Vida

Nicolato se llevó la taza a los labios lentamente. Bebió el líquido tibio con deseo, absorto en su espesura, en el delicioso olor metálico, en su sabor salado. Lo tomó sin prisa sabiendo que no obtendría otra dosis del delicioso brebaje por lo menos en las próximas veinticuatro horas. Pensaba en su doncella, la virgen pálida y ojerosa que cuidaba con recelo. No permitía que nadie los visitara. La amaba. Anca era su vida. Terminó. Limpió con una servilleta de tela el residuo rojo de su tupido bigote y se dirigió a la recámara para asegurarse de que ella lo tuviera todo.

Cuando entró en la habitación, Anca le dirigió una mirada lánguida y triste. Ella también lo amaba. No quería perderlo, por eso no le contó que tenía leucemia.

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Ejercicio #8 Taller Fleming Lab

Muerta… de miedo

Imelda bajó las escaleras sigilosa. Escuchó que alguien abrió la puerta de la parte de atrás. Tenía un miedo viceral, de esos que te enredan las tripas y dan ganas de vomitar. Llevaba en sus manos el Colt 45 que su esposo siempre tenía debajo de la almohada. Ningún vecino podía ver que alguien había entrado, pues un solar baldío colindaba con el patio de la casa. No estaba segura que iba a hacer con el arma. No sabía disparar y se sentía incapaz de hacerlo. La sangre le aterraba. Se mareaba de solo olerla. Caliente, viscosa. Pensar que al herir a una persona el flujo encarnado se vertiría a borbotones sobre su alfombra le daba… asco.

Tampoco se atrevía a encender las luces. Si alguien estaba allí, prefería no ver su rostro ni su figura. ¿Sería un hombre joven, de mediana edad, o viejo? ¿Blanco, negro, latino o asiático? Mejor era no saber. ¡Qué falta le hacían los perros!

Desde que murieron su marido y los perros, no había reemplazado ni a uno ni a los otros.

En la oscuridad se movía despacio para no tropezar con nada. Menos con el intruso. La sola idea de chocar con él le hacía temblar. Seguro que entró a robar y no le interesaba hacerle daño. Ahora se arrepentía de haber bajado. Quizás era mejor subir y esconderse. Tal vez el hombre no se había dado cuenta de que estaba allí. Subió la escalera despacio. De repente le asaltó un pensamiento. ¿Y si él había subido antes de que ella decidiera subir? ¿Si ya estaba en las habitaciones? ¿O qué si estaba en su cama? Se paralizó en medio de su ascenso por las escaleras. Prisionera. Eso era. Cautiva del extraño.

¿Y si venía a dañarle? ¿Si era un sádico malvado que le gustaba jugar con sus víctimas? Lo había leído en los periódicos. Algunos de esos enfermos les cortaban la piel, suavecito, mientras se masturbaban. Después, les mordían los pezones hasta arrancarlos de cuajo, entretando las degollaban.

Imelda se desmayó al imaginarse mutilada.

Cuando volvió en sí, se vio a sí misma en la escalera con el Colt 45 descansando en su mano. Literalmente muerta… de miedo.

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La maleta.4

Mariana abrió el maletero sobre su cabeza y bajó la pesada maleta de mano de nuevo. Se dobló en el pasillo para limpiar el líquido rojo que salía de los lados de la maleta y que estaba goteando. Sebastián se asomaba desde su asiento para tratar de ver lo que ella hacía, por si por casualidad ella abría la maleta para dar un vistazo sobre su contenido. Él había escuchado claramente cuando ella dijo “sangre”. Le preocupaba que ella hablaba con mucho despecho sobre su ex-novio, el que había conocido por el Facebook.

Cuando terminó de limpiar la maleta, Mariana volvió a colocarla en el maletero sobre su cabeza. Se notaba que cualquier cosa que estuviera adentro, pesaba bastante. Luego se fue al lavatorio de la parte trasera del avión. Abrió la llave y metió sus manos debajo de la pluma. Dejó correr el agua por un rato, observando como el líquido rojo se iba yendo de sus manos haciéndose cada vez más claro hasta desaparecer completamente drenaje abajo. Su mente se quedó en blanco mientras lo hacía. Luego se miró en el espejo. Agarró una servilleta de papel con la que se secó las manos y luego se la pasó por la cara. La echó en la basura y salió.

Volvió a su asiento justo cuando estaban avisando que se prepararan para el despegue del avión. Se sentó en el asiento al lado de Sebastián, callada y se puso el cinturón de seguridad.

—¿Todo bien? —preguntó Sebastián al ver que ella no hablaba.

—¿Ah? —reaccionó ella. Estaba completamente inmersa en sus pensamientos.

—¿Qué zi todo eztá bien? Te haz quedado callada de momento…

—Si, si… Perdón.

—Dizculpa que te pregunte… No zé si ezcuché bien, pero ¿tenéiz zangre en la maleta?

—¿Sangre? —preguntó Mariana, mirándolo extrañada—. Sangre… sangre… ¡Ahhhh! Sangre… ¿Te refieres al líquido rojo que salió de mi maleta?

—Pues ziiiiii…

—¡Ah! Esa es la sangre de mi ehcultura… Es solo pintura roja. Creo que ya te lo había dicho. ¡Pero cómo ereh de preguntón!

—Ez que hablábamoz de la primera vez con tu ez-novio y de momento zalistéiz con ezo de la zangre…

—Jajaja… Ya veo… Lo que quiereh eh que te termine el cuento de la primera veh que ehtuve con el anormal aquel…

—No… Ez que eztabaíz hablando de ezo…

—Eh cierto… Pueh continúo, mi amol… —dijo Mariana, acariciando suavemente el brazo de Sebastián—. ¿Por dónde iba?

—Bueno, deziaíz que él te hablaba al oído y que no tenía priza, blah, blah, blah…

—Ah, sí… Eh cierto —dijo ella recapitulando—. Pueh como te iba diciendo, cuando ya yo ehtaba super caliente, me llevó al cuarto. Lo tenía todo preparado, con pétaloh de rosah, champán y yo que me moría porque el hombre entrara en acción. Y él dehpacio. Sin prisa. Me fue dehnudando poco a poco. Yo mojada, ya tu sabeh… ahí, entre lah piernah…entonceh me dice que se lo chupe.

—¿Ah? Bueno… Ezo ez natural… digo, el zexo oral, ez muy natural…

—Nooooo… ¡No era sexo oral lo que quería! Quería que le chupara el dedo gordo del pie… Ehpecíficamente del pie izquierdo…

—¡¿Qué?! —preguntó Sebastián quien apenas podía contener la risa—. ¡Joder! Ezo zí que zuena muy enfermo…

—Te lo digo… Ooooyeeee… ¡Yo no sé tu nombre!

—Es zierto, nunca te lo dije… —contestó enrojecido por el ataque de risa—. Zebastián, me llamo Zebastián. Y a mi no me guzta que me chupen loz dedoz de los piez… Jajaja —reía sin poder parar.

—No eh nada gracioso —dijo Mariana muy seria—. Sobretodo cuando tu quiereh chingar y te salen con eso.

—Ez que ezto ez como para morirze de la riza… Perdón, perdón, perdóname Mariana.

El hombre que quise ser. 11

Agustín siguió hipnotizado con la niña que apenas tenía dieciséis años. Su piel lozana, nueva, sus manos suaves y el aroma de su pelo, lo aturdían. Se estrujaba en la cama por las noches, sudoroso, entre pensamientos lujuriosos. Su único objeto ahora era conseguir el amor de la virginal criatura. Victoria había perdido todo atractivo para él.

Por su parte, la chiquilla se sentía agasajada ante tanta consideración de un caballero de la pinta de Agustín. A los treinta y tantos años, él seguía siendo tan guapo y gallardo como antes. No tenía fortuna, pero apellido y porte no le faltaban.

Agustín buscaba verse con la joven a escondidas, ayudados por una de sus amigas. Para ellas, era cosa de juego. A pesar de todo, él era un señor adulto y a sus espaldas se reían. Él le regalaba chocolates, flores y alguna que otra chuchería que la mantuviera a su merced. Una mañana en la que quedaron en verse en un parque, Agustín se las ingenió para llevarla a un lugar apartado. Curiosa e inexperta al fin, ella dejó que él se aproximara demasiado, al punto de besarle. Cuando quiso retroceder, el hombre cortó su paso, abrazándole en contra de su voluntad. Agustín estaba embriagado con ese olor que solo despiden las vírgenes. Excitado le pasó la lengua por el cuello. La niña se retorció de asco. Viéndose acorralada gritó. Fue entonces cuando él volvió en sí, la soltó y ella se fue corriendo.

Esa misma tarde, el padre de la niña irrumpió en la oficina de Agustín. Estaba rabioso, con razón. Venía nada más y nada menos que a retarle a un duelo. Él era un caballero a la antigua. La única forma de lavar esa afrenta era con sangre. Los ojos de Agustín estaban casi fuera de las órbitas. ¿Un duelo? ¿En pleno siglo veinte? ¿Pero no era ilegal? No había forma de arreglar las cosas, el ofendido padre reclamaba sangre.

—Ahora sí que la embarraste, Tino —advirtió Pepe tan pronto el viejo se fue—. De esta sí que no te salvas. Tienes suerte que soy tu jefe y no mi padre. Él te hubiera puesto de patitas en la calle.

—¿Pero cómo se le ocurre a este hombre retar a duelo? Eso no se usa desde principios de siglo. Si yo ni fui a la guerra. No sé ni como se dispara un arma.

—Es que eres un loco, ¡carajo! —reclamó el amigo—. Esa es una niña, podría ser tu hija.

—¿Cómo que mi hija? ¡Joder! ¡Que yo no soy tan viejo! Apenas paso los treinta.

—El ratito hace que los pasamos. Pero, tu estabas enamorado de Victoria, ¿qué pasó?

—¡Victoria! ¡Victoria! ¡Victoria! Victoria tiene ínfulas de virgen recalentada, con tu perdón, primo. Pero es así. Ya no sé que hacer con ella. Me aburre.

—Entonces buscas acción con una chiquilla. Pues ahora sí que tienes acción. ¿Para cuándo es el duelo?

—¿Tengo que ir? —preguntó Agustín cagado de miedo.

—¡Pues claro que tienes que ir! No querrás quedar como un cobarde. Todo el mundo se enteraría de la afrenta y además de lo que eres. Tendrías que mudarte a otro país.

—¡Dios! ¿Por qué me pasa esto? —dijo mirando al cielo—. Mañana al amanecer. Dijo que lleve un padrino. ¿Quieres ser mi padrino?

—¿Yo? —preguntó Pepe horrorizado.

—Bueno, ¿no soy yo tu padrino de bodas y el de tu hijo? Pues te toca. Carlos anda cojo, no podría ayudarme si me pegan un tiro.

—Pues está bien. Vale. Soy tu padrino y a Dios que reparta suerte. Mañana estoy en tu casa a las cuatro de la mañana.

—¿Cómo que mañana? No. Tú te quedas conmigo esta noche. ¿Quién sabe y sea la última?

—Deja el drama. ¡Puñeta! Me quedo. Avisaré a Vivian. No va a entender, pero igual me quedo.

Esa noche los dos amigos se quedaron hablando y bebiendo hasta el alba. Cada hora miraban el reloj de péndulo asustados. A la indicada, ambos marcharon borrachos al punto fijado para el duelo.

Laberinto.10

Artemisa fue revisada por los paramédicos, quienes indicaron que la niña había sufrido una baja súbita en su presión sanguínea. Decidieron llevarla al hospital para hacerle más exámenes.

Mientras tanto, Leonardo solicitó a la compañía del celular, el registro de las llamadas recibidas desde el número que aparecía en el celular de Artemisa. Había un patrón de llamadas desde diferentes números, pero en ninguno contestaban cuando Leonardo trataba de hacer contacto. Él llevó su preocupación a la Policía, quienes tomaron la querella, pero le indicaron que en ese momento no podían hacer nada.

—¿Cómo estás? —preguntó Leonardo dulcemente, cuando fue a visitar a Artemisa al hospital.

—Estoy bien, hermano —contestó ella.

—Arte, tenemos que hablar, lo sabes —dijo él.

—¿De qué? No hay nada de que hablar. No pasa nada.

—Sé que algo está pasando y no descansaré hasta saber de qué se trata. Sea lo que sea que me estés ocultando, no puede ser tan malo que no me lo puedas decir. Incluso, por horrible que creas que pueda ser, créeme hermana, que voy a estar contigo. Confío en ti.

Artemisa se volteó en la cama, dándole la espalda a Leonardo. Su secreto la avergonzaba. En el fondo, ella quería vaciar las llantas de la Directora. También quería quemar el almacén donde estaban las porquerías del Viernes Santo. Claro, que no quería matar a aquel pobre hombre, pero sucedió. Ella era tan culpable como Daniel. Y además, no podía decir nada.

Por un largo tiempo nada pasó. Artemisa no recibió llamadas sospechosas. Todo parecía haber vuelto a lo normal. La niña salía con sus amigas y llevaba una vida como cualquier adolescente. Algunas veces se encerraba en el cuarto y no hablaba con nadie. Leía libros o escribía historias, pero no era algo que preocupara a su familia. Pero si la veían llorar sin motivo aparente o se quedaba con la mirada perdida, entonces sí se preocupaban.

Para la fiesta de los quince años, los padres de Artemisa decidieron tirar la casa por la ventana. Celebraban que su única hija se había transformado en una hermosa joven. Prepararon una fiesta en los jardines de la casa. El patio estaba adornado con columnas y guirnaldas con rosas amarillas y orquídeas violetas. Pusieron en el medio una pista para bailar, con una tarima donde tocaría un grupo de moda en vivo. Habían sillas blancas estratégicamente colocadas alrededor de donde tocaría la banda, para que los invitados se sentaran. Artemisa llevaría un vestido blanco precioso, que le ayudó a escoger Leonardo.

Artemisa quería que Víctor la escoltara. Víctor era el hermano de Marina, su mejor amiga. Él la había estado cortejando desde hacía varios meses. El joven tenía diecisiete años, era alto, moreno, con unos ojos oscuros y profundos que Artemisa adoraba. Pertenecía a un grupo de cadetes, que serían quienes escoltarían a sus catorce damas. Todo estaba perfecto.

Llegó el gran día. Artemisa desfiló del brazo de Víctor. Contenta. Feliz. Su papá bailó con ella. Leonardo también. Luego del baile con su hermano, una de las damas le dio una nota. Era de Víctor. Decía que la estaba esperando debajo de las escaleras al otro lado del jardín. Ella fue corriendo a su encuentro.

Un grito visceral interrumpió la música. Leonardo corrió hacia el lado del jardín desde donde se escuchó el alarido. Cuando llegó, Artemisa venía caminando hacia él, con las manos ensangrentadas y el vestido manchado, en estado de choque.

Inexplicable

Antonela estaba mareada, drogada. En sus manos tenía un cuchillo cuya hoja chorreaba sangre aún caliente. Un poco le corrió por los dedos lo que le provocó nauseas. Por sus fosas nasales subió el inconfundible hedor a hierro del líquido vital. Tiró el cuchillo y se dobló para vomitar. Todo era confuso. No recordaba el momento en que hundió el puñal. De haberlo hecho recordaría la sensación de haber empujado el arma punzante en contra de la piel, rompiéndola y desgarrando la carne. Si eso había sucedido, por alguna razón no estaba en su memoria.

No sabía cómo había llegado al lugar en el que se encontraba, donde todo apuntaba a que ella había cometido un crimen. Tampoco había nadie muerto ni herido allí. Por lo menos, ella no lo veía. En la oscuridad caminaba tropezando con cosas tiradas por el suelo. Por el ruido se imaginaba que eran latas, envases plásticos, una u otra cosa de madera. No podía distinguirlas. Seguía la poca luz con la esperanza de encontrar una salida. Sudaba, le faltaba la respiración, temblaba. Sabía que estaba a punto de un ataque de pánico pero era un lujo que en este momento no podía darse. No podía inmovilizarse. Quiso correr pero se cayó dando con la cabeza en un objeto duro. Por un momento se aturdió con la caída y se quedó quieta. Luego sintió la urgencia de levantarse para seguir huyendo. Se tocó la frente sintiendo un doloroso chichón en la sien izquierda. «¡Maldición!», pensó mientras se incorporaba. «Tengo que encontrar la salida de inmediato o enloqueceré», decidió limpiándose las manos en las patas de su pantalón.

De pronto escuchó unos pasos que se alejaron del lugar corriendo.

Locura Completa (originalmente publicado en Salto al Reverso)

La sangre de su esposo chorreaba entre sus dedos. En sus manos, todavía el arma con que le arrebató la vida y con la que seguía hurgándole el pecho hasta arrancarle el corazón y comérselo.

Era suyo, pero él no lo entendía.

Tanto estuvo jodiendo con mujeres hasta que la llevó a la completa locura. Locura de imaginárselo con otra, de compartir sus besos, de que él le hiciera el sexo con la lujuria que sólo a ella pertenecía. Lo miraba ahí inerte y no podía dejar de admirar su cara de niño ahora dormido para siempre.

***

—¡Ay, madre mía!— gritó la carcelera inmóvil. Pasaba por la celda y la había visto arrodillada de espaldas, mirándose las manos como en trance. Cuando la llamó, ella se dio la vuelta y le mostró las manos chorreando sangre. Y los ojos le colgaban de las cuencas.

La Casa V (La Barbacoa)

Irene miraba las manchas de sangre aturdida, atolondrada. Ella misma las había estregado por la mañana y la tina había quedado nítida. Mientras buscaba sin éxito una explicación lógica a lo que estaba viviendo sintió un aguijón que le traspasaba la piel del talón. Primero sintió un dolor intenso y después que la quemaban. Miró al suelo y ahí estaba un escorpión azul. Como un reflejo tiró la toalla sobre el animal y se le paró encima para matarlo. Luego caminó hasta su cama y se sentó en la orilla mareada.

Cuando Rodrigo llegó la casa estaba oscura y en silencio. Clinton llegó donde él y lo dirigió al cuarto. Al entrar Rodrigo se encontró a Irene todavía sentada en la orilla de la cama desnuda y quemando de fiebre. A él le pareció muy frágil a pesar de su alta y estilizada figura. Hablaba pero no hacia sentido lo que decía. El le puso una bata por encima y levantándola en brazos la subió a la camioneta. Rodrigo iba a alta velocidad comiéndose el camino al hospital pasándole a los carros que se le metían al frente. Estaba temeroso de lo que le pudiera pasar a su esposa. Sólo pensar que podría perderle le daba escalofríos. Llegó a la sala de urgencias y dejó la camioneta en medio de la calle encendida. Corrió al lado del pasajero tomando a Irene de nuevo en los brazos y entró gritando por ayuda. La enfermera se acercó de inmediato y preguntó que pasaba. El no sabia más que lo que vio cuando llegó a la casa y así se lo explicó. Como Irene estaba inconsciente la enfermera llamó al médico de inmediato y este vino con prontitud. Enseguida notó la fiebre y empezó a hacer preguntas a Rodrigo sobre qué podía estar causándola. Mientras le hacia el examen físico encontró que Irene tenía el pie hinchado. Se dio cuenta de que ella había sufrido alguna picadura de insecto. En ese instante Rodrigo recordó el evento del escorpión y enseguida se lo hizo saber al galeno. Con esa información el médico decidió aplicar un suero para las picadas de escorpión. En un par de horas la fiebre de Irene había cedido y ella volvía a la normalidad.

Rodrigo estaba a su lado cuando ella abrió los ojos.-Mi amor, ¿qué te pasó?

-Hay manchas de sangre. Me picó un escorpión azul.-Contestó Irene balbuceando.

-Si yo sé que había sangre en la tina cuando me fui. ¿Por qué estas así?-continuó Rodrigo.

-Rodrigo, yo lavé la tina, yo la lavé esta mañana cuando te fuiste. Cuando fui a bañarme por la tarde la sangre estaba allí otra vez.-Irene explicaba llorando. Rodrigo la abrazaba consolándola diciéndole que todo estaría bien.

Esa misma madrugada dieron de alta a Irene. Cuando llegaron a la casa Rodrigo la acostó en la cama y ella se durmió extenuada. Rodrigo fue al baño y vio la toalla en el suelo. La levantó y vio al escorpión azul muerto. Buscó un frasquito de cristal y lo echó allí con mucho cuidado. También observó la tina y vio lo que parecían ser manchas de sangre. Agarró un palito de algodón y mojándolo en el liquido rojo también lo metió en otro frasquito.

Al siguiente día Rodrigo se levantó temprano y dejó a Irene descansando. Se despidió de ella con un beso en la frente. Salió de la casa llevando consigo los dos frasquitos de cristal cuyo contenido lo intrigaba. Fue directo a la tienda de pesticidas para confirmar que aquello que llevaba en el frasquito era un escorpión azul.

-En efecto es un escorpión azul.-Le confirmó Luis el dueño de la tienda mientras lo observaba minuciosamente a través del cristal-Lo que no comprendo es que hace uno de estos animalitos en esta región.

-Luis, no uno. Ya hemos encontrado dos y este picó a mi esposa.-dijo Rodrigo preocupado.-¿Tu crees que hayan más en la casa?

-Aunque este no es su hábitat donde hay dos deben haber más. Pero el veneno que te vendí ayer debe ser suficiente para acabar con ellos.-Respondió Luis.

Rodrigo se despidió agradeciendo a Luis por su ayuda. De ahí se dirigió a la oficina de su amigo Jorge quien era agente de la policía forense. El podría decirle si en efecto el contenido del otro frasquito era sangre o no. Jorge lo recibió con un abrazo y le pasó a su despacho. Rodrigo le explicó que llevaba ese frasquito porque necesitaba saber si era sangre lo que había adentro. A Jorge le pareció extraña la petición y Rodrigo decidió explicarle la verdad. Bueno, no toda. Solamente que habían encontrado las manchas pero no que las habían lavado y que volvieron a aparecer. Jorge le dijo que lo ayudaría gustoso y se quedó con el frasquito. Le dijo que lo llamaría con la respuesta. Antes de irse Jorge invitó a Rodrigo a una barbacoa el domingo en su casa. A Rodrigo le pareció perfecto para sacar a Irene de la casa y pasar un buen rato con sus amigos. Gina, la esposa de Jorge se llevaba muy bien con ella.

Rodrigo llamó a Irene unas cuantas veces durante el día para saber como seguía. Ella le dijo que se sentía mejor pero que se iba a bañar en el otro baño. El le dijo que era buena idea. También le dijo que no se molestara en preparar la cena que él recogería algo por el camino. Ella le pidió comida china y a él le pareció bien. Cuando le habló sobre ir a la casa de Jorge y Gina el domingo a ella le entusiasmó la idea.

-Hace mucho que no salimos.-le dijo ella.

Llegó el domingo e Irene se puso un trajecito floreado muy alegre y sandalias blancas. Rodrigo un pantalón corto color crema, una camisa azul claro y zapatos deportivos. Ambos estaban muy contentos porque hacia tiempo que no compartían con sus amigos. Llevaban una botella de vino y postre de arándanos hecho por la propia Irene para la ocasión. Cuando llegaron Jorge ya estaba en el patio con el fuego encendido. Gina estaba en la cocina completando la ensalada que acompañaría la carne asada. Cuando salieron al patio los hombres estaban hablando de la picadura del escorpión y de la sangre en el baño. Al ver a Irene cambiaron el tema pero ya era tarde.

-Jorge, ¿ya le contaste a Rodrigo la historia de su casa?-Intervino Gina.

-Gina, no. Ahora no.-La cortó Jorge.

La Casa IV (La Sangre)

-Rodrigooo, ¿te has rasurado en la tina?-Irene gritó desde el baño.

-No. ¿Por qué?-Contestó Rodrigo levantando la voz desde el primer piso.

-He encontrado sangre en el suelo.-Respondió ella en voz muy alta para hacerse escuchar.

Rodrigo subió al segundo piso hasta llegar al baño e inspeccionando sobre el hombro de Irene preguntó-¿Cómo sabes que es sangre?

-Por que la toque con la yema del dedo, la olí y me olió a sangre.- Contestó ella enderezándose y mirándolo confusa.

-¿No te habrá bajado la regla?-Curioseo él.

-No, no me toca todavía.-Dijo Irene haciéndole un guiño y abrazándolo. Rodrigo se despidió para el trabajo con un beso apasionado agarrándole una nalga a Irene. Ella rió pícara y cerró la puerta cuando lo vio irse. Luego se quedó preguntándose de dónde habría salido la mancha de sangre.

Irene era una ama de casa que mantenía su casa irreprochable. Siempre escoba y trapeador en mano para que sus pisos de madera maciza color ébano lucieran impecables. Esa mancha la desconcertaba. No tenía procedencia al parecer. Bajó las escaleras y fue a la lavandería por el blaqueador y volvió al baño para salir de la mácula que la enloquecía. Estregó la tina hasta hacerla refulgir. Después se quedó arreglando la cama con un edredón y cojines azul marino que acentuaban la neutralidad del gris claro de las paredes de la habitación. La mesa de noche estaba adornada con un arreglo de rosas azules y blancas en un envase de cristal con un lazo plateado. A Irene siempre le había gustado la decoración. Compraba revistas y libros sobre el tema para poner en cada esquina de la casa de sus sueños un toque de buen gusto. Terminó con la habitación y bajó a llevar el blanqueador a la lavandería. Lavó alguna ropa y preparó un almuerzo ligero para ella.

Estaba comiendo cuando llamó Rodrigo. -¿Estás segura que el escorpión que mataste era azul?

-Sí, era azul. Me dio lastima matarlo, hasta era bonito.-contestó ella sarcástica.

Rodrigo se rió. -¡Qué raro! Es que estoy en la tienda de pesticidas y me dicen que en esta región no hay escorpiones azules. Fíjate bien si ves otro. De todos modos llevo veneno que sirve para cualquiera.

-¿Qué me fije bien? Estás bromeando, ¿verdad? Te veo esta noche. Te amo.-se despidió ella con un beso sonado.

Irene terminó sus tareas domésticas y se puso a leer el libro La Esmeralda de Jerusalem de Santiago Pedro. A ella le gustaban los libros donde el misterio se mezclaba con los hechos históricos. Después de leer un rato se quedo dormida en el sofá. Cuando despertó ya se hacia tarde para preparar la cena. Decidió preparar camarones enchilados y mientras cocinaba la cebolla y los pimientos se embriagaba con el aroma del zumo cocinándose. Pensó en preparar arroz blanco como acompañante. Dejó todo a fuego lento y para economizar tiempo se fue a tomar un baño.

Cuando fue a entrar en la tina habían manchas de sangre.