Canción de Despedida

No quiero morir en soledad,

abandonada en esta tierra fría,

quiero morir acompañada

y que me entierren

con mi bandera como mortaja.

Antes de irme quiero abrazarte

y decirte al oído lo que siento,

que en mi alma siempre has estado

grabado a tinta y a fuego.

Mi caminar se hace lento,

llora en mí la guerrillera

que una vez tumbó gigantes

y caminó sobre palmeras.

Tres montañas y una estrella

han marcado mi destino.

Por ellas de fiesta vivo,

por ellas de pena muero.

No digo adiós para siempre,

tal vez mi caminar sea perpetuo.

Si no se pierden mis letras,

si no se pierden mis versos.

Hoy canto para despedirme

temprano —como suelo hacer—,

que no llego antes si me adelanto,

es que no quiero que se me haga tarde,

por dejarlo para después.

Imagen: Pixabay.com

Fotografías-vida-muerte-recuerdos

          Llueve en San Antonio. Miro por la ventana la luz opaca de un cielo nublado. Pienso en mis muertos. Según pasa la vida, son más. Medito. Había visto la muerte de lejos, algún conocido, si acaso. Los años me separan de aquellos que significan más: padres, familiares y amigos cercanos. Dicen que mientras los recuerde no morirán del todo. ¿Pero qué pasará cuando no esté para hacerlo? ¿Quién se acordará de ellos? ¿Quién se acordará de mí?

            Esta semana falleció mi tía Anita. Sus manos acariciaron muchos cuerpos en su deseo de dar al prójimo sanación. Era enfermera. Me cuidó con esmero cuando todavía era muy joven. Su cuerpo dio vida. Lastimosamente, sus últimos días estuvieron marcados de mucho dolor. El cáncer la arrebató. Otra víctima de tan terrible enfermedad. Su hija vio consumir —según sus palabras—, a su guerrera, su moriviví, su amiga y compañera de travesuras.

            Mi prima me pidió fotos para el memorial de su mamá. Busqué una caja que guardo de fotos familiares. Algunos álbumes eran de mi madre, otros míos. Fotografías sueltas de mi padre y su familia. Testimonio de mi infancia, mi juventud, mi vida entera. Cada una contaba una historia: nacimientos, cumpleaños, reuniones familiares, graduaciones, eventos varios. Recuerdos estampados en papel Kodak, que mostré a mi esposo para que supiera más de mí, de mis hijos, de mi familia. 

         Los he llevado de casa en casa, desde Puerto Rico a San Antonio. Los he cuidado como joyas. Cesó de llover. Un tenue rayo de sol entra por mi ventana, y me pregunto, quién guardará mis retratos cuando yo ya no esté.

           Descansa en paz, Tití.

Olvidos

No sé que nos está pasando. Casi todos los días me entero de que un niño ha sido «olvidado» en un auto. La prensa ha insistido en que si llevas criaturas en la parte de atrás, te quites un zapato y lo pongas al lado para que te RECUERDE que lo llevas. Pero ni así han podido evitar la muerte de muchos angelitos. 

Ayer dejaron en un autobús de un centro de cuidado diurno a un niño de tres años desde las tres de la tarde. A esa hora, la temperatura estaba a 113 grados Fahrenheit dentro del vehículo. No se acordaron del niñito hasta las siete de la noche que su padre fue a buscarlo. 

No lo puedo entender. No lo quiero entender. La gente cada vez está más distraída. Hacen muchas cosas a la vez, se descuidan, el estrés los está matando y se olvidan de lo más importante. Las vidas que dependen de ellos. 

No quiero imaginar el sufrimiento de morir asfixiado, deshidratado y lejos de sus padres.  Por favor, si llevan niños con ustedes, no los olviden. 

Los ángeles no deben morir en el infierno.

Imagen tomada de la red. 

Más allá del sexo (Final)

               —No entendí lo que te dijo el doctor, Edward. ¿De qué enfermedad habla?

          —Pues no entendí muy bien… Es un virus muy traicionero. Casi no se sabe nada sobre él. Tienes que hacerte unos exámenes para saber si te he contagiado.

            —¿Es contagioso?

            —Eso dice él…

            —¿Y cuándo te contagiaste tú?

            —Arturo… Cuando tu padre te llevó de la universidad, estaba desesperado…Una noche salí y tomé de más… Estaba en el pueblo… Había un hombre que no era de la universidad, no lo había visto nunca…

            —Edward… ¿Estuviste con otra persona? —pregunté dolorido—. ¿Estuviste con otro mientras yo estaba en un manicomio porque no podía vivir sin ti?

            —¡Yo tampoco podía vivir sin ti!

            —Ah… Y así intentaste curarte…Ya entiendo…

            —No, Arturo… Por favor, no fue así…

            Ya no escuché nada más. Empujé la puerta para no estar cerca de él ni un minuto más. Estuve caminando no sé por cuantas horas. Cayó la noche, luego llegó la madrugada y aletargado regresé a nuestro apartamento. Abrí la puerta y cuando encendí la luz, Edward estaba esperándome.

            —¿Dónde has estado? Dejaste el auto en el hospital.

            —Sí, de todos modos, tengo que ir mañana a hacerme las pruebas para saber si tengo el bendito virus.           

            —Arturo, por favor… Te suplico que me perdones.

         —Ya te he perdonado —le contesté de corazón. Él era mi vida, no me importaba lo que había hecho. Solo quería estar a su lado y enfrentar lo que fuera que se nos viniera encima.  

            Él se levantó de la silla en la que estaba y caminó hacia mí. Tan grande como era se arrodilló y agarrando mis piernas se echó a llorar como un niño.

            —Nada más pensar que te había perdido, era peor que la muerte —dijo mientras sollozaba.

            —Anda, levántate que no estás bien y tienes que descansar —le dije ayudándolo a ponerse de pie—. Mañana no vamos a trabajar. Yo voy al laboratorio y regreso enseguida. ¿Te parece?

            Edward sonrió y nos fuimos a dormir. Esa noche la sombra de la muerte acrecentaba la luz del amor que nos teníamos. Alondra durmió entre nosotros libre, en paz y eterna —en aquel lugar que pocos entendían—, mucho más allá del sexo.    

#### 

              Dedicado a todos aquellos seres humanos que fueron y son juzgados por ser diferentes. A todos aquellos que fallecieron víctimas del SIDA. A aquellos 15,000 soldados transexuales que actualmente luchan en las filas del ejército de los Estados Unidos y que han sido más valientes que el propio residente de la Casa Blanca que se excusó varias veces para no ir a la guerra. Hace dos días el residente aprovechando que todo el mundo estaba pendiente al huracán Harvey, firmó una ley que prohíbe a los transexuales ser parte del ejército, indefinidamente. A todos los perseguidos.

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El espejo

          Ella se miró en el espejo y se preguntó —no como la mala de la Bella Durmiente, sino como la buena de su propia película de terror —, qué hacía todavía allí. Miró los morados en sus ojos, en sus brazos, su cabello despeinado, su maquillaje estrujado, corrido por las lágrimas. ¿Qué hacía todavía allí?

            Miró al suelo. Aníbal —como el guerrero—, yacía tirado, con el tacón de su zapato enterrado en el ojo derecho. Claro, ella era zurda. Sería más fácil sospechar de ella. El calzado era de su tamaño. Además, anoche Martín, Rosa, Claudia y Efraín, los vieron juntos en el pub de Ericka.

        Todos estaban allí. Los vieron hablar, beber y reírse juntos hasta la madrugada. Los vieron irse. De camino al apartamento de él sonó su móvil. Ricardo —su compañero de trabajo—, la llamó para preguntarle algo sobre la presentación que harían en la mañana. Qué por qué te llamó a esta hora, qué qué se creía ese tipejo, qué si se estaba acostando con él. Una pregunta detrás de la otra, cada una más subida de tono que la anterior. Al principio se calló. Pero luego le resultaron tan ofensivas que le contestó, le pidió que la respetara.

            Llegaron y ya ella no tenía deseos de quedarse. No quería hacer el amor. Era la confirmación de que algo se traía con el tal Ricardo, dijo él. Comenzaron a discutir acaloradamente. Aníbal le llamó puta. Ella le dio una cachetada. Él no lo soportó y se le tiró encima. La besó, ella le mordió el labio inferior y le escupió la cara. Él le rasgó la blusa y le mordió el pezón. Ella le pegó en la entrepierna y Aníbal se dobló de dolor. Ella trató de irse, pero la agarró por la pierna y la tiró al suelo. Le subió la falda y se le subió encima. Mientras la estaba violando le pegaba, le halaba el cabello. Ella escuchaba su respiración agitada y sentía su sudor bajándole por los senos. Cuando terminó, se levantó estirando los brazos satisfecho, pedorreando. Ella se puso de pie furiosa, se quitó el zapato, le gritó, él la miró y…

            Se miró de nuevo en el espejo. Sintió que su imagen estaba impresa en él. Lo arrancó de la pared y salió corriendo del apartamento. Estaba segura de que enseguida irían a buscarla.

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Dalana Trick y la Casa Rosada (3)

         Dalana terminó el colegio con pésimas calificaciones, pero como su padre contribuía económicamente con una de las universidades, su entrada estaba asegurada. Con auto nuevo y un apartamento lujoso, comenzó su vida universitaria. Allí sí tendría amigos, pues muchos estudiantes no tenían tantos recursos como ella y estarían a sus pies por solo la oportunidad de estar a su lado. Dalana compraba sus amigos para mal tratarlos. Ninguno se atrevía a llamarla por el odiado sobrenombre —Dalana Trick—, pero los que la conocían de toda la vida sí se atrevían. Entonces además de narcisista, se volvió vengativa y utilizaba a sus «esclavos» —como les llamaba a sus nuevos amigos—, para llevar a cabo los más crueles desquites. En una ocasión en la que estaba en la fiesta de la sororidad, Dalana mandó a echar éxtasis en una bebida y se la dio a tomar a una de sus conocidas de la que quería vengarse. Cuando la muchacha estaba drogada, la hizo desvestirse y salir desnuda por todo el campus, tomándole vídeos y fotografías. Después lo subió al Internet en dónde todo el mundo —incluyendo los padres de la joven intoxicada—, la vieron. Cuando la muchacha supo lo sucedido mientras no tenía conciencia, no pudo soportarlo y se quitó la vida.

            Dalana fue al velorio y hasta habló de las virtudes de la muchacha. 

            —Es una pena que haya acabado tan mal —dijo para recordar el incidente de su desnudez publicada secándose una lágrima fingida con un caro pañuelo. 

            Todos sabían que Dalana odiaba a la muerta, que sus palabras eran un acto de hipocrecía y su cómplice a pesar de estar arrepentido, no se atrevió a acusarla porque también quedaría implicado. Esa y muchas otras barbaridades hizo, Dalana. Mala y cruel. Su corazón estaba nublado de odio y falsedad, pero lo peor era que no sentía la menor pizca de remordimiento.

Continuará…

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Vida

Nicolato se llevó la taza a los labios lentamente. Bebió el líquido tibio con deseo, absorto en su espesura, en el delicioso olor metálico, en su sabor salado. Lo tomó sin prisa sabiendo que no obtendría otra dosis del delicioso brebaje por lo menos en las próximas veinticuatro horas. Pensaba en su doncella, la virgen pálida y ojerosa que cuidaba con recelo. No permitía que nadie los visitara. La amaba. Anca era su vida. Terminó. Limpió con una servilleta de tela el residuo rojo de su tupido bigote y se dirigió a la recámara para asegurarse de que ella lo tuviera todo.

Cuando entró en la habitación, Anca le dirigió una mirada lánguida y triste. Ella también lo amaba. No quería perderlo, por eso no le contó que tenía leucemia.

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Ejercicio #8 Taller Fleming Lab

Belleza corta

Hay mujeres que tienen belleza corta. Fanilú fue una de ellas. Nacida en un residencial público de San Juan, en dónde las drogas y la prostitución eran la orden del día, la pobre no tuvo muchas oportunidades para eludir su destino. Cuando era niña, su padre Don Ambrosio era un narcotraficante: el dueño del Punto, el bichote. Amparado por la oscuridad de la esquina, hacía sus transacciones ilegales sin que nadie en el caserío dijera una palabra. Callaban por miedo. Él tenía el poder sobre la vida de sus hombres y disponía de los viciosos. Si alguien lo traicionaba, se moría. Material que entregaba para distribución, se debía pagar al contado o aplicaba la pena de muerte, sin juicio. En aquella inmundicia, si los intoxicados rogaban por una dosis y debían demasiado, eran secuestrados para pedir a los familiares el pago inmediato de la deuda. Si no daba resultado el método de cobro, nadie volvía a verlos. Así se manejaba el Punto.

Los recuerdos de infancia de Fanilú eran muy tristes. En aquel complejo de decenas edificios de tres pisos, desteñidos y sucios donde sucedía su existencia, nadie la esperaba. Al regresar en las tardes de la escuela pública a la que asistía, cruzaba corriendo los patios entre las viviendas hasta llegar a la suya para subir unas escaleras malolientes, en donde se encontraba con adictos inyectándose, a quienes no les importaba que ella los viese. Al entrar a su apartamento, hambrienta y cansada, siempre encontraba a su madre tendida en un lujoso sofá, alcoholizada. La niña se acercaba, pero ella la ignoraba dándole las espaldas. Fanilú buscaba en el refrigerador, que a pesar de ser último modelo, siempre estaba vacío, pues nadie se ocupaba de comprar los alimentos. Aveces encontraba algún bocadillo y se metía en su cuarto color rosado y decorado de princesas de Disney, a mirar la televisión que su padre le había regalado en su cumpleaños. Debido a que el Punto funcionaba durante la noche, Don Ambrosio dormía durante el día encerrado en su cuarto con aire acondicionado. Ella sabía que no podía ir a molestarlo. Podría decirse que la televisión era su niñera. No tenía amigas porque las otras madres no querían que sus hijas se juntaran con la hija de tan tenebrosa figura. Su vida transcurría en la más absoluta soledad.

Fanilú tenía su cabeza llena de fantasías. No tenía supervisión de ningún adulto y miraba hasta los programas que no eran adecuados para niños. Viendo las telenovelas, aprendió antes de tiempo a sufrir por amor. Sus ojos se fijaban en las parejas teniendo sexo en la pantalla chica y sentía cosquillas en las partes de su cuerpo que la trabajadora social le había dicho que eran privadas. Tenía doce años cuando conoció a Pablo, un muchacho de dieciocho. Metidos entre los espacios debajo de las escaleras del residencial, en la penumbra, él le enseñó a besar. Poco tiempo después, sin importarle quién era su padre, se atrevió a tocarla en sus partes y cuando cumplió los quince, la hizo mujer: de pie, debajo de los escalones. Él la trataba mal, era celoso, posesivo, pero ella había aprendido que eso era amor. Mantenía su relación callada pues temía de lo que su papá pudiera hacerle al hombre de su vida.

Don Ambrosio quería presumir con los demás bichotes de su poder en el área que operaba su punto de drogas. Aprovechó la ocasión del quinceañero de su hija, preparando una fiesta en un hotel lujoso del Viejo San Juan. Contrató un decorador para que arreglara el salón que daba al mar, con centros de mesa de rosas en diferentes colores, manteles de satín blanco y cristalería fina. Se sirvió cocktel de camarones como aperitivo y tres platos a selección de los invitados. La música estuvo a cargo del grupo favorito de la homenajeada. El vestido lo confeccionó el diseñador de moda del momento. Cuando tocó bailar el vals, el padre tomó orgullosamente a su hija de la mano para mostrar su belleza a los asistentes. Luego la rodeó de la cintura y comenzaron a girar al ritmo de la melodía. De repente Fanilú se sintió mareada y se desmayó. El padre alarmado la llevó de inmediato al hospital. Luego de varios exámenes, el médico anunció que la jovencita estaba embarazada. Allí mismo, acostada en su camilla, tuvo que confesar quién la había preñado. Don Ambrosio salió como un loco en busca de Pablo para matarlo.

Cuando llegaron al caserío, los hombres de Don Ambrosio se separaron para encontrar a Pablo. No sabían que uno de los que estaban en la fiesta era su primo y le avisó. Escondiéndose detrás de un recipiente de basura, sirviéndose de la noche, apuntó con su arma a la cabeza del suegro y disparó. Al escuchar la explosión uno de los hombres del bichote que estaba cerca, reaccionó matándolo de inmediato. En esa terrible noche Fanilú se quedó sin padre y sin su amor.

La hermosura de Fanilú se fue apagando entre su cama y la esquina del caserío. Caminaba para arriba y para abajo casi desnuda, evitando la luz del farol, respirando la salada brisa del mar, buscando clientes para aplacar la insaciable sed de su madre y el hambre de su niño. Dos años después comenzó a perder peso inexplicablemente. Unas manchas oscuras aparecieron en su rostro tragándose la poca belleza que le quedaba. Terminó pidiendo dinero en medio de la calle, mendigando de auto en auto hasta que la vencía el cansancio. Una noche un conductor distraído no pudo ver la escualida figura que atravesaba la vía de cuatro carriles, causándole la muerte instantánea. Nadie podría decir que aquel desfigurado rostro alguna vez fue bello.

Ejercicio Taller Literatura Fleming Lab

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Contigo estaré

Capítulo I. Nueva York, 1940

Robert no soportaba la hermosura de su mujer. Aunque ya había parido dos hijos y estaba embarazada, tan pronto salía a la calle los hombres se le quedaban mirando y las mujeres le hacían notar su parecido a Gene Tearney. Ciertamente, se parecía mucho a la actriz. Incluso, recién llegada a Nueva York, había modelado algunos vestidos para una casa de modas que se valían de su igualdad física con la diva para vender sus modelos. Delicada, de ojos verdes y porte elegante, María no tenía ojos más que para su marido a quien profesaba dedicación absoluta, a pesar de la obvia diferencia entre ella y el empleado de fábrica.

María había emigrado a los Estados Unidos después de que la Gran Depresión de los años 30’s terminara con la fortuna de su familia. Bueno, al menos esa era la versión oficial. La verdad era que venía huyendo de su padre quien había intentado violarla en más de una ocasión. Sus hermanos José y Aurelio habían llegado primero y le habían pedido que viniera. Ellos le podían conseguir una ocupación en la fábrica en la que trabajaban. Tan pronto llegó la joven, el dueño de la fábrica, un señor judío muy adinerado, se quedó prendado de su hermosura. Pero María se había enamorado de un humilde obrero y ya no supo de nada más. A pesar de que los hermanos le previnieron que Robert tomaba bastante, ella pensó que con cariño podría cambiarle y en pocos meses se casó con él. Enseguida tuvo una niña, complicando su ya precaria situación económica. Luego llegó el segundo y cuando se embarazó del tercero, ya la carga era insoportable.

Ese viernes Robert había perdido su empleo. Atormentado por su incapacidad de mantener a su familia, se fue al bar de la esquina a ahogar su frustración. Estaba tal vez más borracho que nunca. Cuando no le sirvieron más se marchó. Apenas veía claramente el camino. María lo esperaba en el apartamento sintiendo ya las primeras contracciones. «¿Por qué se esta tardando tanto esta noche?» se preguntaba. Cruzó el pasillo para pedir a su vecina que cuidara de los niños para irse sola al hospital. La vecina no estaba, según le dijo el esposo que abrió la puerta. Cuando se despedía del vecino, Robert venía subiendo las escaleras y el demonio de los celos se apoderó de él.

—¿Qué haces saliendo de este apartamento? —preguntó tambaleándose.

—Solo vine a preguntar por Carmen…

—¿Crees que soy estúpido? Te estoy viendo que estás saliendo de ahí —gritó agarrándola del brazo con fuerza.

—No, no, Robert —intervino el vecino—. María solo vino a ver si Carmen estaba para que le cuidara los niños.

—¡No te metas! Te he visto como miras a mi mujer.

—Robert, tengo dolores de parto, por favor…

—¡Ja! Dolores de parto… ¿Es que me ves la cara de pendejo?

—¡No le hables así! —insistió el vecino.

—¡Te dije que no te metieras! —respondió a la vez que le asestó un puñetazo en la naríz al otro.

—¡No, por favor, Robert! —suplicó María agarrando el brazo de su esposo, él se la sacudió de encima.

María que estaba al borde de las escaleras, perdió el balance y cayó.

Capítulo.2 Texas, 2015

Celeste estaba leyendo su correo electrónico. Uno de estos le llamó la atención:

—Perdona que te escriba, pero quisiera saber si tienes alguna relación con María Morales Fernández.

Le pareció muy extraño que una desconocida le enviara un mensaje preguntando por su abuela. «¿Cómo habrá obtenido mi dirección de correo electrónico? La única forma que tengo para saber es contestando. ¿Será peligroso?» Celeste dudó mucho, pero no pudo resistirse.

—María Morales Fernández es mi abuela. ¿Cómo sabe mi correo? —preguntó.

—Solo quiero saber si es la misma familia que busco. Tu correo lo encontré en un lugar de búsqueda de familiares en internet—contestó inmediatamente la otra.

Celeste recordó que en efecto había investigado en ese lugar hacía algún tiempo.

—Mi abuela era ella. Mi abuelo era Fermin Esparza Díaz. Sus hijos eran: José, María, Aurelio, Carmela, Luz y Juan—respondió.

—Sí, es la misma familia. ¡Dios, no lo puedo creer!

En este punto Celeste estaba aturdida por el misterio. No sabía que otra cosa decirle a la extraña que se comunicaba en este particular modo.

—Mi madre era María. Me llamo Patricia—leía el próximo mensaje.

En las familias siempre hay historias. Celeste era hija de Aurelio, el hermano de María, la hermana que había muerto cuando su esposo la tiró por las escaleras. Esa historia la había escuchado una y otra vez. Su padre se la repetía, ya ni sabía cuántas veces, advirtiéndole que nunca se casara con un hombre que bebiera. La muerte de María le había traumado y temía volver a vivir aquel horror.

—Mi padre era Aurelio. Falleció hace varios años.

De ahí en adelante las dos primas comenzaron a escribirse más a menudo. Cuando Celeste sintió más confianza le dio su número de teléfono. Ambas mujeres sentían una gran felicidad de haberse encontrado y poder compartir ese pasado común.

—Patricia, yo tengo una foto de tu madre. Mi papá siempre la guardó con mucho amor. Ella era una mujer hermosísima.

—¿De verdad? Yo no tengo ninguna.

—Pues no te preocupes, voy a buscarla y te la voy a hacer llegar.

Celeste se había divorciado y recién se había mudado. Buscó en las cajas en las que debían estar las fotografías y no la encontró. Se sentía triste pues se la había ofrecido a su prima. De pronto el retrato saltó de una cajita pequeña. Con gran alegría Celeste tomó en sus manos el tesoro tan preciado de su padre. La verdad es que María era bellísima pensaba mientras admiraba aquella hermosa sonrisa que seguro no adivinaba tan trágico final. Celeste la volteó para leer la dedicatoria. Sus manos empezaron a temblar cuando leyó el siguiente mensaje:

«A mi adorada hija Patricia. Siempre estaré contigo. 29 de noviembre de 2015, Texas».

Taller Literatura Fleming Lab. Ej.4

Imagen: Gene Tearney

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Gabriel.4

Le parecía increíble estar viendo a su Gabriela acostada dentro de un féretro. Hacía solo dos noches dormía con él, en su cama, su tibio e inmenso vientre pegado a su espalda. Su pelo rojo, su cara pecosa, ahí se miraba tan relajada. No se acostumbraba a la idea de no volverla a ver, de acariciarle jamás. Levantó el velo que cubría la caja y acarició su rostro frío, deshabitado, sin vida. Esto no tenía sentido. Se supone que estuvieran celebrando el nacimiento de Gabriel. No entendía, no comprendía nada. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Alguien podía venir y darle alguna razón que justificara esto?

Todo lo veía borroso. Armando caminaba como si estuviera en una nube. Sus pies no tocaban el suelo. El maldito olor a muerte, a rosas, claveles y lirios le entraba por las narices y le revolcaba el estómago. A Gabriela le gustaban los girasoles, inquietos, palpitantes, llenos de vida. Como ella. Se sentía mal, enfermo. Estaba hastiado de la interminable fila de amigos, conocidos y familiares con caras sombrías, gafas de sol y vestiduras negras. Algunos venían solo por curiosidad, para ver la madre del niño sin ojos, que la prensa amarilla había publicado como si se tratara de un fenómeno de circo.

¿Qué lo sentían? Vanas, vacías, insulsas palabras de pésame. ¿Por qué mejor no se iban todos? ¿Por qué no lo dejaban despedirse a solas de su amiga, de su compañera, de su mujer?

—Voy a llevarme al niño —advirtió Lila acercándose peligrosamente.

La voz chillona de su suegra lo sacó de sus pensamientos. Volteó a mirarla con ganas de vomitarle en la cara.

—¿De qué hablas? —respondió alelado.

—Que voy a llevarme al niño. Vivirá conmigo.

—Lila, esto no está en discusión. Gabriel es mi hijo y se queda conmigo.

—¿Cómo vas a ocuparte de él? Es un niño con problemas… Seguro que es tu culpa que lo sea.

—¿Mi culpa?

—Sí, siempre pensé que eras malo para mi hija. Seguro tienes algo mal en tus genes.

—Lila… Cállese. No sabe lo que dice. Terminemos con esto ya. No es el momento.

—¡Es el momento! —dijo la mujer alzando la voz.

La gente que atiborraba la funeraria miraban la escena y murmuraban. Armando escuchaba los murmullos como si los hicieran desde un altavoz. Lanzó una mirada de odio a Lila y se marchó, dando la espalda a aquella horrible mujer que siempre soportó, solo por amor a Gabriela.

—¡Te llevaré a la corte, Armando! ¡No dejaré a mi nieto contigo! —gritó mientras el viudo se alejaba.

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