programación nocturna, las luces se apagan en casa de Tomás y su loca amiga no tuvo más remedio que irse después de un estruendoso portazo. Laura recuerda a Tomás besando su pierna, lleva sus manos al tobillo y trata de seguir el camino de los labios ardientes del joven vecino, el calor sin restricciones irradian tranquilidad y el sudor aparece encendiendo su cuerpo por completo. Se saca la parte baja del pijama y en esa libertad imagina los besos del vecino, sube hasta los muslos, la humedad es tal que no duda en dejarse querer, siente sus fuertes manos.

Es sutil al principio y fuerte cada vez que imagina a Tomás, en silencio un murmullo se escapa desde su boca, es el nombre del vecino, en cada caricia, en cada orgasmo, su nombre como un aullido suda por sus poros, no entiende que le había hecho ese joven esa casi perfecta velada. Su sexo lo necesita, aunque sea una sola noche, aunque nunca más le hable, aunque ella sabe lo que quieren los hombres, sin importar la edad o status.

Su cuerpo se revuelve de placer, siente mordidas en sus pechos, pellizcos en sus pezones, ardor y unas ganas de besar a ese hombre por completo. El éxtasis idealizado al máximo, había sentido su calor tan cerca, había experimentado la locura y sutileza de sus besos, de sus masajes, del cuidado en cada caricia, que más y más gime, más late su corazón, más y más se moja con el roce inevitable de sus alargados dedos en la profundidad de su sexo.

Aunque se había hecho tarde va directo a darse una ducha y vuelve a sonar el timbre de su casa, así a medio desnudar camino a la ducha.

Laura mira por la ventana y ve el auto de Tomás aparcado al frente de su entrada. Se estremece. Así, con solo la parte de arriba de su pijama, corre escaleras abajo y sin pensar un segundo abre la puerta y se lanza a los brazos de ese hombre que le ha robado el corazón: sin preguntas, sin respuestas. Él la besa con pasión, sus lenguas se amarran largamente.

—¿Vamos a quedarnos aquí a darle un show a los vecinos? —pregunta él.

Colaboración: Poetas Nuevos

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Apocalipsis.5

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Quién era este niño que podía leerme el pensamiento y hablar como un adulto? Leonardo me miró inquisitivo.

—¿Qué pasa? —preguntó—. Te has puesto pálida.

—No, no es nada —contesté—. Debe ser que estoy cansada.

Tomé un poco de agua y le ofrecí una botella a Leonardo. Él la bebió toda sin respirar. A este paso íbamos a quedarnos sin suministros muy pronto. Teníamos que encontrar un lugar dónde abastecernos no solo de agua, sino de comida. Ya había comenzado un nuevo día y no habíamos comido nada. Me preocupaba Miguel, más que nadie.

Leonardo también se veía preocupado. Estaba callado, como pensando qué iba a hacer. Yo entendía la responsabilidad que él sentía sobre nuestra seguridad. Miraba de un lado a otro, como queriendo decidir que rumbo tomaría. Confundido. Nervioso.

—No te preocupes, Leonardo —dijo Miguel—. En cinco minutos más, encontraremos una casa. El dueño se murió. Allí hay comida, agua y podemos usar su carro.

Leonardo miró a Miguel asustado.

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó.

—Lo sé —contestó Miguel—. Recuerda que mi papá es Dios.

—Entonces respóndeme, ¿por qué tu papá ha causado todo este daño? —inquirió Leonardo descontrolado, agarrándolo por los hombros.

—¡Leonardo! —intervine apartándolo de Miguel —. ¡No asustes al niño!

—Mi padre no causó esto. Lo causaron los mismos hombres —contestó Miguel tranquilo.

La contestación fue como una cachetada. Leonardo me miró desconcertado. En sus ojos negros podía adivinar su turbación. Lo entendí perfectamente porque yo me sentía igual.

—¿De dónde sacaste a este niño? —preguntó.

—Ya te dije, lo encontré en la calle perdido.

—Dudo mucho que estuviera perdido —dijo—. Vamos a seguir caminando.

Me levanté del árbol en dónde estaba sentada para continuar nuestro camino. Miguel caminaba detrás de Leonardo sin pedir ayuda. Yo miraba su cabecita rubia desde atrás, preguntándome por qué este niño tan especial había llegado hasta mí. Ahora me daba cuenta de que cuándo le vi, la gente corría al lado de él y parecían no verlo. El vecino que por poco lo atropella, tampoco lo había visto.

Tal y como dijo, en cinco minutos encontramos una casa. La puerta estaba abierta. Entramos y un hombre estaba sentado en un sillón. Parecía dormido. Leonardo se acercó y lo tocó en el cuello para tomarle el pulso.

—Está muerto —anunció.

¿Por qué no me sorprendió?

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El hombre que quise ser. 15

Agustín aprendió a vivir sin Victoria. Algo así como decir, aprendió a vivir sin oxígeno, sin alimento, sin agua. Existía. Cerraba los ojos y la veía correr desnuda por el apartamento, con la candidez que corren los niños desnudos. Sin malicia, sin vergüenza. No había música que le alegrara. Su risa era toda la canción que quería escuchar. Él no sabía como podía sentir tanto dolor. Más aún, no sabía como podía soportarlo. Pero como era muy macho, se dispuso a vivir sin ella.

Volvió a trabajar. Y también buscó otras mujeres. De cama en cama, fue amortiguando su pena. No era lo mismo, pero llegó el momento en que los recuerdos de la época en que estuvo con Victoria, dejaron de ser tan vívidos como antes, y poco a poco se volvieron borrosos, como un sueño.

El tiempo pasaba. Su pelo se lo decía cada mañana al mirarse en el espejo. También se lo recordaba, aquel horrible reloj de péndulo que enfrentaba antes de salir a la calle. «A ver quien se muere primero», le decía al despedirse de él cuando se marchaba al trabajo.

—Pepe, creo que es tiempo de que me case —anunció Agustín un día se sopetón.

—Ahora sí que me preocupas, amigo —contestó el otro riendo—. A ver… ¿Y ya tienes una candidata?

—Sí.

—¿La conozco?

—La conoces.

—Bueno, pues dime quién es… ¿Cuál es el misterio?

—No hay ningún misterio. Es que estoy empezando a cortejarla —respondió Agustín.

—Entonces, dime quién es —insistió Pepe.

—Es Clara —anunció Agustín ufano.

—¿Clara? ¿La cajera del banco? —preguntó sorprendido el otro.

—Sí, la misma. ¿No te parece una chica divina?

—Pues sí… Es una chica divina, pero es eso… una chica.

—Anda, Pepe… Que no es tan joven y yo no soy tan viejo.

—Tino, tiene más o menos la edad de Sixto José.

—¿Y qué? La niña me hace ojitos… Y a mi me gusta. Y está buenísima para hacerle un hijo.

—¿Un hijo? ¿No qué no te gustaba el olor a orines y a mierda inundándote la habitación?

—Eso era antes, Pepe. Ya he madurado y ahora quiero todo eso. ¡Quiero mujer, quiero hijo, quiero familia, quiero mares de orina corriendo por mi piso, quiero mierda saliendo por las ventanas, quiero todo! Esa muchacha me gusta y será para mí —sentenció.

—¿Estás seguro de que ella está interesada?

—¡Claro que lo está! —dijo convencido—. A ver, ¿cuándo me he equivocado sobre una mujer?

—¿Te recuerdo aquella del duelo?

—Oye, Pepe… Eso fue hace casi veinte años. ¿Me lo vas a recordar toda la vida? Después de eso no me ha pasado con ninguna otra.

—Estamos de acuerdo. No te ha vuelto a suceder porque no estabas en busca de jovencitas. Estabas saliendo con mujeres más o menos de tu edad.

—¡Pero ahora quiero un hijo! Una mujer de mi edad no puede hacerme ese milagrito.

—Está bien, está bien. Te apoyo, amigo. Invítala a la casa. Le aviso a Vivian para que haga una buena cena. ¿Qué te parece? —preguntó Pepe.

—Me parece perfecto. Sabía que podía contar contigo, compadre —dijo Agustín complacido.

El hombre que quise ser. 9

Agustín se levantó de la cama y fue a abrir la puerta. Un niño, de algunos doce años, estaba parado frente a ella. Le entregó un pequeño sobre perfumado. «¡Es de Victoria!», se dijo emocionado. Sacó una moneda y se la regaló al muchacho. Entusiasmado buscó el abrecartas. Sus manos le temblaban mientras rasgaba el sobre. Henchido, desdobló la carta, anticipando el mensaje que en ella traía. El que tanto había esperado.

«Estoy embarazada. Vivian».

Agustín se quedó en una pieza. Dos palabras, un nombre y el mundo entero se le calló encima.

Tenía que resolver el problema lo antes posible. Ahora que por fin se estaba acercando a Victoria, esto no podía estar sucediendo. Esto había que cortarlo por lo sano. Se puso el saco y salió directo a la casa de Pepe. Tocó la puerta. Vivian abrió mirándolo altiva.

—¿Está Pepe? —preguntó enseguida.

—¡Vaya! ¡Qué rápido contestaste mi recado esta vez! —contestó ella—. No, Pepe no está. Viene dentro de un rato.

—Bien —dijo Agustín—. Me alegro que no esté para resolver esto rápido. ¿Por qué me enviaste esa nota?

—Porque eres el padre de mi hijo —dijo Vivian.

—¿Cómo estás tan segura? Tienes marido.

—Porque estoy embarazada desde antes de que él volviera.

—¿Y qué se supone que yo haga?

—Que me respondas.

—A ver, a ver, Vivian. Ni eras virgen, ni eras soltera cuando te enredaste conmigo. Tienes marido. Entonces, él es el padre de tu hijo. Ante la ley, es él.

—¿Si? ¿Y cómo voy a justificar que el niño nazca antes de tiempo?

—Nacen muchos niños antes de tiempo…

—Pero el médico lo descubrirá. Se nota cuando un niño nace a tiempo.

—Dile que no quieres que te atienda un médico. Que quieres parir con una comadrona. Que eres muy tímida y que te sientes más cómoda con una mujer. Le pagaremos y ella dirá lo que quieras. Pero yo no voy a casarme contigo, si es lo que esperas. Piensa. Si tienes un hijo, el viejo padre de Pepe, lo perdonará y la herencia será suya. No desperdicies tu porvenir por mi, Vivian. No vale la pena. Yo no te quiero, tampoco tengo fortuna. Sigue la vida que escogiste al lado de Pepe.

Vivian miró a Agustín con rabia, con desdén, con dolor. En eso se escuchó la llave de la puerta. Pepe había llegado.

—Amigo, vine a verte y Vivian me estaba diciendo que habías salido. Por poco me voy y no te veo —dijo Agustín fingiendo que acababa de llegar.

—Pues aquí estoy —contestó el amigo abrazándole—. ¿Qué? ¿Mi mujer no te ha ofrecido nada?

—Es que ya me iba. Como no estabas…

—Vivian, busca un buen jerez y échale agua a la sopa, que Tino se queda a comer con nosotros hoy.

Sin Ti

Otra vez lo amará con la misma pasión, lo recibirá, lo perdonará. Nada es como la reconciliación no importa cuanto haya sufrido, ni cuantas lágrimás haya llorado. Ya todo ha acabado y se encuentra de nuevo en esos brazos que tanto adora. Cuando está con el todo se detiene y no puede respirar de tanto amor. Ahora sólo siente alivio. Se acabó el frío en el alma que sintió cuando el cerró la puerta y la dejó sola en el cuartucho que comparten desde que se la llevó de la casa de sus padres donde todavía estaba envuelta en cintas de colores y tules. Sólo diecisiete anos y desde que le vio supo que lo amaría toda la vida. Ahora ya él estaba de vuelta con ella en la habitación. Nada más importaba. Seguramente ella debió callarse, no decir nada, tragarse las palabras y no hacerle enojar. Ella se ganó la bofetada. Por primera vez olía y probaba el sabor de la sangre. Después de todo él pasa todo el día trabajando y sólo agarraba un rato antes de llegar para aliviarse el stress con los amigos. Le ganaron los celos, se dice ella acurrucándose al lado de él como un pollito asustado. Mañana todo sera distinto. Lo esperara con la comida que a él más le gusta calentita. Y si llega tarde se la calienta. Ya no va a recriminarle por llegar tarde.

Le ha pedido perdón, que no lo vuelve a hacer, que lo siente, que la ama más que a nada en el mundo. Que estaba cansado y después de todo ella tuvo la culpa por regañarle porque se había dado unas cervecitas de más . Ella lo mira en silencio y recuerda la noche pasada cuando él llegó borracho y la golpeó. Le pego una bofetada que le aflojó los dientes y todavía las encías le sangran. De la bofetada calló en el piso y allí le pateó la barriga, la barriga donde lleva a su niño. Le duele el abdomen pero ya la vecina la llevó al hospital y le dijeron que el embarazo está bien. Le preguntaron por los golpes y ella dijo que se había caído por la escalera. La enfermera no le creyó pero no hay nada que pudiera hacer para ayudarla excepto darle un folleto de ayuda a víctimas de violencia domestica. Pero ella no era ninguna víctima porque él la ama más que a nada en el mundo le dijo y sólo estaba cansado. Las cosas van a mejorar porque él esta arrepentido y dijo que va cambiar. Se miró en sus ojos y de nuevo la reconciliación, entre lágrimas y promesas y la esperanza de que no vuelva a suceder.

La agarra por los pelos y le pega en la cara con el puño cerrado una y otra vez. De nuevo el olor y el sabor a sangre. Ella no sabe de donde viene tanta ira, no dijo nada esta vez. Estaba en la cama dormida. El la despertó halandole por el pelo. Le oye gritar algo de que alguien la vio hablando con el vecino y que a él nadie le pone los cachos. Su nariz revienta y le sale un hilo de sangre. El ojo se le hincha, se le cierra y se torna morado. Se le abre la piel. Se le parten los dientes. La agarra por el cuello y ella siente que no puede respirar.

Cuando le vio por primera vez supo que le amaría toda la vida.

La última posesión

Aurelio Fernandez camina por la acera de la Quinta Avenida de Nueva York. Es el verano de 1948 y el calor es asfixiante. Siente que le hierve la sangre y le falta la respiración. El vapor le desespera, al punto que siente latir sus sienes. Tiene dolor de cabeza. Apenas puede pensar en algo más que un vaso de agua bien fría, pero tiene prisa por llegar a la estación del tren hacia Brooklyn. Son las nueve de la noche y ha trabajado todo el día. Le duelen los pies de estar parado esperando clientes en la tienda de zapatos. No se queja. Recibe un salario justo y tiene buenas condiciones de trabajo. Viste bien, con saco y corbata. Le dan descuento en los zapatos. Se le ve con muy buena pinta, lo que atrae mucho a las mujeres y por eso el judío dueño de la tienda lo considera su vendedor estrella.

Aurelio está muy orgulloso de su don de atracción. Todos los días se toma su tiempo arreglándose para causar buena impresión, sin embargo es un muy hombre tímido para hacer un acercamiento. Tiene treinta y ocho años y todavía no se  casa. No porque no  tenga la oportunidad, sino porque no se atreve a comprometerse. Tiene miedo a la obligación, al hastío de la convivencia, al matrimonio. Esa noche en la que lleva prisa por subir al tren, se encuentra de frente con esta joven alta, de ojos oscuros que le llama la atención. Ella tiene el pelo negro y la piel morena. Es diferente. Está envuelta en un aura violeta y huele a rosas y alhelíes. Aurelio la observa por un momento. Ella siente que la mira, levanta los ojos, le sostiene la mirada y sonríe. Aurelio le devuelve la sonrisa. En la próxima parada del tren, ella se baja y no la vuelve a ver por un tiempo.

La próxima vez que la ve, ella entra en la pizzería donde Aurelio acostumbra a almorzar. Lleva el pelo suelto, los labios muy rojos y viste pantalones de mezclilla muy ceñidos al cuerpo. Huele a rosas y a alhelíes y está rodeada por un aura violeta. Ella lo reconoce enseguida y sonríe. Él se levanta y baja la cabeza al saludarla, mientras se quita el sombrero. Le pregunta si quiere acompañarle y ella accede. Aurelio siente algo que no puede describir por esta mujer. Es como si la conociera de toda la vida. Es alguien familiar, querida. Más aún, amada. La mira a los ojos con profundidad y ella lo mira de igual manera. Ambos se ríen.

—Y bien —dice Aurelio, como para romper el hielo—.  Esta es la segunda vez que la veo. ¿Trabaja por aquí cerca?

—No —responde la joven—.  Solo estoy de visita. Estoy en casa de una tía para reponerme de una gran pérdida.

—¿De qué se trata? —pregunta Aurelio interesado.

—Es que mi padre falleció —explica ella—. Verás, mi padre era mi amor. Él y yo eramos muy cercanos. Vivíamos el uno para el otro. Cuando nací, ya él estaba mayorcito y pues, creo que fui su gran amor, como él fue mi primero. Me gustaba acostarme en su pecho para dormir cuando era chiquita. Jugaba con él a la enfermera cuando le dolía la cabeza, dándole baños de alcoholado—dice y se queda pensativa por unos segundos. Sonríe como recordando—. Hoy lo extraño mucho—concluye con tristeza—. Perdone, es tarde y tengo que irme.

Se levanta y Aurelio la ve irse pensando en lo difícil que debe ser para ella perder a ese padre que ama tanto. Está seguro, de que ese hombre debe haber sido un padre magnífico, si ha dejado una huella tan profunda en aquella hija. Tiene que haber sido un ser muy especial, si ha trascendido su amor a la muerte.

Pasan varias semanas y no sabe nada de la joven. Pasan las elecciones y Harry Truman va a ser presidente por un segundo término. Aurelio vé el invierno aparecerse por las calles de Nueva York. Se pone su sobretodo y se dirige a la estación del tren como todas las noches. Espera el momento de volver a reunirse con aquella mujer que le roba el corazón. No sabe su nombre, ni donde vive, pero siente la necesidad de volver a verla. Siente una gran ternura por ese amor que ella le describe que siente por su padre. «Ojala algún día  tenga una hija tanto», piensa. Está absorto en sus pensamientos cuando alguien le toca en el hombro.

—Hola —dice una voz muy dulce—. ¿Cómo has estado?

No necesita voltearse para saber que es ella.  Su olor a rosas y alhelíes la descubren. Aurelio no se sorprende cuando la mira envuelta en su aura violeta y le sonríe alegremente.

—¡Qué alegría verla!—dijo, sin pensar que apenas podía ocultar su contento—. ¿Dónde había estado? —pregunta ansioso.

—Es que he estado arreglando unos asuntos de mi padre. Ya sabes completando trámites.

Aurelio la invita a tomar un café, en el café cubano de la esquina. Su corazón salta en el pecho de la felicidad,  por la suerte de volver a verla.

—Cuénteme, ¿de qué trámites me habla? —pregunta para continuar la conversación que iniciaron en la calle.

—Cosas que hay que completar cuando una persona muere. Es triste que para los otros, la muerte de mi padre se convierta en asuntos que resolver. Para mí,  cada papel, cada carta, cada sobre significa un poquito más que lo pierdo. No sé si alguien ha amado más a su padre, pero cada vez que hablo de él, se me rasga el alma. Sin él algo me falta. Sin él me siento indefensa, perdida. No hay nada, ni nadie que pueda ocupar el espacio que él dejó y por eso este gran hueco que tengo en mi corazón. Lo más doloroso ha sido liquidar su hogar, su última posesión sobre la tierra. Este representaba sus horas de trabajo, su esfuerzo, sus sacrificios. Es como si todo vestigio de su existencia hubiera desaparecido al vender esa casa —completó mientras se echaba a llorar amargamente.

Aurelio le levanta el rostro y la mira a los ojos con ternura, toma su manos entre las suyas y dice:

—Se equivoca señorita, la última posesión de su padre es usted. Mientras usted y su simiente vivan, su padre seguirá existiendo. Su padre debió ser un hombre admirable. Ya vé. Hasta yo admiro a ese hombre y no le conocí.

Aurelio Fernández en ese momento descubre que todo tiene un sentido. Conoce el valor de la paternidad y comprende que es necesario hacer el compromiso de formar una familia. Esa joven le ha enseñado la grandeza de un amor más grande que el amor de las mujeres. La grandeza de un amor puro y sin tiempo. Ella se despide aquella tarde y lo abraza. Le dice que ya ha concluído los asuntos de su padre y se va de regreso a su vida. Aurelio le abraza con respeto, con amor de padre. Ya cuando la ve alejarse le grita:

—¿Cuál es su nombre? ¿Cuál es el nombre de su padre?

—Su nombre es Aurelio Fernández —responde ella, mientras le  dice adiós con la mano.