Simplicia

            Corría el año 1922 cuando me asignaron entrevistar a la viuda de Betances, Doña Simplicia Jimenez Carlos. Aunque no me hacía mucha gracia tener que perder una tarde de mi incipiente carrera como periodista escuchando los cuentos de una viejecita demente, decidí trasladarme al hotelito en la calle Fortaleza de San Juan en el que residía. Caminé por los azules adoquines, contándolos uno a uno, sintiendo la brisa y el olor a salitre de la cercana bahía. Subí las escaleras hasta el tercer piso y toqué la puerta. Una joven me abrió y me acompañó hasta la salita en la que se encontraba Doña Simplicia. Me sentí transportado a otra época entre los muebles y la decoración melancólica y aburrida de aquella humilde estancia. La anciana me miró con cierta desconfianza, pero tan pronto me identifiqué extendió su mano arrugada y flaca, la que estreché devolviéndole mi mejor sonrisa.

            Antes de ir a ver a la viuda, me encargué dar un vistazo a la vida de Ramón Emeterio Betances y Alacán, el prócer que dedicó su vida y tesoro a la causa de la independencia de Puerto Rico y Cuba. A grandes rasgos había escuchado algunos detalles de su vida que me llamaban la atención. Se había enamorado perdidamente de su sobrina, María del Carmen Henry —a quien apodaban «Lita»—, con quien iba a casarse luego de que el Sumo Pontífice les dispensara por la consanguineidad, pero ese amor nunca se consumó. Consiguieron la dispensa, pero la joven falleció poco antes de su casamiento por causa de la fiebre tifoidea que contrajo estando en una escuela en Francia. Él se la llevó para atenderla a un pueblo cerca de París, pero sus cuidados fueron en vano. A los trece días de enfermar murió un Viernes Santo. Betances arregló todo el funeral para regresar sus restos a Puerto Rico. Contaban que pasaba todo el día en cementerio sembrando flores alrededor de su tumba. Se dejó crecer el pelo y la barba y se vestía de negro con un sombrero de cuáquero. La imagen misma de un despojo humano. Fue en esos días que escribió una de sus obras más importantes —en francés, que dominaba perfectamente—, «La Vierge de Borinquen». Solo su deseo de ver a su patria libre lo sacó de su depresión.

            El padre de Betances nació en la Española. Era un rico terrateniente y comerciante en Cabo Rojo, Puerto Rico. Se casó con una mujer de descendencia francesa que murió cuando Ramón Emeterio tenía nueve años. El niño fue educado por tutores en los primeros años de su vida, en la biblioteca que tenía su padre que era la más grande de la ciudad. Al morir la madre, decidió enviarlo a Toulouse, Francia a continuar sus estudios. Allí se hizo médico y cirujano. Cuando supo de un brote de cólera en el área oeste de la isla, el joven decidió regresar y se convirtió en el médico de los pobres. También era asiduo lector de Voltaire y Rousseau y estaba convencido de la igualdad de los hombres.

            Tomé una silla y me senté cerca de Doña Simplicia. La habitación olía a una mezcla de linimento y alcoholado. Me preguntaba cómo iba a comenzar una conversación con esta mujer y pensé que podría empezar curioseando sobre la manera en que había conocido a prócer.

            —Doña Simplicia —dije—, ¿cómo conoció a Betances?

            Su cara se iluminó. Con una triste sonrisa se acomodó en la silla, echó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos, recordando.

            —La primera vez que lo vi fue en la plaza de mi pueblo. Era una noche de retreta.[1] Betances ya gozaba de gran reconocimiento pues era muy activo en la política y sobre todo por su buen corazón. Oiga usted… pagaba por la libertad de los esclavos. Él y otros amigos de la Sociedad Abolicionista, esperaban en la entrada de la iglesia de Mayagüez a que fueran a bautizar a los niños y los compraban para liberarlos—respondió con notable admiración—. Eso le trajo problemas con el gobierno español por lo tuvo que irse al exilio.

            —Hay muchos rumores sobre la relación suya con el prócer.

            —Ah… Y muchas mentiras también —dijo sin molestarse.

            Doña Simplicia tenía una voz muy suave, apenas audible. Sin embargo, noté que arrastraba las erres.

            —Entonces cuénteme cuál es la verdad.

            —Betances y yo nos casamos en Cuba en 1863 cuando yo tenía veintiún años y él treinta y cinco. Sé que se ha dicho que era su criada, que vivíamos amancebados, que como yo era fea y «hombruna» él me hizo el favor de darme su nombre, pero todo eso no son más que cuentos.

            Cuando nos conocimos yo era una muchacha muy viva y simpática…coqueta también —dijo riendo—.  Él enseguida dijo que iba a casarse conmigo. Y así fue. Viví con ese hombre treinta y cinco años de mi vida —explicó recalcando el tiempo que estuvo casada.

            —¿Y cómo era su vida con él?

            —Nunca aburrida, diría yo… —rememoró—. En el 1867 vivíamos en Santo Domingo, en una casa llena de todo tipo de personas de baja calaña. Allí me dedicaba a cuidar de ellos y a colaborar en lo que pudiera. Para entonces, Betances planificaba lo que se conoció más tarde como el Grito de Lares. Estaba haciendo un ejército, le habían prometido hombres y armas, pero las cosas no resultaron como él las planeó. Se suponía que iban a atacar el 29 de septiembre de 1868. Era fin de semana de fiesta por lo que se esperaba que los españoles estuvieran borrachos y entretenidos en otras cosas. Alguien comentó lo que se proponía hacer y lo escuchó un general español y apresaron a algunos hombres. Se corrió la voz y no dejaron salir de Santo Domingo a los que vendrían a apoyar en las revueltas. En Santo Tomás confiscaron el barco con las armas. Entonces los otros que estaban en la isla decidieron adelantar el ataque sin avisarle a mi marido. El 23 de septiembre atacaron a Lares y tomaron a los españoles que allí estaban y plantaron la bandera de la independencia de Puerto Rico en el altar mayor de la iglesia del pueblo. Al otro día los insurgentes decidieron continuar hacia otros pueblos, pero allí los esperaban y fueron arrestados.

            —¿Piensa usted que el Grito de Lares fue un fracaso?

            —No, no lo fue. Gracias a eso se adelantaron otras causas muy importantes.

            —¿Cómo cuál?

            —La abolición de la esclavitud, por ejemplo —dijo con convicción—. Pero como le iba contando, unos meses antes del Grito nos fuimos a Santo Tomás. Estando allí hubo un terremoto muy fuerte. Estábamos durmiendo cuando sentimos que todo se movía. Ni alcancé a vestirme. Salimos descalzos, él en camisa de mangas y yo en enaguas —se río avergonzada—. Apenas habíamos salido, cuando el techo del aposento se desplomó. La tierra se agrietaba y el mar subió tan alto como una montaña.

            Betances me cuidaba mucho —continuó con cariño—. Cuando escribía, usted entenderá que él mantenía correspondencia con muchos de los rebeldes y los que le estaban ayudando con el ejército, siempre se refería a mí como S para que nadie me relacionara con las cosas que estaban sucediendo. Luego del 23 de septiembre las cosas se pusieron muy malas para nosotros. Me dejó en Santo Tomás mientras iba a Venezuela y cuando regresaba en abril del 1869, lo arrestaron y lo mantuvieron en una goleta por tres días. No se imagina usted mi angustia.

            —Me la puedo imaginar… Desesperante —afirmé.

            —Sí, así fue. Sus amigos me dijeron dónde estaba y me rogaron que me quedara tranquila en la casa. De allí lo trasbordaron al vapor «South America» y lo enviaron a Nueva York. Entretanto me quedé en Santa Cruz por un tiempo por razones de seguridad. Fue una separación muy dura. Pero él, estando lejos y en aquella pobreza, me hizo el mejor regalo del mundo. El 28 de julio, era mi cumpleaños y me escribió una carta hermosísima. Espere un momento, la tengo por aquí.

            La anciana se levantó lentamente y caminó hacia una mesa, casi arrastrando los pies. En una de las gavetas buscó un cofre pequeño en el que vi guardaba varios documentos, estampas y recuerdos. Sacó la carta y la puso en mis manos. Con cuidado la abrí, temí romper el papel tan viejo y leí.

            «He estado pensado en ti desde que llegué… Tengo tantos logros que cumplir, que el mejor de todos es sentir que te he conquistado… no hay poesía que describa mi amor…nunca seré nada sin ti. Prometo escribirte más. Felicidades en este día. New York 1869».[2]

            Me quedé pensando en esa confesión tan absoluta del afecto que este hombre extraordinario le hacía a esta mujer y no pude evitar pensar en el amor que le tuvo a su sobrina muerta. Sé que fue un desacierto, pero no pude evitarlo.

            —Doña Simplicia —, ¿considera que Betances le amó a usted más que a su sobrina «Lita»?

            Es claro que la anciana no esperaba esa pregunta, apretó los labios por unos segundos y luego contestó con dignidad.

            —Aquella pobre muchacha fue muy importante para él, sí… sobre todo porque la vio morir y además era su pariente.

            Ya no dijo más. El silencio de las mujeres encierra muchas historias. Tan pronto hice la pregunta me arrepentí, pero ya era tarde. Pudo decirme tantas cosas. Después de todo la primera fue la virgen que nunca pudo tocar, un deseo malogrado. Esta que tenía yo de frente, fue la mujer a quien le hizo el amor, su confidente, quien lo siguió a todas partes sin importarle los riesgos. No había comparación posible. Creo que el morbo me ganó. Decidí continuar mi entrevista con más cuidado, considerando los sentimientos de esta viejecita que había estado contestando mis preguntas con tanta candidez.

            —¿Cuánto tiempo estuvieron en Nueva York?

            —Hasta el 1872 cuando nos fuimos a Francia. Betances era incansable. Siguió su lucha por la independencia de Cuba. ¿Sabías que José Martí le pidió que se encargara de recoger dinero para pagar por la revolución?

            Asentí, para no interrumpir su pensamiento.

            » Mi Betances luchó tanto por la independencia de Cuba. Soñaba con que tan pronto se lograra su independencia, le iban a ayudar a luchar por la de Puerto Rico. Pero no fue así…—suspiró—. Mi esposo ayudó a muchos jóvenes, incluso le pagó las carreras. En una ocasión teníamos once a la vez en la casa… ¿Se imagina el alboroto? —rio con nostalgia—. A él le encantaba estar entre gente joven, con nuevas ideas. También adoptamos a Magdalena.[3] No tuvimos hijos propios, pero amábamos mucho a esa niña, como si fuera nuestra.

            —¿Cómo fueron los últimos años de su esposo?

            —Se dedicó a la ciencia e hizo algunos escritos importantes sobre medicina. Siempre preguntaba si ya Puerto Rico había alcanzado la libertad. Cuando se enteró de la invasión de Estados Unidos ya no lo pudo soportar. Alguna vez dijo que daba lo mismo ser una colonia de España que de Estados Unidos. Su salud siguió deteriorándose, estábamos rodeados de enemigos políticos y ya estaba desencantado de todo. Solo el doctor Ventura lo acompañaba.

            —¿Es el doctor Juan Bautista Ventura? ¿El mismo que la acompañó de vuelta a Puerto Rico?

            —Sí, el mismo. ¿Sabes? Dicen que Betances murió abandonado en una casa en el campo. ¡Eso es mentira! Murió en una casa de salud y lo acompañaba el doctor Ventura todo el tiempo.

            Hubo un largo silencio.

            » Cuando llegaron los restos de Betances a Cabo Rojo, los recibieron como si fueran de un rey. A pesar de que en su testamento pidió que no hicieran un funeral con pompas, fue inevitable. La gente se tiró a la calle a despedirlo con el honor que merecía.

            La anciana comenzó a llorar. Supongo que era inmensa su soledad luego de haber vivido con un hombre como Betances por tanto tiempo. Decidí concluir mi entrevista. Me despedí agradeciendo por su tiempo y besando su mano. Ella sonrió haciendo las arrugas de su rostro más evidentes.

            Cuando iba bajando las escaleras del tercer piso de aquel humilde hotel meditaba sobre la mujer que había acabado de conocer. Solo una persona muy grande pudo ser la compañera de un hombre tan complejo y soportar el peligro y la inestabilidad que su amor por él significaba. Me sentía afortunado de haber vivido aquellas dos horas con Doña Simplicia.  No es lo mismo conocer la historia a través de los libros que de los labios de quién la vivió.

            Un año después me enteré del triste final de Doña Simplicia. Algunos la acusaron de narcómana. Yo que la conocí no le daba crédito a quienes lo afirmaban. En todo caso —si era cierto—, estaba seguro de que algún dolor muy profundo habría ocasionado su adicción a los narcóticos: la soledad, el abandono, los años. Betances falleció el 16 de septiembre de 1898, dos meses después de la invasión, pero ella se quedó sola en un país extranjero por veintitrés años rodeada de enemigos. Estuvo obligada a pasar la Primera Guerra Mundial en Francia sin apoyo financiero. Aquellos a quienes Betances ayudó le dieron la espalda. Demasiado dolor, demasiadas lágrimas para un cuerpo tan frágil.

            Algo cambió en mí el día que la conocí. La historia de Betances nunca será lo mismo sin ella. Descanse en paz Doña Simplicia Jimenez Carlos viuda de Betances.

Bibliografía:

«El último libertador de América», QuieroApuntes. Disponible 6 de noviembre 2017. http://www.quieroapuntes.com/ramon-emeterio-betances.html

«La otra mujer en la vida de Betances», Dr. Félix Ojeda Reyes, 30 de octubre de 2013. http://minhpuertorico.org/index.php?option=com_content&view=article&id=2238:dr-felix-ojeda-

«Leyendas de Puerto Rico: La novia de Betances», Cayetano Coll y Toste,disponible el 4 de noviembre de 2017. http://www.preb.com/apuntes5/noviadeb.htm

«Ramón Emeterio Betances», disponible Wikipedia en español, noviembre 4 de 2017. https://es.wikipedia.org/wiki/Ram%C3%B3n_Emeterio_Betances

            «Ramón Emeterio Betances y Alacán», Tomado de Ojeda Reyes, Félix, Peregrinos de la Libertad, Editorial UPR: 1992. Disponible 4 noviembre de 2017.

http://www.independencia.net/2015-11-30-02-46-29/2015-12-02-03-38-18/ruben-berrios-martinez-2/118-historia/biografias/879-el-dr-ramon-emeterio-betances-y-alacan

«Simplicia Jimenez vda de Betances, la Guerra Mundial y su retorno a Puerto Rico el 17 de febrero de 1921», Dr. Adolfo Pérez-Comas (2015). Disponible 3 de noviembre de 2017. https://issuu.com/jalmeyda/docs/simplicia_jim__nez_vda_de_betances_

«The Grito de Lares: The Rebellion of 1868», Marisabel Brás. Disponible 3 de noviembre de 2017.

https://www.loc.gov/collections/puerto-rico-books-and-pamphlets/articles-and-essays/nineteenth-century-puerto-rico/rebellion-of-1868/

[1] Puerto Rico Ilustrado (1922). https://issuu.com/jalmeyda/docs/simplicia_jim__nez_vda_de_betances_

[2] «La otra mujer en la vida de Betances», Dr. Félix Ojeda Reyes (2013). Disponible en:  http://minhpuertorico.org/index.php?option=com_content&view=article&id=2238:dr-felix-ojeda-

[3] Magdalena Caraguel, ahijada de la pareja a quien legó sus libros de Voltaire y Rousseau, «El último libertador de América», QuieroApuntes. http://www.quieroapuntes.com/ramon-emeterio-betances.html

Imagen tomada de la red.

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La hija de la querida

              Soy la hija de la querida. Bueno, por lo menos así me llamaba todo el mundo en el barrio de dónde vengo. Todos, menos en casa de Amir. Sus padres eran musulmanes y vivían cuatro esposas con el papá en perfecta armonía. A ellos les llamaban los depravados. Pero, en fin, como se pueden imaginar Amir y sus hermanos eran mis únicos amigos y compañeros de juego.

            Yo no veía nada malo en que me llamaran de ese modo. Mi madre —también mi padre que nos visitaba todos los fines de semana—, me habían explicado que ella era el amor de su vida. Que por nadie había sentido lo que sentía por mamá. Entonces ser hija de un amor tan grande se me hacía un orgullo y no una vergüenza. Papá me decía que caminara con la cabeza muy en alto y siempre nos prometía —que algún día—, vendría a quedarse para siempre.

            No sabía por qué no se quedaba desde ahora. Ni por qué las señoras del vecindario me miraban con desdén y a mi madre con desprecio. Hasta cuando ella pasaba agarraban a sus maridos por el brazo, como si mi mamá tuviera alguna enfermedad contagiosa. Solo las madres de Amir —así les llamaba él a todas—, nos invitaban a tomar el té y le compraban a mi madre unos pañuelos muy bonitos de seda y colores muy brillantes que mi padre le traía de la ciudad.  La verdad era que papá le dejaba los pañuelos para ella, porque nunca nos hizo falta el dinero, pero mamá quería sentir que algo hacía y que no vivía de él. De vez en cuando le cosía unos pantalones y camisas amplias a sus amigas musulmanas para que llevaran debajo del burka. Nada complicado pues sus habilidades en la costura eran mínimas, pero al menos no se sentía inútil ni mantenida. Al menos eso las escuché decir un par de veces.

            Alguna vez la escuché hablar con Amina —la verdadera madre de Amir—, sobre mi padre. Le decía que era un hombre muy rico y que su padre le hizo casarse con una mujer de sociedad cuando era muy joven. Hablaba de que aquello había sido un matrimonio arreglado y sin amor al que él se sentía amarrado porque había tenido varios hijos y ahora la mujer estaba muy enferma. Cuando la señora pase a mejor vida —dijo mi madre persignándose—, él estará conmigo y con mi hija. Eso ha prometido.

            A pesar de la promesa de mi padre los años pasaban y la moribunda seguía viviendo. Todos los viernes mi madre se ponía su vestido más bonito, se arreglaba el pelo, se pintaba las uñas de las manos y los pies y se cambiaba el peinado. Siempre para verse hermosa a los ojos de mi padre. Él no faltaba ningún fin de semana, siempre llegaba puntual a las nueve de la noche. Entonces pasaba por mi cuarto, me abrazaba, me daba un beso y siempre me traía mi chocolate favorito. Luego me daba las buenas noches y se iba a acostar con mi madre. Yo los escuchaba hablar por horas y reír. Otras, los escuchaba hacer unos ruidos que al principio no entendía, pero luego supe que eran los sonidos que hacen los que hacen el amor. Pero cuando papá se iba el domingo por la tarde, mamá se quedaba triste y sombría. A veces pasaba por su puerta y la escuchaba llorar. La espera se le estaba haciendo cada vez más difícil. Ya no era tan joven, ni tan bonita y eso la afectaba. Si no hubiera sido por sus amigas —las madres de Amir—, su vida habría sido aún más difícil.

            Amir fue mi primer y único novio. Era casi natural que nos enamoráramos. Él entendía mi familia y yo la suya. Además, era muy guapo. Tenía unos ojos negros inmensos adornados por unas cejas tupidas y una nariz aguileña que hacía su rostro perfecto. Su piel era de un tono dorado natural y su pelo oscuro. Era el más alto de la clase, jugaba al futbol y a pesar de ser musulmán, las chicas de la clase se morían por él. Pero Amir era mío y de nadie más. Cuando termináramos de estudiar nos casaríamos y nos iríamos de aquel pueblo tan hostil, donde ya no sería más la hija de la querida.

            Amir y yo nos casamos y fuimos a vivir a otra ciudad más moderna. Los primeros años de nuestro matrimonio fueron muy felices. Compramos una casa grande muy hermosa. Tuvimos dos hijos a los que amamos mucho. Una tarde estábamos sentados en la mecedora del balcón charlando como hacíamos a diario, cuando Amir me anunció que me iba a presentar a su segunda esposa. Todo en mí se revolvió.

            —Pero ¿qué pasa, Amir? ¿No eres feliz conmigo?

            —Sí, muy feliz —dijo él confundido—. ¿Qué pasa amor? No entiendo tu reacción.

            —Soy yo quién no entiende. ¿Por qué necesitas otra esposa?

            —Porque es la tradición. Mi padre tenía cuatro esposas. Tu conociste a todas mis madres. No sé por qué estás tan contrariada.

            —Amir, yo no quiero compartirte con nadie. No puedo. ¿Es que no puedes entender que te amo demasiado? Me moriría de celos. No me hagas esto, por favor te lo pido. Somos felices como estamos.

            —Lo siento. Esta es mi religión, mi tradición. Tú lo sabías cuando te casaste conmigo. Me conoces desde niño y sabes de dónde vengo —. Hubo un largo silencio que a mí me pareció un siglo y en el que hasta pensé que recapacitaría —.  Mañana vendrá Farah con su familia. Por favor, prepara una buena cena y dispón de todo lo necesario para recibirla luego del casamiento.

            No dejé de llorar en toda la noche. Tampoco me acosté con él.  No puedo ni decir cuál era el tamaño de mi decepción. Me quedé en el cuarto de mi hija pensando en mis días como la hija de la querida. Mi mente daba vueltas y no comprendía nada. Cuando éramos chicos las madres de Amir y sus hermanos parecían estar conformes con la vida que tenían. Se veían felices. Pero yo veía a mi madre, compartiendo a mi padre con la moribunda y era muy infeliz. Ella quería a papá para ella, sin compartirlo con nadie, como yo quería ahora a Amir para mí.

            Discurrí lo suficiente como para llegar a una conclusión. De una cosa estaba segura. Yo no iba a compartir un hombre de ninguna manera. Ni como la esposa que espera que el marido se canse de una querida. Ni como la querida que espera que el esposo se separe al fin de su esposa. Ni como una más de un harén esperando a que le toque su turno.

            Al siguiente día cuando Amir llegó a cenar con su futura segunda esposa y familia, no había cena, no había primera esposa, ni hijos, ni nada. Agarré a mis hijos y me fui muy lejos. Mi madre me dijo que Amir me buscó en el pueblo y estaba furioso porque me llevé a los niños y juró quitármelos. Por supuesto, me había ido a un lugar donde no me encontrara tan fácilmente. Sabía que iría a buscarme a casa de mi madre enseguida. Sabía que me amenazaría, pero en el país que vivimos hay leyes. Al final obtuve el divorcio, una pensión para mis hijos y una orden en la que le prohíben a Amir acercarse a los niños, porque el abogado le dijo al juez, que él podía robárselos y llevarlos fuera del país a algún país árabe.

            Por mi parte sé que algún día encontraré un amor como debe ser. No tengo prisa. Tendré un esposo para mí los siete días de la semana y al que no tendré que compartir con nadie. Es lo que merezco.           

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Mañana es otro día.10

Pasa de canal en canal, sin mirar con interés la programación nocturna, las luces se apagan en casa de Tomás y su loca amiga no tuvo más remedio que irse después de un estruendoso portazo. Laura recuerda a Tomás besando su pierna, lleva sus manos al tobillo y trata de seguir el camino de los labios ardientes del joven vecino, el calor sin restricciones irradian tranquilidad y el sudor aparece encendiendo su cuerpo por completo. Se saca la parte baja del pijama y en esa libertad imagina los besos del vecino, sube hasta los muslos, la humedad es tal que no duda en dejarse querer, siente sus fuertes manos.

Es sutil al principio y fuerte cada vez que imagina a Tomás, en silencio un murmullo se escapa desde su boca, es el nombre del vecino, en cada caricia, en cada orgasmo, su nombre como un aullido suda por sus poros, no entiende que le había hecho ese joven esa casi perfecta velada. Su sexo lo necesita, aunque sea una sola noche, aunque nunca más le hable, aunque ella sabe lo que quieren los hombres, sin importar la edad o status.

Su cuerpo se revuelve de placer, siente mordidas en sus pechos, pellizcos en sus pezones, ardor y unas ganas de besar a ese hombre por completo. El éxtasis idealizado al máximo, había sentido su calor tan cerca, había experimentado la locura y sutileza de sus besos, de sus masajes, del cuidado en cada caricia, que más y más gime, más late su corazón, más y más se moja con el roce inevitable de sus alargados dedos en la profundidad de su sexo.

Aunque se había hecho tarde va directo a darse una ducha y vuelve a sonar el timbre de su casa, así a medio desnudar camino a la ducha.

Laura mira por la ventana y ve el auto de Tomás aparcado al frente de su entrada. Se estremece. Así, con solo la parte de arriba de su pijama, corre escaleras abajo y sin pensar un segundo abre la puerta y se lanza a los brazos de ese hombre que le ha robado el corazón: sin preguntas, sin respuestas. Él la besa con pasión, sus lenguas se amarran largamente.

—¿Vamos a quedarnos aquí a darle un show a los vecinos? —pregunta él.

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MaÑana es otro día.9

Él se detiene y la mira a los ojos.

—¿Esperas a alguien? —pregunta.

—No… —contesta ella mientras se levanta y se compone el vestido —. Tendré que ir a ver quién es. Aquí casi nunca viene nadie —dice dirigiéndose a la puerta, arreglándose el cabello. Cuando abre, hay una muchacha pelirroja, muy bonita, parada frente a ella. Laura no sabe quién es.

—¿En qué le puedo ayudar?

—¿Está Tomás aquí? —pregunta la joven—. Y no me diga que no, porque yo conozco bien ese auto.

—¿Qué te hace pensar que voy a decir que no? —responde Laura que no entiende nada—. Pasa, está aquí —dice haciendo un gesto para que entre a la casa.

Cuando Tomás la ve venir la cara le cambia de colores.

—¿Qué haces aquí con esta… señora? —reclama la muchacha furiosa.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta Tomás muy calmado.

—Un momentito —interviene Laura—. Yo creo que ustedes deben irse a otro lugar a discutir sus asuntos, a mi verdaderamente no me interesan estas «escenitas».

Tomás se da cuenta de la rabia que tiene Laura en los ojos. «Ella no está para estas cosas», piensa.

—Carola, ¡vámonos! —exige él.

—No sé que haces con este vejestorio —dice la muchacha mientras mira a Laura con desprecio.

—¡Cállate! —le ordena arrastrándola de la casa.

Laura cierra la puerta y sube las escaleras hacia su refugio. Llora. Por unos segundos abre la cortina y mira hacia la casa de Tomás. Ve que la pareja está discutiendo al frente. Cierra la cortina, decide encender el televisor para mirar las noticias. Se pone su pijama y se acuesta. Sola.

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Belleza corta

Hay mujeres que tienen belleza corta. Fanilú fue una de ellas. Nacida en un residencial público de San Juan, en dónde las drogas y la prostitución eran la orden del día, la pobre no tuvo muchas oportunidades para eludir su destino. Cuando era niña, su padre Don Ambrosio era un narcotraficante: el dueño del Punto, el bichote. Amparado por la oscuridad de la esquina, hacía sus transacciones ilegales sin que nadie en el caserío dijera una palabra. Callaban por miedo. Él tenía el poder sobre la vida de sus hombres y disponía de los viciosos. Si alguien lo traicionaba, se moría. Material que entregaba para distribución, se debía pagar al contado o aplicaba la pena de muerte, sin juicio. En aquella inmundicia, si los intoxicados rogaban por una dosis y debían demasiado, eran secuestrados para pedir a los familiares el pago inmediato de la deuda. Si no daba resultado el método de cobro, nadie volvía a verlos. Así se manejaba el Punto.

Los recuerdos de infancia de Fanilú eran muy tristes. En aquel complejo de decenas edificios de tres pisos, desteñidos y sucios donde sucedía su existencia, nadie la esperaba. Al regresar en las tardes de la escuela pública a la que asistía, cruzaba corriendo los patios entre las viviendas hasta llegar a la suya para subir unas escaleras malolientes, en donde se encontraba con adictos inyectándose, a quienes no les importaba que ella los viese. Al entrar a su apartamento, hambrienta y cansada, siempre encontraba a su madre tendida en un lujoso sofá, alcoholizada. La niña se acercaba, pero ella la ignoraba dándole las espaldas. Fanilú buscaba en el refrigerador, que a pesar de ser último modelo, siempre estaba vacío, pues nadie se ocupaba de comprar los alimentos. Aveces encontraba algún bocadillo y se metía en su cuarto color rosado y decorado de princesas de Disney, a mirar la televisión que su padre le había regalado en su cumpleaños. Debido a que el Punto funcionaba durante la noche, Don Ambrosio dormía durante el día encerrado en su cuarto con aire acondicionado. Ella sabía que no podía ir a molestarlo. Podría decirse que la televisión era su niñera. No tenía amigas porque las otras madres no querían que sus hijas se juntaran con la hija de tan tenebrosa figura. Su vida transcurría en la más absoluta soledad.

Fanilú tenía su cabeza llena de fantasías. No tenía supervisión de ningún adulto y miraba hasta los programas que no eran adecuados para niños. Viendo las telenovelas, aprendió antes de tiempo a sufrir por amor. Sus ojos se fijaban en las parejas teniendo sexo en la pantalla chica y sentía cosquillas en las partes de su cuerpo que la trabajadora social le había dicho que eran privadas. Tenía doce años cuando conoció a Pablo, un muchacho de dieciocho. Metidos entre los espacios debajo de las escaleras del residencial, en la penumbra, él le enseñó a besar. Poco tiempo después, sin importarle quién era su padre, se atrevió a tocarla en sus partes y cuando cumplió los quince, la hizo mujer: de pie, debajo de los escalones. Él la trataba mal, era celoso, posesivo, pero ella había aprendido que eso era amor. Mantenía su relación callada pues temía de lo que su papá pudiera hacerle al hombre de su vida.

Don Ambrosio quería presumir con los demás bichotes de su poder en el área que operaba su punto de drogas. Aprovechó la ocasión del quinceañero de su hija, preparando una fiesta en un hotel lujoso del Viejo San Juan. Contrató un decorador para que arreglara el salón que daba al mar, con centros de mesa de rosas en diferentes colores, manteles de satín blanco y cristalería fina. Se sirvió cocktel de camarones como aperitivo y tres platos a selección de los invitados. La música estuvo a cargo del grupo favorito de la homenajeada. El vestido lo confeccionó el diseñador de moda del momento. Cuando tocó bailar el vals, el padre tomó orgullosamente a su hija de la mano para mostrar su belleza a los asistentes. Luego la rodeó de la cintura y comenzaron a girar al ritmo de la melodía. De repente Fanilú se sintió mareada y se desmayó. El padre alarmado la llevó de inmediato al hospital. Luego de varios exámenes, el médico anunció que la jovencita estaba embarazada. Allí mismo, acostada en su camilla, tuvo que confesar quién la había preñado. Don Ambrosio salió como un loco en busca de Pablo para matarlo.

Cuando llegaron al caserío, los hombres de Don Ambrosio se separaron para encontrar a Pablo. No sabían que uno de los que estaban en la fiesta era su primo y le avisó. Escondiéndose detrás de un recipiente de basura, sirviéndose de la noche, apuntó con su arma a la cabeza del suegro y disparó. Al escuchar la explosión uno de los hombres del bichote que estaba cerca, reaccionó matándolo de inmediato. En esa terrible noche Fanilú se quedó sin padre y sin su amor.

La hermosura de Fanilú se fue apagando entre su cama y la esquina del caserío. Caminaba para arriba y para abajo casi desnuda, evitando la luz del farol, respirando la salada brisa del mar, buscando clientes para aplacar la insaciable sed de su madre y el hambre de su niño. Dos años después comenzó a perder peso inexplicablemente. Unas manchas oscuras aparecieron en su rostro tragándose la poca belleza que le quedaba. Terminó pidiendo dinero en medio de la calle, mendigando de auto en auto hasta que la vencía el cansancio. Una noche un conductor distraído no pudo ver la escualida figura que atravesaba la vía de cuatro carriles, causándole la muerte instantánea. Nadie podría decir que aquel desfigurado rostro alguna vez fue bello.

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Envejeciendo

Supe que estaba envejeciendo cuando empecé a llorar por todo. Alguien me había advertido ya, que a las viejitas les da por andar sollozando por las esquinas. Me miraba en el espejo, pero el paso de los años parecía no haber dejado huellas profundas en mi rostro. Las temidas patas de gallo apenas asomaban. Tampoco mi pelo había emblanquecido. La vejez me estaba atacando por dentro, en mi alma. Los niños habían crecido, la casa estaba vacía. Un doloroso silencio asaltó de repente mi hogar. No había música estridente, ni gritos por las habitaciones. Las cosas estaban en su lugar. No habían calcetines hediondos por los suelos, ni regueros sobre la mesa del comedor. Choqué con mi realidad. Estaba sola.

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Apocalipsis.6

Mientras preparaba el desayuno, Leonardo fue al patio a buscar herramientas. Encontró una pala y comenzó a hacer un hoyo en la tierra para enterrar al pobre hombre que estaba muerto.

—Es lo correcto —dijo—. Ya que nos vamos a quedar con sus cosas, al menos, debemos darle sepultura.

Estuve de acuerdo. Al parecer el hombre había hecho la compra de víveres recientemente y el refrigerador estaba muy bien suplido. Preparé avena, huevos, jamón, tostadas, café y jugo de naranja. Le dije a Miguel que le dijera a Leonardo que el desayuno estaba preparado. Él, entró a la casa todo enfangado y reaccioné como cualquier esposa.

—¿Pero por qué no te quitas los zapatos? Ve a lavarte las manos para que comas.

De repente sentí como si fuéramos una familia. Yo la madre y esposa. Jamás me había sentido así. Mi vida era bastante solitaria. Apenas salía. Mi única conexión con el mundo exterior era mi computador. Escribía mis novelas y las enviaba a mi editor desde la comodidad de mi hogar. Hacía las compras también en línea. No veía la necesidad de ir a ningún lado. Las cosas estaban muy mal en el mundo y mi refugio era mi casa. Allí nada malo podía pasarme.

Leonardo me lanzó una mirada atravesada. Como la que me hubiera lanzado un marido. Se quitó los zapatos mortificado y los dejó al lado de la puerta. Luego siguió hacia el baño. Escuché cuando abría el grifo. Luego volvió muy serio y se sentó en la mesa.

—Todo se ve bien —comentó—. Estoy sorprendido de que sepas cocinar.

—¿Cómo que estás sorprendido? —reaccioné ofendida.

—Como todo lo ordenas en Amazon, pensé que comías enlatados y comidas congeladas solamente.

No pude contradecirlo. Ciertamente, hacía mucho que no cocinaba. Comía enlatados y comidas congeladas solamente. ¿Para qué cocinar para una sola persona? No me hacía ninguna gracia encender la estufa y ensuciar ollas, solo para mi. Mi casa permanecía inmaculada, igual que cuando la compré. No me gustaba percibir olores fuertes, me gustaba verlo todo en su justo lugar y estaba obsesionada con la extrema limpieza. Era así como me gustaba vivir. Sola e impoluta.

—Bueno, espero que te guste y no te envenenes.

Miguel soltó una carcajada. Su risa infantil inundó toda la casa.

—Parecen un papá y una mamá discutiendo —dijo y siguió riendo.

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Marion, ¿de dónde vienes? III

Cuando regresamos de Nueva York, ni Adriana ni Wendy estaban en la casa. No se mencionaban sus nombres tampoco. De ellas solo quedaba el cuadro del torero que tanto me disgustaba. Papá había regresado a la casa pero se había abierto un abismo entre él y yo. Ya no me abrazaba, ni me besaba. Volví a mi habitación, con mis cosas y mis juguetes. Eso me alegraba, pero me hacía falta de vez en cuando meterme en la cama con mi padre. Recostarme en su pecho. Escuchar su corazón latir lentamente. Sentir que junto a él nada malo me podía suceder. Respirar su olor tan distinto al de mi madre. El olor a hombre. Pero se acabó y no sé si tuve la culpa.

Mamá también estaba distante. No sé si lo estaba más de papá que de mí. Parecían dos desconocidos compartiendo un mismo techo. A mí me decía cosas que no entendía. Cosas horribles sobre los hombres. Que eran traicioneros, abusadores y mentirosos. Y a mí no me parecía que papá fuera nada de eso. Aunque la verdad, últimamente me parecía que me había mentido cuando decía que me quería, porque ya no quería estar conmigo. Pero aparte de eso, yo no creía que él fuera lo que ella decía que los hombres eran. Ella debía estar equivocada en cuanto a los hombres se refería. Los hombres no podían ser todas esas cosas.

Fue en esa época que papá comenzó a beber. Tomaba luego de llegar del trabajo sentado en la butaca del patio hasta desmayarse. Algunas veces se iba con su primo y regresaba tarde en la noche casi arrastrándose. Cuando eso sucedía, mamá me acostaba con ella en la cama para evitar dormir con él. Decía que no le gustaba su olor. Él se acostaba en la mía. Al otro día, yo me acurrucaba sobre la almohada y me arropaba con la sábana que había cobijado sus amargos sueños. Eran los únicos momentos en que yo podía volver a disfrutar de su aroma, aunque fuera mezclado con el del alcohol.

Tomi, mi amigo, era hombre. Bueno, más o menos, pero definitivamente no era traicionero. Él me había defendido de Wendy muchas veces, aún cuando ella era más bonita. No era abusador, al contrario, siempre me daba besos y me acariciaba mucho. Me hacía sentir bien cuando me tocaba. Tampoco me decía mentiras. Siempre que quedaba en encontrarnos en el lugar especial, allá en el almacén luego de la ceiba gigante, estaba allí a la hora en punto. Estaba segura que iba a casarme con él cuando creciéramos, pero la vida se nos adelantó y no pudimos hacerlo.

Poco antes de que Tomi cumpliera quince años, una fiebre terrible lo fue marchitando hasta que no quedó nada de él. Odié a mi madre porque no me dejó ir a verle. Decía que tenía temor al contagio. ¿Qué más daba si me enfermaba yo también? ¿No era peor que la condena a la soledad y el desamor a la que mis propios padres me habían lanzado? ¿Qué iba a hacer ahora sin Tomi?

El hombre que quise ser. 19

La vida de Agustín se tornó en una dura y aburrida rutina. De vez en cuando Vivian le invitaba a cenar o a tomar el té, sin ninguna otra consecuencia. Envejecían. El paso de los años era inexorable.

—Don Agustín —dijo la secretaria una mañana—, el jefe quiere hablarle. Lo espera en la oficina.

—Sí, gracias —contestó, arrastrando sus pies hacia el despacho de su ahijado. Tocó la puerta y desde adentro se escuchó una voz autorizando la entrada.

—Buenos días —saludó, sabiendo que le esperaba una mala noticia.

—Agustín, no voy a hablarte como tu empleador, voy a hablarte como tu ahijado. Mira, le he dado muchas vueltas a este asunto, pero es hora ya de que te retires —dijo Sixto José, tratando de suavizar lo que decía lo más posible. La verdad era que estimaba mucho a su padrino—. Es que estás cometiendo muchos errores. He tratado de ayudarte, pero ya no puedo seguir ignorando lo obvio. Has servido a esta empresa por muchos años. Tu trabajo ha sido de excelencia. Pero ya es tu momento de ir a descansar, de disfrutar tu retiro. De hacer otras cosas…

—Otras cosas… —repitió Agustín suspirando—. Sixto José, sabes muy bien que mi trabajo es todo para mi.

—Lo sé, padrino. Pero te estás equivocando en la contabilidad. Eso nos causa serios problemas. ¿Tu entiendes eso, verdad?

—Sí, entiendo —contestó bajando la cabeza, ocultando una lágrima que amenazaba con saltarle del ojo—. Mi vida entera se queda en este lugar.

Agustín recogió lo poco que tenía en su oficina en una cajita. Los compañeros le abrazaron y se despidieron, pidiéndole que no se olvidara de ellos. «Como si hiciera alguna diferencia que los recordara», se dijo. Viajó en el autobús de regreso, por primera vez a esa hora tan temprana. Miraba por las ventanas, ensimismado con el paisaje que nunca había mirado con detenimiento. Cuando llegó al apartamento, vio a su viejo reloj de péndulo, que lo miraba de vuelta, riendo, burlándose de él y de sí mismo.

Apenas eran las nueve y treinta de la mañana. ¿Qué iba a hacer con tanto tiempo? Miró a su alrededor. Pensó en que ahora podía dormir hasta media mañana sin tener que apurarse. Que no importaba si se arreglaba la barba o no. Podría leer los libros que había comprado, que estaban sobre la mesa empolvándose y que no había tenido tiempo para leer. Arreglar el apartamento. Limpiar. Acomodar los muebles. Viajar.

De repente se sintió muy cansado. Miles de universos se le vinieron encima.

Entonces, se acostó a dormir.

El hombre que quise ser. 15

Agustín aprendió a vivir sin Victoria. Algo así como decir, aprendió a vivir sin oxígeno, sin alimento, sin agua. Existía. Cerraba los ojos y la veía correr desnuda por el apartamento, con la candidez que corren los niños desnudos. Sin malicia, sin vergüenza. No había música que le alegrara. Su risa era toda la canción que quería escuchar. Él no sabía como podía sentir tanto dolor. Más aún, no sabía como podía soportarlo. Pero como era muy macho, se dispuso a vivir sin ella.

Volvió a trabajar. Y también buscó otras mujeres. De cama en cama, fue amortiguando su pena. No era lo mismo, pero llegó el momento en que los recuerdos de la época en que estuvo con Victoria, dejaron de ser tan vívidos como antes, y poco a poco se volvieron borrosos, como un sueño.

El tiempo pasaba. Su pelo se lo decía cada mañana al mirarse en el espejo. También se lo recordaba, aquel horrible reloj de péndulo que enfrentaba antes de salir a la calle. «A ver quien se muere primero», le decía al despedirse de él cuando se marchaba al trabajo.

—Pepe, creo que es tiempo de que me case —anunció Agustín un día se sopetón.

—Ahora sí que me preocupas, amigo —contestó el otro riendo—. A ver… ¿Y ya tienes una candidata?

—Sí.

—¿La conozco?

—La conoces.

—Bueno, pues dime quién es… ¿Cuál es el misterio?

—No hay ningún misterio. Es que estoy empezando a cortejarla —respondió Agustín.

—Entonces, dime quién es —insistió Pepe.

—Es Clara —anunció Agustín ufano.

—¿Clara? ¿La cajera del banco? —preguntó sorprendido el otro.

—Sí, la misma. ¿No te parece una chica divina?

—Pues sí… Es una chica divina, pero es eso… una chica.

—Anda, Pepe… Que no es tan joven y yo no soy tan viejo.

—Tino, tiene más o menos la edad de Sixto José.

—¿Y qué? La niña me hace ojitos… Y a mi me gusta. Y está buenísima para hacerle un hijo.

—¿Un hijo? ¿No qué no te gustaba el olor a orines y a mierda inundándote la habitación?

—Eso era antes, Pepe. Ya he madurado y ahora quiero todo eso. ¡Quiero mujer, quiero hijo, quiero familia, quiero mares de orina corriendo por mi piso, quiero mierda saliendo por las ventanas, quiero todo! Esa muchacha me gusta y será para mí —sentenció.

—¿Estás seguro de que ella está interesada?

—¡Claro que lo está! —dijo convencido—. A ver, ¿cuándo me he equivocado sobre una mujer?

—¿Te recuerdo aquella del duelo?

—Oye, Pepe… Eso fue hace casi veinte años. ¿Me lo vas a recordar toda la vida? Después de eso no me ha pasado con ninguna otra.

—Estamos de acuerdo. No te ha vuelto a suceder porque no estabas en busca de jovencitas. Estabas saliendo con mujeres más o menos de tu edad.

—¡Pero ahora quiero un hijo! Una mujer de mi edad no puede hacerme ese milagrito.

—Está bien, está bien. Te apoyo, amigo. Invítala a la casa. Le aviso a Vivian para que haga una buena cena. ¿Qué te parece? —preguntó Pepe.

—Me parece perfecto. Sabía que podía contar contigo, compadre —dijo Agustín complacido.